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Full text of "Schilthuizen, M. Darwin Viene A La Ciudad. La Evolución De Las Especies Urbanas [ocr] [2019]"

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Darwin viene 
a la ciudad 


La evolución de 
las especies urbanas 


MENNO SCHILTHUIZEN 





TURNER NOEMA 








turner noema 





Darwin viene 


a la ciudad 


La evolución de 


las especies urbanas 


MENNO SCHILTHUIZEN 


traducción de eduardo jordá 





open 
access 





TUKACDEA 


Título: 

Darwin viene a la ciudad. La evolución de las especies 
urbanas 

O Menno Schilthuizen, 2019 

Edición original en inglés: Darwin Comes to Town: How the 
Urban Jungle 

Drives Evolution, Quercus, 2018 


De esta edición: 

O Turner Publicaciones $S.L., 2019 

Diego de León, 30 

28006 Madrid 

www.turnerlibros.com 

Primera edición: enero, 2019 

HS Creative Commons 

De la traducción del inglés: O Eduardo Jordá, 2019 


ISBN: 978-84-17866-34-6 


Diseño de la colección: 
Enric Satué 


Hustración de cubierta: 
Diseño TURNER 


Imágenes de cubierta: 


Charles Darwin y John Gould, The zoology of the voyage of 
H.M.S, Beagle 
Delpixart, Pedestrian crossing, asphalt road top view 


Depósito Legal: M-41801-2018 
Impreso en España 


La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: 
turnerCturnerlibros.com 


índice 
El portal de la ciudad 


Primera parte, Vida urbana 

I, El ingeniero de ecosistemas más eficiente de la naturaleza 
li, El hormiguero humano 

iii. La ecología del centro de la ciudad 

iv. Naturalistas urbanos 

v. Nuevos urbanitas 

vi. Si logro llegar 





Segunda parte, Paisajes urbanos 

VII. He aquí los hechos 

viii, Leyendas urbanas 

ix. O sea que las cosas suceden así 

Xx. Ratón de ciudad, ratón de campo 
xi. Envenenar palomas en los parques 
xii. Luces brillantes de la gran ciudad 
xiii, ¿Es realmente evolución? 


Tercera parte. Encuentros urbanos 
xiv. Encuentros urbanos cara a cara 
xv. Auto-domesticación 

xvi. Las canciones de la ciudad 
xvii. Sexo en la ciudad 

xviii. “Turdus urbanicus' 


Cuarta parte, La ciudad de Darwin 


xix. La evolución en el mundo teleconectado 
xx. Diséñalo con Darwin 


Afueras 


Agradecimientos 
notas 
Bibliografía 


Para Iva 


El portal de la ciudad 


Está perfectamente formado. Es un milagro de la 
microingeniería listo para su breve visita al mundo. Alas de 
textura delicada, todavía intactas, cuidadosamente dobladas 
sobre el abdomen que respira de forma casi imperceptible. Seis 
ágiles patas, delicadamente colocadas en la pared polvorienta, 
todas en perfecto estado, y cada una de ellas dotada de un 
conjunto de nueve segmentos, aún no reducidos en número por 
el brusco contacto con las aspas de un ventilador o las patas 
delanteras de una araña. El tórax dorado, erizado de vello; esa 
cápsula cargada de potencia que protege la energía 
reconcentrada de los músculos destinados al vuelo, y tan 
voluminosa que casi oculta el rostro sereno tras el cual un 
cerebro en miniatura coordina los canales de entrada y de 
salida que conectan las antenas, los palpos, los ojos de visión 
múltiple y los ocho tubos interconectados de su probóscide 
parasitaria, 

Estoy en un pasillo subterráneo caluroso y abarrotado del 
metro de Londres, en la estación de Liverpool Street, con las 
gafas en una mano y la nariz apretada contra los azulejos de la 
pared, mientras admiro este bello espécimen de mosquito 
doméstico, Culex molestus, que acaba de salir de su pupa. Pero 
al mismo tiempo estoy despertándome muy despacio de mi 
ensueño .entomológico. Y no solo por los transeúntes 
apresurados que evitan chocar conmigo, desviándose en el 
último segundo después de balbucear un “lo siento” que suena 
mucho más a acusación que a disculpa, sino porque estoy 
dándome cuenta, con suma incomodidad, de que hay una 
cámara de seguridad colgada del techo y los responsables del 
metro de Londres no paran de anunciar por los altavoces que 


debe comunicarse a los empleados cualquier conducta 
sospechosa. 

Para un biólogo, el centro de la ciudad no es el mejor lugar 
para llevar a cabo su actividad. La norma tácita entre los 
biólogos estipula que, si le preguntan, uno siempre debería 
responder que las ciudades son un mal necesario, que un 
biólogo de verdad debería pasar en ellas el menor tiempo 
posible. El mundo real es el que está fuera del territorio 
urbano: en los bosques, en las cañadas, en los campos. Allá 
donde viven las criaturas salvajes. 

Pero, si soy sincero, debo decir que a mí me gustan las 
ciudades. Y no tanto las partes organizadas, elegantes y bien 
lubricadas, sino más bien el entramado sórdido y orgánico que 
se aparece en los rincones olvidados bajo la raída alfombra de 
la cultura, esas partes menos nobles donde se funden lo natural 
y lo artificial y donde se activan las relaciones ecológicas. Para 
mi vista de biólogo, el centro de la ciudad, a pesar del ajetreo y 
del aspecto completamente artificial, presenta una constelación 
de ecosistemas en miniatura. Incluso en esas calles de 
Bishopsgate, todas ellas aprisionadas en ladrillo y hormigón, 
estériles a primera vista, yo veo formas de vida que se 
empeñan en sobrevivir con una terca propensión al desafío. 
Por ahí aparece una boca de dragón que crece majestuosa en la 
prieta invisible de una pared enlucida, en un paso elevado. Por 
allá, la química atroz entre el cemento y las fugas del 
alcantarillado permite el nacimiento de las vítreas estalactitas 
de color calizo, que a su vez sirven de anclaje a las telarañas 
cubiertas de hollín de las arañas tejedoras. Más allá, las vetas 
de color esmeralda del musgo que brota en las rendijas que hay 
entre el marco y los cristales rotos, que tienen que luchar para 
sobrevivir frente a las burbujas de óxido que asoma por debajo 
de la pintura de plomo rojo. Y por el otro lado, palomas 


silvestres con las patas enfermas que intentan mantener el 
equilibrio en un alféizar entre los obstáculos de plástico. 
(Alguien ha dejado una pegatina que muestra a una paloma 
furiosa amenazando con los puños alados y que dice: “Los 
obstáculos de plástico representan una amenaza cínica y 
opresiva contra nuestro derecho a la libre reunión. ¡La lucha no 
ha terminado!”). Y un mosquito en la pared de un paso 
subterráneo del metro. 

No se trata de un mosquito cualquiera. El Culex molestus 
también se conoce como el mosquito del metro de Londres. La 
denominación se debe al tumulto que causaban entre los 
londinenses que se refugiaban en los andenes y en las vías de la 
estación de Liverpool Street, correspondiente a la Central Line, 
durante los bombardeos alemanes de 1940, Y también al interés 
de la genetista londinense Katherine Byrne durante la década 
de 1990. Byrne se unía a las brigadas de mantenimiento del 
personal del metro durante sus expediciones diarias por los 
intestinos de la red, cuando se internaban en la parte más 
profunda de los túneles, donde los muros de ladrillo sostienen 
una maraña de gruesos cables eléctricos renegridos por el polvo 
de las zapatas de frenos de los trenes, y donde las únicas 
indicaciones que se ven son unas misteriosas inscripciones 
hechas con tiza y con aerosol sobre antiguas placas esmaltadas. 
Es ahí donde viven y se crían los mosquitos del metro de 
Londres. Chupan la sangre de los viajeros y ponen los huevos 
en agujeros y fosas sépticas inundadas, y hasta esos lugares 
tuvo que ir Byrne en busca de las larvas, 

Byrne tomó muestras de agua infestada de larvas en siete 
lugares distintos a lo largo de las líneas Central, Victoria y 
Bakerloo, se las llevó a su laboratorio, esperó a que las larvas 
se convirtieran en mosquitos adultos (como aquel que vi en el 
pasillo del metro) y luego extrajo las proteínas necesarias para 


un análisis genético. Hace veinte años vi a Byrne comunicar los 
resultados en una conferencia en Edimburgo. Aunque el 
público estaba  kformado por biólogos evolutivos 
experimentados, su conferencia logró impactarnos a todos. En 
primer lugar, los mosquitos de las tres líneas de metro eran 
genéticamente distintos. Según nos explicó Byrne, eso se debía 
a que las líneas del metro constituyen mundos separados y las 
nubes de mosquitos de cada línea se agitan y se mezclan de 
acuerdo con la acción constante de los pistones de los trenes 
que avanzan por los túneles angostos. La única posibilidad de 
que los mosquitos de las líneas Central, Bakerloo y Victoria se 
mezclaran genéticamente sería que, como señaló Byrne, “todos 
cambiaran de tren en la estación de Oxford Circus”. Pero la 
cosa no acababa en la diferencia genética entre los mosquitos 
de tres líneas de metro distintas. También se distinguían de sus 
congéneres de la superficie. Y no solo en las proteínas, sino en 
la forma de vida. En las calles de Londres, los mosquitos se 
alimentan de la sangre de las aves, no de la de los seres 
humanos. Antes de poner los huevos, necesitan ingerir una 
ración de sangre, copular en grandes enjambres y luego 
hibernar. En los túneles del metro, por el contrario, los 
mosquitos chupan la sangre de los pasajeros y ponen los huevos 
antes de alimentarse; no forman enjambres para copular sino 
que buscan su satisfacción sexual en los espacios cerrados, y 
además se mantienen activos a lo largo de todo el año. 

Desde los descubrimientos de Byrne se ha comprobado que 
el mosquito del metro no es una especie exclusiva de Londres. 
Vive en sótanos, bodegas y parajes subterráneos del mundo 
entero y ha adaptado sus costumbres a un medio construido a 
escala humana. Gracias a los ejemplares que se quedan 
atrapados en coches y en aviones, sus genes se dispersan de 
ciudad en ciudad, pero al mismo tiempo se cruza con los 


mosquitos autóctonos de la superficie y asimila genes que 
provienen de ellos, También se ha comprobado que todo esto 
ocurre desde hace muy poco tiempo: probablemente, la 
evolución del Culex molestus se inició cuando los seres 
humanos empezaron a construir el metro, 

Mientras echo un último vistazo a mi ejemplar de mosquito 
del metro de Londres, en ese pasillo abarrotado de gente de la 
estación de Liverpool Street, imagino las modificaciones 
invisibles que la evolución ha ido introduciendo en este cuerpo 
diminuto y frágil. Las proteínas de las antenas se han 
transformado de forma que, en vez del olor de las aves, sea el 
olor humano el que les induzca una respuesta, Los genes que 
regulan su reloj biológico se han reseteado o desconectado para 
evitar que entre en hibernación, ya que siempre hay sangre 
humana disponible en el subsuelo y nunca hace demasiado frío. 
¡Ni hablar de la diversificación genética que ha hecho posible el 
cambio en sus hábitos sexuales! Una especie en la que el macho 
forma enjambres donde la hembra debe irrumpir para que la 
fertilicen se ha convertido en otra que copula a través del 
sencillo emparejamiento individual en los espacios reducidos 
que el mosquito subterráneo puebla de forma dispersa. 

La evolución del mosquito del metro londinense es un 
desafío para nuestra imaginación colectiva. ¿Por qué nos intriga 
tanto y por qué recuerdo yo tan bien la conferencia de 
Katherine Byrne cuando ya han pasado tantos años? En primer 
lugar, porque nos han enseñado que la evolución es un proceso 
muy lento que altera imperceptiblemente las especies a lo largo 
de millones de años, y no un fenómeno que pueda haber tenido 
lugar en el breve periodo urbanita del ser humano. De repente, 
el mosquito del metro pone de manifiesto ante nuestros ojos 
que la evolución no solo se ocupa de los dinosaurios y de las 
eras geológicas, sino que podemos observarla aquí y ahora 


mismo. Y en segundo lugar, la idea de que nuestro impacto en 
el medio ambiente es tan significativo que las plantas y los 
animales “silvestres” están adaptándose a hábitats creados por 
y para el ser humano nos permite tomar consciencia de la 
irreversibilidad de algunos de los cambios que estamos 
imponiendo a la Tierra, 

La tercera razón por la que el mosquito del metro 
londinense nos llama tanto la atención es que parece un bonito 
añadido al catálogo evolutivo que consideramos normal. Todos 
sabemos que la evolución perfecciona el plumaje de las aves 
del paraíso en las junglas más remotas y la forma de las flores 
de orquídea en las crestas inaccesibles. Pero el proceso es tan 
corriente que no le hace ascos a desarrollarse bajo nuestros 
propios pies, entre el cableado mugriento del sistema de 
transporte subterráneo. ¡Y es un ejemplo tan agradable, tan 
único y tan cercano! Es esa clase de cosas que uno solo espera 
encontrar en un manual de biología. 

Pero ¿qué pasaría si ya no se tratara de una excepción? 
¿Qué pasaría si el mosquito del metro representara a toda la 
flora y la fauna que han entrado en contacto con el ser humano 
y con un medio construido por él? ¿Y qué pasaría si nuestro 
control de los ecosistemas terrestres se hubiera vuelto tan 
absoluto que toda la vida terrestre estuviera desarrollando 
formas de adaptarse a un planeta extensamente urbanizado? He 
aquí las preguntas que van a considerarse en este libro. 

Y justo a tiempo, por cierto. 2007 marcó un hito 
trascendental para el mundo: ese año, por vez primera en la 
historia, la cantidad de personas que vivían en áreas urbanas 
superó a la cantidad de personas que vivían en zonas rurales. Y 
desde entonces la estadística ha ido aumentando a gran 
velocidad. Cuando lleguemos a la mitad del siglo xxi, dos 
tercios de la población del mundo -—que se calcula en unos 


nueve mil trescientos millones de personas- vivirán en las 
ciudades. Y cuidado: eso sucederá en todo el planeta. Desde 
1870, en la Europa Occidental ha habido más gente viviendo en 
las ciudades que en el campo, y en Estados Unidos se llegó al 
punto de inflexión en 1915, Europa y Estados Unidos llevan 
más de un siglo transformándose en continentes urbanos. Un 
estudio reciente ha demostrado que la distancia media entre un 
punto dado del mapa de los Estados Unidos y el bosque más 
cercano ha ido aumentando a razón del 1,5% por año. 

En ningún otro momento de la historia del planeta ha 
existido una única forma de vida tan dominante. “¿Y los 
dinosaurios?”, se preguntará alguien. Pero los dinosaurios eran 
una clase entera de animales, compuesta probablemente por 
miles de especies. Comparar las miles de especies de 
dinosaurios con la especie única del Homo sapiens equivaldría 
a comparar todas las tiendas de comestibles del mundo con la 
cadena de supermercados Tesco. No, en términos ecológicos 
nunca se ha visto en el mundo una situación como la que se 
nos presenta hoy: la de una sola especie animal que habita el 
planeta entero y lo explota para sacarle beneficio. En estos 
momentos, nuestra especie consume una cuarta parte del 
alimento que representan todas las plantas del mundo y la 
mitad de las reservas de agua potable. De nuevo nos 
encontramos ante un fenómeno que no había ocurrido jamás: ni 
una sola especie resultante de la evolución ha podido 
desempeñar un papel ecológico tan trascendental a una escala 
global, 

De modo que el mundo está convirtiéndose en un lugar 
bastante dominado por los seres humanos. En 2030, casi el 10% 
de la superficie del planeta estará urbanizada, y una buena 
parte de la superficie restante se verá ocupada por granjas, 
pastos y cultivos a la medida humana. Se trata de una serie de 


hábitats enteramente nuevos, nunca antes vistos en la 
naturaleza. Y así y todo, cuando hablamos de ecología y de 
evolución, o de ecosistemas y naturaleza, nos empeñamos en 
excluir a los seres humanos y centramos la atención, 
equivocadamente, en esa cada vez más pequeña porción de 
habitantes de la tierra en la que todavía no se percibe la 
influencia humana. O bien, si no hacemos eso, procuramos 
poner en cuarentena a la naturaleza, para evitar, en la medida 
de lo posible, el impacto dañino del mundo humano, que 
implícitamente juzgamos como no natural. 

Pero ya no se puede mantener esa actitud. Es hora de 
reconocer que las acciones humanas son la fuerza ecológica de 
mayor impacto en el mundo. Nos guste o no, nos hemos 
integrado por completo en todo lo que sucede en el planeta. 
Solo si dejamos volar la imaginación podemos mantener 
separada la naturaleza de nuestro medio ambiente humano. En 
el mundo real, nuestros tentáculos aprisionan el entramado 
natural. Construimos ciudades con nuevas estructuras de cristal 
y acero. Irrigamos, contaminamos y construimos presas para las 
vías de agua. Segamos los campos, los pulverizamos con 
pesticidas y los fertilizamos con abonos. Emitimos gases con 
efecto invernadero que alteran el clima. Extendemos el uso de 
plantas y de animales no autóctonos, y criamos peces, animales 
de caza y árboles para procurarnos comida y satisfacer otras 
necesidades. Todas las formas de vida no humana que hay en la 
Tierra entrarán en contacto con los seres humanos directa o 
indirectamente. Y ese tipo de encuentros suele tener 
consecuencias en los organismos involucrados, ya que puede 
amenazar su supervivencia y su modo de vida. Pero al mismo 
tiempo puede crear nuevas oportunidades y nuevos nichos 
evolutivos, como ocurrió con los antepasados del Culex 
molestus. 


¿Qué hace la naturaleza cuando se topa con desafíos y 
oportunidades? Evoluciona. Y si le resulta posible, cambia y se 
adapta. Y cuanto mayor sea la presión, más rápidos y más 
extensos serán los cambios que se produzcan. Como saben muy 
bien los encorbatados agentes de bolsa que pasan corriendo a 
mi lado por el pasadizo de la estación de Liverpool Street, en 
las ciudades hay grandes oportunidades pero también una 
competencia temible. Cada segundo cuenta cuando se trata de 
la lucha por la supervivencia. En este libro me propongo 
demostrar que la naturaleza está haciendo exactamente eso, 
Mientras nos centrábamos en la cada vez más pequeña porción 
de naturaleza virgen, los ecosistemas urbanos han ido 
evolucionando a nuestras espaldas, justo en las mismas 
ciudades de las que apartábamos con desdén nuestra nariz de 
naturalistas. Y mientras intentábamos salvar el decadente 
ecosistema pre-urbano, hemos cerrado los ojos ante el hecho de 
que la naturaleza ya había empezado a levantar los andamios 
para construir el ecosistema urbano del futuro. 

Me propongo revelar las miles de formas en que se está 
ensamblando ese ecosistema urbano, y de qué modo podría 
llegar a constituir, en el futuro, la principal manifestación de la 
naturaleza en este planeta. Pero antes de despegar, hay algo 
que necesito decir para desahogarme. 

Al grupo cada vez más extenso de personas que aprecian la 
naturaleza en el entorno urbano se le acusa con frecuencia de 
facilitar excusas a los constructores para destruir la naturaleza 
salvaje, e incluso de acostarse con el enemigo y apuñalar por la 
espalda a los conservacionistas. Hace algunos años, con mi 
colega Jef Huisman de la Universidad de Ámsterdam, publiqué 
un artículo de opinión en el periódico holandés De Volkskrant, 
en el que explicábamos que la naturaleza es dinámica, que 
cambia constantemente y que no deberíamos intentar conservar 


la forma y la composición de los ecosistemas holandeses tal 
como se ven en la pintura paisajista de hace varios siglos. 
Defendíamos una actitud mucho más pragmática en relación 
con el conservacionismo, en la que hubiera un lugar para las 
especies exóticas y para la naturaleza urbana y se prestara más 
atención al funcionamiento natural del ecosistema en lugar de 
centrarse en las especies exactas que habían vivido en él. 

Estas ¡ideas no tuvieron una buena acogida entre 
determinadas personas. Recibimos correos electrónicos de 
algunos colegas furiosos que nos acusaban de ser títeres en 
manos de los políticos de la derecha que iban a aprovecharse 
de cualquier excusa que les diéramos para continuar saqueando 
el mundo natural. Otros lectores indignados nos aconsejaron ir 
a contarles aquellas cosas “a la gente de Australia y de Nueva 
Zelanda que veía cómo los sapos marinos y los conejos estaban 
destruyendo sus espacios naturales”. 

Estos ataques me causaron un profundo dolor. De niño 
coleccionaba insectos y observaba pájaros, y me pasaba días 
enteros a solas en los campos que rodeaban mi ciudad natal, 
provisto de unos prismáticos, una guía de la flora y un tarro de 
cristal para conservar los insectos capturados. Hoy, los campos 
en los que yo fotografiaba los nidos de los zarapitos de cola 
barrada, cuyos terrenos cubiertos por los primeros brotes de 
orquídeas de los pantanos solía atravesar y donde capturé mi 
primer ejemplar de escarabajo acuático plateado, los han 
asimilado urbanizaciones que forman el anillo urbano de 
Róterdam. Cuando los primeros bulldozers empezaron a nivelar 
mi terreno de juego, los miraba entre furiosas lágrimas de 
impotencia, apretaba los puños con rabia, y juré que algún día 
vengaría a aquella naturaleza que había quedado destruida para 
siempre. Más tarde, cuando ya era un ecologista tropical y vivía 
y trabajaba en Borneo, tuve que contemplar, impotente, cómo 


los manglares se convertían en zonas de aparcamiento y cómo 
las selvas tropicales se transformaban en monocultivos de 
aceite de palma. 

Pero ese mismo amor y esa misma preocupación por la 
naturaleza me llevaron a entender el poder que tienen las 
fuerzas evolutivas y la inagotable capacidad de adaptación que 
posee el mundo viviente, El crecimiento de la población 
humana es un hecho indiscutible. Si no se produce un 
cataclismo global o se introduce por vía dictatorial el control de 
la natalidad, los seres humanos habrán llenado la tierra de 
ciudades y entornos urbanizados antes de que termine este 
siglo. Por esta razón debemos conservar el mayor número 
posible de zonas de naturaleza salvaje, y nadie debe 
malinterpretar este libro como un intento de devaluar esa 
lucha. Sin embargo, debemos ser conscientes de que al margen 
de la naturaleza virgen, las prácticas tradicionales de los 
ecólogos (erradicar especies exóticas, criminalizar las “malas 
hierbas” y las “plagas”) podrían estar destruyendo los mismos 
ecosistemas que en un futuro permitirán alimentar a la 
humanidad. Como alternativa, propongo en este libro la 
necesidad de controlar y reconducir las fuerzas evolutivas que 
configuran, aquí mismo y en este mismo instante, nuevos 
ecosistemas, con el propósito de lograr que la naturaleza crezca 
en el corazón de nuestras ciudades. 


primera parte 


VIDA URBANA 


Innumerables calles atestadas de gente entre 
la imponente vegetación de hierro, esbelta, 
fuerte, ligera, que tiende, espléndidamente, 

hacia la claridad de las alturas. 
walt whitman, “Mannahatta”, 
Hojas de hierba (1855) 


uña 


El ingeniero de ecosistemas 
más eficiente de la naturaleza 


A unos treinta kilómetros al oeste de la ciudad de Róterdam 
se hallan las dunas litorales de Voorne. Se trata de una zona 
extensa (al menos para las diminutas proporciones de los 
Países Bajos), formada por dunas ondulantes cubiertas de 
vegetación, aunque va perdiendo terreno a causa de la 
ampliación del puerto de Róterdam que se lleva a cabo desde el 
norte. Uno puede sentarse en las dunas, con el trasero apoyado 
en una alfombra de líquenes y musgo, y comerse un sándwich 
rodeado de plantas raras de blackstonias y epipactis. Y 
entretanto, a lo lejos, se cargan y descargan montañas 
gigantescas de hierro y carbón, que emiten unos chasquidos 
metálicos que van y vienen según vaya rolando el viento 
incesante. 

Es en esa zona donde pasaba casi todos los sábados, cuando 
era niño, buscando escarabajos para mi colección. Mis amigos 
aficionados a la naturaleza y yo, acompañados a veces por 
nuestro incansable profesor de biología, bordeábamos en 
bicicleta el río _Meuse, lo  cruzábamos en un ferry, 
atravesábamos en zigzag los depósitos de combustible y las 
aterradoras plantas químicas de las refinerías, y luego nos 
pasábamos el día entero en las dunas, cazando insectos y 
buscando plantas. Después dedicábamos el domingo a 
identificar y clasificar nuestro botín y a anotar cuidadosamente 
todos los resultados en nuestros cuadernos de trabajo. Para 
nosotros era un oasis de felicidad antes de que el lunes volviera 
a empezar la tediosa semana de clases. 


Hay unas cuatro mil especies de escarabajos en los Países 
Bajos y yo me había propuesto encontrar la mayor cantidad 
posible entre las dunas de Voorne. Al cabo de dos o tres años, 
en los cajones clasificadores protegidos por bolas antipolillas 
que tenía en mi habitación había reunido una colección de más 
de ochocientas especies, algunas de las cuales nunca se habían 
visto en mi país antes. 

Aproximadamente dos centenares de especies eran fáciles 
de encontrar: se trataba de especies comunes, y yo atrapaba 
ejemplares cuando los veía deambular por un sendero 0 
colgando en la punta de una hoja. Pero a medida que iba 
aumentando el volumen de capturas, tuve que adoptar nuevas 
técnicas de caza para atrapar los especímenes más elusivos, que 
vivían en “hábitats especiales”, Así eran los mirmecófilos, 
animales que han encontrado su lugar en la naturaleza 
parasitando los hormigueros. Mi guía de entomología me 
explicó que el mejor momento para capturarlos era en mitad 
del invierno, cuando todos los habitantes del hormiguero se 
habían refugiado en lo más profundo, y —cosa mucho más 
importante— cuando su baja temperatura corporal les impediría 
atacarme a mordiscos. 

Así, una fría mañana de invierno até una azada al cuadro de 
mi bicicleta y me dirigí a uno de los bosquecillos de pinos que 
había en la zona interior de las dunas, donde yo sabía que podía 
encontrar los grandes hormigueros en forma de cúpula en los 
que vive la hormiga roja de la madera, Formica rufa. Los 
montículos seguían allí, cubiertos por los tallos resecos de las 
ortigas urticantes que habían brotado en la superficie de 
aquellas colonias ricas en amonio. Descargué con fuerza la 
azada contra el hormiguero. Después de excavar montones de 
agujas de pino mezcladas con cristales de hielo, llegué a las 
profundidades libres de escarcha en las que se habían ocultado 


las hormigas. Saqué mi cedazo para capturar escarabajos, un 
ingenioso artilugio de diseño alemán, ya muy baqueteado, que 
consistía en un saco de tela resistente dotado de un cedazo y un 
embudo, y empecé a meter en su interior un puñado tras otro 
de tierra del hormiguero. Lo sacudí con todas mis fuerzas para 
separar los insectos de los desechos vegetales, y al final 
deposité todo lo filtrado en una gran bandeja de plástico. Y 
entonces me senté en el suelo y me puse a esperar. 

Al poco tiempo, las hormigas sometidas a la hipotermia 
empezaron a moverse muy despacio. Fueron estirando las patas 
y empezaron a caminar vacilantes en el suelo de plástico. Pero 
las hormigas no me interesaban en absoluto. Lo que yo buscaba 
era lo que había visto disperso entre ellas. Allí había un 
pequeño escarabajo payaso de color marrón, con las patas 
rígidas apoyadas contra el reluciente cuerpo esférico y con 
aspecto de no ser más que una simple semilla. Allá había un 
estafilínido con el abdomen encogido a causa del miedo. ¡Lo 
que yo estaba buscando! Escarabajos mirmecófilos, que solo 
podían encontrarse en un hormiguero. Coloqué los escarabajos 
en el tarro de capturas (un tarro viejo de mermelada en el que 
había metido tiras de papel higiénico y unas gotitas de éter), me 
los llevé a casa, les clavé con cuidado un alfiler y luego les puse 
una tarjetita en la que había pegado un ejemplar de la hormiga 
con la que los había encontrado (eso era lo que recomendaba 
mi guía de escarabajos). Luego los examiné siguiendo con 
cuidado las claves de identificación, que me permitirían 
confirmar que había descubierto una especie de escarabajos que 
jamás podría haber visto si no me hubiera dedicado a escarbar 
en los hormigueros justo en mitad del invierno, 

En Viaje a las hormigas, exhaustivo e incuestionable estudio 
de los prestigiosos especialistas Bert Hólldobler y Edward O. 
Wilson, se dedica un capítulo entero a los animales que 


conviven con las hormigas. El volumen ofrece un índice 
“resumido” que ocupa catorce páginas y que incluye no solo 
escarabajos, sino también ácaros, moscas, orugas y arañas. 
Amén de cochinillas, seudoescorpiones, milípedos, colémbolos, 
hemípteros y grillos... En casi todos los grupos de bichos hay 
especies que se han buscado un lugar entre las sociedades de 
hormigas y se han inventado trucos para sobrevivir entre ellas, 

Esos trucos son de dos clases; el primero consiste en 
mezclarse. Las hormigas viven en un mundo casi 
exclusivamente químico: la comunicación entre la hormiga y su 
sociedad se lleva a cabo a través de un extenso abanico de 
olores y aromas, con los que las hormigas se trasmiten 
mensajes que equivalen al saludo feromónico con un sencillo 
“¿Qué tal estás?”, o un tranquilizador “Bien, muy bien, todo va 
a pedir de boca”, o un excitado “Atención, hay comida a dos 
leguas del nido”, o un frenético “¡poneos a salvo! ¡un cabrón 
está destruyendo el hormiguero con una maldita azada!”. 

El lenguaje químico de las hormigas también funciona como 
un sistema de inmunización social: diferencia lo “propio” de lo 
“extraño”. Cualquier criatura que no huela como los demás 
miembros de la colonia es objeto de un ataque instantáneo. Por 
lo tanto, para invadir un hormiguero, los mirmecófilos (incluso 
los que no quieren causar ningún daño a las hormigas) 
necesitan descifrar el código de identificación de las hormigas, 
y por eso han desarrollado un sistema para hablar “hormigués” 
que impide que los detecten. Muchos mirmecófilos poseen 
glándulas especiales que producen las mismas moléculas 
identificativas que sus anfitriones (especialmente las señales de 
apaciguamiento), las cuales esparcen por el aire mediante 
mechones de pelo. Algunos mirmecófilos, como el estafilínido 
Lomechusa, han llegado incluso a ser bilingiies. En invierno, el 
Lomechusa vive en el hormiguero de la hormiga roja Myrmica 


y conversa apaciblemente con ella por medio de la química, 
Pero en primavera abandona los hormigueros de la Myrmica y 
se traslada a su residencia estival, un hormiguero de hormigas 
rojas de la madera, y a partir de ese momento, sin esfuerzo 
alguno, cambia su vocabulario químico al de la Formica, 

El segundo truco que la evolución ha enseñado a los 
mirmecófilos para que se introduzcan en la sociedad de las 
hormigas es buscar un nicho en el que puedan vivir a salvo y 
felices. El síndrome obsesivo-compulsivo que padecen las 
hormigas les ayuda a encontrarlo. Cada vez que levantamos una 
roca en un jardín y nos tropezamos accidentalmente con un 
hormiguero, el interior del nido suele parecernos un caos de 
hormigas que zigzaguean y de crías dispersas al tuntún. Sin 
embargo, se trata de una sociedad extremadamente 
estructurada que tiene áreas dedicadas a cada uno de los 
servicios específicos que permiten el funcionamiento de la 
sociedad; algo así como una ciudadela medieval. Hay zonas 
para depositar los desechos de la colonia; un anillo periférico 
con varios nidos de guardias donde se alojan las tropas de 
defensa; depósitos de almacenamiento para guardar las 
provisiones; cámaras para el alojamiento de la prole con 
sectores diferentes para las pupas, las larvas y los huevos; los 
aposentos privados de la reina... 

Hay hormigas que tienen establos donde guardan los 
pulgones que les sirven de alimento o huertas para criar hongos 
comestibles o germinar semillas resistentes que puedan luego 
consumir. Y luego hay que mencionar los diversos sectores del 
sistema de transporte del hormiguero: vías para la búsqueda de 
alimento, carreteras que atraviesan el hormiguero, incluso un 
sistema infinito de ramales periféricos que conectan el 
hormiguero con su territorio. Sin una planificación centralizada 
ni un presupuesto público, las hormigas son capaces de 


construir un sofisticado sistema de comunicaciones que muchos 
urbanistas humanos no sabrían diseñar. 

Cada sector y subsector del hormiguero y del terreno que lo 
rodea posee sus propios parásitos mirmecófilos especializados. 
Este fenómeno se inicia ya en las vías de acceso que van y 
vienen del conjunto. Una especie de la hormiga negra europea 
(Lasius fuliginosus) tiene vías de transporte en los troncos de 
los árboles, y esos son los lugares que suele frecuentar el 
escarabajo —Amphotis marginata. Estos escarabajos son 
verdaderos salteadores de caminos. De día se ocultan en los 
refugios que hallan a lo largo de las rutas, pero de noche salen 
y Obligan a detenerse a las hormigas que regresan a casa 
rebosantes de comida, El escarabajo usa las antenas cortas y 
potentes para tapar la boca de la hormiga y golpearle muy 
deprisa la cabeza. Este lenguaje imita de forma muy 
convincente la conducta de las hormigas de la colonia cuando 
piden algo, así que la hormiga, sorprendida, regurgita la comida 
y la suelta sobre el tronco, donde el escarabajo la atrapa de 
inmediato. No obstante, se dan casos en que la hormiga se da 
cuenta del engaño e intenta atacar al salteador. Pero el 
escarabajo Amphotis es plano y grande y está bien blindado; lo 
que hace es simular que se acobarda, retirando los apéndices, 
pero al resultar tan inexpuenable como una tanqueta, la 
hormiga engañada no puede hacer otra cosa que resignarse y 
volver a la colonia con las manos vacías. 

En el interior de la colonia de hormigas negras hay otros 
escarabajos que se buscan la vida. Las larvas de los 
estafilínidos Pella funesta son los basureros del hormiguero. 
Viven en las montañas de desperdicios, donde se alimentan de 
las hormigas muertas, manteniéndose ocultas porque las 
devoran por debajo o incluso introduciéndose en su cadáver. Si 
una hormiga obrera les ataca, las larvas levantan el abdomen, 


de donde unas glándulas secretan sustancias (algo así como 
alcohol para emborrachar a las hormigas) que al instante 
relajan o confunden a sus enemigos. Los adultos de Pella 
funesta también son carroñeros que se alimentan de hormigas 
muertas, pero además cazan hormigas vivas, a veces en grupo. 
Al igual que las manadas de leonas, estos estafilínidos intentan 
subirse al lomo de la hormiga para clavarle las garras en el 
cuello y cortarle los nervios y la garganta. Los ataques suelen 
fracasar, pero si tienen éxito la manada de escarabajos se dará 
un festín comunal con el cuerpo de su presa. 

Sin embargo, El Dorado de la colonia se encuentra en las 
cámaras de la prole, ya que es allí donde las hormigas trasladan 
la comida de mejor calidad (por ejemplo, insectos recién 
capturados) para alimentar a las larvas recién nacidas. Muchas 
especies de parásitos mirmecófilos han descubierto que esas 
cámaras son el lugar de sus sueños, ya que allí consiguen 
comida fresca haciéndose pasar por larvas, o bien capturan a 
las propias larvas y las devoran. El problema es que estas 
cámaras están muy bien protegidas. Si se descubre un intruso 
allí dentro, será eliminado inmediatamente. Por eso mismo, los 
mirmecófilos que se han especializado en desenvolverse en las 
cámaras de la prole han desarrollado técnicas sofisticadas para 
evitar que el enemigo los detecte. El singular escarabajo 
Claviger testaceus es una de esas especies, y por lo tanto posee 
características heredadas tras millones de años de adaptación a 
la vida en el interior de los hormigueros. Es un escarabajo 
pálido, con una cabeza extrañamente alargada y sin ojos, el 
pecho también alargado, unas extrañas antenas en forma de 
porra y tupidos mechones de pelo dorado en el lomo. Una vez 
más, el secreto se halla en esos mechones, ya que contienen 
glándulas cuyas secreciones parecen desprender el olor de la 
muerte (por supuesto, del olor particular de la muerte que 


tienen los cadáveres de insectos). Si una hormiga obrera se topa 
con un escarabajo de la especie Claviger cree que se trata de 
una presa recién cazada (el escarabajo también contribuye al 
engaño haciéndose el muerto), así que lo coge por la parte 
delantera del cuerpo —convenientemente alargada-— y luego lo 
lleva a la cámara de la prole donde se guardan los manjares 
más delicados. Al llegar allí, es muy posible que cubra el 
cuerpo del escarabajo con otros pedacitos de carne en 
putrefacción y luego lo envuelva en saliva cargada de encimas 
digestivas, hecho lo cual se irá a proseguir con sus actividades 
pensando que le ha hecho un gran favor a las larvas. Pero en 
cuanto el Claviger se libere de la montaña de restos de otros 
insectos, empezará a devorar huevos, larvas y pupas de 
hormigas. 

Claviger testaceus, Pella funesta y Amphotis marginata no 
son más que tres especies entre las diez mil especies 
mirmecófilas que los científicos han clasificado y que 
pertenecen a un mínimo de cien familias distintas de 
invertebrados. Esta explosión evolutiva de los mirmecófilos 
empezó a ocurrir probablemente en el mismo momento en que 
se formaron los primeros hormíigueros, cosa que debió de 
suceder hace unos siete millones y medio de años. Y la razón es 
que las hormigas pertenecen al cuerpo de élite de los 
promotores y visionarios que los ecólogos llaman “ingenieros de 
ecosistemas”. 

El término “ingeniero de ecosistemas” lo acuñaron en un 
artículo publicado en la revista Oikos, en 1994, tres ecólogos: 
Clive Jones, John Lawton y Moshe Shachak. El artículo decía: 
“Los ingenieros de ecosistemas son organismos que [...] adaptan 
la obtención de recursos a otras especies y provocan cambios 
de estado físico en elementos tanto bióticos como abióticos. Al 
hacerlo modifican, conservan y crean el hábitat”. Dicho de 


forma más sencilla, los ingenieros de ecosistemas crean sus 
propios ecosistemas. Es muy fácil comprobar que las hormigas 
se ajustan a esta definición: se esparcen por el entorno y 
gracias a su avanzado nivel de autogestión son capaces de 
concentrar grandes cantidades de recursos en sus colonias. El 
interior del hormiguero es un ecosistema nuevo que recibe un 
flujo constante de energía en forma de comida transportada 
por las hormigas, y ese ecosistema lo pueden explotar otras 
especies. Las diez mil especies de mirmecófilos que existen son 
las nuevas especies que han evolucionado para aprovechar las 
oportunidades que ofrece la ingeniería de ecosistemas de las 
hormigas. Pero hasta las especies que no pueden clasificarse 
como mirmecófilas se ven afectadas por los cambios que las 
hormigas introducen en el entorno. Por ejemplo, las ortigas 
urticantes que crecen en los montículos ricos en nitrógeno que 
se van acumulando alrededor de los hormigueros de hormiga 
roja de la madera que yo me puse a excavar con la azada. 
Aparte de las hormigas, hay otros muchos organismos que 
también son importantes ingenieros de ecosistemas. Pensemos 
en esos animales que crean estructuras mucho más grandes que 
ellos mismos, como las termitas o los corales. Pero los 
ingenieros de ecosistemas no tienen por qué ser pequeños. 
Fijémonos en los castores, por ejemplo. No hay un mejor 
equipo de ingenieros hidráulicos que una familia de castores. 
Mastican la corteza de los árboles y la usan, combinándola con 
piedras y rocas, para construir presas que miden cientos de 
metros. Si el agua fluye sin demasiada fuerza, los castores 
levantan una presa en línea recta; pero si el agua tiene mucho 
caudal, la presa tiene un diseño curvo para que resista mejor el 
impacto. Las presas hacen que el caudal de los ríos pierda 
fuerza y el cauce se vaya ensanchando, lo que crea en las 
riberas un terreno pantanoso que resulta mucho más difícil de 


cruzar para los predadores de castores como los lobos; esos 
terrenos permiten, además, que haya un suministro constante 
de alimento (plantas acuáticas y brotes de árboles) durante el 
invierno. Los castores también construyen canales para 
transportar troncos que resultan demasiado pesados en tierra 
firme, y además levantan refugios: unas viviendas en forma de 
choza que construyen con ramas gruesas, ramitas y hierbas, y 
que luego rellenan con barro además de trocitos de madera y 
fragmentos de corteza. A consecuencia de todos estos trabajos, 
los castores tienen un impacto extraordinario en el medio 
ambiente, que a su vez acaba creando nuevos nichos ecológicos 
para muchas otras especies. E incluso cuando los castores 
abandonan la zona, de modo que las presas que han levantado 
se vienen abajo o se ven atravesadas por un sinfín de boquetes, 
la nueva inundación que se produce permite el desarrollo de 
áreas pantanosas que perdurarán durante décadas tras su 
marcha, 

Una zona donde los castores han tenido un impacto 
considerable es una vasta isla que se halla en la costa oriental 
de América del Norte, en el estuario del río Muhheakantuck, 
Esta isla alargada presenta un suave paisaje ondulado de 
elevaciones y depresiones del terreno; el nombre que le dieron 
los lanape que habitaban la zona era “isla de muchas colinas”. 
Hasta hace unos doscientos años, ese paisaje lo cubrían los 
bosques de castaños, robles y nogales americanos, que 
absorbían el agua de la lluvia, muy abundante, e iban 
soltándola poco a poco, lo que permitió la aparición de un 
centenar de kilómetros de ríos y arroyos que se fueron 
extendiendo por toda la isla. Los castores abundaban en ese 
entorno tan favorable para ellos. En un lugar de la parte 
meridional de la isla, dos riachuelos se unían en un valle y 
formaban una hondonada no demasiado profunda. Allí 


construyeron los castores una presa que bloqueaba el paso de 
los dos arroyos, de modo que el valle se transformó en una 
ciénaga de arces rojos que poco a poco colonizaron otros 
animales que se sentían a gusto en el entorno, como los patos 
joyuyos, los sapos verdes y los peces gato. Además de arces 
rojos, había plantas acuáticas como Alisma triviale y violetas 
azules de los pantanos. Sabemos todas estas cosas porque las 
descubrió un estudio —pionero en más de un sentido de la 
palabra- llevado a cabo por el ecologista de paisajes Eric 
Sanderson, de la Wildlife Conservation Society de Nueva York, 
Usando información sobre el clima de la isla, la clase de suelos 
y la topografía, junto con crónicas de los primeros colonos 
holandeses e ingleses establecidos en la zona, que describían la 
flora y la fauna del lugar, además de un modelo informático de 
toda la cadena alimentaria de esa parte de Norteamérica, 
Sanderson pudo reconstruir cómo había sido aquel paisaje -y 
qué clase de vida salvaje contenía— hace cuatrocientos años. 
Hoy no queda nada de todo aquello. Y esto es así porque 
aquella isla es Manhattan y el trabajo de Eric Sanderson se 
conoce ahora como el Proyecto Mannahatta. El propósito de 
aquel estudio era crear un sitio web con un mapa navegable de 
lo que hoy es Manhattan, en el que pudiera buscarse cualquier 
lugar actual, despojarlo de todas las estructuras humanas y 
dejar a la vista, a pleno color y con el máximo detalle, la 
reconstrucción más exacta posible del hábitat y de la abundante 
fauna salvaje que existía allí antes de la llegada de los 
europeos. “[Cuatrocientos] años de desarrollo continuo han 
hecho que nos resulte tan difícil imaginar ahora la abundancia 
natural que había en esta zona como les resultaría a los 
primeros colonos europeos y a sus vecinos nativos imaginar 
nuestras modernas carreteras, nuestros rascacielos y nuestra 
riqueza”, decía Sanderson en su estudio. El objetivo de su 


trabajo se alcanzó el 12 de septiembre de 2009, cuatrocientos 
años después del día en que Henry Hudson, que navegaba en un 
barco de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, 
pusiera por primera vez los ojos en la isla y anotara en su 
cuaderno de bitácora: “Es un lugar tan agradable como el mejor 
que uno pueda pisar en la tierra”. 

La verdad es que, cuando se visita el mapa interactivo del 
proyecto en http://welikia.org, es como si Google Earth te 
hubiera llevado a uno de los pocos lugares salvajes que quedan 
en la Tierra. Los bosques cubren la isla de una orilla a otra, con 
la única excepción de algunos prados, ciénagas y arroyos, o bien 
unos pocos campamentos de indios lanape o algunas playas y 
promontorios rocosos que se ven en la orilla. Un lugar 
paradisíaco. Pero si uno presiona el botón calles, aparece en 
pantalla el callejero moderno que oculta por completo toda 
aquella vegetación. Y de repente se da uno cuenta de que ese 
maravilloso riachuelo que ha estado mirando embobado se halla 
realmente en Harlem o en Greenwich Village. Y la confluencia 
de los dos arroyos en la que el ecosistema hidráulico de los 
castores había creado una ciénaga poblada de arces rojos está 
justo en medio de lo que ahora es Times Square: uno de los 
riachuelos sale del edificio del New York Post y el otro del 
instituto Jacqueline Kennedy Onassis. 

Llegados a este punto, el lector ya tendrá una idea de hacia 
dónde se dirige este libro. Al presionar los botones del mapa 
interactivo del Proyecto Mannahatta, vamos desplazándonos 
entre las obras de dos clases de ingeniería de ecosistemas. Los 
castores de Manhattan ya han desaparecido, pero los ha 
sustituido aquel a quien podríamos denominar el ingeniero de 
sistemas más eficiente: el Homo sapiens que se desenvuelve en 
el Manhattan actual, en un ecosistema que ha creado para sí 
mismo, igual que las hormigas en un hormiguero. Y como 


ocurre con todos los buenos ingenieros, al crear ese ecosistema 
ha creado también unos nichos compartidos con otros animales 
y plantas. No son parásitos mirmecófilos, sino más bien 
antropófilos. Y serán esas especies antropófilas y los nichos que 
van encontrando en el ecosistema de ingeniería humana lo que 
vamos a descubrir en este libro. 


fué a 
Bña 


El hormiguero humano 


Al definir al Homo sapiens como el ingeniero de 
ecosistemas más eficiente de toda la naturaleza, uso 
deliberadamente el término “naturaleza”, ya que una metrópolis 
superpoblada, ruidosa, contaminada y repleta de cemento no 
suele ser lo que normalmente llamamos “naturaleza”. Por lo 
general, cuando pensamos en la “naturaleza” tenemos en mente 
las imágenes que veo delante de mí mientras escribo estas 
palabras. 

Me encuentro sentado en la veranda de un centro de 
investigación en el Borneo malayo, donde estoy pasando unos 
días para preparar un curso de biología tropical. A cinco 
metros de mí empieza la selva tropical, todavía intacta. En mi 
campo de visión hay al menos cien especies distintas de 
plantas: son árboles corpulentos con raíces tan gruesas como 
contrafuertes, en cuyas ramas cargadas de residuos orgánicos 
brotan varias especies de helechos, de las que surgen lianas y 
palmas trepadoras, en algunas de las cuales hay colonias de 
hormigas Myrmicaria. La lujuriante vegetación lleva dos horas 
distrayendo la atención que yo debería haber dedicado a 
escribir este texto. En ese tiempo he visto dos jabalíes 
barbudos que han pasado soltando gruñidos, una ardilla gigante, 
un shama de corona blanca, unas veinte especies de mariposas, 
un enorme escarabajo de la flor de color verde metálico que ha 
pasado zumbando a gran velocidad, y también he oído el canto 
inconfundible de los cálaos de yelmo (una serie cada vez más 
rápida de “guuujus” que culminan en una especie de risotada de 


maniaco) y un argo real (“¡guau-guau!”) que llamaba desde muy 
lejos. 

Este bosque tropical permanece virgen, con excepción de los 
soportes con banderines de colores que los alumnos han 
clavado en el suelo para señalar las áreas de trabajo. A lo lejos, 
la ladera del bosque se eleva hasta alcanzar una altura de mil 
seiscientos metros, donde se halla un cráter casi circular de 
veinticinco kilómetros de amplitud que no fue descubierto 
hasta 1943, cuando un piloto estuvo a punto de estrellar su 
avión contra las abruptas formaciones rocosas que lo rodean. 
Se cree que el ser humano nunca había pisado este “mundo 
perdido” hasta que se construyó el centro de observación. Si 
hay algo que signifique naturaleza es un lugar como este: 
salvaje, virginal y libre de cualquier clase de corrupción 
humana, 

Sin embargo, cuando hablamos de la naturaleza, ¿por qué 
siempre excluimos de la fórmula, de modo implícito o explícito, 
a los seres humanos? ¿Por qué creemos que los hormigueros 
que cuelgan de aquel árbol de allí son naturales, mientras que 
no lo son las ciudades habitadas por los seres humanos? ¿Por 
qué admiramos el papel protagónico de estas hormigas en el 
funcionamiento ecológico del bosque tropical, al tiempo que 
expresamos nuestro desagrado por la forma en que el hombre 
destruye el paisaje? En puridad, no hay una diferencia esencial 
entre una y otra cosa. Las hormigas son ingenieros de 
ecosistemas y construyen su colonia con materiales obtenidos 
del entorno, exactamente como lo hacen los seres humanos. Las 
sociedades que han formado crecen porque las hormigas 
obreras, que todo lo hacen por el bienestar de la colonia entera, 
acaparan cuanto sea comestible en el terreno donde viven, 
exactamente igual que los seres humanos. De tener 
oportunidad, siempre que su entorno pueda suministrarles 


alojamiento y comida, la colonia crecerá y se multiplicará; 
exactamente lo mismo que ocurre en las ciudades humanas. 
¿Por qué creemos, entonces, que las sociedades de hormigas y 
el rol que desempeñan en la cadena alimentaria global son un 
fenómeno natural, en tanto que consideramos que la sociedad 
humana representa una coacción antinatural e indeseada, una 
imposición por la fuerza en la cadena alimentaria? 

Filósofos, ecólogos y conservacionistas han hecho correr ríos 
de tinta intentando explicar qué es la naturaleza y lo natural, 
de modo que intentaré no añadir mi propio afluente. Pero 
quiero dejar bien claro que las ciudades humanas me parecen 
un fenómeno completamente natural, equiparable en todos los 
aspectos a las megaestructuras que otros ingenieros de 
ecosistemas crean para sus sociedades. La única diferencia 
estriba en el hecho de que las hormigas, las termitas, los corales 
y los castores han llevado a cabo su actividad a una escala 
modesta durante millones de años, mientras que la escala del 
ecosistema humano ha ido creciendo a razón de varios órdenes 
de magnitud a lo largo de tan solo unos pocos millares de años. 
Otra cosa muy distinta es que estemos capacitados como 
especie para habitar esas complejas y densas comunidades, y de 
este asunto hablaremos al final del libro. Pero antes tengo que 
examinar la moderna megaurbe humana como lo que es: un 
fenómeno ecológico fascinante y novedoso. 

Al principio, en el periodo en que nuestra especie acababa 
de reemplazar a sus antecesoras de cerebro mucho menos 
desarrollado, y era todavía tan minoritaria que hoy figuraría 
entre las más vulnerables de la Lista de Especies Amenazadas, 
ya éramos ingenieros de ecosistemas a tiempo parcial. De una 
forma bastante similar a la de los  castores, nuestros 
antepasados cazadores-recolectores buscaban un emplazamiento 
adecuado, a ser posible dotado de protección natural —quizá un 


saledizo rocoso o una cueva-, y se instalaban allí durante cierto 
espacio de tiempo para explotar el medio ambiente antes de 
continuar su camino. Es posible que tuviéramos animales 
“protodomésticos”, como los antepasados del perro, que nos 
siguieran los pasos y que pulularan alrededor de los 
campamentos en busca de restos de comida; y también es 
posible que tuviéramos nuestros propios animales y plantas 
domésticas: roedores comestibles enjaulados (como las ratas 
polinésicas que los lapita llevaban siempre consigo) o algunos 
esquejes de plantas medicinales. Para montar el campamento 
había que talar y roturar la vegetación que crecía en el 
emplazamiento deseado, aparte de cuidar las plantas 
comestibles y medicinales y arrancar las nocivas. Haciamos 
hogueras para cocinar el pescado y la carne de caza, al igual 
que las almejas y los caracoles que buscábamos en los arroyos. 
Saqueábamos las colmenas de abejas para quedarnos con los 
panales de miel y con las crías de abeja, muy ricas en proteínas, 
cazábamos la megafauna autóctona y recolectábamos frutas 
frescas y frutos secos del bosque. Igual que los castores, a veces 
construíamos una presa en un arroyo, en nuestro caso para 
atrapar los peces que se veían río abajo, saltando en las aguas 
poco profundas. El efecto que causábamos en el medio era sutil 
un microclima más seco debido a la tala de la vegetación, una 
menor cantidad de animales de gran tamaño, la introducción de 
algunas especies exóticas, pero este se recuperaba enseguida 
cuando el grupo humano desmantelaba el campamento y se iba 
en busca de otros territorios de caza, 

Las cosas cambiaron cuando descubrimos la agricultura, El 
invento revolucionario de cultivar la comida en vez de tener 
que cazarla tuvo dos consecuencias fundamentales en nuestra 
forma de vida. En primer lugar, si podían cultivarse los 
alimentos en el mismo entorno del campamento, eso significaba 


que ya no era necesario ni provechoso dedicarse a la vida 
nómada. Tomarse la molestia de roturar los campos y 
cultivarlos era una inversión a largo plazo. Mientras el suelo no 
se agotase, lo mejor era no moverse del sitio. Y en segundo 
lugar, el cultivo de los campos supuso un cambio en nuestros 
niveles tróficos (el nivel trófico es el puesto que ocupa un 
organismo en la cadena alimentaria) Las plantas que se 
alimentan de energía solar y “consumen” el carbono del aire 
ocupan el primer nivel trófico, el de los principales 
“productores primarios”. El segundo nivel lo ocupan los 
animales vegetarianos que se alimentan de los productores 
primarios. El tercer nivel es el de los predadores que se 
alimentan de los animales vegetarianos, y así sucesivamente. La 
cadena alimentaria tiene forma de pirámide porque únicamente 
una décima parte de la energía producida en un nivel llega al 
nivel siguiente. El resto se pierde por el camino en forma de 
residuos, calor y energía para mantener las funciones vitales de 
los organismos que ocupan el siguiente nivel. Y si tenemos en 
cuenta que la energía se traduce en la cantidad de vida que 
puede alojar cada nivel, en cualquier hábitat nos encontramos 
con toneladas de materia vegetal (nivel 1), millones de insectos 
que se alimentan de plantas (nivel 2), miles de aves 
insectívoras (nivel 3), un puñado de comadrejas y aves de presa 
(nivel 4) y tal vez un único predador en la cúspide de la 
pirámide, en el nivel 5, como un tigre solitario o un águila que 
caza sola, Los seres humanos, al sustituir la caza por la 
agricultura como fuente primordial de sustento, bajamos 
colectivamente un nivel en la pirámide trófica y nos instalamos 
en un nivel en el que había mucha más energía y por lo tanto 
mucho más espacio donde desarrollarnos. 

Y bien que nos desarrollamos. Hace cinco o seis mil años 
mejoramos las condiciones de irrigación y cultivo del suelo 


hasta el punto de que ya no se hizo necesario cambiar 
continuamente de emplazamiento a causa del agotamiento de 
los nutrientes. La agricultura resultó tan exitosa que no todo el 
mundo tenía que participar en las tareas agrícolas, El cultivo 
del campo se dejó a los especialistas y los demás miembros de 
la comunidad pudieron dedicarse a otras actividades también 
muy necesarias. De ese modo, los asentamientos permanentes 
podían además suministrar comida y bienes muy codiciados a 
los lugares del interior. Cambio que a su vez supuso la 
aparición de nuevas tecnologías de transporte, así como de 
personas especializadas en crearlas y mantenerlas. También 
empezó a organizarse en las ciudades la actividad bélica 
orientada a subyugar a las tribus que todavía se dedicaban a la 
caza y a la recolección, lo que a su vez supuso la ampliación de 
las zonas dedicadas a la agricultura y la expansión de la vida en 
asentamientos permanentes. Más o menos por esas fechas, hace 
ahora unos seis mil años, aparecieron las primeras ciudades en 
Mesopotamia, Al principio solo existían a pequeña escala, pero 
a medida que fueron pasando los siglos muchas otras partes del 
mundo empezaron a urbanizarse. Surgieron ciudades nuevas en 
la India y en Egipto, y más tarde, en una sucesión cada vez más 
rápida, en Pakistán, en Grecia, en China... Una técnica de 
animación basada en las investigaciones de Meredith Reba y 
sus colegas de la universidad de Yale muestra cómo fueron 
apareciendo las ciudades a lo largo del planeta, desde hace unos 
5.700 años hasta hoy. Muy despacio al principio, pero después 
fueron creciendo como los granos de maíz que explotan en la 
sartén, hasta llegar al clímax urbano que se produjo durante el 
siglo pasado. 

A lo largo de las próximas décadas, la explosión urbana se 
hará más ruidosa y serán las megaurbes (de diez millones de 
habitantes o más) las que marquen la pauta. En el delta del río 


de las Perlas, uno de los centros económicos más importantes 
de China, tantas ciudades se apelotonan en un área menor que 
la modesta superficie de Bélgica que se las considera una sola 
“megalópolis”, cuya población conjunta asciende a ciento veinte 
millones de habitantes, casi los mismos que tiene toda Rusia. 
En el año 2030, casi el 10% de toda la población de la tierra 
vivirá en 41 megaurbes, la mayoría de las cuales estarán en 
China Oriental, India y África Occidental. Kinsasa, que era una 
tranquila ciudad provinciana hace unas pocas décadas, tendrá 
veinte millones de habitantes, y en Lagos la población 
alcanzará los veinticuatro millones. Las cifras pueden parecer 
abrumadoras, pero el proceso más rápido de urbanización 
tendrá lugar en ciudades pequeñas o de mediano tamaño (por 
debajo de los cinco millones de habitantes), en países que ya 
habrán dejado de ser mayoritariamente rurales, Esas ciudades 
están creciendo muy deprisa, a razón del 2% anual, mientras 
que el índice de crecimiento de las megaurbes es solo del 0,5%. 
A lo largo de la próxima década, las ciudades más pequeñas de 
países en vías de desarrollo van a absorber el doble de 
población que sus hermanas de mucho mayor tamaño. Entre los 
años 2000 y 2010, por ejemplo, la población urbana de un país 
como Laos, en el que no hay grandes centros urbanos, se ha 
duplicado. 

Estas estadísticas no significan que los expertos se pongan 
de acuerdo sobre lo que es una ciudad. Las definiciones 
socioeconómicas varían de época en época y de lugar en lugar. 
En Noruega, un poblado de doscientos habitantes ya se 
considera un área urbana, mientras que en Japón se necesitan 
cincuenta mil para alcanzar el mismo rango. El rango de zona 
urbana también depende de las clasificaciones administrativas. 
Hay ciudades que se consideran “oficiales” y que por lo tanto 
pueden reclamar los beneficios de tal estatus. Por ejemplo, solo 


dos de los municipios que forman Londres tienen la categoría 
de ciudad, mientras que ninguno de los demás, ni tampoco 
Londres en su conjunto, tiene la clasificación oficial de ciudad, 
Para no complicar las cosas, abordaré las cosas con 
pragmatismo y me limitaré a considerar ciudades todas las 
áreas en las que la densidad de población humana y de edificios 
aumente constantemente, y con ellas las infraestructuras y el 
nivel medio de renta de la población. Pero esos son tan solo 
factores humanos. Tras ellos aparecen unas características 
ecológicas muy interesantes. 


111 
La ecología del centro de la ciudad 


Sow-Yan usa las dos manos,“¡pane!”, una para apretar un 
gatillo invisible y la otra para apuntar con el imaginario cañón 
de un arma contra el cielo abrasador de Singapur. Está 
imitando un disparo de escopeta. De nuevo exclama “¡panel”. 
La imitación sirve de respuesta a la pregunta que le he hecho 
sobre la situación del cuervo casero indio. “En mi zona los 
matan a tiros —dice casi indienado—. Y sin ningún motivo. Basta 
que alguien se queje de ellos y enseguida hay alguien 
cazándolos. Además, ahora todo el mundo usa los contenedores 
de basura, así que los cuervos ya no pueden acceder a ella. 
Antes solo tenían que abrir a picotazos las bolsas de plástico”. 

Vamos caminando por la costa meridional de Singapur. Mi 
anfitrión, Chan Sow-Yan —un ingeniero informático jubilado, 
naturalista y experto en moluscos autóctonos— se ha detenido 
un instante para representarme la caza del cuervo. Luego 
continúa su camino hacia el lugar donde el canal de Rochor 
desemboca en el río Kallang. Allí, un promontorio se yergue 
sobre el agua, y él me lleva hasta la cima para contemplar el 
estuario. Una bandada de cuervos indios (Corvus splendens) se 
aleja volando, pero enseguida ocupa su lugar un grupo de minás 
javaneses (Acridotheres javanicus), esas hermosas aves de 
color antracita y blanco, ojos malévolos, patas de color amarillo 
chillón y pico también amarillo, adornado por una pequeña 
cresta de tupidas plumillas negras. Los minás empiezan a 
corretear de un lado a otro, cogiendo los bocados comestibles 
que encuentran entre la grama brasileña  (Axonopus 
compressus) y las mimosas (Mimosa pudica). Sow-Yan señala el 


borde del agua, donde a la grama la sustituye la mimosa 
acuática de flores amarillas (Neptunia oleracea). Después, 
apuntando con el dedo en diferentes direcciones, me va 
indicando dónde están los montículos de huevos rosados del 
caracol manzana (Pomacea) adheridos a la orilla, un enorme 
pavón mariposa (Cichla orinocensis) que asoma la cabeza para 
respirar, y una diminuta tortuga de orejas rojas (Trachemys 
seripta elegans) que nada tranquilamente justo por debajo de la 
superficie. 

El parque del río Kallang es un rico ecosistema tropical, 
pero eso no significa que sea un paraíso salvaje e idílico. Más 
bien se trata de una bolsa diminuta de vegetación encajonada 
entre los rascacielos de Singapur. Hay unas pocas zonas de 
césped con bosquecillos de mangos, cocos y ficus; chicas 
malayas que se hacen selfies en los bancos del parque; senderos 
Zigzagueantes por los que unos cuantos europeos hacen jogging 
casi chocando con los adolescentes hindúes que están haciendo 
skateboard; y una señora china con sombrero cónico que 
pedalea transportando tres cocos en la cesta delantera de la 
bicicleta. El promontorio desde el cual Sow-Yan y yo 
observamos el paisaje, y los muelles donde se apiñan los 
plastones de huevos rosados del caracol manzana, se han 
construido de implacable hormigón. El río ya no está sometido 
al flujo de las mareas porque más abajo se ha levantado la 
presa gigantesca de Marina Barrage. Los minás y los cuervos se 
alimentan de restos de cáscaras de coco y otros residuos que 
dejan abandonados los excursionistas que van al parque a hacer 
picnic, y los bosques de algas de agua dulce que devoran las 
tortugas y los moluscos acuáticos crecen entre un amasijo de 
tetrabriks y botellas de plástico. A causa de las inundaciones y 
las fugas en el sistema de alcantarillado de la ciudad, el agua 
presenta la inconfundible huella química que dejan los cinco 


millones setecientos mil habitantes de Singapur. Un estudio 
dirigido por el profesor Xu Yonglan, de la Universidad Técnica 
de Nanyang en Singapur, descubrió que hay 0,1 miligramos de 
productos farmacéuticos en cada litro de agua del río Kallang 
(en su mayoría analgésicos como el ibuprofeno y el naproxeno), 
y cantidades similares de estrógenos (procedentes de productos 
cosméticos y farmacéuticos) y de un insecticida que se usa para 
eliminar pulgas y parásitos del perro. En otras zonas de 
Singapur, los investigadores han descubierto 1,2 miligramos de 
cafeína (casi lo que contiene una cucharadita de café) en cada 
litro de agua del río, 

Además, ni uno solo de los animales y plantas que vemos 
Sow-Yan y yo pertenece a una especie nativa de Singapur. El 
cuervo casero, originario de la India, Sri Lanka, Myanmar y la 
región china de Yunnán, apareció de repente en 1948, Nadie 
sabe muy bien de dónde vino; quizá llegó desde las plantaciones 
de Malasia, donde medio siglo antes habían liberado algunos 
ejemplares para controlar una plaga de orugas que estaba 
devorando las plantaciones de café, O quizá llegó como polizón 
en aleún barco. En cualquier caso, los cuervos se apañaron bien 
y aumentaron su número desde varios cientos en los años 
sesenta a cientos de miles al principio del siglo xxi. A pesar del 
sacrificio de al menos trescientos mil cuervos en los últimos 
quince años, y a pesar de la adopción de una multitud de 
medidas destinadas a impedir que se alimenten de los 
desperdicios urbanos y  aniden en los  omnipresentes 
flamboyanes amarillos que crecen en las aceras de Singapur, los 
cuervos siguen siendo una presencia constante (y a juzgar por 
lo que opinan los vecinos de Sow-Yan, una amenaza nociva) 
que ha invadido toda la ciudad. Los minás javaneses llegaron 
como mascotas domésticas hacia 1925 (son aves muy buscadas 
para tenerlas en jaulas y además grandes imitadores de voces), 


procedentes de Java o de Bali, donde tienen su hábitat natural. 
En 1960, el ornitólogo Meter Ward decía de ellos: “Son aves 
tímidas que visitan los jardines de las afueras, pero que apenas 
se ven en el centro de la ciudad”. Desde entonces han perdido 
cualquier atisbo de timidez y se han convertido en la especie 
aviar más numerosa y ruidosa de la ciudad, a tal punto que tal 
vez compitan en número con la población humana. “Las sillas 
de las cafeterías están llenas de mierda de minás”, dice Sow- 
Yan en tono compungido. 

La ubicua grama brasileña, una hierba resistente de grandes 
espigas que se encuentra en cualquier lugar que uno pise en el 
sudeste asiático, es originaria de América central y meridional, 
y lo mismo puede decirse de su compañera, la muy entretenida 
Mimosa pudica, cuyas hojas se contraen inmediatamente 
cuando las tocamos. A lo largo de los siglos, sus pegajosas 
semillas han ido viajando de matute por todo el globo 
adheridas a la ropa de los viajeros, las suelas de sus zapatos y 
las ruedas de los vehículos. Nadie sabe con seguridad cuál es la 
procedencia de la mimosa acuática, pero está comprobado que 
no es nativa de esta zona. Sow-Yan cree que llegó de México. 

Los gigantescos caracoles manzana que vemos deslizarse, 
con los tentáculos extendidos, sobre la capa de plásticos del 
fondo del canal provienen de Sudamérica. Probablemente 
iniciaron su viaje planetario gracias a los vertidos de agua de 
acuario y ahora son miembros orgullosos de la delegación de 
los caracoles en la lista de especies invasivas más peligrosas del 
mundo. También pertenece a esta lista la tortuga de orejas 
rojas -que igualmente procede de los vertidos de agua de 
pecera, otra especie llegada desde la América tropical, 
mientras que el pavón mariposa, que es natural del río 
Amazonas, se ha instalado en la ciudad-estado gracias al 


“entusiasmo de los pescadores de caña”, según han estudiado 
los ictiólogos singapurenses Ng Heok Hee y Tan Heok Hui. 

El ecosistema urbano de Singapur, como el de todas las 
ciudades del mundo, ya no consiste en una selección de 
especies autóctonas, sino que se ha ido formando, igual que su 
población humana, con inmigrantes llegados de todo el planeta, 
Ya fuera de forma deliberada o accidental, la gente ha ido 
transportando flora y fauna a todas las partes del mundo donde 
ha viajado o donde ha mantenido relaciones comerciales. Y los 
lugares donde la actividad humana alcanza su máxima 
actividad -—lugares como Singapur, que es el segundo puerto 
comercial más importante del mundo- muestran una presencia 
abundante de tales especies exóticas. Estos ecosistemas urbanos 
no se forman durante largos periodos evolutivos o por medio 
del lento proceso de colonización de unas especies por otras en 
función de su propio ímpetu o de su propia elección, sino que 
son obra exclusiva del hombre. Hay muchos ecosistemas 
urbanos que solo contienen especies no nativas, sobre todo en 
el mundo submarino. El entorno de la bahía de San Francisco, 
por ejemplo, está dominado por criaturas marinas llegadas de 
otro sitio. La mayoría de estas especies han venido en el agua 
de lastre, que es el agua de mar (y todo lo que viva en ella) con 
la que los barcos llenan sus tanques para ganar estabilidad una 
vez han descargado, y que más tarde expulsan en el siguiente 
puerto de atraque. 

Sow-Yan se fija en las perlas de sudor han empezado a 
formárseme en la frente. “¿Tienes sed? ¿Quieres que tomemos 
una copa?”, Me lleva por Crawford Street hacia un laberinto de 
edificios de apartamentos. Nos detenemos en una placita en la 
que hay grama brasileña y unas pocas palmas ornamentales 
encajonadas entre una torre imponente de bloques de 
apartamentos, de los que cientos de rugientes aparatos de aire 


acondicionado sueltan un chorro incesante de aire caliente. Nos 
sentamos en un chiringuito al aire libre y miramos a los minás 
javaneses que picotean trozos de comida entre las patas de las 
mesas de plástico, con el pico abierto para intentar refrescarse. 
Ellos también están sintiendo los efectos de la isla urbana de 
calor. 

La “isla urbana de calor”, descrita por primera vez en 1965 
por el geógrafo Tony Chandler en su ensayo sobre el clima de 
Londres, se debe a múltiples factores. El primero es que la 
actividad de millones de personas que viven hacinadas en un 
área muy pequeña, en compañía de sus coches, trenes y otras 
máquinas, crea un exceso de energía calórica que se queda 
atrapada entre los altos edificios de la ciudad. El segundo es 
que las piedras, el asfalto y los objetos metálicos de las calles 
absorben el calor durante el día —ya sea directamente del sol o 
bien a través del reflejo lumínico en las ventanas-— y luego se 
enfrían poco a poco por la noche, de modo que siguen 
irradiando calor a todas horas. Cuanto mayor sea la ciudad, 
mayor será la isla urbana de calor; cada vez que la población se 
multiplica por diez, la temperatura aumenta tres grados 
centígrados. En las ciudades más grandes del mundo puede 
hacer por encima de doce grados más que en el campo 
circundante. Es más, la columna de aire caliente que asciende 
lentamente desde la ciudad provoca que se levante una brisa en 
dirección a ella. A medida que la columna de aire sube se va 
enfriando y el agua empieza a condensarse en torno a las 
partículas de polvo, lo que provoca el fenómeno llamado “lluvia 
urbana”. Dicho en otras palabras: algunas ciudades son tan 
erandes que producen su propio clima: el viento siempre sopla 
en su dirección y es mucho más cálido y húmedo que en las 
zonas rurales que se extienden a su alrededor. 


En Singapur, la isla urbana de calor tiene su epicentro 
exactamente en el lugar en el que Sow-Yan y yo estamos 
sudando mientras nos tomamos un zumo de caña de azúcar. 
Según las mediciones de la Universidad Nacional de Singapur, 
deberíamos añadir siete grados centígrados a la ya cálida 
temperatura tropical. Es hora de meternos en el Toyota con 
aire acondicionado de Sow-Yan e irnos a ver la presa de Marina 
Barrage, 

Para llegar allí hay que atravesar los siete kilómetros del 
distrito financiero de Singapur, corazón futurista de la ciudad 
donde los logros de la arquitectura moderna están rodeados, 
como si fueran peñascos en mitad de un río, por autopistas de 
diez carriles. Desde el coche observo la vegetación olvidada que 
crece entre los edificios y que me recuerda que la ecología 
urbana es una ecología de la fragmentación. Casi toda la ciudad 
está hecha de hormigón y de acero, y en sus superficies solo 
pueden anidar las aves acostumbradas a posarse en las rocas, 
como los vencejos y los halcones peregrinos, o bien las formas 
diminutas de vida que crean un ecosistema tan delgado como 
una película en la superficie de meteorización (bacterias, 
líquenes, algas y otros animales minúsculos, como los pececillos 
de plata y los colémbolos, que pueden sobrevivir en un hábitat 
de dos únicas dimensiones). La mayoría de las restantes 
especies no pueden vivir en las superficies impermeables de la 
ciudad, ya que necesitan alguna clase de “tierra fértil”, Claro 
que “tierra fértil” pueden ser las rendijas del pavimento por 
donde germinan las esporas aerotransportadas del helecho 
Pteris multifida. O el borde de una alcantarilla donde las 
semillas de una fruta estrella que alguien tiró al suelo echan 
raíces y empiezan a retener la humedad que le permitirá crear 
un ecosistema en miniatura, adecuado para gusanos nematodos, 
hormigas y musgos. También puede hallarse en unos pocos 


metros cuadrados de vegetación: las albizias de las cunetas, las 
flores de los tiestos de un balcón, los racimos de enredaderas y 
plantas trepadoras que envuelven los pilares del paso elevado 
de Ophir Road, o incluso el jardín que hay en la azotea del 
edificio megalomaníaco del Marina Cay Sands Resort, que se 
levanta entre la bruma como si fuera un conjunto megalítico de 
Stonehenge de última generación. Y también hay que incluir 
otras zonas de vegetación de mayor tamaño: parques diminutos 
como el del río Kallang o los restos de bosque tropical que 
sobreviven en las reservas naturales de Bukit Timah y de 
Central Catchment. Basta echar un vistazo a un mapa de 
Singapur para ver que todo es bosque fragmentado: motas 
dispersas de verde que se aparecen entre las amplias zonas de 
gris y marrón donde se levantan las áreas construidas por el 
hombre. 

De los quinientos cuarenta kilómetros cuadrados de bosque 
tropical que poblaban la isla hace doscientos años, cuando el 
sultán de Johor permitió a los británicos montar sus tiendas 
imperiales, solo han sobrevivido dos kilómetros cuadrados en 
Bukit Timah y en Central Catchment. Quedan también unos 
veinte kilómetros cuadrados de vegetación “secundaria”, que 
forman las áreas del tamaño de un sello postal que indican las 
zonas verdes del mapa. Aquellos organismos que no pueden 
pasarse la vida entera en una superficie de hormigón necesitan 
esos islotes de vegetación para sobrevivir en la ciudad. 

Pero ocurre una cosa con las ciudades: cuanto más pequeñas 
y más aisladas sean, menos vida podrán albergar. En la década 
de 1960, el entomólogo Edward O. Wilson y el ecólogo Robert 
MacArthur acuñaron una nueva teoría ecológica que 
denominaron “la isla biogeográfica”. Consistía en lo siguiente: 
imaginemos un puñado de islas (puede tratarse de islas reales o 
bien de cualquier fragmento de hábitat). El número de especies 


(de mariposas, supongamos) que viven en cada isla depende de 
dos cosas: de cuántas especies distintas de mariposas consigan 
llegar a la isla, y de la rapidez con que las especies de 
mariposas se extingan allí. Si una isla es pequeña y está muy 
alejada de la tierra firme, lo más probable es que las mariposas 
pasen de largo y no se instalen en ella. Pero si una especie 
coloniza la isla, su supervivencia también dependerá del 
tamaño de la misma. En una isla grande la población puede 
alcanzar varios miles de individuos, lo que garantizará la 
supervivencia de la especie. Pero en una isla muy pequeña solo 
habrá espacio para dos docenas de individuos de una misma 
especie, que podrán morir fácilmente si se produce una ola de 
calor o se desencadena una epidemia. Tal como descubrieron 
Wilson y MacArthur, cuando se combinan todos estos 
elementos se produce un conjunto de reglas matemáticas que 
sorprendentemente permiten predecir el número de especies 
que puede haber en una isla. Aproximadamente, cada vez que 
se multiplica por diez el tamaño de una isla se duplica la 
cantidad de especies que pueden hallarse en su superficie. Y eso 
se aplica tanto a las mariposas como a los escarabajos, los 
hemípteros y las aves. 

Una eran ciudad, con sus archipiélagos de vegetación 
rodeados de océanos de asfalto, es un paraíso biogeográfico en 
la misma medida en que lo es una isla. Por ejemplo, en la 
ciudad de Bracknell, en Reino Unido, los ecólogos hicieron un 
estudio de los hemipteros (un grupo de insectos casi siempre 
herbívoros entre los que se encuentran las chinches, los 
pulgones y las cigarras) que vivían en los parches de vegetación 
circular que ocupan el centro de las rotondas de tráfico. Estas 
isletas viarias que aparecen en mitad de los océanos de asfalto 
siguen al pie de la letra la teoría de las islas biogeográficas, ya 
que se demostró que existía una relación perfecta entre el 


tamaño de la rotonda (que oscilaba entre los cuatrocientos y los 
seis mil metros cuadrados) y el número de especies de 
hemíipteros. 

Construir isletas para el tráfico es una de las formas en que 
las ciudades crean archipiélagos. Pero las ciudades que no 
paran de crecer también crean islas que trituran los bosques 
existentes. Es por ello que los ecosistemas urbanos solo 
albergan una pequeña parte del conjunto de especies originarias 
del lugar. En un artículo publicado en Nature en 2003, el 
ecólogo australiano Barry Brook, con la ayuda de Navjot Sodhi 
y Peter Ng, del Museo Lee Kong Chian de Historia Natural de 
Singapur, analizaron lo que les había pasado a la flora y a la 
fauna de Singapur desde que empezó la urbanización de la isla 
a comienzos del siglo xix. Gracias a algunos coleccionistas 
victorianos como Alfred Russel Wallace y Stamford Raffles, y 
eracias al trabajo de instituciones como la Sociedad de Historia 
Natural de Singapur (fundada en 1954), sabemos mucho de la 
historia natural de la ciudad. De hecho, gran parte de su 
naturaleza es historia. Tal como descubrieron Brook, Sodhi y 
Ng, a lo largo de los dos últimos siglos, a medida que se talaba, 
reconvertía y fragmentaba la vegetación de bosque tropical, las 
especies locales iban desapareciendo una por una de la isla. La 
vigantesca orquídea tigre, la más grande del mundo, se vio por 
última vez hacia 1900, mientras que los propios tigres 
abandonaron la isla para siempre cuando se dio caza al último 
ejemplar en 1930. El picatroncos pizarroso desapareció en la 
segunda mitad del siglo xx. Hoy, dependiendo de la planta o del 
animal, entre el 35 y el 90% de las especies originarias han 
desaparecido, o tan solo sobreviven en cautividad, en el zoo de 
y los jardines botánicos de Singapur. 

Aparcamos el coche junto al Museo de la Sostenibilidad y 
vamos caminando por la presa de Marina Barrage hasta el 


parque de Marina East que está al otro lado. Allí seguimos la 
pista de cemento que serpentea entre la hierba recién cortada, 
Unas libélulas enormes vuelan en zigzag sobre la hierba, 
apuntando a los mosquitos que han empezado a reunirse bajo el 
sol poniente. Un empleado del servicio de jardines que lleva 
puesto un chaleco naranja y se cubre con una gorrita irlandesa 
usa su teléfono móvil para dejar constancia de su césped 
impecablemente segado, y luego se sube a su bicicleta 
todoterreno y se va pedaleando. Aquí y allá se ven las carcasas 
rotas y resecas de los milípedos negros y amarillos que yacen 
en el carril bici, víctimas de los intentos fallidos de cruzar el 
asfalto candente. Son Anoplodesmus saussurii, otra especie 
exótica, según me dice Sow-Yan. 

Giramos a la derecha por un sendero de arena que cruza una 
zona de arbustos de ribera y llega a una explanada de terreno 
ganado al mar, donde se divisa un buen panorama de los 
cientos de barcos fondeados cerca de la costa. Un grupo de 
observadores de aves armados de telescopios y prismáticos se 
ha reunido en el extremo de la lengua de tierra. “En Singapur 
tenemos unos dos mil observadores de aves —me dice Sow- 
Yan-. Y también un centenar de personas que estudia las 
mariposas y libélulas. Y algunos aficionados a los moluscos, 
pero no los suficientes”. Sow-Yan saca los prismáticos, “¿Qué 
estarán mirando? -—se pregunta mientras observa a los 
observadores de aves-—. ¡Ajál Están observando a un cuervo 
indio”. 

Una docena de observadores urbanos, con equipos de última 
generación, observando a un único pájaro urbano de una 
especie invasora. Es una imagen habitual entre los naturalistas 
urbanos de todo el mundo. Como cualquiera, los biólogos —ya 
sean profesionales o aficionados- suelen vivir en las ciudades. 
Y es allí donde se hallan las bibliotecas, las colecciones de 


historia natural y los clubes de naturalistas. Ante tal 
concentración de saber y ante tal interés en la biodiversidad, no 
es nada raro que la ciudad sea uno de los hábitats mejor 
estudiados del mundo. También es allí donde suelen inflamarse 
las emociones ante nuestra propia especie, En el siguiente 
capítulo, el cuervo indio nos guiará al estudio del mundo de la 
naturaleza urbana, así que vaya preparándose el lector para una 
historia de pasión, muerte trágica y asesinato político. 


ly 
Naturalistas urbanos 


Singapur no es la única ciudad del mundo que el cuervo 
indio ha invadido, pues los seres humanos han ido 
transportándolo por buena parte de los trópicos, ya fuese 
intencionadamente (como “basureros” honorarios o como 
controladores de plagas), o accidentalmente como polizones en 
los barcos, Además de Singapur, el cuervo casero vive ahora en 
muchos otros países del Sudeste de Asia, al igual que en 
Oriente Medio y en África Oriental. De hecho, en el trópico los 
cuervos ya no tienen un hábitat que no sea urbano, y ahora se 
hallan presentes exclusivamente en las ciudades. Como escribió 
el biofilósofo Thom van Dooren: “Podría decirse que, si esas 
aves poseen un “medio natural”, dicho medio somos nosotros”. 

Pero en 1994 sucedió un hecho trascendental. Una pareja de 
macho y hembra de cuervos indios apareció 52 grados al norte 
del ecuador, en el puerto de Róterdam, posiblemente después 
de llegar en un barco procedente de Egipto. Aunque parezca 
mentira, los cuervos tropicales sobrevivieron al frío invierno de 
1996-1997, cuando las temperaturas en los Países Bajos 
descendieron hasta los veinte grados bajo cero, y al año 
siguiente incluso llegaron a producir una nidada con polluelos, 
Desde entonces la población fue creciendo hasta formar una 
pequeña colonia de cría en los árboles que bordeaban un campo 
de fútbol, en los que las aves construían nidos acolchados con 
brillantes hilos de poliéster que arrancaban de los aparejos 
viejos del puerto, y en los que alimentaban a sus crías con los 
trozos de pescado y patatas que robaban en un chiringuito 
portuario llamado Het Vispaleis. En 2013 había unos treinta 


cuervos indios, y los observadores de aves iban regularmente al 
puerto con la idea de añadir estos elegantes cuervos a su “lista 
de avistamientos”. 

Sigue siendo un misterio cómo pudieron unas aves que 
normalmente se crían en las zonas más cálidas del globo 
cambiar de repente su nicho ecológico por uno situado mucho 
más cerca de los polos. Probablemente influyó la isla urbana de 
calor y el clima más templado que se da en las zonas costeras. 
Pero aún así... ya volveremos a estos misterios más adelante. 
Ahora nos toca examinar el triste destino de esta interesante 
población de cuervos. No todo el mundo estuvo tan dispuesto a 
recibirlos con los brazos abiertos como hicieron los naturalistas 
de Róterdam. 

El gobierno provincial, cómo no, se mostró muy poco 
interesado. Preocupado por la mala fama de los cuervos —a los 
que se suele acusar de convertirse en una plaga dondequiera 
que se establezcan-, ordenó el exterminio de las aves a pesar 
de la indignación de muchos amantes de la naturaleza. Al 
principio, una ong dedicada al bienestar animal logró detener el 
plan con el argumento de que las aves, de aleún modo, habían 
conseguido colarse en un listado de especies protegidas. Pero 
las autoridades anularon el listado oficial y, en 2014, una nueva 
sentencia permitió contratar a un cazador profesional que 
exterminara a los cuervos. 

Pero el exterminio no resultó nada fácil de llevar a cabo. El 
cazador tuvo que enfrentarse a los habitantes de Hoek van 
Holland, que se organizaron en un comité llamado Salvemos al 
Cuervo Indio y protestaron airadamente contra el propósito 
avicida del gobierno provincial. Poco contribuyó a calmar los 
ánimos que el cazador matara accidentalmente algunos 
ejemplares autóctonos de urraca de la especie Corvus monedula 
(“Son muy, pero que muy parecidos”, se lamentó el hombre en 


una entrevista publicada en el periódico Algemeen Dagblad). 
Por si fuera poco, los cuervos indios demostraron ser mucho 
más listos de lo que la gente se imaginaba. Cuando el cazador 
eliminó a los primeros, el resto se puso en guardia. “En cuanto 
ven mi coche, ya oigo los gritos de alarma. Esos pájaros son 
condenadamente listos”, 

Dos años después, parece haberse llegado a un empate 
técnico. Por un lado, el cazador intenta engañar a los cuervos 
usando el microcoche de su mujer o poniéndose un 
extravagante sombrerito rojo que impide que le reconozcan; por 
el otro, cada vez quedan menos cuervos capaces de esquivar la 
muerte por medio de una rápida fuga. En cualquier caso, tras 
montones de cacerías y disparos de escopeta, la mayoría de los 
cuervos indios han muerto y ahora se conservan en el Museo de 
Historia Natural de Róterdam. Corre el rumor de que quedan 
algunos en libertad, aunque es muy difícil obtener una 
información fiable sobre la cantidad de supervivientes —si es 
que queda alguno- y su paradero. La página web holandesa 
waarneming.nl, en la que los naturalistas pueden dejar 
constancia de los avistamientos de fauna salvaje, no facilita 
información sobre el cuervo indio para no darle pistas al 
cazador, y el grupo de Facebook que se dedica a hacer un 
seguimiento del ave también se muestra muy silencioso. Así 
que, cuando fui a ver a Sabine Rietkerk, del comité Salvemos 
al Cuervo Indio, para preparar mi propia expedición al 
chiringuito Het Vispaleis, me topé con la suspicacia habitual a 
la que uno debe hacer frente cuando pregunta por el paradero 
de un fugitivo. En un intercambio de mensajes a través de 
Facebook conseguí convencerla de mis buenas intenciones y de 
que no formaba parte del grupo de los cazadores. Y aunque al 
principio no quiso reconocer que quedaban algunos cuervos 
indios viviendo en Hoek van Holland, al final me confesó que 


los pocos supervivientes ya no vivían cerca del chiringuito, sino 
que habían cambiado astutamente de residencia y se habían 
mudado a un sitio mucho más seguro. “Ahora se esconden 
entre la gente [...], en lugares donde nunca podrán encontrarlos 
los cazadores —me dijo-. Pruebe en el centro comercial”. 

Así que una mañana de verano emprendo mi expedición 
hacia el centro comercial de Hoek van Holland, barrio 
portuario a las afueras de Róterdam y hogar de la colonia de 
cuervos indios. Unos cuantos cafés, un quiosco de prensa, dos 
supermercados enzarzados en una competencia feroz y una 
tienda de licores rodean una plazoleta barrida por el viento y 
bordeada de olmos muy bien podados. Con los prismáticos 
siempre a mano, al principio solo diviso grajillas y gaviotas 
argénteas. Pero después, cuando doy una segunda vuelta por la 
plaza, un solitario e inconfundible ejemplar de cuervo casero 
indio (idéntico a los que he visto en Singapur unas pocas 
semanas antes) cruza la calzada, justo enfrente de mí, entre 
peatones que cargan con su bolsa de la compra. Más que cruzar 
la calzada, el cuervo va dando zancadas. Ahí están sus largas 
patas con el cuidadoso diseño de las garras; el grácil cuerpo 
negro metálico con la corona de color gris pardo plateado; la 
frente alta y el pico largo. Logro hacerle una foto a toda prisa 
antes de que cruce el pavimento saltando, dé un brinco hasta 
las ramas del olmo y desaparezca de mi vista. El árbol en el 
que se ha posado está justo al lado de la terraza de los cafés, 
así que me siento a una mesa y pido un café, El cuervo, oculto 
entre el follaje, está lanzando una llamada con su voz metálica, 
que pasa de lo más áspero a lo más melodioso. Por Facebook, 
le envío la foto a Sabine Rietkerk, que me contesta enseguida: 
“Qué bien, lo ha encontrado. Pues sí, a ese cuervo se le ve a 
menudo en ese sitio. Canta mucho. ¿A que es un animal 
hermoso?”. 


Horas más tarde, en el almacén de colecciones del Museo de 
Historia Natural de Róterdam, examino una caja de cartón que 
conserva los especímenes embalsamados de veintiséis cuervos 
caseros de Róterdam, todos ellos alineados uno al lado del otro 
y todos ellos perfectamente etiquetados, que tuvieron la mala 
suerte de toparse con los balines de plomo del exterminador 
enviado por el gobierno. Probablemente se trata de hermanos, 
padres, tíos y tías del ejemplar que he visto esta misma 
mañana saltando por la calzada. Muy rígidos con su reluciente 
plumaje negro, parecen bolsas de cadáveres tras una batalla 
campal entre bandas de gánsteres. “Son muy hermosos”, dice el 
director del museo, Kees Moeliker. “Por supuesto que lo que ha 
pasado en Hoek van Holland es una historia muy triste. Están 
cazándolos por razones políticas que no tienen nada que ver 
con la ecología. Pero al menos hemos logrado convencer a las 
autoridades de que depositaran los cadáveres de los cuervos 
muertos en el museo; si no, los habrían destruido, estoy seguro. 
Al fin y al cabo, son la única población europea de esta especie. 
Son especiales y ofrecen un material espléndido a los 
investigadores”, 

Los cuervos son la última incorporación a la cada vez más 
amplia colección de especimenes de historia natural urbana que 
ha reunido el museo. Moeliker me lleva hasta un estante 
metálico repleto de zorros embalsamados, envueltos en plástico 
transparente para repeler a los insectos. Durante los últimos 
diez años, los zorros han estado entrando en la ciudad desde los 
campos adyacentes, y si a alguno lo atropella un coche, acaba 
como un bello ejemplar en el almacén del museo. Cuando llegó 
uno reciente, los eficientes operarios del museo conservaron 
también todo lo que tenía dentro del estómago. Ahora se 
exhibe como una comida de cinco platos la particular transición 
alimentaria de un zorro que ha pasado de una dieta rural a una 


dieta urbana: escaramujos, un conejo pequeño, una manzana, 
doner kebab y cerezas envueltas en una densa capa de sirope. 

A la inversa, el museo también centra su atención en las 
especies que están desapareciendo de la ciudad, como las 
ardillas rojas que solían vivir en el Kralingse Bos, el parque 
más grande de Róterdam, pero que se extinguieron en la 
década de 1990, Moeliker levanta una ardilla embalsamada, 
sujeta a una rama de árbol torpemente pegada a una tabla, 
“Hace pocos años, una viejecita nos trajo esto. Normalmente no 
aceptamos esta clase de objetos decorativos, pero nos contó 
que la ardilla había aparecido muerta en el Kralingse Bos en 
1966. Es el único espécimen que tenemos de cuando la 
población vivía bien y se hallaba en buen estado, así que nos lo 
quedamos”. 

En las salas de exhibición del museo se trata el tema de la 
naturaleza urbana incluso con mayor profusión. Una vitrina 
muestra los nidos que han fabricado los cisnes y los palomos 
urbanos con botellas de plástico, trozos de poliestireno, 
fragmentos de alambre y gomas elásticas, objetos que en 
muchas zonas de la ciudad son mucho más fáciles de encontrar 
que las ramas secas y las ramitas. Otra vitrina exhibe la 
sorprendente diversidad de especies que viven en el centro 
urbano. También se exhiben especímenes de flora silvestre que 
normalmente crecen en las riberas salitrosas, pero que ahora 
viven en los arcenes de las carreteras gracias a los vertidos de 
sal que el municipio lleva a cabo en invierno para facilitar el 
tráfico. Y no faltan las plantas que tienen su hábitat natural en 
los saledizos rocosos en las montañas del sur de Europa, pero 
que ahora proliferan en los muros de piedra de la isla de calor 
de Róterdam. 

Sin embargo, la atracción principal del museo es la muestra 
Historias de animales muertos, que ocupa una hilera de vitrinas 


en la sala central donde se guardan especímenes de animales 
urbanos que tuvieron la mala suerte de sufrir una colisión 
frontal contra sus cohabitantes humanos de una forma 
particularmente llamativa. El Erizo-McFlurry, por ejemplo, es 
un erizo de tierra (Erinaceus europaeus) que encontró la 
muerte al meter la cabeza en un envase de plástico de los 
helados McFlurry, y que ahora se exhibe exactamente en esa 
innoble postura. Se trata de apenas uno de los muchos erizos 
que han sido víctimas de este popular postre. Como explica la 
placa adjunta: “Al buscar los restos de helado, los erizos meten 
la cabeza en el envase, pero después sus púas les impiden 
sacarla, Mueren de hambre o caminan a ciegas y se ahogan al 
meterse en el agua”. Otro espécimen clásico es el gorrión 
(Passer domesticus) embalsamado junto a una tarrina de 
mantequilla en la que se han escrito con rotulador negro las 
palabras “gorrión del dominó”. En 2005, este gorrión logró 
colarse en el salón donde se habían reunido cuatro millones de 
fichas de dominó para celebrar el Día del Dominó, un 
acontecimiento televisado. Cuando el gorrión, aterrorizado, ya 
había derribado unas veintitrés mil fichas, alguien decidió que 
había que terminar con el destrozo y un individuo con una 
escopeta (de hecho, el mismo profesional que ahora se ha 
convertido en la némesis de los cuervos indios) se ocupó del 
asunto. Una vez más, la ficha del museo es incomparable: “La 
muerte del gorrión desató un escándalo (y otro escándalo 
mayor a propósito del primer escándalo). [...] Tras complicadas 
sestiones [...] el museo logró adquirir el cuerpo del gorrión 
muerto y la tarrina de mantequilla en la que se había 
depositado”. 

El museo no es solo un depósito de la flora y la fauna 
urbanas de Róterdam, sino un foco de atención para cualquier 
habitante de la ciudad que quiera dedicarse a estudiar la 


biodiversidad urbana. Como en el mundo entero, la demografía 
de Róterdam está cambiando rápidamente. Las ciudades están 
repletas de personas entusiastas que coleccionan insectos o que 
tienen un herbario, o que registran la existencia de mariposas, 
plantas y aves con cámaras tradicionales o las de sus teléfonos 
móviles y luego cuelgan sus observaciones en plataformas 
elobales de internet como Observado o ¡Naturalist. También 
hay muchos activistas que luchan por la conservación de los 
puntos más importantes de la biodiversidad urbana, como 
viejos árboles que han adquirido el rango de icónicos o especies 
raras. En Róterdam hay varios clubes de activistas por la 
naturaleza (incluidos los que se dedican a una única causa, 
como Salvemos al Cuervo Indio) Y tal como me cuenta 
Moeliker, la Unidad de Ecología Urbana del museo cuenta con 
una vasta red de naturalistas aficionados. 

Muchos de esos naturalistas aficionados se iniciaron como 
socios de la delegación local de la Real Sociedad Holandesa de 
Historia Natural, institución que se creó en 1917, 
Paralelamente, muchas otras sociedades de naturalistas 
radicadas en grandes urbes se fueron creando en todo el mundo 
a comienzos del siglo xx. Los años de fundación de las 
Sociedades de Historia Natural de París, Belfast, Bombay y 
Londres son 1790, 1821, 1383 y 1913, respectivamente, lo cual 
demuestra que los naturalistas urbanos no son un fenómeno en 
absoluto reciente. Pero tal como señala Jelle Reumer - 
antecesor de Moeliker en la dirección del museo-, en su libro 
La vida salvaje de Róterdam, a mediados del siglo xx se 
produjo un interesante cambio de perspectiva en los clubes de 
naturalistas de todo el mundo. Para ilustrar este punto, 
Reumer se vale de la bibliografía del volumen Mannahatta que 
forma parte del proyecto multidisciplinar de Eric Sanderson 
sobre Manhattan que se menciona en el capítulo anterior. En 


ese volumen se incluye un listado de estudios sobre la 
biodiversidad de Nueva York desde los inicios del siglo xix 
hasta la actualidad. En su ensayo, Reumer descubre que la 
mayor parte de los estudios anteriores a mediados del siglo xx 
incluían la palabra “inmediaciones” en sus títulos: Vista 
sinóptica de los líquenes que crecen en las inmediaciones de 
Nueva York (1823), Sapos y ranas de las inmediaciones de 
Nueva York (1898), Plantas de las inmediaciones de Nueva 
York (1935). Pero a partir de 1950, esa referencia a las 
“inmediaciones” desaparece de los títulos: Historia natural de 
Nueva York (1959), La Nueva York salvaje: guía de la vida 
silvestre, reservas naturales y fenómenos naturales de la ciudad 
de Nueva York (1997), Libélulas y caballitos del diablo de 
Central Park (2001)... 

He allí una prueba evidente de que algo ha cambiado a lo 
largo de las últimas décadas. En vez de usar la ciudad como un 
confortable campamento base para explorar el territorio 
silvestre que se halla al otro lado de los límites urbanos, la 
propia urbe se ha convertido en el principal objeto de estudio 
de los naturalistas. Y no se trata únicamente de naturalistas 
aficionados. Ya en los años 1960 y 1970, al amparo del botánico 
alemán Herbert Sukopp, de la Universidad de Berlín, se formó 
un importante grupo de investigadores de la biodiversidad 
urbana. En aquellos tiempos de la guerra fría, Berlín Occidental 
era un enclave de Occidente encajonado en medio de la 
inaccesible Alemania Oriental comunista, de modo que los 
ecologistas de Berlín Occidental no tenían más remedio que 
centrarse en su propio entorno urbano. Y a ello se dedicaron 
con gran ahínco, lo que dio pie a que el departamento de 
Sukopp se convirtiera en la cuna de los estudios de la vida 
salvaje urbana, 


Otros países fueron siguiendo la misma senda. En 
Melbourne se halla el Centro Australiano de Investigaciones de 
la Ecología Urbana, y en Seattle se ha creado el Laboratorio de 
Investigación de la Ecología Urbana, dirigido por Marina 
Alberti, de quien hablaremos al final de este libro. Varsovia es 
la sede del Laboratorio Ecológico para la Evolución de la Vida 
Urbana Salvaje, de Marta Szulkin. Los primeros manuales de 
ecología urbana en inglés se publicaron en la década de 1970 en 
Reino Unido y en Estados Unidos, y revistas científicas como 
Urban Naturalist o Urban Ecosystems llevan ya unos veinte 
años en circulación. También hay sociedades de ámbito global 
como la Society for Urban Ecology, que celebra congresos 
anuales en los que ecologistas de todo el mundo presentan sus 
ponencias. 

De modo que los biólogos profesionales cada vez centran 
más la atención en el hábitat urbano; las páginas web de los 
naturalistas urbanos están por todas partes en la red; en cada 
ciudad importante del mundo se publican libros y folletos que 
ayudan a los habitantes a conocer a sus aves, plantas e insectos; 
y cada vez son más quienes toman fotos de gran calidad de la 
flora y la fauna silvestres y crean proyectos para financiar su 
identificación por suscripción popular. Incluso se estrenan 
películas sobre la naturaleza urbana, como Amsterdam Wildlife 
(2015), que se proyectó en seis cines de los Países Bajos. 

Gracias a esta actividad estamos empezando a aprender 
muchas cosas sobre la biodiversidad de las grandes ciudades. A 
veces los hallazgos se deben a la dedicación monástica de 
naturalistas individuales como el entomólogo inglés Denis 
Owen, que durante la década de 1970 mantuvo 
incansablemente en uso una trampa Malaise en su jardín de 
Leicester, en Reino Unido. Una trampa Malaise es una especie 
de tienda de campaña formada por una malla de poliéster en la 


que los insectos pueden entrar pero de la cual no pueden salir. 
Los insectos revolotean dentro de la estructura hasta que se 
introducen fatídicamente en un frasco con alcohol colocado en 
la parte superior. Con esta trampa, Owen capturó unos 
diecisiete mil sírfidos que pertenecían a ochenta y una especies 
distintas (más o menos una cuarta parte de todas las especies 
de sírfidos que se dan en Reino Unido) Las avispas 
parasitoides icneumónidas que acabaron atrapadas en su 
trampa pertenecían a un total —asombroso- de 529 especies. 
Owen también se dedicó a capturar con un cazamariposas 
10.828 (1) mariposas que vio en su jardín y que más tarde logró 
identificar. (Las mariposas no suelen caer en las trampas 
Malaise). En total, las mariposas pertenecían a veintiuna 
especies distintas. Owen liberaba a todas las que capturaba, y 
para asegurarse de que no contabilizaba dos veces al mismo 
individuo, se tomaba la molestia de marcar cada ejemplar con 
una señal de boligrafo en una de las alas, 

En vista de que esta dedicación casi sobrehumana no suele 
ser habitual, las “expediciones” para estudiar la biodiversidad 
urbana suelen surgir de esfuerzos colectivos. En la década de 
1970, la Real Sociedad Holandesa de Historia Natural de 
Róterdam llevó a cabo un inventario de todos los insectos y 
plantas que se hallaban en un solar abandonado, un triángulo 
situado en el centro de la ciudad y encajonado entre tres 
tramos de vías férreas. Desde 1996, el término “biomaratón” 
(bioblitz), acuñado en un congreso celebrado en Washington, se 
ha vuelto muy conocido en todos los ámbitos de la ecología 
urbana. Una “biomaratón” es una investigación rápida -se hace 
en veinticuatro horas- sobre la biodiversidad de un parque o 
cualquier otro hábitat de pequeño tamaño, realizada por un 
erupo de científicos profesionales y aficionados. En Estados 
Unidos incluso se celebra anualmente un “Desafío de 


Naturaleza Urbana” en el que científicos de las grandes 
ciudades de todo el país (dieciséis ciudades en la prueba de 
2017) compiten durante una semana en una carrera de 
investigación sobre biodiversidad. Hay otras iniciativas más 
divertidas aún: el grupo francés Belles de Bitume (“Las Guapas 
del Asfalto”) organiza a escala nacional una “muestra ecológica 
de arte urbano”: botánicos aficionados identifican las plantas 
silvestres que crecen en las calles y en medio del asfalto, y 
luego escriben en tiza junto a ellas, con grandes letras de 
colores, los nombres de las especies a las que pertenecen, 

Incluso quienes quieran descubrir nuevas especies pueden 
hacerlo como simples naturalistas de salón. Entre las avispas 
parasitoides que Denis Owen atrapó en la trampa Malaise del 
jardín de su casa había dos especies nuevas para la ciencia. A 
mediados de octubre de 1995, Mitsuhisa Fukuda taladró un 
agujero en el suelo de su casa, en la ciudad de Uwakima, en el 
sur del Japón, y sacó a la superficie dos escarabajos acuáticos 
subterráneos, ciegos y hasta entonces desconocidos, que vivían 
en las zonas inundadas que forman el subsuelo de las ciudades. 
En 2007, un biomaratón en Wellington, Nueva Zelanda, 
descubrió una nueva especie de alga diatomea. En 2014, dos 
expertos brasileños en moluscos descubrieron una nueva 
especie de caracol que se ocultaba en el parque Burle Marx, un 
trocito verde en el centro de Sáo Paulo (una de las ciudades 
más grandes del mundo). Y en el mismo año se descubrió una 
nueva especie de rana, la rana leopardo de la costa Atlántica 
(Rana kauffeldi), en el área metropolitana de Nueva York que 
linda con Nueva Jersey, a un tiro de piedra de la Estatua de la 
Libertad. 

¿Podría deberse tan aparentemente rica biodiversidad 
urbana a una simple ilusión, ocasionada por el hecho de que 
casi todos los biólogos y naturalistas viven en las ciudades y se 


limitan a recoger fauna salvaje en las calles donde viven y 
trabajan en vez de ir a buscarla a otra parte? El hecho de que 
929 especies de avispas icneumónidas se hayan descubierto en 
Leicester (y no en los campos colindantes) se debe, después de 
todo, a la ubicación de la casa de Denis Owen en una calle 
concreta de la ciudad. En Ámsterdam se halla el Amsterdamse 
Bos, que a mediados del siglo xx era el lugar de recreo favorito 
de A, C. Nonnekens, experto en escarabajos, por lo cual unas 
mil especies de escarabajos (el 25% del total de los escarabajos 
holandeses) se describieron en ese parque urbano. Del mismo 
modo, la ciudad de Bruselas alberga la mitad de la flora de 
toda Bélgica, y ello se debe sin lugar a dudas a la actividad del 
vasto grupo de botánicos belgas radicados en Bruselas. 

Sin embargo, eso no ofrece más que una parte de la 
respuesta. Cuando los ecólogos hacen un corte transversal 
estándar en las zonas de transición de lo rural a lo urbano, 
eligiendo al azar un cuadrante de terreno en el gradiente que va 
de las zonas rurales hasta el centro urbano, por lo general 
acaban descubriendo que el descenso de la biodiversidad 
urbana no es tan grande como habían imaginado. En realidad, y 
sobre todo cuando se trata de plantas, y a veces también de 
insectos, las zonas urbanas suelen tener el mayor índice de 
biodiversidad. 

¿Y cómo es la biodiversidad que tanta actividad de biólogos 
y naturalistas está sacando a flote? ¿Con qué clase de plantas, 
animales, hongos y bacterias estamos compartiendo las 
ciudades? A primera vista, las compartimos con un montón de 
especies exóticas. Pero también con especies autóctonas que 
han encontrado en la ciudad algo que se parece mucho a su 
hábitat natural. Y también con especies que sobreviven en los 
rincones olvidados de vegetación silvestre que han quedado 
encajonados en medio de la jungla urbana. Pero ¿qué es lo que 


determina que una especie prospere o se extinga en la ciudad? 
En los próximos dos capítulos veremos qué cosas crean —o 
destruyen- a las especies urbanas. 


Nuevos urbanitas 


Son 463 páginas de escritura gótica en danés. Y además, solo 
puedo verlas en mala calidad a través de Google Books por 
culpa de la pésima conexión a internet que tengo en el tren 
interurbano que me lleva de Leiden a Groningen. Son las 
excusas que pongo para no citar la primera referencia a una 
planta urbana consignada en un documento. Según Herbert 
Sukopp, el patriarca europeo de la ecología urbana radicado en 
Berlín, la primera mención de las plantas urbanas está 
enterrada en un tomo de Joakim Schouw publicado en 1823, 
Grundtraek til en almindelig Plantegeographie (Fundamentos 
para una geografía general de las plantas). De modo que tendré 
que creer a Sukopp cuando dice que Schouw escribió, en algún 
lugar de este texto impenetrable, dejando un espacio extra 
entre las letras para subrayar el énfasis de lo que decía: “Las 
plantas que crecen cerca de las ciudades y villas reciben el 
nombre de Plantaeurbana e; por ejemplo, Onopordon 
acanthium [cardo borriquero], Xanthium strumarium [bardana 
común]. En muchos casos, el origen foráneo es la causa de que 
estas plantas se hallen en las inmediaciones de las villas y 
ciudades”. 

Es interesante resaltar que hace dos siglos los botánicos ya 
reconocían la importante contribución que las especies exóticas 
hacían a la biodiversidad urbana. En aquellos días aún no 
existían las grandes vías de entrada que aportan hoy especies 
exóticas a la gran ciudad: no había viveros de plantas, ni gente 
que esparciera semillas para alimentar a las aves, ni productos 
de una agricultura globalizada. Además, el comercio de 


mascotas, igual que los aviones, los trenes y los automóviles en 
los que la fauna procedente de lugares lejanos viaja hoy de 
polizón, no eran tan habituales como lo son ahora. Pero hoy, 
cuando todos esos medios de transporte trasladan a tantas 
especies exóticas a las ciudades, no debería sorprendernos que 
la biodiversidad urbana sea, de forma mucho más acusada que 
en la época de Schouw, una mezcla ecléctica de especies del 
mundo entero. En Norteamérica y en Europa, la flora silvestre 
está compuesta en el 35 o el 40% de especies exóticas. Y en el 
centro urbano de Pekín, la proporción llega hasta el 53%. A 
veces resulta muy evidente el papel que desempeñan los 
factores socioeconómicos en estos procesos. En Phoenix, 
Arizona, unos botánicos hicieron un censo de la flora que 
ocupaba más de doscientas parcelas de terreno, todas de 30 por 
30 metros, distribuidas al azar a lo largo de la ciudad y sus 
inmediaciones. El estudio llegó a la conclusión de que uno de 
los factores que influía de forma más decisiva era la riqueza 
del vecindario. A mayor nivel de ingresos entre los residentes, 
mayor diversidad de flora. Este efecto (que los ecólogos 
denominaron “el efecto lujo”) es una muestra evidente de que 
el comercio y los viajes —junto con el incontrolable escapismo 
que aqueja a las especies exóticas cultivadas en los jardines 
bien cuidados- eran las causas del enriquecimiento botánico de 
los centros urbanos. 

Estos habitantes foráneos que no paran de llegar aportan al 
menos la primera de las cuatro razones que explican la gran 
biodiversidad que los naturalistas urbanos consiguen catalogar 
en la ciudad. Una segunda razón es que las zonas donde los 
antiguos pobladores decidieron construir sus asentamientos -— 
que con el tiempo irían transformándose en ciudades-— suelen 
ser biológicamente muy ricas desde el principio. Si abrimos un 
atlas y buscamos la ubicación de las ciudades más grandes del 


mundo, enseguida veremos que no se hallan en mesetas 
elevadas ni en desiertos u otras zonas caracterizadas por la 
pobreza biológica. Al contrario, son los mismos lugares donde 
se encuentran los puntos calientes de biodiversidad: estuarios, 
terrenos inundables, llanuras fértiles y otras áreas donde los 
seres humanos y la vida salvaje encuentran fácilmente alimento 
y tienen acceso a múltiples nichos. En otras palabras, la 
segunda razón que explica la rica biodiversidad de la gran 
ciudad es que ya era un lugar muy rico antes de que se 
construyera la ciudad misma. Y una parte de esa antigua 
riqueza pervive en los parches del antiguo hábitat que han 
quedado encajonados entre las construcciones. Como ya hemos 
visto en un capítulo anterior, una gran parte de la flora y la 
fauna autóctonas de Singapur vive en esos reductos de bosque 
primigenio que han sobrevivido al gigantesco desarrollo urbano. 

Una tercera explicación de la riqueza biológica urbana es la 
pérdida de hábitats en buenas condiciones que se produce en 
las zonas aledañas al perímetro urbano. Y es que hoy múltiples 
centros urbanos resultan un oasis ecológico si se comparan con 
las zonas rurales con las que colindan. En el pasado eran las 
áreas rurales (con su romántica mezcolanza de campos y 
pastizales, setos y matorrales, arroyos y estanques) las que 
presentaban mayor variedad de paisajes y en donde cada rincón 
proporcionaba un hábitat apropiado para varias especies de 
flora y fauna. Ese era el paisaje de las “inmediaciones” en el 
que se aventuraban los naturalistas neoyorquinos del siglo xix. 
Comparado con el gozo pastoral de aquella campiña, la 
biodiversidad de los eriales del centro de la ciudad, destruidos 
por las fábricas y la polución, era descaradamente pobre. Pero 
hoy han cambiado las tornas en muchos países del mundo. En 
las zonas rurales dedicadas a la agricultura apenas queda 
espacio para la biodiversidad: los campos y las plantaciones, 


cuidados hasta el mínimo detalle y atravesados por canales 
excavados a máquina tan rectos como un palo, se explotan al 
máximo para obtener de cada centímetro de terreno el mayor 
rendimiento agrícola posible, pues las ciudades en crecimiento 
continuo necesitan consumir cada vez más y más terreno 
cultivable. Comparado con esos estériles paisajes geométricos, 
el caos de los centros urbanos, con su revoltijo de patios 
traseros, cubiertas ajardinadas, viejos muros de piedra, 
alcantarillas gigantescas y parques urbanos es un paraíso para 
la vida silvestre. 

Los botánicos Zdena Chocholousková y Petr Pysek han 
documentado esta tendencia en la ciudad de Plzeñ, en la 
República Checa. Para elaborar un inventario de los cambios 
sufridos por la flora de la ciudad y sus zonas aledañas a lo 
largo de estos últimos ciento treinta años, revisaron pilas y 
pilas de viejas publicaciones, informes oficiales y catálogos de 
herbarios. Descubrieron que la cantidad de plantas se había 
incrementado de forma constante en el interior de la ciudad, 
pasando de las 478 de finales del siglo xix hasta las 595 de la 
década de 1960 y llegando hasta las 773 actuales. Sin embargo, 
en las zonas aledañas la tendencia era la inversa: pasaron de 
1,112 a 768 y luego a 745. ¿Por qué? Probablemente porque las 
zonas rurales, a lo largo del siglo xx, se habían vuelto más 
hostiles a la vida silvestre debido al incremento de la 
producción agrícola, mientras que lo contrario había ocurrido 
en el centro urbano. Hablando con cierta licencia poética, 
podríamos decir que las malas hierbas que se habían proscrito y 
desterrado de las zonas campestres habían tenido que 
refugiarse en el interior de la ciudad. 

Los animales que, casi literalmente, han encontrado un 
santuario a su medida en las ciudades son los grandes 
vertebrados: el pavo de matorral australiano en Sidney, los 


coyotes en Chicago, los zorros en Londres, los leopardos en 
Mumbai y los cocodrilos de las marismas en el Gujarat... En 
todo el mundo, las ciudades han sufrido una invasión por parte 
de aves, mamíferos y reptiles de gran tamaño y a menudo 
incluso peligrosos. Debido a su tamaño, estos animales no son 
más que la punta del iceberg de otros miles de cambios 
similares, aunque mucho menos visibles, que están ocurriendo 
en la biodiversidad urbana. Pero en el caso de la megafauna, 
suele pasar que la actitud relajada de los urbanitas hace que la 
ciudad sea mucho más acogedora para estas especies que sus 
hábitats originarios. 

Fijémonos, por ejemplo, en los coyotes. Desde que el 
American Midland Naturalist, en 1980, publicó un artículo 
sobre la conducta de un coyote trasgresor que vivía en el centro 
de Lincoln, Nebraska, estos cánidos se han ido introduciendo 
en las ciudades a un ritmo muy rápido. Stanley Gehrt, zoólogo 
urbano de Ohio State University, ha hecho un seguimiento, con 
marcas auriculares y microchips, de centenares de coyotes que 
viven en Chicago. Según sus cálculos, ahora hay más de dos mil 
viviendo en la ciudad. Y tras colocar collares con equipos de 
radio y detectores gps a unos cuatrocientos de estos coyotes, ha 
podido seguirlos en sus expediciones a lo largo de las vías del 
tren, viendo cómo se detenían en los semáforos y criaban a su 
camada en el tejado de un garaje. Como hastiados y cínicos 
urbanitas que son ahora, uno de los beneficios que tienen en la 
ciudad es que nadie los persigue. Comparados con los coyotes 
que viven en áreas rurales, los coyotes urbanos tienen muchas 
menos probabilidades de sufrir una muerte violenta. “Estamos 
asistiendo a la aparición de nuevas generaciones de carnívoros 
que apenas han sufrido persecución por parte de los seres 
humanos -—declaró Gehrt en 2012 cuando lo entrevistó la 
revista Popular Science-. Ahora se enfrentan a la ciudad de 


una forma muy distinta a como lo hacían sus antepasados de 
hace cincuenta años. Antes, si veían a un ser humano, todos 
tenían una enorme probabilidad de recibir un disparo”. 

“Lo mismo está pasando aquí, tío”, podría decir el pavo de 
matorral australiano (Alectura lathami) desde el otro extremo 
del mundo. A lo largo de los siglos, esta especie de “ave 
constructora de montículos” (megápodos que construyen 
enormes montículos de arena y hojas para que el calor de la 
descomposición resultante incube los huevos) era un aperitivo 
estupendo para cazar y freír cuando se salía al bush australiano, 
Pero hoy, gracias al veto a su caza impuesto en la década de 
1970, este antiguo habitante de los matorrales ha 
experimentado un resurgimiento espectacular. Darryl Jones, de 
la Griffiths University, es experto en el pavo de matorral y 
afirma que la población de Brisbane se ha multiplicado por 
siete, mientras que la de Sidney va camino de hacerlo. Nadie se 
esperaba que esta ave de gran tamaño se adaptara a un medio 
urbano, ya que era muy difícil que reprodujera en la ciudad sus 
hábitos de constructora de montículos. Pero no ha sido así: las 
aves excavan un agujero en el patio trasero de las casas, 
usando materiales del lecho de jardín que pueden llegar a pesar 
hasta cuatro toneladas (¡eso sí que es una hazaña de ingeniero 
de ecosistemas!). No puede sorprender a nadie que la radio 
pública australiana emita comunicados con recomendaciones 
para evitar los daños provocados por el pavo de matorral: 1. 
Proteger las plantas más delicadas con un círculo de piedras, y 
2. Atraer a las aves a la zona menos valiosa del jardín 
construyendo un montículo de compost. ¡Diablos, eso supone 
tanto trabajo como replantar tu jardín! 

La cuarta y última explicación de la rica biodiversidad 
urbana es la asombrosa variedad de los parches de hábitat 
primigenio que sobreviven en las ciudades. Pensémoslo bien: 


cuando vemos una ciudad con ojos humanos topamos con 
centros comerciales, aparcamientos, arterias urbanas, distritos 
financieros y zonas peatonales. Pero para un halcón peregrino 
que sobrevuele ese escenario, o un sírfido que cruza una gran 
avenida, o para una almohadillada semilla de asclepia que llega 
desde el cielo como si cayera en paracaídas, la ciudad es un 
caleidoscopio de saledizos rocosos, hoyos húmedos, capas de 
musgo y riachuelos subterráneos. Estos parches de hábitat 
dispersos forman un paisaje increíblemente variado con una 
multitud de nichos capaces de albergar una rica pero 
fragmentada biodiversidad. 

Fijémonos en la infinita variedad que presenta la agricultura 
urbana: zonas yermas cubiertas de mosaicos de guijarros y 
arbustos exóticos perfectamente cuidados; jardines verticales 
instalados en paredes; patios traseros llenos de trastos a los que 
nadie presta atención; jardines donde no hay más que un 
rectángulo de césped protegido por una valla; jardines 
construidos en las azoteas de los edificios, donde hay macetas 
con palmeras y plantas trepadoras; huertos urbanos; jardines 
pantanosos dotados de un estanque y de una ladera rocosa muy 
resbaladiza... En nuestra época individualista, hay tantas clases 
de jardines como de jardineros. En 1999, un equipo de biólogos 
de la Universidad de Sheffield, dirigido por el prolífico ecólogo 
Kevin Gaston (que después se ha trasladado a la Universidad de 
Exeter), inició un plan de estudio multianual sobre la ecología 
de la agricultura urbana en Sheffield. El nombre del proyecto 
es el acrónimo bugs, “bichos”: Biodiversity of Urban Gardens in 
Sheffield [Biodiversidad en los jardines urbanos de Sheffield]. 

Para empezar, el equipo bugs realizó una encuesta 
telefónica. Eligieron números al azar en la guía telefónica y los 
colaboradores preguntaron a la persona que contestaba el 
teléfono una serie de cuestiones relacionadas con la agricultura 


urbana. Eso, por supuesto, en el caso de que la persona se 
prestara a colaborar, ya que, como el equipo constató en su 
informe de trabajo: “En algunos casos la llamada se cortaba 
antes de que pudiéramos exponerle nuestro propósito al 
receptor”. Pero aun así, usando las respuestas de unos 
doscientos cincuenta propietarios, se pudo calcular que había 
175.000 jardines domésticos en una ciudad de unos 500,000 
habitantes; que esos jardines ocupaban una cuarta parte de la 
extensión completa de la ciudad; y que albergaban 25,200 
estanques, 45.900 cajas nido, 50.750 pilas de compost y 360,000 
árboles. En otras palabras, una gigantesca reserva natural. Pero 
a pesar de todo esto, la agricultura urbana nunca se incluye en 
el censo de espacios verdes de una región. Y lejos de ser el 
yermo biológico que el ecólogo Charles Elton describió en su 
estudio de 1966 The Pattern of Animal Communities (Una guía 
de las comunidades de vida animal], el proyecto bugs demostró 
que la agricultura urbana estaba repleta de vida silvestre. 

El proyecto bugs contactó con sesenta y un propietarios 
dispuestos a soportar una dura invasión de su intimidad por 
parte de un equipo de investigadores. Cualquiera que haya visto 
el trabajo de campo de un equipo de biólogos sabe lo que eso 
sienifica. El equipo medía todos los jardines para establecer sus 
dimensiones exactas, describía cada tipo de cubierta vegetal 
que hubiera en ellos y trazaba planos del terreno. Luego 
procedía a identificar, con ayuda de una guía de plantas y de 
los cuadernos de trabajo, todos los árboles, los matorrales y las 
hierbas que encontraba, incluyendo los que estuvieran metidos 
en un tiesto o en un estanque. Y al mismo tiempo que hacían 
todas estas cosas, iban recogiendo hojas que tuvieran “minas” 
de insectos. Las minas son esos agujeros o túneles ondulantes 
que perforan las larvas de algunas polillas, moscas y otros 
bichos. Casi todas esas minas son tan fáciles de reconocer que 


un experto puede decir fácilmente qué especie las ha abierto 
sin necesidad de ver al insecto en concreto, 

En los extremos de cada jardín colocaban tres “trampas de 
caida”, es decir, vasos de plástico metidos en el suelo para 
cazar insectos y otros artrópodos que se meten en su interior y 
luego no pueden salir. Para asegurarse de lo último, los 
investigadores rellenaban el interior de alcohol. Normalmente 
se usa un producto químico mucho más tóxico, el glicol de 
etileno, pero el equipo prefirió usar alcohol etílico para evitar 
“el riesgo de que entrara en contacto con niños o con animales 
de compañía”. El estudio también recogió varios sacos de hojas 
secas y tierra del suelo para identificar otros invertebrados, y 
por si esto no fuera poco, para atrapar insectos voladores se 
construyó una trampa Malaise (la misma clase de artefacto que 
Denis Owen usaba en el jardín de su casa de Leicester, como 
hemos visto en el capítulo anterior). A pesar de que este 
acercamiento a la ecología de los jardines urbanos se parecía 
mucho a la estrategia bélica de la tierra quemada, los 
propietarios de los jardines solían ofrecer té y galletas al 
equipo que llevaba a cabo el estudio. 

En estos sesenta y un campos experimentales del tamaño de 
un jardín encontraron 1.166 especies diferentes de plantas. 
Como suele suceder en los jardines, la mayoría de esas especies 
(el 70%) eran exóticas. Pero aun así, 344 especies (¡una cuarta 
parte del total de la flora inglesa!) eran autóctonas. Los treinta 
mil invertebrados que encontraron pertenecían a unas 
ochocientas especies. No son cantidades ridículas, pero tampoco 
apabullantes, sobre todo si las comparamos con lo que Denis 
Owen encontró en un único jardín. Pero lo más importante no 
es la cifra total de especies, sino los cambios que se producían 
entre un jardín y otro. Casi la mitad de especies de insectos y 
arañas que se identificaron vivían en un solo jardín. Y cuando 


el equipo realizó una curva de acumulación de especies para 
estudiar cómo iba aumentando el cómputo con cada nuevo 
jardín que se añadía a la lista, la curva no mostraba signo 
alguno de nivelarse. Dicho en otras palabras: cada jardín tenía 
una flora y fauna completamente distintas. 

Y esto fue así en no más de sesenta y un jardines, que son 
una fracción muy reducida de todos los jardines de Sheffield, y 
que a su vez solo constituyen una minima porción de los 
jardines de todo Reino Unido. Imaginemos entonces la 
biodiversidad resultante si pensamos en todos los huertos, 
jardines y parcelas tomados en su conjunto. E imaginemos 
también hasta dónde llegaría la biodiversidad si le añadimos 
otros parches de hábitat olvidados: alcantarillas en mal estado 
de conservación, arcenes de carreteras, tejados cubiertos de 
mUSYO... 

Es evidente que la vida en las ciudades presenta toda clase 
de desafíos, pero para las plantas y animales que pueden 
desplazarse a través de largas distancias y sobrevivir en parches 
de hábitat pequeños y aislados, la ciudad ofrece un mosaico de 
paisajes  sorprendentemente variados que proporcionan 
muchísimos microhábitats para una gran variedad de especies, 
Y si añadimos las otras tres razones que explican la rica 
biodiversidad urbana (las especies exóticas, la existencia de 
focos previos de biodiversidad y el santuario que representa 
frente a la persecución en otros lugares), empezaremos a 
entender por qué son tan largas las listas de especies que han 
compilado los naturalistas urbanos de los capítulos anteriores, 

Las listas pueden ser largas, sí, pero no al azar. No todos los 
animales y plantas saben adaptarse a la vida urbana. Algunas 
especies tienen propiedades que las hacen mucho menos 
adaptables a la vida de urbanitas, mientras que otras parecen 
hechas a su medida. El núcleo de este libro pretende explicar 


cuáles son esas propiedades y cómo han ido evolucionando. Así 
que avancemos un poquito más hacia ese núcleo observando el 
fascinante fenómeno de la “preadaptación” urbana. 


Si logro llegar 


Pasamos por delante de la estación central de Leiden, la 
ciudad en la que vivo. Como casi todas las estaciones de tren 
holandesas, se alza frente a un océano de bicicletas aparcadas. 
A los dos lados de la entrada principal se extiende un 
aparcamiento al aire libre que tiene dos pisos y que está lleno a 
rebosar de bicicletas, con miles de manillares bruñidos que 
destellan bajo el sol matinal como ondas en la ribera de un mar 
en calma. Yo puedo observar el amasijo metálico de radios, 
muelles, tubos, bastidores y engranajes, pero mi compañero, el 
famoso biólogo Geerat Vermeij, de la Universidad de California 
en Davis (y visitante habitual de Leiden), no puede. Ciego desde 
que tenía tres años, Vermeij se ha labrado una reputación 
internacional como paleontólogo, ecólogo, biólogo evolutivo y 
autor de bestsellers valiéndose de las sutiles facultades de la 
yema de sus dedos, su sensible sentido del oído y su poderoso 
cerebro, 

Si Vermeij puede detectar el montón de bicicletas que 
tenemos delante de nosotros, ello se debe a que forman el 
hábitat de una de las especies más adorables pero también más 
menospreciadas de ave urbana: el gorrión común (Passer 
domesticus). Dando saltos entre las ruedas, tomando baños de 
polvo en las franjas arenosas que se forman entre las baldosas, 
posados en los radios y revoloteando desde los sillones hasta 
las cestas traseras, las bandadas de pájaros gris pardo crean un 
rumor constante de batir de alas y gorjeos parlanchines. 
Vermej sonríe, e indicios de unas suaves arrugas aparecen en la 


comisura de esos ojos que no ven. “Sí —dice-, tienes razón: 
están por todas partes”. 

He traído a Vermeij a este aparcamiento de bicicletas, que 
sirve de hábitat a una colonia de gorriones, para charlar sobre 
el poder de la preadaptación. 

La preadaptación es un término misterioso y controvertido 
en la biología evolutiva. Al fin y al cabo, la evolución es una 
visión a posteriori de la naturaleza: las adaptaciones que vemos 
hoy las causó la selección natural del ayer, Por lo tanto, ¿cómo 
es posible que un animal o una planta se “preadapten”, cuando 
la evolución no puede prever el futuro ni, por lo tanto, 
preparar a ningún organismo para lo que va a suceder en el día 
de mañana? 

Volvamos a los gorriones comunes. El hábitat que ahora 
ocupan frente a la estación de tren de Leiden no es un hábitat 
para el que hayan ido evolucionando hasta llegar a ocuparlo. En 
el pasado evolutivo nunca se encontraron con un soporte de 
bicicleta. Y aun así, cuando Vermeij y yo los observamos —él 
con los oídos y yo con los ojos-, parecen perfectamente 
adaptados a vivir entre los radios de bicicleta. Las alas cortas 
parecen ideales para los vuelos cortos entre el sillín y el cesto 
trasero. En la profusa acumulación de metal se mantienen en 
contacto por medio del gorjeo constante. Tienen la costumbre 
de salir volando en masa y desperdigarse entre las bicicletas 
aparcadas a la menor señal de alarma. La razón de que se 
encuentren tan a gusto en este lugar puede estar en que el 
hábitat natural del gorrión común son los macizos de arbustos 
espinosos y los matorrales. Para estas aves, la vasta extensión 
de barras metálicas que varían en cuanto a grosor, densidad, 
inclinación y curvatura se parece muchísimo al paisaje de 
monte bajo donde solían tener su hogar natural. 


De todas formas, no podemos estar muy seguros de cuál era 
ese hogar natural. Como el cuervo indio, el gorrión común es 
un ave cuya existencia se ha unido tanto a la existencia 
humana que ya no se da en ningún medio salvaje. Sus 
antepasados de tiempos prehumanos probablemente vivían en 
espacios semiabiertos de monte bajo en áreas secas, anidando 
en grupo en los matorrales, alimentándose de semillas e 
insectos, y retirándose a uno de sus refugios protegidos por 
espinas cuando un halcón aparecía por el horizonte. Pero luego 
llegaron los seres humanos y la agricultura, y el gorrión común 
abandonó su hábitat natural y se instaló entre ellos, 
alimentándose de grano descartado y arrejuntándose para vivir 
en los tejados de las casas y de los establos. Hasta que un día 
encontró los soportes de bicicleta, 

En otras palabras, el Passer domesticus se ha convertido en 
una especie urbana porque ya se había adaptado a un estilo de 
vida que, por puro accidente, lo había preparado para los 
nuevos nichos que hemos creado en las ciudades. El medio 
urbano ofrece condiciones que por casualidad se parecen en 
algún aspecto a la forma de vida que tenía la especie en 
tiempos preurbanos. Y son justamente estas especies las que 
están “preadaptadas” para los nuevos nichos en las ciudades. 
Por eso son las primeras en mudarse a vivir allí. 

Aparte de los gorriones, hay otras aves preadaptadas a vivir 
en los alrededores de la estación de tren de Leiden. Las 
palomas urbanas posadas sobre el gran reloj que preside la 
entrada central son descendientes de la paloma  bravía 
(Columba livia), una especie nativa de Europa y del norte de 
África que solo está presente, en estado salvaje, en zonas 
donde haya precipicios rocosos (en los que anidan y se 
establecen). Evidentemente, las llanuras inundadas de los 
Países Bajos, en las que es imposible hallar un accidente en el 


terreno que sea más alto que una topera, nunca formaron parte 
de su ámbito natural. Pero esto fue, claro, hasta que los seres 
humanos empezaron a levantar precipicios artificiales: las 
fachadas de ladrillo y hormigón de los edificios, con sus 
saledizos y marcos de ventana, resultaron idóneas para que las 
palomas se instalaran en ellas, incluso cuando intentamos 
ahuyentarlas con hileras de obstáculos de plástico. 

Paralelamente, el vencejo negro como el hollín que vuela 
con alas en forma de media luna (Apus apus) y zigzaguea 
soltando sus chillidos por el cielo, justo por encima de nuestras 
cabezas, es también un habitante originario de los precipicios 
rocosos. El vencejo se ha aclimatado a la ciudad de Leiden 
eracias a los huecos que hay bajo las tejas del tejado de la 
iglesia del siglo xvii y entre los ladrillos del viejo molino, unos 
emplazamientos perfectos para que aniden estas aves de 
terrenos escarpados. Los ostreros euroasiáticos blanquinegros 
(Haematopus ostralegus), que tienen un largo pico rojo y 
brillante y se pasean por el césped que hay detrás de la estación 
como si estuvieran en su casa, son aves originariamente 
ribereñas que construyen el nido en la playa y usan sus fuertes 
picos para extraer almejas del limo. En Leiden han cambiado 
las zonas embarradas por las extensiones de césped, las almejas 
por los gusanos y las playas de guijarros por los techos planos 
del Centro Médico de la universidad. Todas estas especies de 
aves -los gorriones comunes, las palomas bravías, los vencejos 
y los ostreros— estaban de una forma u otra preadaptados a la 
vida urbana. Y estas fueron las especies elegidas por el medio 
urbano entre toda la avifauna posible, 

Resulta fácil averiguar la razón por la cual las aves que 
vuelan en torno a la estación de tren de Leiden pueden estar 
preadaptadas (o  predispuestas, como  Vermeij prefiere 
llamarlas, a fin de desmentir la idea falsa de que la evolución 


puede prever sus pasos). El vínculo entre las características de 
su hábitat originario y el del centro urbano es muy fácil de ver. 
De la misma manera, una gran parte de los artrópodos 
minúsculos que viven en nuestras casas originariamente vivían 
en cuevas, y algunas de ellas incluso podrían haber sido 
compañeras de fatigas de aquellos antepasados nuestros que 
decidieron abandonar la caverna para construir viviendas, El 
pariente más cercano de las chinches, el Cemex lectularius, es 
un parásito de los murciélagos que viven en grutas, lo que 
indica que ese era también el nicho ecológico originario de las 
chinches, La araña de patas largas (Pholcus phalangioides), que 
vive en las casas de todo el mundo, se siente a gusto en los 
espacios cerrados, húmedos y de superficie dura. Como es 
natural, suele vivir en grutas y en cuevas. Para esta araña, los 
espacios huecos que ocupamos en el interior de un caparazón 
de ladrillo y hormigón (las “casas”) no resultan ni mejores ni 
peores que su hábitat subterráneo en la vida silvestre. 

Pero hay otras preadaptaciones que resultan más difíciles de 
comprobar. Por ejemplo, los múltiples accidentes causados por 
el tráfico. “Nosotros vemos y oímos los coches que se acercan — 
dice Vermeij-, pero los animales atropellados en las carreteras 
nos demuestran que algunas aves no los oyen ni los ven. Pero 
entonces, ¿cómo es que hay especies que chocan contra los 
parabrisas y otras que no? Esa es una pregunta muy 
interesante. Además, ciertas aves, como los cuervos, parecen 
ser las campeonas globales de la supervivencia en la ciudad y el 
extrarradio. ¿Y por qué el zorzal robín es un ave urbana en 
América del Norte, cuando no lo es ningún otro miembro de su 
familia?”. 

Una forma de indagar esta cuestión de la preadaptación, tan 
difícil de explicar, consiste en buscar una pauta común a lo 
largo de diversas ciudades. Las ecólogas Carmen Paz Silva y 


Olga Barbosa, de la Universidad Austral de Chile, usaron ese 
método en tres ciudades de tamaño medio del sur de Chile: 
Temuco, Valdivia y Osorno. Estas ciudades (que tienen entre 
cien mil y trescientos cincuenta mil habitantes) se hallan en un 
área muy rica en biodiversidad, la llamada Ecorregión del 
Bosque Templado Valdiviano. Silva, Barbosa y sus colegas 
empezaron dibujando sobre cada ciudad y sus alrededores una 
cuadrícula dividida en celdas de doscientos cincuenta metros 
cuadrados de amplitud. Luego eligieron al azar ciento diez 
celdas de la cuadrícula en cada ciudad y cincuenta en las áreas 
rurales aledañas (por lo tanto, cuatrocientas ochenta celdas en 
total), y después fueron a comprobar qué pájaros aparecían por 
allí. Para hacerlo elegían un lugar en el centro de la cuadrícula 
y esperaban durante seis minutos, por la mañana, consignando 
todas las aves que veían u oían durante ese tiempo. 

El trabajo, que se prolongó durante toda la temporada de 
cría del año 2012, demostró que las aves de estas tres ciudades 
no se correspondían con una selección al azar de la avifauna de 
la campiña adyacente. En cada ciudad dominaba un mismo 
conjunto de aves urbanas, compuestas por especies como la 
golondrina chilena (Tachycineta meyeni) y el chimango 
(Milvago chimango), además de los cosmopolitas gorrión común 
y paloma bravía. Por el contrario, un ave como el chucau 
tapaculo (Scelorchilus rubecula), que es muy común en las 
zonas silvestres de Chile, nunca se adentraba en la ciudad, igual 
que el diucón de ojos rojizos (Xolmis pyrope) y el 
extraordinario comesebo patagónico (Phrygilus patagonicus). 
Por otra parte, había muchas aves que no presentaban unas 
diferencias tan acusadas: se las veía dentro y fuera de las 
ciudades, solo que en una proporción ligeramente distinta, 

Para averiguar cuáles eran las  preadaptaciones 
fundamentales a la vida urbana, Silva y Barbosa clasificaron las 


especies entre carroñeras, carnívoras, omnivoras o las que se 
alimentan de frutas, semillas, insectos o néctar. Luego 
identificaron su hábitat silvestre: bosque, espacios abiertos, 
terrenos pantanosos o acuáticos o bien ubicuos. Y por último 
realizaron una serie de pruebas estadísticas para descubrir 
cómo debería haber sido la avifauna urbana si se hubiera 
llevado a cabo una selección al azar entre todos los tipos 
posibles de aves, dependiendo tanto del hábitat como de las 
preferencias de alimentación. Este análisis reveló que la 
avifauna urbana no tenía nada que ver con una selección al 
azar. Las aves urbanas del sur de Chile han demostrado ser 
omnívoras oO comedoras de semillas y no demasiado 
tiquismiquis con respecto al hábitat en el que viven. Es lógico: 
como ya hemos visto en el capítulo anterior, las ciudades son 
mosaicos de hábitats, de modo que una especie que ya está 
adaptada a un entorno variable e impredecible (por ejemplo, 
lugares dinámicos e inestables como los terrenos inundables o 
los claros en los bosques) está bien preparada para la vida en la 
ciudad. Pero ¿por qué las especies que comen semillas? Pues 
por la sencilla razón de que los seres humanos también son, 
fundamentalmente, una especie que come semillas. Gran parte 
de nuestra dieta se basa en los cereales, así que buena parte de 
nuestros desechos (cortezas de pan, el arroz que se queda 
pegado a la sartén, y también las galletitas saladas a medio 
comer y las migas de galleta dulce) se adapta perfectamente a 
la dieta de estas aves que suelen comer semillas y frutos secos, 

De manera que entre las aves urbanas abundan las que 
tienen preferencia por los sustratos rocosos o enmarañados, 
además de las que comparten nuestros gustos alimentarios o no 
se muestran demasiado quisquillosas en cuanto al lugar de 
habitación. Pero hay más razones, aparte de la comida y la 
flexibilidad de costumbres, para que un ave se convierta en ave 


urbana. Pensemos en la comunicación: muchas aves se 
comunican a través del sonido. Pero ¿cómo lo hacen en medio 
del estruendo del tráfico, las sirenas, las alarmas, los gritos de 
la gente y los equipos de música? Clinton Francis, colega de 
Silva y Barbosa en la Universidad de Colorado, se propuso 
averiguar qué clase de aves se habían adaptado mejor a los 
ruidos humanos. Sorprendentemente, no llevó a cabo su 
experimento en el centro de una gran ciudad, sino que se 
dirigió al desierto del norte del estado de Nuevo México. 

En el desierto de Rattlesnake Canyon no hay ningún 
asentamiento humano, pero sí hay ruidos de origen humano. 
Esa zona, una de las reservas de combustibles fósiles más 
importantes de la nación, cuenta con unos veinte mil pozos de 
extracción de gas y petróleo. Muchos de esos pozos están 
equipados con ruidosos compresores que día y noche extraen el 
gas y lo bombean a los tanques de almacenamiento. Otros 
pozos carecen de compresor y por tanto funcionan en un 
silencio maravilloso. Francis vio que esa zona era un 
“laboratorio natural” ideal para estudiar los efectos del ruido en 
las aves, sin tener que enfrentarse a los problemas de comparar 
las reacciones obtenidas en el campo y en la ciudad. Al fin y al 
cabo, el ruido urbano es inseparable de otros cambios 
medioambientales que ya hemos ido viendo. De modo que si 
descubrimos que los sinsontes son menos abundantes en las 
ciudades que en las áreas silvestres, no hay forma de saber si 
eso se debe al ruido humano, ya que pudiera deberse a otros 
factores que determinan el hábitat de las ciudades, Pero en el 
desierto hay un único entorno formado por bosques de enebro y 
pino piñonero, esté presente o no el ruidoso compresor que 
funciona a todas horas. Se trata del paraíso del biólogo. 

Francis y su equipo hicieron un experimento muy parecido 
al que llevaron a cabo Silva y Barbosa: eligieron varias zonas 


de extracción ruidosa y otras de extracción silenciosa, y luego 
dedicaron siete minutos en cada una a observar y a escuchar 
las aves. En las zonas de los pozos ruidosos, convencieron a los 
responsables de las compañías para que desconectaran los 
compresores durante esos siete minutos, ya que los ruidos les 
habrían impedido escuchar a los pájaros. Los resultados no 
dejaban lugar a dudas: las aves que se comunicaban con 
llamadas de timbre grave, como la huilota (Zenaida macroura), 
no aparecían en las zonas de compresores ruidosos. El ruido de 
las máquinas era tal que estas aves no podían comunicarse y 
por lo tanto tuvieron que abandonar la zona. En cambio, las 
aves de timbre agudo no tenían problemas para habitar el 
mismo lugar: las llamadas en tono de soprano del chimbito 
común (Spizella passerina) no tenían problemas para traspasar 
los pesados tonos de barítono de los pozos de gas, Incluso había 
un ave, el colibrí gorginegro (Archilocus alexandri), que 
prefería construir los nidos cerca de los compresores, y cuanto 
más cerca, mucho mejor. Francis cree que eso se debe a que los 
predadores del colibri, las charas de collar (Aphelocoma 
woodhouseii), no pueden soportar el ruido. O lo que es lo 
mismo: que el ruido ofrece buena protección a los chimbitos. 

Sorpresa, sorpresa: en las ciudades, donde el ruido suele ser 
de baja frecuencia, las aves más comunes son las que poseen 
voces con registros más altos. Pero hubo que demostrar con las 
investigaciones en el desierto la relación que hay entre la 
contaminación acústica y la preadaptación de las Mariah Carey 
de las aves. 

La preadaptación, por lo tanto, es imprescindible para el 
ecosistema urbano. Determina qué especies pueden atravesar el 
fino cedazo de los automóviles y del hormigón, la basura y la 
suciedad, y así crear un hogar entre los rótulos callejeros, La 
flora y la fauna urbanas se componen de especies autóctonas y 


exóticas que han logrado adaptarse a desafíos similares 
planteados por el entorno. 

Y ahora volvamos un segundo a los mirmecófilos, esos 
animales que han logrado adaptarse a la vida en el interior de 
los hormigueros; ya hemos hablado de ellos al comienzo de este 
libro. Ellos tampoco son el resultado de una selección casual 
entre los insectos y otros invertebrados. En un artículo 
publicado en la revista Myrmecological News, Joe Parker, del 
California Institute of Technology, sostiene que la 
preadaptación explica las claves de la mirmecofilia. Según 
Parker, muchos mirmecófilos son escarabajos histéridos que 
tienen unos gruesos estuches para proteger las alas, lo que les 
da el aspecto de un vehículo acorazado y los protege de los 
ataques de las hormigas. Gracias a ello han podido introducirse 
en los hormigueros en los que otros insectos han fracasado. Del 
mismo modo, muchos mirmecófilos pertenecen a la subfamilia 
Pselaphinae de la familia de los estafilínidos, que cuenta con 
protectores corporales internos que les permiten soportar los 
ataques y los revolcones de las iracundas hormigas sin sufrir 
eraves daños. Otros mirmecófilos son Aleocharinae, con una 
elándula en el extremo posterior del dorso que les permite 
lanzar una ofensiva química contra las hormigas. 

De manera que lo que está sucediendo en las ciudades se 
parece mucho a lo que sucedió hace millones de años, cuando 
unas pequeñas criaturas terrestres tuvieron la osadía de 
penetrar en las primeras colonias de hormigas. Las especies que 
estaban preadadaptadas a las tribulaciones de la vida en el 
hormiguero fueron las que la evolución pudo moldear y adaptar 
hasta que se convirtieron en mirmecófilas expertas. Si se 
compara el largo proceso evolutivo que permitió la adaptación 
de las especies mirmecófilas a las necesidades de la vida en un 
hormiguero, los animales y las plantas preadaptadas apenas 


están empezando a asentarse en las ciudades humanas. Pero 
eso no significa que la fase inicial de una mejora evolutiva en 
el grupo urbano no se esté produciendo ya. 


segunda parte 


PAISAJES URBANOS 


Nada vemos de estos cambios lentos 

y progresivos hasta que la mano del tiempo 
ha marcado el transcurso de las edades, 
Charles Darwin, 

El origen de las especies (1859) 

No estoy de acuerdo. 

Homey D. Clown, 

en el programa de televisión 

In Living Color (1990) 


He aquí los hechos 


Albert Brydges Farn nació en 1841. La entrada que le 
dedica The Aurelian Legacy, una especie de “Quién es quién” 
de los coleccionistas británicos de lepidópteros, lo describe 
como un “naturalista todoterreno” y “hombre de vigor y coraje, 
dotado de un tempestuoso sentido del humor”. También lo 
describe como un “deportista”, cosa que en aquellos días no 
significaba que se le viera haciendo jogging por los caminos 
rurales ni jugando al rugby con los chicos del pueblo, sino que 
alude más bien a su reputación de persona muy aficionada a 
disparar a los murciélagos con un rifle del calibre 22, o capaz 
de abatir a treinta agachadizas con treinta disparos seguidos 
mientras cazaba en los terrenos de lord Walsingham. Farn, 
hablando claro, disfrutaba matando animales. 

Pero lo que más mató en su vida fueron mariposas y 
polillas, que luego clavaba con un alfiler, montaba, etiquetaba, 
identificaba y organizaba con extrema precisión. Cuando murió, 
en 1921, dejó lo que muchos consideran la mejor colección de 
lepidópteros de la Gran Bretaña de su época. Por desgracia, la 
colección se vendió por piezas en una subasta y acabó repartida 
en varios sitios. Una gran parte de los especímenes, según 
Adam Hart, de la Universidad de Gloucestershire, se encuentra 
ahora “en las tripas del Museo de Historia Natural de Londres”. 
Aunque no está seguro del todo, a Hart le gusta imaginar que 
entre las polillas que se conservan allí está el annulet (Charissa 
obscurata) que Farn capturó cerca de Lewes en la década de 
1870, 


El annulet es una especie más bien anodina, muy pálida si la 
comparamos con otras posesiones de Farn, como la 
espectacular mariposa tornasolada (Apatura iris) que capturó 
en el sur de Gales, o como los muchos ejemplares de la 
mariposa europea Araschnia levana, una hermosa especie de 
color negro, naranja y blanco, procedente de la Europa 
continental, que Farn se propuso exterminar él solito cuando la 
introdujeron ilegalmente en el bosque de Dean, en 1912, ya que 
el coleccionista se oponía a la presencia de especies exóticas, 
por muy bellas que fuesen. Sin embargo, a pesar de su aspecto 
poco llamativo, el annulet es la especie que ha hecho famoso a 
Farn. Aunque, eso sí, la fama le llegó con ciento treinta años 
de retraso. 

En 2009, Hart, profesor de Comunicación de la Ciencia, 
estaba visitando la Galería de Arte y Museo Municipal de 
Gloucester para preparar unas clases. “Estaba examinando los 
especimenes guardados en el depósito en busca de alguno que 
enseñar a mis alumnos”, dijo. Y allí se encontró con la copia 
impresa de una carta fechada el 18 de noviembre de 1878, La 
carta era de Farn, y la copia estaba en el almacén porque el 
museo posee un libro anotado que en su día perteneció a Farn 
y el bibliotecario se había interesado en él. Pero la razón de 
que aquella carta hubiera sobrevivido e incluso estuviese 
transcrita y colgada en la red no era el nombre del autor, sino 
el nombre del destinatario: Charles Darwin. 

En 1878, el anciano Darwin era uno de los cientificos más 
famosos de Inglaterra. Toda una generación había crecido ya 
con El origen de las especies, de modo que el autor era 
incontestablemente Míster Evolución. Colegas de todo el 
mundo mantenían correspondencia con él y Darwin llevaba un 
meticuloso registro de las cartas que recibía y enviaba (y no por 
razones sociales, sino puramente científicas), dado que todo lo 


que le contaban sus corresponsales era esencial para su trabajo. 
Y tal como explican los archiveros que han llevado a cabo el 
proyecto Correspondencia de Darwin, puesto en marcha por la 
Universidad de Cambridge (donde se conserva casi toda su 
biblioteca), Darwin “repasaba algunas cartas una y otra vez 
mientras trabajaba en sus distintos proyectos, y además 
garabateaba ideas en las mismas cartas con lápices de colores, y 
luego las recortaba para poder archivar las partes que 
contenían notas importantes, o bien las guardaba en su libro de 
experimentos. Darwin diseccionaba las cartas como si fueran 
especimenes, les extraía cada pequeño fragmento de 
información útil y luego lo incorporaba todo a sus propias 
publicaciones”. 

Por lo que sabemos, Albert Farn solo escribió una vez a 
Darwin. La carta se conservó en la biblioteca de Darwin, el 
proyecto Correspondencia de Darwin la transcribió y luego 
colgó el texto en la red, y fue una copia impresa de ese texto la 
que Hart encontró en el depósito de colecciones de Gloucester. 
Se trata de una nota breve, y por lo que parece, Darwin no hizo 
nada con ella ni le envió contestación. 

Farn escribió: 


Querido señor, 


la creencia de que pueda relatarle algo que sea de su interés 
es la excusa que me sirve para importunarle con esta carta, 

Entre todos los lepidópteros de Gran Bretaña tal vez no 
haya otra especie que varíe tanto, según sea el emplazamiento 
donde se la localiza, como la [mariposa annulet]. Es casi negra 
si se encuentra entre la turba del New Forest; gris si está entre 
rocas calizas; casi blanca si se halla cerca de las formaciones de 


tiza de Lewes; parda cuando se la ve en suelo arcilloso o en el 
terreno rojizo de Herefordshire. 

¿Se deben estas variaciones a la 'supervivencia de los más 
aptos?”. Creo que sí. 

Fue por eso que me sorprendió encontrar ejemplares muy 
oscuros de esta especie en una ladera caliza en New Forest, y 
he intentado hallar una solución. ¿Podría ser esta? 

Es un hecho curioso, relacionado con estos especímenes 
oscuros, que en este último cuarto de siglo la ladera caliza en la 
que se aparecen reciba el impacto de grandes cantidades de 
humo negro procedente de los hornos de cal situados al pie de 
la ladera. Las hierbas, aunque crecen de forma abundante, 
están tiznadas por el color negro. 

También he sido informado de que los especímenes de color 
más claro son mucho menos frecuentes en Lewes, donde desde 
hace años también han empezado a funcionar unos hornos de 
cal, 

Estos son los hechos que deseo someter a su consideración. 

Suyo siempre, señor, su respetuoso y fiel, 

A. B. Farn 

“Debo reconocer que para mí fue uno de esos momentos en 
que uno grita eureka -—escribió Hart-. Esta carta llevaba 
circulando mucho tiempo pero nadie se había dado cuenta de 
su importancia”. La importancia, tal como Hart señaló en un 
artículo dirigido a la comunidad científica, y publicado en 
Current Biology, se debe a que la carta con las observaciones 
de Farn puede ser el primer caso registrado de un proceso de 
selección natural en curso. Lo que Farn sugería era que las 
annulet de color claro, que en un principio se camuflaban muy 
bien entre las rocas calizas de color blancuzco, se estaban 
convirtiendo en presa fácil en un entorno mayoritariamente 


tiznado de hollín, de modo que las aves y otros predadores las 
capturaban con mayor facilidad. Mientras tanto, una mutación 
genética de alas de color oscuro había aparecido y había 
quedado “naturalmente seleccionada” porque no destacaba 
tanto como sus antepasados de color claro, Si Farn estaba en lo 
cierto, sería el primer caso en el que se observaba en directo la 
evolución de las especies. Tal como supuso Farn, Darwin debió 
de emocionarse al leer aquello, Pero entonces, ¿por qué ignoró 
la carta de Farn? 

Bueno, tal vez Darwin estuviera muy ocupado aquel 13 de 
noviembre de 1378, Quizá cuidaba de sus orquídeas o jugaba 
con sus nietos o se hallaba postrado, en uno de sus arrebatos de 
malestar existencial. Pero es mejor pensar que hay una 
explicación mucho más interesante de la falta de respuesta de 
Darwin. Mi conjetura es que Darwin infravaloraba el potencial 
de su propio descubrimiento -la selección natural-, y que le 
costaba imaginar que esta pudiera observarse en un periodo tan 
breve como eran unos pocos años o décadas, Al fin y al cabo, 
en el capítulo iv de El origen de las especies había escrito: 
“Nada vemos de estos cambios lentos y progresivos hasta que 
la mano del tiempo ha marcado el transcurso de las edades”. 

En las páginas precedentes de su gran obra, Darwin había 
establecido las bases de su teoría en cuatro fases sencillas e 
inalterables. Uno: siempre están produciéndose variaciones; 
cada individuo es, en muchas maneras (a menudo 
imperceptibles), distinto del siguiente. Dos: estas variaciones 
son hereditarias, las crías se parecen a sus padres, Tres: 
siempre hay un excedente, muchas crías no logran sobrevivir. 
Cuatro: se produce una selección, la supervivencia no es una 
cuestión de azar, sino que favorece a los que están más 
adaptados al medio en el que viven. Para la mente de Darwin — 
y para todos los que desde entonces han captado la grandeza de 


sus intuiciones, la selección natural es una ley de la 
naturaleza. Tal como dejó escrito: “Puede decirse 
metafóricamente que la selección natural está haciendo en todo 
el mundo, diariamente e incluso hora a hora, el escrutinio de 
las variaciones más pequeñas; desechando las que son malas, 
conservando y acumulando las que son buenas”. 

Y aun así, a pesar de ese “diariamente y hora a hora”, 
Darwin no creía que la selección natural pudiera observarse en 
tiempo real. Tal vez porque carecía de los conocimientos 
matemáticos necesarios para la proeza de calcular el tiempo 
que la selección natural tardaba en llevar a cabo su obra. Hubo 
que esperar hasta la década de 1920 para que biólogos 
matemáticos como J. B. S. Haldane y Ronald Fisher hicieran el 
cálculo. Convirtiendo las teorías de Darwin en fórmulas 
matemáticas, se podía comprobar si su pesimismo estaba bien 
fundado o no. 

Los resultados demostraron que no. El error de Darwin 
probablemente estribaba en que daba por hecho que la 
evolución era un proceso lineal. Su idea era la siguiente: 
imaginemos una población de cien mil polillas con alas de color 
claro. De pronto aparece una mutación con alas oscuras que 
disfruta de una ventaja minúscula, digamos que de un 
imperceptible 1%. Eso significa que por cada cien polillas de 
alas negras que nacen, sobreviven y se reproducen, hay otras 99 
con alas de color claro. Es una diferencia muy pequeña. De 
modo que ¿cuánto tiempo les llevará a las cien mil polillas de 
alas claras que han incorporado una mutación de alas negras 
evolucionar hasta convertirse en una población completa de 
polillas de alas negras? Toda la eternidad, ¿no? Error: eso solo 
tarda en suceder unas trescientas o cuatrocientas generaciones. 

Y es así porque la selección natural no es un proceso lineal, 
Al principio, cuando las polillas de alas negras son muy 


escasas, su población aumenta muy despacio, tan solo de una 
en una. Pero cuando la frecuencia de ejemplares de alas negras 
alcanza un tanto por ciento mínimo, el proceso se acelera 
porque todos esos miles de polillas de alas oscuras disfrutan de 
la misma ventaja y depositan su descendencia en la reserva 
enética, que va haciéndose cada día más oscura, 

Eso se puede comprobar haciendo una simulación digital. La 
Universidad de Radford, por ejemplo, tiene una página web a la 
que se le puede suministrar el dato del tamaño de una 
población, añadir la ventaja de una mutación (eso que se 
denomina “el coeficiente de selección”), y la frecuencia inicial 
de incidencia de la mutación. Al instante se observará la 
evolución de la población virtual en una bonita curva en forma 
de $. Si uno se pone a jugar con los datos introducidos, verá 
que no hay diferencias entre una población de diez mil o de 
cien mil o de un millón de ejemplares alados: todos los grupos 
evolucionarán hasta convertirse en una especie de alas oscuras 
en menos de mil generaciones, aunque solo disfruten de una 
ventaja evolutiva del 1%. Si aplicamos un coeficiente de 
selección del 5%, todo eso sucede en doscientas generaciones. 
Para muchas especies de polillas, un lapso de doscientas 
generaciones supone menos de un siglo. De modo que, al menos 
en teoría, incluso un factor muy débil de selección natural 
puede tener efectos demoledores antes de que la mano del 
tiempo haya empezado a marcar el transcurso de las edades. 

Parece ser que Darwin nunca llegó a creer que fuera posible 
esa capacidad de aceleración evolutiva. Aunque... si en las 
primeras cuatro ediciones de El origen de las especies el 
naturalista hacía mucho énfasis en estar “convencido de que la 
selección natural actúa siempre muy despacio”, en la quinta 
edición, que se publicó diez años después de la primera, Darwin 
sin embargo cambió el “siempre” por un “generalmente”, así 


que tal vez había empezado a poner en duda que la selección 
natural fuese un proceso muy lento. Sea como fuere, se 
equivocó al no detectar la información clave que le estaba 
suministrando Farn, y tuvo que ser la siguiente generación de 
naturalistas la que revelara la velocidad asombrosa del 
“melanismo industrial”. Y no fue con la polilla Charissa, sino 
con la mariposa del abedul, Biston betularia. La mariposa del 
abedul es un manual completo de la evolución urbana y 
probablemente el lector haya oído hablar de ella en el colegio. 
Pero en estos últimos tiempos se han producido tantos giros 
sorprendentes en el guion que me perdonará si ahora vuelvo a 
contar la historia entera, 


viii 
Leyendas urbanas 


Solemos creer que el vertiginoso crecimiento urbano es un 
fenómeno actual, pero entre 1770 y 1850 la ciudad de 
Manchester creció a un ritmo propio de una megalópolis del 
siglo xxi: pasó de tener veinticuatro mil habitantes a tener 
trescientos cincuenta mil. La industria textil de la ciudad, 
alimentada con energía producida por el carbón, absorbía 
trabajadores de todas las regiones colindantes y a su vez iba 
arrojándoles grandes cantidades de contaminación. Inmensas 
cantidades de hollín, sulfuros y gases nitrosos salían de las 
chimeneas de las fábricas. Estas sustancias oscurecían el cielo y 
ocultaban el sol, así que en los días sin viento había una capa 
de bruma tan espesa que los transeúntes apenas podían 
reconocer al vecino que pasaba por la calle. Una película de 
partículas de hollín se posaba permanentemente sobre todas las 
cosas: casas, aceras, incluso en los árboles de las zonas rurales 
que rodeaban la ciudad. 

Imaginemos un día de otoño de 1819. En un bosque de las 
afueras de Manchester está sucediendo algo así. Una oruga de 
la mariposa del abedul, Biston betularia, va descendiendo por 
la corteza cubierta de hollín de un abedul, pues debe llegar al 
suelo para iniciar la fase de pupación. Como hacen todas las 
orugas, se aferra a la corteza con sus patas marchadoras (las 
delanteras), luego tira de sus blanduzcas patas falsas (en el 
extremo trasero de su largo cuerpo en forma de ramita) hasta 
que alcanzan sus patas normales, y entonces dobla el cuerpo 
hasta formar una omega. Luego suelta las patas marchadoras, 
se aferra a la corteza solo con las patas falsas y se estira hacia 


delante, recoge las patas traseras, forma la omega, se estira, se 
encoge, se suelta, se aferra, se estira... y así continúa sin parar 
hasta que llega al pie del árbol. 

Aunque las orugas sean criaturas inmaduras biológicamente, 
sus testículos ya se han formado y están creando células de 
esperma para que, tras la fase de pupación, el animal se 
metamorfosee en un adulto sexualmente activo de mariposa del 
abedul, con las características alas salpicadas de motas negras 
sobre un fondo blanco. O al menos ese era el aspecto que 
tenían sus padres y todas las mariposas del abedul de Gran 
Bretaña hasta ese día. Pero cuando nuestra oruga da el último 
salto que la lleva hasta la hierba del terreno, un hecho anómalo 
sucede en una célula testicular. Y eso que ocurre va a cambiar 
el curso evolutivo de la mariposa del abedul. Mientras la 
maquinaria celular está separando los cromosomas y los agrupa 
en lo que va a convertirse en una célula de esperma, una 
partícula de adn se libera de uno de los cromosomas. Se trata 
de lo que suele denominarse un transposón, un “gen saltarín” 
capaz de desprenderse de un cromosoma y reinsertarse en otro, 
Y eso es exactamente lo que hace este transposón. Sin que lo 
sepa la oruga, que ahora mismo está muy ocupada abriéndose 
paso entre las raíces del subsuelo, las denominadas enzimas del 
transposón abren un boquete en la secuencia de veintidós mil 
letras del adn y se insertan justo en medio del córtex, el gen 
que controla la pigmentación de las alas de las polillas. 

Al mismo tiempo que la oruga abre un túnel subterráneo, y 
luego se transforma en pupa, hiberna y al final sale 
transformada en una polilla, la célula de esperma mutante 
permanece a la espera, al acecho de su oportunidad. Como es 
su deber, se une a miles de otras células de esperma no 
mutantes en una de las bolsas de esperma de la polilla, y en el 
transcurso de una de las más exitosas cópulas de la polilla 


macho con un ejemplar hembra, por un golpe de suerte, logra 
fertilizar uno de los huevos. El huevo fertilizado se convierte 
en una joven oruga fabricada con células que transportan una 
copia del gen mutante del córtex. A lo largo del verano, la 
oruga mutante, junto con todas sus hermanas, va devorando 
hojarasca hasta que llega la hora de enterrarse en el suelo y 
convertirse en pupa. 

Pero durante el tiempo en que la crisálida permanece 
enterrada entre las raíces, su apariencia durmiente experimenta 
un cambio revolucionario. En las alas que están formándose, y 
que todavía están escondidas bajo el caparazón de color caoba 
de la pupa, el transposón alojado en el gen córtex se comporta 
como un obstáculo para el proceso que crea normalmente un 
delicado dibujo de alas blancas moteadas de negro. En este 
caso, por el contrario, cuando la polilla sale de la pupa, toma 
fuerzas y se aferra a la rama de un abedul, las alas que 
despliega y que van endureciéndose muy deprisa resultan ser de 
un color tan negro como la antracita. Un color, por cierto, muy 
parecido al hollín que tiñe esa misma rama. 

Nuestra Biston betularia de alas negras sobrevive y se 
reproduce. Va generando una descendencia todavía poco 
numerosa de polillas de alas negras. Los entomólogos de 
Manchester a comienzos del siglo xix ya detectan algunas, pero 
la primera captura registrada por la literatura científica es una 
polilla apresada y etiquetada en 1848 por R, $, Edleston, 
coleccionista de Manchester. A partir de ese momento, los 
hechos se suceden a un ritmo vertiginoso y empiezan a 
proliferar las polillas negras. En la década de 1860, en ciertas 
zonas de Manchester, las polillas mutantes de alas negras son 
más numerosas que las de alas claras. Y desde el santuario de 
Manchester, el gen negro se desplaza a otras partes de 
Inglaterra. En la década de 1870, se avistan polillas negras en 


Staffordshire, a setenta kilómetros al sur de Manchester, y 
también en Yorkshire, hacia el noreste. A finales del siglo xix, 
el gen original de las alas claras había desaparecido casi por 
completo de la población británica de mariposa del abedul, con 
la excepción de algunas áreas del sur del país. El continente 
europeo y Norteamérica sucumbieron pocos años después, 

Los expertos en polillas de la época no logran entender este 
proceso y los debates airados se suceden en las publicaciones 
especializadas. Hay quien especula con cambios en la humedad 
y en la alimentación, y también hay quien especula con la idea 
de la “poderosa impresión que los objetos circundantes ejercen 
en las hembras” durante la procreación (es la época en que 
todavía no se conocen los genes ni su funcionamiento). Pero es 
el eminente entomólogo victoriano J. W. Tutt quien, en su libro 
British Moths [Polillas británicas], publicado en 1896, acuña de 
forma incuestionable el concepto que ahora conocemos como 
melanismo industrial: 


Veamos ahora si podemos entender cómo ha sucedido todo 
esto. [...] En nuestros bosques del sur los troncos son de color 
claro y la polilla tiene una alta probabilidad de escapatoria, 
pero si ponemos la mariposa del abedul con su color claro 
adaptado a un suelo blanquecino sobre un tronco tiznado de 
negro, ¿qué pasaria? Se volvería, como suele decirse, muy 
lNamativa, así que sería una presa fácil para cualquier ave que 
pudiera verla. Pero estas mariposas del abedul tienen una 
coloración más negra que las demás, y resulta fácil entender 
que cuanto más negras sean, más se parecerán al color del 
tronco y mayor será la dificultad de detectarlas. O sea que las 
cosas suceden así: las aves se comen a las claras, pero las 
negras logran escapar. 


199 


“O sea que las cosas suceden así”. Muchos biólogos 
evolutivos de hoy estarían de acuerdo con la explicación de 
Tutt (que también estaba implícita en los razonamientos de 
Farn) acerca de la aparición del melanismo industrial. La lluvia 
ácida mató a los líquenes, el hollín tiñó las ramas de negro y la 
coloración moteada de la mariposa del abedul, junto con la de 
otras especies de insectos, se volvió muy poco eficaz como 
camuflaje. Pero aparecieron unas mariposas mutantes con el 
cuerpo más oscuro, que antes nunca podrían haber sobrevivido 
y que resultaron ser mucho más resistentes a los predadores 
sobre un fondo oscuro. Luego, la selección natural hizo el resto, 

Pero esta teoría tuvo una historia tan moteada como las 
alas de la mariposa de la Biston betularia. Al fin y al cabo, la 
opinión de un prestigioso lepidopterólogo no bastaba para 
demostrar un hecho. Y antes de que la teoría de Tutt se 
aprobara como primer caso demostrado de la existencia de un 
proceso evolutivo en acción hacian falta comprobaciones y 
verificaciones. 

El primero en poner a prueba la hipótesis de la mariposa del 
abedul fue el biólogo matemático J. B. S. Haldane. En 1924 usó 
el tiempo que habían tardado las polillas oscuras en colonizar 
Manchester (cincuenta años) para calcular el coeficiente de 
selección, es decir, la desventaja relativa de las polillas claras 
con respecto a las oscuras. Dio con una cifra del 50%, lo que 
suponía que por cada dos polillas claras que sobrevivían a los 
ataques de las aves y a los problemas de cría había tres oscuras. 
En su momento, muchos colegas de Haldane objetaron la idea 
de que la selección natural pudiera ser tan drástica. Además, la 
relación entre el camuflaje y las aves era muy débil: nadie 
había visto un ave silvestre comiendo mariposas del abedul. 
Tuvieron que pasar otros treinta años para que el debate 
siguiera avanzando. 


La primera persona que vio un ave comiéndose a una 
mariposa del abedul fue Hazel Kettlewell. Ocurrió el 1 de julio 
de 1953, cuando Hazel estaba observando con los prismáticos 
una mariposa del abedul que se había posado sobre un tronco 
en la reserva de aves de Cadubry, un bosquecillo superviviente 
en medio del humeante tráfago de Birmingham. De repente, un 
acentor común saltó desde un helecho, atrapó a la polilla y se 
perdió de vista, 

Fue un descubrimiento trascendental. No solo porque fue la 
primera vez que se tuvo constancia de un hecho fundamental - 
que las aves sí se alimentaban de mariposas del abedul posadas 
en el tronco de los árboles-, sino porque ocurrió en el 
transcurso de uno de los más famosos experimentos de la 
biología evolutiva. Hazel era esposa de Bernard Kettlewell, 
médico de profesión y zoólogo autodidacta, a quien la 
Universidad de Oxford acababa de contratar para hacer 
trabajos experimentales sobre la selección natural y el 
melanismo industrial. Una elección muy acertada. Kettlewell, 
enérgico, preparado y culto, era muy amigo del fundador de la 
Escuela de Genética Ecológica de Oxford (una institución no 
oficial), E. B. (“Henry”) Ford. Después de muchos años de 
intentos infructuosos, Ford había conseguido por fin reunir el 
suficiente dinero para convencer a Kettlewel de que 
abandonara su exilio voluntario en Sudáfrica. Ford creía que si 
alguien podía resolver el problemas de las piezas que faltaban 
en el rompecabezas de la mariposa del abedul (¿se alimentan 
las aves de polillas?, ¿cazan las aves menos polillas si estas se 
camuflan con el entorno?, ¿y es la diferencia lo bastante 
sienificativa para convertirse en fuerza impulsora de la 
evolución de las alas?), esa persona era Kettlewell. 

De modo que Kettlewell y su familia pasaron una buena 
parte del año 1952 instalados en una caravana en Wytham 


Woods, un bosque que pertenecía (y sigue perteneciendo) a la 
Universidad de Oxford. Allí recolectaron unas tres mil orugas 
de las mariposas del abedul, las alimentaron con sumo cuidado 
hasta que alcanzaron el estado de pupas y cuidaron de ellas 
todo el invierno. En junio del año siguiente, poco antes del 
momento en que debían hacer eclosión, Kettlewell llevó las 
pupas -—bien envueltas en gasa- en la parte trasera de su 
Plymouth a la reserva de aves de Cadbury. 

Había elegido Cadbury porque estaba lo bastante cerca de 
Birmingham para hallarse cubierta de  hollín industrial. 
Kettlewell montó un laboratorio de campo en su caravana y 
durante once días seguidos trabajó sin descanso con ayuda de 
Hazel. Pusieron marcas individuales en las alas de las polillas 
recién salidas de las pupas, colocaron los insectos en ramas de 
árbol e instalaron dos clases de trampas nocturnas para 
polillas: lamparas de vapor de mercurio y bolsitas de gasa con 
hembras sexualmente receptivas, dos métodos fiables para 
atraer polillas (el último, por supuesto, solo servía para 
ejemplares de macho). La previsión era que, durante esos once 
días, las aves comerían más polillas claras, por estar mucho 
peor camufladas, que polillas negras, mucho más difíciles de 
detectar, y que esa diferencia en la depredación se vería en las 
cifras de las dos categorías de polillas supervivientes que 
caerían en las trampas. 

Fue uno de esos días cuando Hazel avistó al acentor común 
atrapando a una polilla Y después llegarían más 
descubrimientos. A lo largo de los días siguientes vieron a 
varios ejemplares de acentor y de petirrojo engullendo 
mariposas del abedul oscuras y claras. Hicieron rondas por el 
bosque para anotar qué polillas puestas en libertad por la 
mañana seguían en su percha por la noche. El 63% de las 
polillas de alas negras seguían en la misma percha donde las 


habían visto por la mañana, mientras que las polillas de alas 
claras solo llegaban a un porcentaje del 46%, La diferencia se 
correspondía casi exactamente con el cálculo que había hecho 
Haldane. Poco después, Kettlewell explicó, en un famoso 
artículo titulado “Selection Experiments on Industrial Melanism 
in the Lepidoptera” [Experimentos de selección acerca del 
melanismo industrial en lepidópteros], que aquello se debía a 
que “las aves actúan como agentes selectivos, tal como postula 
la teoría evolutiva”. 

Pero las trampas nocturnas también estaban facilitando 
muchos datos. Durante los once días en que las trampas 
estuvieron en funcionamiento, los Kettlewell liberaron 630 
machos de mariposa (una mitad de alas claras y la otra de alas 
negras), de los cuales volvieron a capturar 149, Pero estas 
mariposas no respondían a dos mitades exactas entre las claras 
y las oscuras. De las polillas de alas claras, solo capturaron el 
13%, y en cambio capturaron el doble de polillas de alas negras 
(en total el 283%). Una vez más, resultaba evidente que las 
polillas de alas claras desaparecían a un ritmo mucho mayor 
que las de alas negras. Y todo parecía indicar que eso se debía a 
las aves, 

Dos años después, Kettlewell puso en marcha un contra- 
experimento, liberando a unas ochocientas polillas marcadas en 
un bosque no contaminado de Dorset, y tal como se esperaba, 
se encontró con los resultados a la inversa. En aquel bosque 
eran las polillas negras las que se destacaban sobre las limpias 
ramas cubiertas de líquenes de los abedules, mientras que las 
claras eran mucho más difíciles de detectar. Por lo tanto, estas 
últimas sobrevivían mucho mejor (el 14%) que las negras, que 
solo alcanzaron el 5%. En esta ocasión, Kettlewell hizo el 
trabajo de campo con ayuda de un biólogo conductista 
holandés, más tarde ganador del Premio Nobel, Niko 


Tinbergen, que ya estaba ganando fama por sus estudios sobre 
la conducta de las aves y que era un pionero en el uso de la 
cinematografía para los trabajos de campo. Mientras Kettlewell 
trajinaba con sus bolsitas de muselina y sus lámparas de vapor 
de mercurio, Tinbergen se apostaba en un escondrijo con su 
cámara y filmaba unas imágenes extraordinarias de papamoscas 
erises, trepadores azules y escribanos cerillo dándose un 
atracón con las Biston betularia —tanto oscuras como claras- 
que habían soltado. 

La película y las fotos de Tinbergen, los trabajos de 
Kettlewell (anotó todas sus investigaciones en Dorset y también 
publicó una edición revisada de su estudio sobre Birmingham 
en Heredity, en 1956), y la publicidad que Henry Ford, su 
mentor, hizo de Kettlewell y de sus polillas, lograron que la 
mariposa del abedul se convirtiera en el caso célebre del 
estudio de la evolución en acción. A mediados de la década de 
1960, la mariposa del abedul empezó a aparecer en 
conferencias, documentales y artículos sobre la evolución, y 
durante las décadas siguientes no hubo manual de biología que 
no publicara fotos de las polillas oscuras o claras sobre cortezas 
de árbol también oscuras o claras, De hecho, este caso pionero 
de evolución urbana es tan conocido y está tan manoseado que 
yo no lo habría sacado a colación si no fuera por un giro en la 
trama que se produjo en la década de 1990, Es posible que el 
lector haya oído hablar un poco del asunto, y que mientras iba 
leyendo las páginas anteriores notara una especie de molesto 
zumbido en la base del cráneo que le recordaba que ya había 
oído o leído algo bastante turbio sobre este ejemplo de 
evolución vertiginosa. 

La parte turbia de la historia empieza en 1998, cuando el 
biólogo evolutivo de Cambridge Michael Majerus publica el 
volumen Melanism: Evolution in action [Melanismo: Evolución 


en acción]. El núcleo del libro es el caso de la mariposa del 
abedul presentado con mucha mayor riqueza y profundidad de 
la que había tenido hasta entonces. Majerus señala algunas 
cuestiones que habían quedado sin respuesta y que otros 
autores también habían señalado. Las mariposas del abedul, 
¿reposan únicamente en la corteza del árbol o bien usan otras 
perchas donde el color de sus alas les ofrece protección? Y en 
vista de que las polillas son insectos nocturnos, ¿no serían los 
murciélagos, en vez de las aves, su enemigo natural? ¿Y eran las 
poblaciones de polillas artificialmente infladas que usaba 
Kettlewell en sus estudios experimentales una forma fiable de 
estudiar la selección natural? El propósito de Majerus era 
incitar a sus colegas a repensar el caso de la mariposa del 
abedul y a no darlo por cerrado, con vistas a emprender nuevos 
estudios que despejasen las dudas y aclarasen todas las 
incógnitas. De hecho, él mismo estaba estudiando las polillas, 

Pero en vez de impulsar nuevas investigaciones sobre el 
melanismo de la Biston betularia, el libro de Majerus —para su 
eran consternación— tuvo el efecto no deseado de azuzar las 
críticas contra toda la teoría. Una reseña del libro en Nature, 
obra del genetista Jerry Coyne, sostenía que “de momento 
debemos descartar a la Biston como un ejemplo bien estudiado 
de la evolución en acción”, y en otro lugar afirmaba que “por 
desgracia, Majerus demuestra que este ejemplo clásico no ha 
sido bien investigado”. Tal interpretación tomó por sorpresa a 
muchos colegas de Majerus, que conocían sus verdaderas 
intenciones. Uno de ellos escribió: “Si no hubiera sabido muy 
bien de qué libro estaba hablando, habría pensado que la reseña 
se refería a otro”. 

Pero el daño ya estaba hecho. Empezaron a publicarse 
artículos en la prensa con titulares tan sensacionalistas como: 
“Los científicos descubren las trampas de la teoría de 


darwiniana y las polillas”, o bien “Adiós, mariposas del abedul”. 
Pero lo peor estaba aún por llegar. En 2002, la periodista 
Judith Hooper lanzó una bomba titulada Of Moths and Men: 
Intrige, Tragedy, and the Peppered Moth (De polillas y 
hombres: intrigas, tragedias y la mariposa del abedul]. Era un 
estudio bien documentado y bien escrito sobre el caso de las 
polillas, en el que la autora analizaba las complicadas 
relaciones que reinaban entre los estudiosos británicos de las 
polillas y donde se insinuaba que los experimentos de 
Kettlewell estaban tergiversados por su dependencia servil 
hacia los gigantes intelectuales de Oxford que financiaban sus 
estudios. Básicamente, Hooper acusaba a Kettlewell de haber 
cometido un fraude para complacer a sus superiores. Y aunque 
no ofrecía ni una sola prueba sólida de malas prácticas, logró 
que su crítica feroz desacreditara las investigaciones sobre la 
polilla. De inmediato, el libro se convirtió en un referente para 
la comunidad creacionista de Estados Unidos, lo que 
probablemente había sido el objetivo de la autora desde el 
principio. El Instituto de Investigaciones sobre la Creación 
publicó un ensayo en el que se decía: “Qué buen momento para 
ser creacionista, cuando hasta la mejor demostración de la 
evolución en acción se descubre como un invento que no resiste 
la prueba de la verdad”. 

El libro de Hooper y el escándalo que ocasionó sirvieron al 
menos para que Majerus entrara en acción. Se propuso 
emprender una serie de experimentos a gran escala como los 
que Kettlewell había llevado a cabo, evitando las posibles 
trampas, para zanjar la cuestión de una vez por todas. Lugar: 
su propio jardín de una hectárea cerca de Cambridge. Tiempo: 
entre los años 2002 y 2007, Actores principales: 4.364 
mariposas del abedul (casi diez veces más que las usadas por 
Kettlewell en sus experimentos), todas residentes, por voluntad 


propia, en el jardín de Majerus. (Kettlewell había criado las 
polillas y luego las había trasladado a los lugares elegidos para 
el trabajo de campo, que estaban a centenares de kilómetros, 
un procedimiento que recibió numerosas críticas porque 
abarrotaba el lugar de la investigación con muchas más polillas 
de las que normalmente vivirían allí, y buena parte de ellas no 
eran las más aptas para aquel entorno). 

Otra cosa que Majerus modificó fue que, en vez de colocar 
las polillas en los árboles, dejó que fuesen buscando ellas 
mismas el lugar en el que quisieran posarse. Majerus le ponía 
una marca a cada polilla y luego la dejaba en libertad, por la 
noche, en una gran jaula que rodeaba el tronco y las ramas del 
árbol. Por la mañana, antes del amanecer, Majerus quitaba la 
jaula, apuntaba dónde estaba la polilla y cuatro horas más 
tarde comprobaba si la polilla seguía allí. Si se había ido, 
asumía que un petirrojo, un acentor común, un mirlo o 
cualquier otra ave insectívora presente en el jardín se la había 
comido, cosa que Majerus, observando los árboles con los 
prismáticos desde el cobertizo de su jardín, vio suceder en un 
mínimo de 276 ocasiones, 

¡Imagínense por un momento la dedicación! Majerus tenía 
doce jaulas, así que solo podía liberar doce polillas cada noche. 
Eso significa que a lo largo de los seis años que duró su 
experimento tuvo que pasarse cuatrocientas noches poniendo 
las jaulas, tomando notas, despertándose antes del amanecer en 
los largos días de primavera, quitando las jaulas y luego 
sentándose con una taza de café y los prismáticos a observar a 
los pájaros. Piensen que tuvo que llevar a cabo su investigación 
al mismo tiempo que seguía dando clases y realizaba trabajo 
administrativo en la universidad; un esfuerzo persistente y 
hercúleo destinado a demostrar sin lugar a dudas que las 
polillas de alas negras habían evolucionado por selección 


natural ante la acción conjunta de la polución ambiental y de 
las aves predadoras. 

Y bien que logró demostrarlo. O más bien lo que demostró 
fue que la mariposa del abedul estaba evolucionando de nuevo 
hacia su estado original. Desde que, en las décadas de 1950 y 
1960, habían entrado en vigor leyes contra la contaminación 
industrial, los árboles tiznados de la Inglaterra industrial se 
habían convertido en una antigualla. El aire estaba mucho más 
limpio, los líquenes brotaron de nuevo en las cortezas y las 
tornas se volvieron contra la polilla de alas negras. En muchos 
lugares de Inglaterra las alas oscuras ya no ofrecían protección, 
sino más bien todo lo contrario, y poco a poco su ventaja fue 
desapareciendo. En consecuencia, entre 1965 y 2005, al mismo 
ritmo en que se había propagado un siglo antes, la población de 
alas negras fue decreciendo. Y hoy es tan rara como lo era en 
1848, 

Los experimentos de Majerus se llevaron a cabo al final de 
este declive evolutivo. A lo largo de los seis años que dedicó a 
su estudio, la proporción de polillas de alas oscuras que había 
en su jardín cayó desde el 10% en 2001 hasta el 1% en 2007, Y 
el resultado de sus experimentos lo corroboró: cada día, el 30% 
de polillas oscuras caía en poder de las aves, frente al 20% de 
alas claras. 

Majerus presentó los resultados de sus investigaciones en 
una conferencia que dio en Suecia en 2007, pero por desgracia 
no tuvo tiempo de publicarlos en una revista científica. A 
finales de 2008 cayó enfermo a causa de un tipo especialmente 
agresivo de mesotelioma y murió, con apenas cincuenta y 
cuatro años, en enero de 2009, Poco después de su muerte, su 
familia autorizó a cuatro de sus amigos a que usaran sus 
apuntes de trabajo para la conferencia de Suecia y todas sus 
diapositivas. Con este material publicaron un estudio en 


Biology Letters, que apareció en 2012 con el título de 
“Selective bird predation on the peppered moth: the last 
experiment of Michael Majerus” [Predación aviar selectiva en 
la mariposa del abedul: el último experimento de Michael 
Majerus]. La última frase del ensayo decía lo siguiente: “Los 
nuevos datos, combinados con los abrumadores datos ya 
existentes, demuestran convincentemente que el melanismo 
industrial en la mariposa del abedul sigue siendo uno de los 
ejemplos más nítidos y fáciles de entender de la evolución 
darwiniana en acción”, 

Y eso es justo lo que es. El último triunfo de la mariposa 
del abedul llegó en 2016, cuando se publicó en Nature un 
estudio realizado por un amplio equipo de genetistas y dirigido 
por Jlik Saccheri, de la Universidad de Liverpool. Estos 
demostraron que la mutación responsable de las alas negras era 
en realidad una larga secuencia de veintidós mil letras de 
código genético “saltarín” que se había cortado y pegado por sí 
misma en el gen córtex que controla la coloración de las alas de 
las mariposas y las polillas. El estudio detallado de la 
estructura genética y de las zonas adyacentes de los 
cromosomas demostraba que el melanismo industrial en la 
mariposa del abedul se remontaba a un salto genético 
individual en el adn que, según cálculos de los investigadores, 
había ocurrido en el norte de Inglaterra hacia el año 1819, es 
decir, tal como dice Saccheri, “justo en mitad de la primera 
parte de la revolución industrial”. 

Las nuevas pruebas reunidas en estos últimos años han 
restituido el valor de los trabajos de Bernard Kettlewell y han 
vuelto a hacer de la mariposa del abedul el caso de manual 
para explicar la evolución por selección natural. Además, es el 
primer caso estudiado de evolución urbana, o hablando en 
términos más precisos, de salto evolutivo rápido inducido por 


el hombre (hirec, por sus siglas en inglés). Y ha demostrado que 
los seres humanos, especialmente las densas aglomeraciones 
urbanas de seres humanos, pueden ejercer sobre los animales y 
las plantas silvestres una nueva presión selectiva inusualmente 
fuerte, que alcanza un nivel del 10% o incluso más, El 
vertiginoso ascenso y caída de la mutación oscura en el gen 
córtex de la Biston betularia no es sino el primer anuncio de un 
incipiente cambio sistémico en la naturaleza urbana. El caso de 
la mariposa del abedul ha demostrado ser un balancín evolutivo 
de carácter reversible: un único gen se elevó y después cayó, y 
gracias a ello se ha convertido en ejemplo célebre por su 
sencillez y por su nitidez, y a pesar de todas las controversias, 
también por lo fácil de entender que es. 


ix 
O sea que las cosas suceden así 


Apesar de las disputas recientes, la mariposa del abedul ha 
recuperado el lugar que merece como caso de manual de la 
evolución urbana en acción, al haber pasado de tener un color 
claro a otro oscuro durante el apogeo de la revolución 
industrial y sus altos grados de contaminación, y al haber 
recuperado el color claro cuando se disiparon los peores efectos 
de la degradación ambiental. Su caso ha demostrado que un 
único cambio en el adn de un organismo, causado por 
poderosos condicionantes introducidos por los seres humanos, 
puede propulsar un abrupto salto evolutivo. En este capítulo 
quiero dar cuenta de otros animales y plantas que han sufrido 
rápidos y sorprendentes cambios de aspecto tras haberse 
adaptado a un entorno urbano. Pero antes necesito señalar un 
último aspecto del melanismo industrial en la mariposa del 
abedul: a saber, que se trata de la versión urbana de un proceso 
evolutivo por otra parte muy corriente y natural entre las 
polillas, 

De hecho, Bernard Kettlewell escribió un libro entero sobre 
las polillas melánicas. Solo en Reino Unido, docenas de especies 
han evolucionado hasta adoptar dos o más tonos distintos de 
eris, Y ello no se ha debido a los troncos de árbol tiznados de 
hollín, sino a que cada uno de esos tonos se adecua mejor a los 
diversos hábitats o las distintas regiones del país. En la carta 
que le escribió a Darwin, Albert Farn ya hablaba de estas cosas 
cuando se refería a que la mariposa del abedul: “Es casi negra 
si se encuentra entre la turba del New Forest; gris si está entre 
rocas calizas; casi blanca si se halla cerca de las formaciones de 


tiza de Lewes; parda cuando se la ve en suelo arcilloso o en el 
terreno rojizo de Herefordshire”. Pero si tuviera que 
proporcionar el mejor camuflaje para cada tipo particular de 
suelo, la selección natural habría creado distintos genes para el 
color de las alas en cada zona. Y si dos zonas se solaparan, la 
costumbre de las polillas de alejarse de su comarca y de 
aparearse a cierta distancia de donde nacieron habría 
diseminado los genes de alas claras en New Forest, o los de 
alas negras en Herefordshire, pero sin llegar a confundir los 
esquemas de color necesarios para cada zona, ya que las polillas 
con el moteado erróneo serían presa fácil de la avifauna local. 

Kettlewell también estudió el melanismo “natural” (que él 
prefería llamar “melanismo rural” en vez de “melanismo 
industrial”), Uno de sus antiguos alumnos, Stephen Sutton, 
recuerda que se unió a Kettlewell en 1960 para participar en 
una expedición a las islas Shetland, donde estudiaron el 
melanismo rural en una polilla llamada rústico otoñal 
(Eugnorisma glareosa): “Me tocó montar guardia en las dunas 
de arena (fondo blanco) y otros ayudantes se apostaron a 
intervalos regulares en el largo trecho que nos separaba de los 
malditos páramos de Unst. En mis dunas, [las polillas] eran de 
color muy claro, y en cambio muy oscuras en las turberas a 
cielo abierto de Unst. Las gaviotas empezaban a buscar comida 
con la luz crepuscular de junio y continuaban durante toda la 
noche, y resultaba evidente que camuflarse en el entorno era 
un factor clave para la supervivencia”. 

De modo que la mancha negra de polillas moteadas 
melánicas que se extendió por el mapa inglés de finales del 
siglo xix y comienzos del xx no se diferenciaba mucho, en 
cierta forma, de las manchas que desde tiempo inmemorial les 
habían salido a las polillas moteadas en las turberas de New 
Forest o a las rústicos otoñales de color negro vivísimo que 


vivían en los páramos de las islas Shetland. Probablemente, 
todas estas polillas habían evolucionado gracias, por un lado, a 
una mutación que les cambiaba la coloración de las alas como, 
por otro, a las aves que se basan en la vista para cazar, aunque 
la melánica industrial de las mariposas del abedul, también 
llamadas polillas moteadas, había evolucionado mucho más 
deprisa, ya que el paisaje había cambiado también muy rápido y 
de forma drástica. Tan deprisa, de hecho, que hemos visto 
cómo ocurrían estos cambios ante nuestros propios ojos. 

Esencialmente, la contaminación urbana dio lugar a la 
evolución de las polillas de la misma manera -solo que mucho 
más rápida-— en que las polillas habían ido evolucionando en 
condiciones naturales durante miles de años, con las aves como 
intermediarias en el proceso. Pero las propias aves pueden 
haberse visto afectadas por la evolución urbana. Para averiguar 
lo que ocurrió, deberíamos detenernos un segundo en 
Shakespeare. 

En la primera parte de Enrique IV, Hotspur se propone 
volver loco al rey Enrique haciendo que un estornino repita sin 
parar el nombre del cuñado de Hotspur, Mortimer. Y Hotspur 
cavila así: “Es más, haré que enseñen a hablar a un estornino, y 
que no diga más que 'Mortimer”, y luego se lo regalaré y así 
mantendré viva su rabia”. En 1877, esta oscura referencia al 
Sturnus vulgaris, el estornino europeo, logró que el ave 
obtuviera una plaza en la lista de animales y plantas a las que 
se permitiría entrar como inmigrantes en Estados Unidos. En 
ese año, a Eugene Schieffelin, un fabricante de químicos, lo 
nombraron presidente de la Sociedad de  Aclimatación 
Americana, un grupo de idealistas que se habían propuesto 
“mejorar” Estados Unidos introduciendo “las variedades 
foráneas del reino animal y vegetal que puedan resultar útiles o 
interesantes”. Y por alguna razón desconocida, la lista que 


confeccionó Schieffelin con los animales que veía adecuados 
para aclimatarse en América incluía al estornino mencionado 
en la obra de Shakespeare. 

Schieffelin alcanzó su mayor éxito con los estorninos de 
Hotspur. En 1890 y 1891 hizo que le enviaran desde Inglaterra 
unas ochenta parejas reproductoras y las soltó en Central Park, 
en Nueva York. En vez de dedicarse a repetir nombres de la 
realeza, las aves no perdieron el tiempo y ocuparon enseguida 
el nicho vacante entre las criaturas aladas que vivían en las 
ciudades americanas. Los investigadores han calculado que, 
desde el momento de la suelta, se multiplicaron y se 
expandieron a una velocidad de unos ochenta y cinco 
kilómetros al año, saltando de las ciudades a los pueblos y de 
los pueblos a las aldeas. En 1920 ya ocupaban toda la costa 
este norteamericana. Al final de la Segunda Guerra Mundial 
habían cruzado las grandes llanuras, Para la década de 1960 se 
habían establecido en la costa oeste, y en 19783 llegaron a 
Alaska. Hoy en América del Norte hay tantos estorninos como 
personas. 

Puesto a elegir, y espoleado por el mandato shakespeariano, 
el Sturnus vulgaris decidió ser en vez de no ser. Pero 
establecerse en todas esas ciudades norteamericanas planteaba 
erandes exigencias a un cuerpo tan frágil. Y estas exigencias, tal 
como demostraron dos estudiosos canadienses, eran diferentes 
de las que habían diseñado el cuerpo de los colonizadores 
originarios traídos de Inglaterra. Para comprobarlo, los 
investigadores consultaron colecciones de aves de ocho museos 
de historia natural de Norteamérica y midieron la longitud de 
las alas de 312 estorninos, embalsamados a lo largo de los 
ciento veinte años que habían pasado desde que los soltaran en 
Central Park en 1890, 


Pierre-Paul Bitton y Brendan Graham, biólogos de la 
Universidad de Windsor en Canadá, descubrieron una cosa muy 
interesante. Con el paso del tiempo, las alas de los estorninos 
se habían ido redondeando, ya que las plumas secundarias de 
vuelo (las que están en la parte baja de las alas y más cerca del 
cuerpo) se habían alargado el 4%, 

La forma del ala no es algo que la evolución pueda tomarse 
a la ligera: está íntimamente vinculada a la existencia del ave. 
Las alas puntiagudas son mejores para el vuelo rápido en línea 
recta, mientras que las alas cortas y redondeadas son mejores 
para hacer giros bruscos y para el despegue rápido. Por eso 
mismo, el halcón peregrino, que es un cazabombardero, tiene 
las alas puntiagudas, en tanto que una acróbata aérea como la 
avefría las tiene redondeadas. Una de las razones por las que 
fueron evolucionando los primeros estorninos llegados a 
Norteamérica pudo ser la ventaja que las alas redondeadas les 
proporcionaban en el movimiento rápido. Conviene tener en 
cuenta que, en estos ciento veinte años, la población humana de 
la parte occidental de Norteamérica (la parte del continente a 
la que se fueron expandiendo los estorninos) se multiplicó por 
cincuenta. Cuando los estorninos llegaron tan solo había 
pequeños asentamientos urbanos, que fueron desarrollándose 
hasta convertirse en metrópolis en unas pocas décadas. Y con 
la urbanización llegaron nuevos peligros para las aves: los gatos 
y los coches. Es muy probable que fueran estas amenazas las 
que provocaron la evolución en la forma del ala del estornino 
americano, para que pudiera esquivar los ataques de los gatos o 
los vehículos que se abalanzaban a toda velocidad contra ellos. 

En el caso de la rápida evolución de los estorninos solo 
podemos especular sobre las causas que la provocaron. Pero en 
el caso de la golondrina risquera americana las conocemos sin 
ninguna duda. 


Bendita el ave a la que un o una bióloga le dedica su vida 
entera. En el caso de la golondrina risquera americana 
(Petrochelidon pyrrhonota), han sido tanto un biólogo como 
una bióloga. Desde 1982, Mary Bomberger-Brown y Charles 
Brown han pasado los tres meses de la primavera estudiando 
las colonias de esa ave en Nebraska. Cuando iniciaron el 
estudio, las golondrinas acababan de adoptar el hábito de 
construir su nido en forma de calabaza, que antes construían en 
saledizos rocosos poco firmes o en las laderas de los barrancos 
arenosos, en unos nuevos emplazamientos -firmes y 
compactos- situados en los puentes de hormigón de las 
autopistas o en los túneles de drenaje de las carreteras. “Les 
hemos construido un  risco mucho mejor”, explicaba 
Bomberger-Brown. A lo largo de estos años, aleunas colonias 
han llegado a alcanzar los seis mil nidos construidos en estas 
estructuras artificiales. Y cada año, los dos biólogos han hecho 
un seguimiento de las colonias: han conducido por las mismas 
carreteras durante los mismos días de trabajo de campo, y han 
usado mallas especiales para capturar las golondrinas, medirlas 
y colocarles anillas de identificación en las patas. También han 
ido recogiendo los cadáveres de golondrina que han encontrado 
en las carreteras y han tomado medidas como la longitud de las 
alas, 

Como suele ocurrir en las investigaciones científicas, la 
meticulosidad, la dedicación y la pasmosa resistencia al 
aburrimiento dieron sus resultados. En un artículo de dos 
páginas publicado en Current Biology en 2013, los Brown 
reunieron todos los datos que les habían aportado treinta años 
de mediciones de alas de golondrinas. En la década de 1980, 
cuando las aves acababan de empezar a construir sus nidos en 
las estructuras artificiales de las carreteras, todos los pájaros, 
vivos o muertos, tenían prácticamente la misma longitud de 


alas: 10,80 centímetros. Pero a medida que pasaba el tiempo, 
descubrieron que las alas de los pájaros vivos se habían vuelto 
más cortas, a razón de unos dos milímetros por década. Podría 
parecer un descubrimiento insignificante tras tantos esfuerzos, 
si no fuera porque la investigación con las aves muertas 
atropelladas demostró exactamente la tendencia opuesta: en la 
primera década del nuevo milenio (hasta 2010), las alas de las 
aves muertas en carretera eran medio centímetro más largas 
que las de las aves vivas que seguían revoloteando sobre la 
autopista. Y aunque la densidad del tráfico seguía siendo la 
misma o incluso había aumentado, las mediciones demostraron 
que el número de aves muertas había descendido en el 90%. 

La conclusión es inevitable: solo las golondrinas risqueras 
que tuvieran alas lo suficientemente cortas para poder despegar 
verticalmente del asfalto cuando se acercaba un vehículo 
habían conseguido esquivar el peligro y esparcir sus genes de 
alas cortas en la reserva genética. En cambio, las golondrinas 
más lentas, las de alas más largas, habían acabado como 
exgolondrinas dispersas por las cunetas, con sus genes 
excluidos de la reserva genética. A medida que las golondrinas 
supervivientes se iban adaptando a esquivar los vehículos, la 
cantidad de víctimas iba cayendo en picado. 

Al otro lado del Atlántico, en el sur de Francia, el 
despiadado asfalto también impulsa la evolución. Y en este 
caso no se trata de aves sino de plantas. Pierre-Olivier 
Cheptou, un botánico de la delegación en Montpellier del 
Centro Nacional de Investigaciones Científicas (cnrs), ha 
estudiado las hierbas que crecen en el asfalto urbano. O más 
bien en los alcorques de un metro cuadrado donde están 
plantados los árboles de las aceras. En uno de sus trabajos, 
Cheptou ha escrito lo siguiente: “Estos alcorques están 
distribuidos a lo largo de toda la ciudad (los hay a millares) y a 


intervalos regulares, a una distancia el uno del otro de entre 
cinco y diez metros, dependiendo de la calle”. Y la verdad es 
que ahora mismo, mientras desciendo sobre Montpellier en una 
nave espacial llamada Google Earth, esos espacios cuadrados de 
terreno se ven por toda la ciudad en la pantalla de mi 
ordenador. Como trocitos de Versalles, el trazado geométrico 
de la rue Auguste Broussonet, de la avenue Henri Marés y del 
Chemin des Barques parece un experimento ecológico a escala 
urbana. Y así exactamente es como Cheptou y sus colegas lo 
han estudiado, 

Casi un centenar de distintas especies de plantas crecen en 
los alcorques. Una de ellas es la crepis sagrada (Crepis sancta), 
que se parece a un diente de león, pero con unas flores 
amarillas que se insertan en varios tallos ramificados en lugar 
de en uno solo, Igual que el diente de león, la flor de la crepis, 
después de la floración, se convierte en una semilla con pelusas 
filamentosas. Estas semillas suelen ser pequeñas y livianas y 
poseen una delicada sombrilla que actúa como un paracaídas. 
Otras semillas, en cambio, carecen de paracaídas y son mucho 
más pesadas. Esta dualidad en la apariencia de las semillas es 
la forma en que la crepis sagrada se permite nadar y guardar la 
ropa en la cuestión de la dispersión de semillas. Las semillas 
más pesadas caen enseguida al suelo, donde es seguro que van 
a encontrar un terreno fértil al pie de la planta. Pero las 
semillas con paracaídas se elevan en el aire con cada ráfaga de 
viento o con cada manotazo que les da un niño, y flotan en el 
aire hasta que caen en algún sitio muy alejado del suelo 
paterno. Con un poco de suerte encuentran un pedacito de 
terreno libre. 

Esto, al menos, es lo que ocurre con la crepis silvestre. Sin 
embargo, en el centro de Montpellier “un poco de suerte” no se 
consigue con facilidad. Si se exceptúan unas pocas grietas en la 


acera, €sos alcorques llenos de excrementos de perro, 
envoltorios de chucherías y colillas de Gauloises son los únicos 
lugares adecuados para la germinación de las semillas, Es decir: 
aunque la planta logró colonizar el centro de la ciudad por 
medio de las semillas desperdigadas con paracaídas que 
tuvieron la suerte de aterrizar en un suelo favorable, una vez 
colonizadas las calles, las semillas más pesadas que caían 
directamente al suelo eran la única posibilidad segura de 
reproducción, 

Por lo tanto, el desarrollo evolutivo de la crepis urbana le 
exigía producir más semillas pesadas y menos semillas con 
forma de paracaídas. Y eso es justamente lo que han hecho, 
según ha descubierto Cheptou. El biólogo hizo un muestreo de 
semillas de crepis recogidas en alcorques del centro de siete 
ciudades, Y luego hizo lo mismo con las semillas de las plantas 
que crecen en cuatro prados y viñedos diferentes de la campiña 
que rodea la ciudad. Luego se las llevó al laboratorio del cnrs y 
las cultivó en el mismo invernadero y en las mismas 
condiciones. 

Cuando las plantas terminaron de florecer, contó las 
semillas pesadas y las semillas con paracaídas que había en 
todos los lechos de flores. Las plantas urbanas producían como 
mínimo 1,5 veces más semillas pesadas que las plantas 
silvestres. Y en cuanto al número de semillas con paracaídas, 
ocurría justo lo contrario. En otras palabras, en la ciudad las 
plantas habían evolucionado sacrificando la producción de 
semillas paracaídas en favor de las semillas más pesadas. 
Basándose en la pérdida de progenie y en el nivel de 
producción de semillas determinado por la genética, Cheptou 
calculó que el salto evolutivo debió de tardar unas doce 
eerminaciones. Estas plantas germinan una vez al año, y 
teniendo en cuenta que las calles que Cheptou usó para su 


estudio se habían reasfaltado entre diez y treinta y tres años 
antes, eso supone un caso extremadamente rápido de evolución 
urbana. 

Pero lo que ha hecho la evolución con estas plantas, por 
muy urbano y vertiginoso que parezca, no es nada novedoso. 
Simplemente, esas crepis de Montpellier se han convertido en 
plantas insulares. Los alcorques de un metro cuadrado forman 
un archipiélago en un mar impermeable de asfalto y hormigón, 
y la evolución de la crepis en materia de semillas imita la 
conducta de las plantas que viven en las islas auténticas, a las 
que rodea un océano. De hecho en 1980, Martin Cody y Jacob 
Overton, de la Universidad de California en Los Ángeles, 
descubrieron algo muy parecido en las semillas de otra planta 
similar al diente de león, la hierba del halcón (Hypochaeris 
radicata), tras estudiarla en veintinueve islas diminutas del 
estrecho de Barkley en Canadá. A diferencia de la crepis, estas 
plantas producen una única semilla, colgada de un paracaídas. 
Pero cuando Cody y Overton midieron el tamaño de la semilla 
y el del paracaídas, descubrieron que las plantas insulares 
producían semillas mucho más pesadas, y dotadas de 
paracaídas mucho más pequeños, que las plantas de la misma 
especie que crecían en tierra firme. La explicación es la misma 
que para la crepis de Montpellier: las plantas que producían 
semillas livianas perdieron su progenie en el mar, de modo que 
las castigó la selección natural, que prefería un desarrollo 
evolutivo que produjera semillas cada vez más pesadas que 
colgasen de unos paracaídas cada vez más enclenques. 

Los lagartos anolis también han contribuido con un giro 
evolutivo urbano a su ya formidable patrimonio evolutivo 
convencional. Solamente superados por las dos mil especies de 
peces cíclidos que viven en los grandes lagos africanos, los 
anolis del Caribe, América Central y Sudamérica han alcanzado 


una de las mayores diversidades evolutivas de los animales 
vertebrados, Este ejemplo clásico de “radiación adaptativa” se 
ha diversificado en cuatrocientas especies distintas con su 
propia especialización y su propio hábitat. Los anolis pueden 
ser diminutos, de apenas unos centímetros, o bien llegar a 
medir medio metro, Pueden ser de un hermoso color verde o 
más bien turquesa, o tener estrías grises y marrones. En cuanto 
al hocico, puede ser romo como el del Anolis nitens, o bien tan 
largo que le ha granjeado el apodo de “lagarto Pinocho”, como 
el anolis cornudo (Anolis proboscis). Algunos son tan robustos 
como un camaleón y pueden aplastar la concha de los caracoles 
o las pupas de las polillas. Hay elegantes especies acuáticas que 
cazan cangrejos de río, y también un sinfín de especies 
arbóreas: los anolis que viven en los troncos tienen patas largas 
para saltar al suelo y capturar a las presas, los que viven en las 
ramas tienen patas cortas que se aferran a las ramitas. Los 
habitantes del dosel arbóreo tienen almohadillas en los dedos 
para mantener el equilibrio en las hojas resbaladizas. (Aparte 
de los geckos, los anolis son los únicos lagartos que pueden 
sostenerse colgando de un solo dedo). También hay especies 
que viven en un medio de hierbas y arbustos y que tienen patas 
muy largas y franjas a lo largo del cuerpo, también muy largas, 
así que su aspecto es el de un tallo de hierba. Todos estos tipos 
de anolis han evolucionado constantemente en distintas islas. 
“¡Lo han hecho por cuadruplicado en las cuatro islas de las 
Antillas Mayores!”, exclama Jonathan Losos, de la Universidad 
de Harvard, el principal experto mundial en la evolución de los 
anolis, 

Aunque esta diversificación evolutiva ha tardado cincuenta 
millones de años en producirse, ello no significa que los anolis 
evolucionen lentamente. En un famoso experimento que se 
inició en 1977, los investigadores recolectaron y midieron 


ejemplares de Anolis sagrei en la pequeña isla de Staniel Cay, 
en las Bahamas, y luego soltaron un puñado de machos y 
hembras en catorce islotes de los alrededores en los que no 
había anolis. Al cabo de diez años regresaron, atraparon y 
midieron a los descendientes de los colonizadores, Descubrieron 
que, comparada con la población original de Staniel Cay, los 
nuevos colonos habían evolucionado. En general tenían las 
patas más cortas y las almohadillas de los pies más grandes, y 
en mucha mayor medida si la vegetación de su nuevo hogar era 
arbustiva. Y esto era así porque para correr con rapidez sobre 
los grandes troncos de los árboles de Staniel Cay, su isla 
originaria, los lagartos necesitaban patas largas y almohadillas 
muy estrechas. Sin embargo, para desenvolverse entre las 
ramitas y las hojas de hierba de los nuevos hogares es muy 
importante aferrarse bien a los largos tallos resbaladizos, y la 
mejor forma de hacerlo es poseer unas patas largas y unos 
dedos pegajosos. (Todo eso se confirmó en el laboratorio 
cuando se hizo un experimento persiguiendo a los lagartos por 
varias pistas en pendiente de diversa amplitud). 

El experimento de Staniel Cay demostró que los lagartos 
anolis pueden evolucionar muy deprisa. Pero ¿con qué rapidez? 
Los biólogos evolutivos han creado una unidad para medir la 
rapidez evolutiva: el darwin. Un darwin viene a ser un aumento 
o una disminución del 0,1% por cada mil años. Los lagartos de 
Staniel Cay evolucionaron a razón de una cifra que va de los 90 
a los 1.200 darwins (lo que equivaldría aproximadamente a 1,2 
kilodarwins, si preferimos usar esa imagen mental). No es el 
récord del mundo, pero se trata de una cantidad impresionante 
en términos evolutivos, 

Estos descubrimientos han abierto nuevas perspectivas para 
el estudio de la evolución urbana. Y hay que tener en cuenta 
que los anolis no evitan las ciudades, como ha demostrado otra 


investigadora, Kristin Winchell. Winchell decidió estudiar el 
anolis crestado de Puerto Rico (Anolis cristatellus), un pequeño 
anolis adaptado al tronco de los árboles que se da en toda la 
isla de Puerto Rico, tanto en el campo como en la ciudad. Para 
el estudio, Winchell eligió varias zonas residenciales en tres de 
las mayores ciudades de la isla, y luego escogió un bosque 
situado al final de todas estas urbanizaciones para comparar. 
En cada uno de estos seis emplazamientos atrapó cincuenta 
lagartos con un lazo de seda en miniatura —como un lazo de 
cowboy colocado en la punta de una caña de pescar—, luego les 
arrancó un pedacito de la cola, los metió en una máquina 
portátil de rayos X, les examinó los pies en un escáner de cama 
plana y anotó una cifra minúscula en las escamas. Después, los 
atónitos lagartos volvieron a su percha originaria (y 
probablemente todavía estén contándoles a sus nietos lo que les 
ocurrió aquel día en que los abdujeron los extraterrestres). 

El estudio de Winchell (publicado en Evolution en 2016) 
aportó una prueba incontestable de evolución urbana: los 
lagartos urbanos tenían los miembros más largos y también 
más lamelas en la parte inferior de las almohadillas. Y aun así, 
el adn extraído de las colas mostró que los lagartos urbanos de 
cada ciudad estaban más emparentados con los lagartos del 
bosque autóctono que con los de otras ciudades. Por lo tanto, 
habían evolucionado independientemente pero de manera 
similar en los tres casos. Para comprobar que las diferencias en 
los miembros y en las almohadillas fueran realmente genéticas, 
Winchell se llevó un centenar de lagartos urbanos y lagartos del 
bosque a su laboratorio de Boston, esperó a que pusieran 
huevos y dejó que la progenie creciera en las mismas 
condiciones. Al examinar a las nuevas crías expatriadas, se vio 
que las de padres urbanos tenían las patas más largas y más 
lamelas en las almohadillas que la descendencia de los lagartos 


de bosque, lo que demostraba que las diferencias se hallaban en 
el adn, y no se debían únicamente a su crecimiento en el medio 
urbano, 

En resumidas cuentas, este trabajo de investigación 
demuestra que los lagartos urbanos se han adaptado a las 
perchas urbanas, que por lo general son paredes en las que, 
para evitar el peligro, deben correr más deprisa que cuando 
están en un tronco. Además, las perchas urbanas suelen ser 
muy lisas (muros de hormigón o de metal), lo que exige unas 
almohadillas más resistentes para poder aferrarse bien. De 
hecho, una década antes, otros investigadores ya habían 
descubierto que los lagartos urbanos se caían más a menudo (y 
sobre unas superficies mucho más duras) que los lagartos de 
bosque, lo que provocaba más heridas e incluso más muertes, 
Para ellos también vale decir que la mayor parte de los 
accidentes son domésticos. 

Los lagartos anolis, las crepis, los estorninos y las 
eolondrinas risqueras nos demuestran que la evolución urbana 
ocurre muy deprisa y puede observarse claramente. Aunque en 
los siguientes capítulos veremos que la evolución urbana 
también puede ser compleja, tortuosa y opuesta a todo lo que 
nos dice la intuición. Pero antes debemos prestar un poco de 
atención al tema de la fragmentación. ¿Cómo puede imponerse 
la evolución si todas las barreras que creamos en las ciudades 
cortan y despedazan en fragmentos minúsculos las reservas 
enéticas? 


Ratón de ciudad, ratón de campo 


Unas agujas largas y afiladas salen de las cabezas de mármol 
de la Reina Matilde, María i de Escocia y todas las demás 
estatuas del Jardín de Luxemburgo, en el centro de París, 
Aunque esto pueda hacernos creer que todas están conectadas 
por vía inalámbrica a la nave nodriza de la aristocracia 
francesa que orbita en el cielo, las “antenas” se han colocado 
para evitar que las aves del parque se posen sobre las estatuas 
y cubran sus testas coronadas de innobles deyecciones. Así y 
todo, una cotorra de Kramer indiferente a la amenaza se posa 
en la cabeza de la reina Berta, suelta sus heces insolentes sobre 
sus mejillas y sale volando para unirse a una ruidosa bandada 
de cotorras que revolotean en zigzag entre los altos plátanos de 
sombra. 

¿Cotorras en París? Podría ser el título de un hipnótico 
cuadro de Matisse, pero desde la década de 1970 se trata de 
una imagen muy realista en la capital francesa. De hecho, la 
cotorra de Kramer (Psittacula krameri) es una de las aves que 
más éxito ha tenido en la invasión de las ciudades europeas (y 
en menor escala, de las ciudades de Japón, América del Norte, 
Oriente Medio y Australia). Originaria de la India y de África, 
esta cotorra de color verde vivo, pico rojo y cola muy larga (y 
en los machos, con un collar negro-rosáceo y una cola azul 
celeste), ha sido una especie muy solicitada a lo largo del siglo 
xx en el comercio de mascotas exóticas. Las cifras de ventas 
han sido tan apabullantes (desde la década de 1980 se han 
importado a Europa unos cuatrocientos mil ejemplares) que las 
poblaciones originarias en los trópicos han disminuido, y por 


otro lado, la especie se ha establecido en todas las ciudades de 
Europa a partir de los inevitables escapes de aves que han ido 
formando colonias cada vez más numerosas. 

Las cotorras han recibido un trato de gran indulgencia en 
varias ocasiones memorables. Se dice que Jimi Hendrix soltó 
una pareja en Carnaby Street, en Londres, a finales de los años 
sesenta, que contribuyó a crear la enorme población de cotorras 
que hay ahora en Londres. Y al liberar a cuarenta cotorras en 
Bruselas, en 1974, “porque a Bélgica le hace falta un poquito de 
color”, el dueño de un zoo fundó él solito la población actual, 
que alcanza las treinta mil aves, de las cuales unas cuatro mil 
duermen cada noche en la calle De Neck, Tanto verde, rojo, 
naranja, amarillo y azul quizá sea demasiado color para lo que 
tenía en mente Guy Florizoone, el director del zoo que las soltó 
en primer lugar. 

lgual que el cuervo indio, la cotorra de Kramer es otro 
ejemplo clásico de ave tropical que se ha convertido, 
aparentemente sin esfuerzo alguno, en un ave urbana del norte 
de Europa. Estas aves se aprovechan de las islas de calor que 
crean las ciudades y del hecho de que en invierno abunde la 
comida (en especial les gustan los cacahuetes que la gente deja 
a la vista para otras aves más pequeñas). También les ha 
beneficiado que su hábitat originario incluyera las estribaciones 
del Himalaya, lo que las ha ayudado a adaptarse a los climas 
fríos. Gracias a estos factores, las ruidosas y veloces bandadas 
de cotorras constituyen ahora una imagen habitual para casi 
todos los urbanitas europeos. En París las veo pelear por los 
troncos huecos de Versalles y  Zigzaguear en grupos 
estruendosos por el cielo  crepuscular del Boulevard 
Montparnasse, cuando vuelan hacia su retiro nocturno 
preferido en el parque Montsouris. Revolotean por el Jardin 
des Plantes y por entre los plátanos del Jardín de Luxemburgo. 


Ariane le Gros, bióloga del Museo Nacional de Historia 
Natural, dice: “Cada vez ocupan más y más parques de París 
porque la población se expande muy deprisa”. 

Le Gros está entre los biólogos que han empezado a estudiar 
cómo se estructuran las reservas genéticas de las especies 
urbanas, y para ello usa una técnica llamada “filogeografía”. La 
filogeografía se inició en la década de 1980 con el propósito de 
hacer un seguimiento de la historia evolutiva de las poblaciones 
naturales de animales y plantas. Suele consistir en examinar un 
vasto número de marcadores genéticos, esos segmentos 
variables en el adn de las especies, en un gran número de 
ejemplares procedentes de las diversas áreas de distribución de 
una misma especie. Los filogeógrafos usan esa valiosa 
información sobre la herencia genética para rastrear la historia 
de la especie, y así se puede calcular la ruta más probable de 
colonización, o bien se puede averiguar si se han registrado 
descensos de población en algún momento del pasado, y si es 
así, en qué momento exacto. Por ejemplo, aunque no se hubiera 
hallado ni un solo fósil humano, el análisis filogeográfico del 
adn humano actual podría revelarnos que evolucionamos en 
África, las rutas que seguimos para colonizar el resto del 
mundo, qué montañas y desiertos obstaculizaron nuestro 
camino, y cuántos colonizadores participaron en cada fase 
migratoria. También nos diría en qué momento del pasado 
tuvieron lugar estas fases. Y nos diría además que la reserva 
genética del norte de Europa está muy mezclada, debido a una 
larga historia de viajes e intercambios comerciales y 
entrecruzamientos entre gentes de diversos continentes. En 
cambio, el interior de Nueva Guinea mostraría un patrimonio 
genético mucho más fragmentado a causa de la 
impenetrabilidad del terreno montañoso y selvático. En otras 


palabras, la filogeografía es una forma de analizar el pasado de 
una especie a través de sus genes actuales, 

En estos últimos tiempos los filogeógrafos han empezado a 
estudiar las especies de las ciudades. Analizando el adn de la 
flora y la fauna urbanas, pueden despejarse ciertas incógnitas 
que no se resolverían de ninguna otra manera. Lo que Ariane le 
Gros quería averiguar, por ejemplo, era de dónde venían las 
cotorras de París, y también si formaban una única población 
variada o si se distribuían en varias tribus distintas. Para 
descubrirlo, capturó unas cien cotorras en jardines cercanos al 
Parc de Sausset, al norte de París, y en el Parc de Sceaux, al 
sur de la ciudad. Le Gros tomó muestras de adn de la sangre y 
de las raíces de las plumas del pecho, y las usó para obtener 
dieciocho “marcadores” cromosómicos que le sirvieran para 
realizar su estudio. 

Para su sorpresa, Le Gros descubrió que las cotorras del sur 
de París son tan distintas de las del norte como lo son de las 
de otras ciudades europeas, lo que le permitió llegar a la 
conclusión de que las cotorras de París procedían de al menos 
dos linajes distintos. Eso supone que las cotorras se escaparon 
o fueron puestas en libertad al menos dos veces en París, o 
bien —aunque esa hipótesis es menos probable que una o las 
dos estirpes llegaron desde otro lugar (las cotorras del norte de 
París son muy parecidas a las de Marsella, mientras que las del 
sur tienen un genoma único en Europa). Sea como fuere, lo que 
resulta evidente es que no se mezclaron mucho desde que se 
aposentaron en sus nuevos barrios de la ciudad. Esto puede 
parecer sorprendente, dado que las aves vuelan a gran 
velocidad y pueden recorrer fácilmente los veinte kilómetros 
que las separan, 

Pero esto no es del todo cierto, dice Le Gros. A pesar de 
que estas aves pueden volar unos quince kilómetros al día, no 


les gusta cruzar las zonas habitadas porque, a diferencia de 
muchas otras especies urbanas, ellas solo pueden vivir en los 
árboles. Los necesitan como percha nocturna, ya que sus patas 
no están hechas para adaptarse a las superficies rocosas, como 
las de las palomas. Y también los necesitan para construir sus 
nidos, ya que se empeñan, incluso en la ciudad, en anidar en 
troncos huecos y en las oquedades de los árboles. En una 
ciudad de piedra como París, en la que hasta las zonas 
ajardinadas como la Place des Vosges, en las Tullerías, no 
tienen más que unos pocos senderos de arena y unas escasas 
hileras de árboles polvorientos —muy poca cosa para una zona 
verde—, es difícil encontrar un hábitat adecuado. Y los 
kilómetros de paisaje urbano sin árboles que separan los 
parques de París en los que las cotorras sí se sienten como en 
su casa son lo suficientemente disuasorios para impedir que las 
poblaciones de la ciudad se crucen genéticamente. 

Y si eso pasa con las aves, imaginemos lo que ocurre con 
animales urbanos mucho más pegados al suelo, para quienes el 
fenómeno de la fragmentación genética se intensifica. El lince 
rojo (Lynx rufus), por ejemplo. Este lince pertenece a la 
especie más pequeña de las cuatro que están presentes en 
Norteamérica. Tiene más o menos el doble de tamaño que un 
gato doméstico, y aunque en el pasado —y todavía ahora- fue 
objeto de caza intensiva, tanto por deporte como para la venta 
de su suave pelaje delicadamente moteado, el lince rojo ha 
logrado sobrevivir y en estos últimos años se está 
reintroduciendo. Y así, están apareciendo más y más linces 
rojos en las afueras de las ciudades, donde a veces los perros 
los persiguen hasta los troncos de los árboles. Hasta se están 
atreviendo a penetrar de vez en cuando en el centro de la 
ciudad, aunque su hábitat favorito es el lindero del bosque 
donde abundan los conejos y los roedores. 


En el sur de California, la bióloga de la vida salvaje Laurel 
Serieys emprendió un estudio filogeográfico de los linces rojos 
que viven en Los Ángeles y en las zonas del norte y del 
noroeste de la ciudad. Estas zonas son una vasta extensión de 
urbanizaciones, campos de cultivo, colinas llenas de vegetación 
y áreas residenciales. Y por supuesto, de carreteras: montones y 
montones de carreteras. La zona de 50 por 90 kilómetros que 
estudió Serieys está dividida en cuatro cuadriláteros por el 
trazado de dos de las autopistas que tienen más tráfico de 
Estados Unidos: la ruta 101, que va de este a oeste, y la 
interestatal 405, que va de norte a sur. Entre las dos, estas 
autopistas de diez carriles, en las que se filman muchas 
persecuciones automovilísticas de Hollywood, soportan el 
tráfico de unos setecientos mil vehículos diarios, que se 
desparraman en Otras muchas carreteras secundarias y 
terciarias distribuidas por la zona. Pero lo que Serieys 
descubrió es que estas arterias, aunque conectan a la población 
humana, también están desconectando a las diversas 
poblaciones de lince rojo. 

Usando un arsenal de trampas que no fueran dañinas para 
los animales (trampas almohadilladas, jaulas y trampas para 
ratas vivas), y recogiendo muestras de animales atropellados, 
Serieys y sus colegas extrajeron muestras de adn de unos 
cuatrocientos linces rojos que vivían en la zona. El genoma de 
los linces reveló que las carreteras determinan el hábitat. Los 
linces del margen oriental de la interestatal 405 y del lado sur 
de la ruta 101, en el extremo septentrional de Los Ángeles 
(Beverly Hills, Hollywood y los alrededores del Hollywood 
Bowl) formaban una tribu, muy distinta genéticamente de los 
que vivían al norte de la ruta 101, residentes en la ciudad 
planificada de Thousand Oaks, que hasta 1969 albergó el 
rancho Jungleland donde se filmó Tarzán. Y a su vez, los linces 


rojos de Thousand Oaks presentaban diferencias genéticas con 
respecto a los que vivían al sur de la ruta 101, solo que al oeste 
de la Interestatal, en las montañas no urbanizadas de Santa 
Mónica. 

Los linces rojos no saben cruzar las autopistas, pero sí son 
capaces de cruzar con facilidad otras carreteras más pequeñas. 
Por lo tanto, la estructura genética de su población está 
determinada únicamente por la existencia de autopistas. Pero 
hay mamíferos más pequeños, como los ratones, que ni siquiera 
pueden cruzar una calle muy estrecha. En Nueva York, el 
z0Ólogo Jason Munshi-South, de la Universidad Fordham, se ha 
ganado un eran prestigio al cartografiar la estructura 
filogeográfica exacta de los ratones silvestres que viven en la 
ciudad. 

Cuando conocí a Munshi-South, en 2005, era un delgado 
ecólogo de bosques tropicales que hacía su doctorado sobre 
pequeños mamiferos selváticos en la misma universidad del 
Borneo malayo donde yo trabajaba. Ahora, cuando vuelvo a 
hablar con él —a través de Skype- en 2017, me encuentro con 
un hombre muy distinto. Ha sustituido el atuendo de 
explorador tropical por un jersey con camisa, la actitud 
relajada del trópico por la contundencia de una barba urbana, y 
conversa conmigo desde el respetable escritorio de roble de su 
despacho en Fordham. Pero la parafernalia rodentológica que 
ocupa la pared de atrás delata que sigue siendo un zoólogo de 
campo; solo que ahora el “campo” ya no es el bosque tropical, 
sino los parques de Nueva York, 

“Al principio fue solo un proyecto marginal —me dice al 
hablarme del comienzo de su investigación sobre el ratón de 
patas blancas (Peromyscus leucopus), que inició en 2007-. 
Conocí a unos profesores que daban una conferencia sobre la 
ciencia urbana y los pequeños mamíferos de Nueva York, y así 


fue como empecé a interesarme. Luego reuní un grupo de 
estudiantes y aquel mismo verano empecé a poner trampas”. 

El ratón de patas blancas (de grandes ojos negros y acuosos, 
y pelaje marrón grisáceo con vientre y patas de un blanco 
deslumbrante) —nos recuerda Munshi-South- “no es el ratón 
que vemos corretear por nuestros apartamentos. Este ratón es 
una especie autóctona que ya vivía aquí mucho antes de que 
llegaran los seres humanos”, Hace cien o doscientos mil años, 
en la época que Eric Sanderson ha recreado en el Proyecto 
Manhattan del que hemos hablado en el capítulo i, toda el área 
de Nueva York estaba cubierta de bosques y praderas y había 
ratones de patas blancas por todas partes. Seguramente estos 
ratones formaban una especie continua, con una reserva 
genética bien mezclada en la que el adn fluía con libertad, 
como todavía ocurre en las áreas no urbanas de la costa este de 
Norteamérica. En la Nueva York de comienzos del siglo xxi, lo 
único que queda de los ratones de patas blancas y de su hábitat 
originario son las poblaciones que viven en esos parches 
aislados donde sigue habiendo vegetación y que reciben el 
nombre de parques. Los más grandes son Central Park en 
Manhattan y Prospect Park en Brooklyn, pero estos ratones 
también viven en parques pequeños como el Willow Lake de 
Queens. 

Aunque estén encarcelados (solo se desplazan fuera si 
pueden ocultarse entre la vegetación, pero los parques no 
suelen estar conectados por vías verdes), los ratones no viven 
nada mal, sobre todo en los parques pequeños en los que no 
hay predadores como búhos oO zorros. “Tampoco hay 
competidores directos —dice Munshi—, como los ciervos [...] que 
destruyen el sotobosque allí donde la población es abundante, 
lo que reduce muchísimo los recursos alimenticios de los 


ratones de patas blancas. Pero en la ciudad casi no tienen 
competidores”. 

En consecuencia, los parques de Nueva York tienen una 
buena población de ratones de patas blancas, y esto ha sido así 
desde que todos estos parques quedaron aislados por el gran 
crecimiento urbano a finales del siglo xix. Munshi-South y sus 
estudiantes, tras atrapar cientos de ratones en jaulas con 
trampas para pájaros distribuidas a lo largo de catorce parques, 
han descubierto que estos ciento veinte años han sido 
suficientes para que los ratones de cada parque desarrollen un 
adn específico. Al capturar un ratón, le cortaban un centímetro 
de la punta de la cola y volvían a soltarlo. Ese corte no dañaba 
demasiado al animal y suministraba el tejido suficiente para 
llevar a cabo el estudio. Las pruebas demostraron que la 
población de ratones de cada parque, incluidos los que estaban 
muy cerca el uno del otro, poseía su propia firma genética. Eso 
es algo que solo ocurre en la vida salvaje en áreas mucho más 
extensas, del tamaño de un estado. “Si alguien nos traía un 
ratón sin decirnos de dónde era, nosotros podíamos adivinar al 
instante de qué parque venía. Así de distintos se han vuelto 
unos de otros”, dice el investigador. 

Lo que el caso de los ratones de patas blancas de Nueva 
York demuestra, como ocurre con los linces rojos de Los 
Ángeles y las cotorras de París, es que el medio urbano está 
tan compartimentado que las reservas genéticas de la vida 
silvestre adaptada a la ciudad se fragmentan en una multitud 
de segmentos diminutos. Eso no resulta nada sorprendente en 
un mundo que tiene treinta y seis millones de kilómetros de 
carreteras asfaltadas, y en el que en una quinta parte de la 
superficie terrestre la densidad de carreteras es tan alta que no 
quedan zonas libres que midan más de un kilómetro cuadrado, 
Por lo general, son esas largas barreras en línea recta que 


forman las carreteras asfaltadas —junto con las vías férreas y 
las pasarelas peatonales, con el tráfico que transportan y los 
edificios que las bordean— las que segmentan las reservas 
yenéticas, impidiendo que los animales o las plantas se crucen 
con plena libertad. 

En ocasiones, es la infraestructura misma la que forma el 
hábitat de una especie, como en el caso del mosquito del metro 
de Londres del prólogo, en el que cada línea del subterráneo 
tiene su propia población de mosquito. O como la araña de 
patas largas (Pholcus phalangioides) que Martin Scháfer, de la 
Universidad de Bonn, estudió en los edificios de cinco ciudades 
europeas. Schifer descubrió que las arañas que vivían en 
distintas habitaciones dentro de un mismo edificio formaban 
una única reserva genética, pero que cada edificio tenía la suya 
propia: las arañas cambiaban de habitación, pero no de edificio. 

La opinión tradicional entre los biólogos es que la 
fragmentación de la reserva genética es perjudicial para la 
supervivencia de la especie, ya que estas poblaciones aisladas y 
reducidas presentan un alto índice de endogamia: el 
apareamiento se produce entre familiares y si un familiar tiene 
un defecto genético, lo más probable es que el otro también lo 
tenga y ambos lo trasmitan a su descendencia común. Al 
mismo tiempo, la variedad genética tiene más posibilidades de 
desaparecer por circunstancias fortuitas: si el 5% de una 
población animal lleva una misma variante genética, el 5% de 
una población extensa puede suponer varios cientos de 
ejemplares. No es muy probable que todos esos ejemplares se 
extingan sin dejar descendencia. Pero en una población 
diminuta, de apenas una docena de ejemplares, los pocos que 
llevan ese gen, si se produjera una desgracia fortuita, podrían 
dejar de reproducirse en un año concreto, lo que supondría que 
ese gen singular se fuera con ellos a la tumba. Esa tendencia en 


los genes de una pequeña población a volverse más y más 
uniformes se llama “deriva genética”. La deriva y la endogamia 
deterioran la “salud genética” de una población. Las 
enfermedades genéticas pueden hacerse endémicas y la pérdida 
de variabilidad puede suponer que la población no sepa 
adaptarse a las nuevas condiciones de vida si estas cambian. 

De ahí que los conservacionistas se empeñen en establecer 
corredores que conecten las poblaciones de especies 
amenazadas. Y explica también por qué hay especies que no 
pueden sobrevivir en el entorno compartimentado que crean las 
ciudades. Pero mientras estas especies sigan sobreviviendo, el 
azar de la deriva y de la endogamia ocasiona que cada 
población aislada disponga de una mezcla diferente de genes. Y 
así es como se puede detectar el rastro de la fragmentación 
enética al explorar el genoma de los linces rojos, las cotorras, 
los ratones de patas blancas y cualquier otra especie cuya 
reserva genética ya no esté desparramándose, feliz, por el 
mundo. 

Según Munshi-South, no sucumben todas las especies que 
tengan fragmentada su reserva genética. “Hay otras especies, 
sobre todo las especies en que nunca pensamos porque están 
siempre ahí, [...] que me parecen muy interesantes”. Sus ratones 
de patas blancas son una de estas especies supervivientes. A 
pesar de estar tan divididas que cada parque tiene su propia 
firma genética, las poblaciones de ratón no parecen estar 
sufriendo las secuelas de la endogamia ni de la deriva. Por el 
contrario, parecen prosperar. “Creo que las especies que pueden 
alcanzar densidades de población relativamente elevadas en 
ciertos lugares de la ciudad por lo general sobreviven bien”. 

La razón por la cual la población de ratones de cada parque 
posee un distintivo genético propio, dice Munshi-South, no 
consiste únicamente en que sean endogámicas o en su deriva, 


sino también a lo que él llama la “adaptación local”. Cada 
parque posee su propio grupo aislado de ratones. Y dado que 
los ratones no se mueven de allí, nada les impide evolucionar 
de acuerdo con las condiciones locales, 

Para estudiar esta atractiva hipótesis, Munshi-South y su 
alumno Stephen Harris emprendieron un proyecto novedoso. 
Capturaron ratones en varios parques de Nueva York y también 
en algunas zonas rurales fuera de la ciudad. El propósito del 
estudio no era buscar al azar unos cuantos marcadores en el 
genoma, sino estudiar un gran número de genes en activo en los 
órganos de los roedores. Por deseracia, los ratones de la 
muestra tuvieron que sacrificar por el bien de la ciencia urbana 
algo más que la punta de la cola. Así que los investigadores 
mataron a todos los ejemplares capturados, les extirparon el 
hígado, el cerebro y las gónadas, y extrajeron de esos órganos 
todo el arn mensajero. El ácido ribonucleico mensajero (arnm) 
es lo que está trascrito en un gen antes de que el gen use su 
código para producir una proteína. Por lo tanto, la reserva de 
arnm extraída de un organismo revela qué genes se están 
usando en un cuerpo y cuál es su código exacto de adn. 

Después, con esta gigantesca reserva de información 
genética, fueron seleccionando todos los genes que se 
diferenciaban más, entre un parque y otro, de lo que era 
atribuible al puro azar, ya que esos genes eran los que parecían 
haber evolucionado en diferentes direcciones por estar en 
distintos parques. En Central Park, por ejemplo, los ratones 
tenían un gen anómalo akr 


: Este gen se encarga de neutralizar la aflatoxina, una 
sustancia tóxica y cancerígena producida por un hongo que 
suele crecer en los frutos secos y en las semillas. Por alguna 
razón (¿quizá comida desechada?), los ratones de Central Park 


parecen estar más expuestos a esta sustancia. Otro gen que 
había evolucionado de forma sorprendente era el fadsl, que 
interviene en el control de las dietas ricas en grasa, lo que 
demuestra que estos ratones de patas blancas habían 
evolucionado para adaptarse a la dieta típica de Central Park, 
Otros genes de otros parques eran llamativamente distintos, y 
casi todos estaban relacionados con el control de la dieta, o 
bien con la contaminación. También había diversos genes 
relacionados con la inmunidad, cosa lógica, según Munshi- 
South, “porque es muy fácil que las enfermedades se propaguen 
en una comunidad tan reducida”. 

Insertemos ahora un plano de los linces rojos de Hollywood. 
Allí donde la población está segmentada por el trazado de las 
autovías, cada grupo parece haber desarrollado su propio 
sistema inmunológico. Entre 2002 y 2005, los linces rojos de la 
ciudad de Thousand Oaks, separados del resto de la población 
por la ruta 101, sufrieron una epidemia de sarna, enfermedad 
cutánea causada por ácaros parasitarios. Las investigaciones del 
Servicio de Parques Nacionales demostraron que la enfermedad 
atacaba a los linces que ya se estaban débiles a causa de los 
raticidas domésticos y los plaguicidas, ampliamente utilizados. 
Los roedores muertos servían de alimento a los linces, lo que 
afectaba su sistema inmune, volviéndolos más susceptibles a 
contraer la sarna. Esta enfermedad puede ser letal a largo 
plazo, y de hecho lo fue para tantos linces que impulsó un 
proceso vertiginoso de selección natural, ya que en muy pocos 
años el índice de mortalidad cayó del 80% a solo el 20, El 
sistema inmune de la población evolucionó tan deprisa que la 
señal genética se pudo detectar en los datos recogidos por 
Laurel Serieys. La investigadora descubrió que los linces 
capturados antes de la epidemia de sarna tenían un porcentaje 
muy distinto de genes mhc y tlr que los linces capturados 


después de la epidemia. Esos genes producen proteínas que 
reconocen los microorganismos que causan enfermedades, 
como los ácaros o las bacterias que se introducen en la piel 
después de que los ácaros la hayan perforado. Por lo que 
parece, solo los linces rojos que tenían la combinación 
adecuada de genes inmunes sobrevivieron al ataque y pudieron 
seguir adelante, cosa que cambió la composición genética de la 
población de linces de ese territorio en concreto, 

Eso, por supuesto, si damos por hecho que la epidemia de 
sarna afectó a los linces que vivían al norte de la ruta 101 
porque ya estaban debilitados por la deriva genética y por la 
endogamia. Pero al mismo tiempo, al tratarse de una población 
reducida, los linces pudieron adaptarse muy rápidamente a los 
desafíos que les presentaba un hábitat concreto. Y eso no 
habría sido posible en una población mucho más numerosa, ya 
que los genes no adaptados habrían llegado por todas partes. 
Lo mismo ocurrió con los ratones de patas blancas: adaptarse 
al medio especifico de Central Park solo es posible si los 
ratones de Central Park están lo bastante aislados de los 
ratones que viven en otros parques. Incluso en París, las 
cotorras que viven al norte de la ciudad presentan pequeñas 
diferencias en la forma de la cabeza y en las alas con respecto 
a las que viven al sur de la ciudad. Eso puede deberse a que las 
aves que fundaron esas colonias eran distintas, pero también 
podría deberse a que unas condiciones ligeramente diferentes 
en los distintos barrios de la ciudad han obligado a la población 
a adaptarse al nuevo medio, 

Para Munshi-South, resulta muy tentador cambiar de 
enfoque y dejar de considerar la fragmentación genética como 
un flagelo para la vida silvestre urbana, y empezar a verla en 
cambio como una oportunidad para que cada segmento de la 
población se adapte a las necesidades de cada zona. “Es una 


cuestión muy interesante —dice-, Ahora mismo, lo que quiero 
hacer es examinar un amplio espectro de la población, tanto en 
la ciudad como en la zona de transición que lleva a las áreas 
suburbanas y rurales, para ver si la adaptación local puede 
considerarse un fenómeno común a todas las poblaciones de 
Nueva York, Y una vez que tengamos la tecnología adecuada, 
podremos estudiar el mismo fenómeno en todas las demás 
ciudades. Creo que la ecología urbana debería moverse hacia 
ahí, Es una pregunta trascendental que todavía no ha 
encontrado una respuesta incontrovertible”. 


Envenenar palomas en los parques 


Douglas Adams, en Hasta luego, y gracias por el pescado (el 
cuarto volumen de su divertidísima y famosa trilogía sobre el 
autoestopista galáctico), describe en aleún lugar el sueño que 
tiene su protagonista, Ford Prefect, sobre el East River de 
Nueva York, “tan estrafalariamente contaminado” que está 
creando nuevas formas de vida que ahora ya exigen ayudas 
sociales y derecho de voto. Me gustaría pensar que el difunto 
Adams, que era zoólogo aficionado y conservacionista, se 
habría emocionado al comprobar cómo la realidad se va 
acercando a sus visiones de ciencia ficción. 

Aunque muchos países actuales estén cambiando sus 
pésimos hábitos y ya estén empezando a prohibir el uso 
arbitrario de elementos contaminantes, debemos asumir el 
hecho de que jamás podrá evitarse la contaminación en un 
entorno humano. La densidad y la intensidad del vasto abanico 
de las actividades humanas entrañan ¡inevitablemente la 
emisión de sustancias en concentraciones demasiado elevadas. 
Y aunque los contaminantes más tóxicos se están sustituyendo 
por otros menos perjudiciales, y aunque su uso se está 
regulando en la medida de lo posible, los animales y las plantas 
silvestres que vivan en un entorno urbano se enfrentarán a un 
conjunto de elementos químicos más denso y más variado que 
el que deben afrontar sus hermanos que vivan en zonas no 
contaminadas. Y todas estas circunstancias pueden suponer 
serios obstáculos para el buen funcionamiento fisiológico de 
animales y plantas. 


En consecuencia, resistir a una eran variedad de 
contaminantes que siempre están cambiando es uno de los 
mayores requisitos para la supervivencia de las especies 
urbanas. Hace más de medio siglo, cuando Rachel Carson 
escribió las primeras páginas de Primavera silenciosa, su 
diatriba de 1962 contra los pesticidas, que ahora ya se ha 
convertido en un libro de cabecera, no había ninguna razón 
para sentir algo que no fuera un pesimismo absoluto con 
respecto a este asunto. Carson escribió en su libro: 

Si se le da tiempo —un tiempo no medido en años sino en 
milenios—, la vida siempre consigue adaptarse [...]. El tiempo es 
el elemento esencial [...] Pero la celeridad de los cambios y la 
rapidez con que se crean nuevas situaciones sigue el impetuoso 
e irreflexivo ritmo del hombre más que el prudente ritmo de la 
naturaleza [...]. Adaptarse a estos productos químicos requeriría 
un tiempo ajustado a la escala de la naturaleza; no requeriría 
los años de la vida de un hombre, sino las vidas de muchas 
generaciones. 

Pero hoy sabemos que la naturaleza, en lo que se refiere a 
las sustancias contaminantes, no está tan indefensa como creía 
Rachel Carson. La polución más nociva puede hacer que las 
especies evolucionen de forma que les permita salir indemnes 
de la ciénaga tóxica, ya que muchos animales y plantas han 
conseguido hacer lo mismo que los ratones de patas blancas de 
Nueva York. Es decir, apañárselas para recomponer su 
mecanismo fisiológico si la polución intenta destrozárselo, 

Un caso muy conocido de animal que ha conseguido 
recomponer su engranaje interno para enfrentarse a la polución 
es el fúndulo, un pez que tiene un nombre que podría haber 
surgido de la mente de Douglas Adams, sobre todo porque fue 


el primer pez enviado a una misión espacial. Conocido por los 
ictiólogos como Fundulus heteroclitus, el fúndulo es un pez 
vigoroso de aguas salobres que tiene el tamaño de un dedo 
índice, con hermosas bandas transversales plateadas sobre el 
lomo pardo aceitunado. Vive en la costa este de Norteamérica, 
por lo general en estuarios y marismas, desde Florida hasta 
Nueva Escocia. Un hábitat tan vasto en el que demuestran su 
tolerancia y resistencia, características por las cuales ha sido 
objeto de estudio desde finales del siglo xix. En 1973 incluso se 
incluyó el fúndulo entre los pasajeros del Skylab, con objeto de 
que participara en los experimentos sobre el equilibrio y la 
orientación con gravedad cero. 

La naturaleza también ha hecho sus propios experimentos 
con el fúndulo. Ya que su área de distribución incluye algunas 
de las ciudades más grandes de Norteamérica y los puertos más 
activos, este pececillo ha tenido que soportar una buena 
cantidad de contaminación. Vive en los fondos limosos del 
puerto de New Bedford, en Massachussets, y en el puerto de 
Bridgeport, la mayor ciudad de Connecticut: dos lodazales 
industriales cuyas aguas contienen hasta veinte miligramos de 
policloruros de bifenilo (pcb) por kilo de sedimento, como 
resultado del vertido descontrolado, durante una gran parte del 
siglo xx, de los desechos industriales directamente al mar. 
Veinte miligramos pueden parecer poca cosa, pero los pcb, una 
vez usados ad libitum en los lubricados, en los procesos de 
enfriamiento y de impresión, así como en otras muchas 
actividades industriales, forman una de las sustancias más 
tóxicas y más duraderas producidas a lo largo del siglo xx. Las 
aguas urbanas en las que vive el fúndulo también contienen 
otros compuestos de nombre melodioso pero de consecuencias 
malignas, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (pah). 


La razón de que los pcb y los pah resulten tan nocivos es 
que se acoplan con una proteína llamada ahr (receptor de 
hidrocarburos de arilos). Y estas proteínas, tanto en los seres 
humanos como en los peces, actúan como interruptores que 
ponen en marcha o interrumpen los programas de desarrollo de 
embriones. Cuando un animal se enfrenta a altos índices de peb 
y pah, estas moléculas alteran constantemente el ahr, así que 
los programas se activan demasiado pronto o no consiguen 
activarse a tiempo cuando es necesario. Las consecuencias de 
todo ello son las malformaciones congénitas, sobre todo los 
problemas de desarrollo del corazón o de los vasos sanguíneos. 
Las crías de fúndulo expuestas a los pcb suelen presentar 
hemorragias en la cola y un corazón hiperdesarrollado (o por el 
contrario, atrofiado), de modo que suelen morir antes de llegar 
a la edad adulta. De hecho, los fúndulos son una de las especies 
de peces más sensibles a los efectos de la contaminación por 
pcb y pah. 

Pero estamos hablando únicamente de la media de las crías 
del fúndulo. Porque los fúndulos que viven entre los lodos 
contaminados de Bridgeport o de New Bedford (y al menos en 
otras dos ciudades portuarias de la costa este norteamericana 
que presentan índices muy altos de contaminación) no forman 
parte de la media. Ellos, a diferencia de sus congéneres, han 
evolucionado para evitar la toxicidad de los productos 
químicos. 

Andrew Whitehead, biólogo de la Universidad de California 
en Davis, ha estudiado la conducta evolutiva del pez 
comparando sus propiedades en lugares muy contaminados 
(lugares denominados “Superfund”, por el programa federal que 
tiene previsto descontaminarlos) y en otros lugares cercanos 
donde el agua está limpia. A unos setenta kilómetros al 
sudoeste del puerto de New Bedford se halla Block Island, una 


bonita isla libre de contaminación, con niveles de pcb casi 
imperceptibles, es decir, ocho mil veces más bajos que los 
niveles detectados en New Bedford. Y a quince kilómetros al 
sur de los brebajes tóxicos de Bridgeport, al otro lado del 
estrecho de Long Island, los fúndulos chapotean felices en el 
hermoso estanque de Flax Pond, en el que ni siquiera hay 
rastros de pcb. 

Whitehead capturó fúndulos en estos sitios y en otros dos 
escenarios con aguas contaminadas y limpias, y aplicando un 
test de adn, comprobó si los peces de cada par de 
emparejamientos resultaban ser familiares próximos. Los 
resultados fueron los previstos: los peces de Flax Pond y de la 
cercana Bridgeport compartían un antepasado común, igual que 
los de New Bedford y Block Island. Pero ahí terminaba el 
parecido, ya que en otros muchos aspectos, los fúndulos de los 
lugares contaminados habían evolucionado de una forma 
totalmente distinta a como lo habían hecho los que vivían en 
ubicaciones libres de contaminación. Ante todo, Whitehead 
descubrió que eran resistentes a unos índices considerados 
letales de pcb. Las concentraciones de pcb que habrían hecho 
que un pez de Block Island se quedara tieso diez veces seguidas 
ni siquiera les hacia mover las agallas a los robustos peces de 
New Bedford. Y lo mismo ocurría con la comparativa para 
Bridgeport-Flax Pond y los otros lugares estudiados, 

En un estudio publicado en Science en 2016, Whitehead y su 
equipo demostraron que el pez había logrado salir adelante. En 
cada uno de los ocho emplazamientos, leyeron el genoma (la 
secuencia completa de los cromosomas, letra por letra) de unos 
cincuenta fúndulos. Resultó que los peces provenientes de 
emplazamientos contaminados presentaban mutaciones 
(reescritura y pérdida de fragmentos del código genético) en los 
genes que codifican las proteínas del ahr; y otros también 


presentaban mutaciones en los genes de las proteínas con las 
que interactúa el ahr. Lo interesante es que muchas de estas 
mutaciones variaban en función de los diferentes 
emplazamientos contaminados, lo que significa que la evolución 
ha producido de forma reiterada e independiente tolerancia a 
los pcb, 

También se estudió el efecto de estas mutaciones en los 
peces vivos, y se descubrió que en líneas generales la presencia 
del ahr había disminuido en los fúndulos tolerantes a la 
contaminación. Si se exponían a los pcb, el ahr ya no se 
activaba de forma tan intensa como en los peces de aguas 
limpias. O sea que el pez había creado mecanismos para seguir 
desarrollándose y funcionando, al mismo tiempo que eliminaba 
unas pocas piezas vulnerables. Posiblemente, para que esto 
sucediera, otros componentes tuvieron que insertarse en otras 
partes del código, o bien el organismo no funcionaba tan bien 
como debería, pero el punto esencial de todo esto es que, 
eracias a la rápida evolución urbana, los fúndulos han 
sobrevivido en lugares donde el sentido común nos dice que no 
podrían haber sobrevivido. “¿No es extraordinario? —pregunta 
Whitehead de manera retórica-. ¡Y esa evolución por selección 
natural ha ocurrido en apenas dos o tres docenas de 
eeneraciones!”. 

Los pcb son un ingrediente más del cóctel de sustancias 
químicas que invaden nuestras ciudades. Pero pensemos 
también en los vertidos de sal para controlar el hielo de las 
carreteras. Echar grandes cantidades de cloruro de sodio en el 
hielo es práctica habitual en los lugares más fríos del mundo, 
Únicamente en Estados Unidos, veinticinco mil millones de 
kilos de sal se esparcen cada invierno por las carreteras. Al año 
eso supone, en tamaño, un bloque de sal de mesa que mida una 
décima parte de un kilómetro cúbico. No es de extrañar que la 


sustancia altere el entorno: se han encontrado muestras de sal a 
dos kilómetros de distancia de las carreteras que se intentaban 
descongelar (y también a sesenta pisos por encima de ellas). En 
consecuencia, el agua de los ríos y los canales de las grandes 
ciudades se está volviendo salada durante el invierno. 

Para casi todas las formas de vida, la salinidad suele ser 
problemática. Tal como nos enseñaron en el instituto, la 
ósmosis hace que el agua se mueva hacia donde haya mayor 
concentración salina. Y por eso mismo, en un medio salino, las 
células de los animales y las plantas tienen que trabajar más 
para regular el flujo del agua que se pierde y evitar quedarse 
secos. Y hay otro factor de peligro. Químicamente, el sodio es 
muy parecido al potasio. El potasio es imprescindible para 
muchos procesos celulares, pero esos mismos procesos no salen 
bien si el sodio sustituye al potasio. Y si hay más sal en el 
medio, el sodio que se interpone en los procesos activados por 
el potasio puede convertirse en un problema muy grave. 

Los organismos adaptados al entorno salino han 
desarrollado mecanismos para contrarrestar la presencia de sal 
en las células. Y cuando el entorno específico recibe una gran 
cantidad de sal en forma de vertidos de carretera, esas especies 
se adueñan de los nichos que han dejado libres las especies que 
carecen de tales mecanismos. Como ya he dicho antes, eso 
explica que algunas plantas marinas colonicen los arcenes y 
cunetas de las carreteras de mayor tráfico y expulsen a las 
especies autóctonas. Pero también se da el caso de que los 
animales y las plantas que ya están presentes en ese lugar 
hayan desarrollado tolerancia a la sal como consecuencia de los 
erandes vertidos invernales. 

Para probar esta hipótesis, la estudiante de doctorado Kayla 
Coldsnow y sus colegas del Instituto Politécnico Rensselaer en 
Troy, Nueva York, hicieron un experimento de laboratorio con 


la pulga de agua (Daphnia pulex). Usando el mismo grupo de 
animales, introdujeron estos diminutos crustáceos de agua 
dulce en unos mesocosmos (tanques de confinamiento que 
reproducen las condiciones reales de un ecosistema con 
plancton, plantas, almejas, caracoles y crustáceos). Algunos 
mesocosmos eran de agua dulce y otros eran de agua salada 
(con un tercio de la salinidad del agua de mar). Otros tenían 
concentraciones salinas de nivel medio. Después dejaron que 
las pulgas de agua vivieran allí durante diez semanas (un 
periodo que para la prolífica Daphnia equivale a entre cinco y 
diez generaciones). Al final, para asegurarse de que los cambios 
eran genéticos y no se debían al efecto del agua salada, sacaron 
a aleunos de los descendientes de los mesocosmos y los 
tuvieron durante tres generaciones más en un acuario de agua 
dulce. Luego hicieron pruebas con cada nueva cepa para 
comprobar su nivel de tolerancia al agua salada. Resultó que 
las pulgas de agua habían adquirido la firma evolutiva de 
haberse adaptado al agua salada. Si las metían en agua salada 
con 1,3 gramos por litro, las cepas de Daphnia que habían 
vivido con concentraciones medianas de sal en el mesocosmos 
sobrevivieron mejor (en una proporción de entre el 75 y el 
90%), mientras que las que no habían tenido contacto con la sal 
solo sobrevivieron en el 46%. 

Por supuesto, solo se trata de un experimento de 
laboratorio, pero es muy probable que la misma adaptación 
evolutiva a los vertidos de sal en las carreteras ocurra entre los 
animales y las plantas silvestres que viven en los márgenes de 
las carreteras, y que estemos ocasionando que la flora y la 
fauna urbana de las partes más frías del planeta estén 
evolucionando hasta convertirse en una especie de bioma 
marino. 


Un bioma marino, sí, pero quizá también un bioma de zona 
minera. Los metales pesados (zinc, cobre, plomo) son elementos 
muy poco habituales en la naturaleza. Se presentan en vetas de 
mineral en las rocas y en circunstancias naturales solo 
interactúan con el medio si esa veta llega a la superficie y se va 
erosionando lentamente. Pero todo esto ha cambiado desde que 
los seres humanos descubrieron la bendición mixta (buena y 
mala a la vez) de los metales. Desde las hachas de cobre de la 
antigiedad, pasando por los combustibles cargados de plomo 
del siglo xx, hasta llegar al cobalto, la plata, el oro, el 
manganeso, el itrio, el estaño, el antimonio y el galio que se 
ocultan en nuestros teléfonos inteligentes... los seres humanos 
han sido los máximos acaparadores de metales pesados. Y una 
eran parte de ese acopio se produce en las ciudades o en sus 
alrededores. 

Los metales pesados suelen ser tóxicos porque sus 
moléculas tienden a unirse con las enzimas y otras proteínas —y 
con el adn- lo que interfiere en el funcionamiento normal del 
organismo. Y dado que los metales pesados se dan muy rara 
vez en circunstancias naturales, la mayoría de animales y 
plantas no han tenido la oportunidad de adaptarse a ellos, de 
modo que no los toleran bien. Pero un día aparece el Homo 
sapiens con sus vertederos repletos de objetos de cobre, su 
vasolina rebosante de plomo y sus postes y torretas de 
electricidad con revestimiento de zinc, y de repente los metales 
pesados están por todas partes. Y una vez más, las especies 
tienen que adaptarse si no quieren desaparecer. 

Una especie que se ha adaptado es la flor mono amarilla 
(Mimulus guttatus). En la mina de cobre abandonada de 
California que lleva el maravilloso nombre de Copperopolis, 
esta especie de planta silvestre, muy extendida por el oeste de 
Norteamérica, ha desarrollado formas de asimilar las altas 


concentraciones de cobre del subsuelo por medio de una 
versión mutante del gen Multicopper Oxidase. Esta mutación, 
que probablemente contribuye a expulsar las moléculas de 
cobre de las células, se ha convertido en una característica 
permanente de todas las flores mono que crecen en los 
vertederos de escombros, en los que han logrado sobrevivir 
desde que se abrió la explotación de la mina hace ciento 
cincuenta años. 

Algo parecido ha ocurrido en Estados Unidos con las plantas 
y hierbas que crecen bajo las torretas de electricidad con 
revestimiento de zinc: el zinc que se descascarilla de las 
estructuras y cae al suelo ha hecho que las concentraciones de 
este metal en el subsuelo sean cincuenta veces más altas de lo 
normal. En 1983, Sedik Al-Hiyali y sus colegas de la 
Universidad de Liverpool estudiaron cinco especies de hierbas 
que crecían a los pies de las torretas eléctricas —construidas 
entre dieciocho y trece años atrás, y las compararon con 
hierbas recogidas en terrenos muy alejados de allí. Para 
calcular la tolerancia al zinc de estas plantas, las cultivaron en 
laboratorio en un suelo con alta presencia de zinc y luego 
midieron la longitud de las raíces. Resultó que las cinco 
especies de hierbas que crecían bajo las torretas se 
desarrollaban espléndidamente, con raíces cinco veces más 
largas que las hierbas recogidas en lugares sin presencia de 
Zinc. 

No solo las plantas, sino también los animales urbanos han 
desarrollado mecanismos para asimilar los metales pesados. 
Entre 2000 y 2004, la genetista rusa N. Yu. Obukhova viajó por 
toda Europa anotando las características físicas de unas nueve 
mil palomas urbanas. Al examinar cada ejemplar, comprobaba 
si era de color claro o de un color grisáceo que parecía tiznado 
de hollín, una variable que en las palomas tiene orígenes 


senéticos. Este trabajo de clasificación colombófila reveló que 
las aves “melanistas” oscuras —las que tienen el pigmento 
oscuro de la melanina en las plumas- eran más comunes en las 
erandes ciudades que en las áreas no urbanizadas, lo que le 
llevó a preguntarse si ello se debía a una mezcla genética con 
las palomas más sofisticadas o bien a otra razón distinta. 

En la Sorbona de París, Marion Chatelain estudia las 
palomas que tan bien encajan en el paisaje urbano de color zinc 
para despejar la incógnita planteada por Obukhova. Sabedora 
de que la melanina se une a los átomos metálicos, Chatelain 
intuyó que las palomas más oscuras se dan más 
abundantemente en la ciudad porque están mejor adaptadas a 
asimilar contaminantes metálicos como el zinc, por el sencillo 
procedimiento de transferir el material a las plumas. De modo 
que envió a una integrante de su equipo, Lisa Jacquin, a 
capturar un centenar de palomas parisinas. Después, Chatelain 
les midió el plumaje en función de su coloración más o menos 
oscura, las identificó anillándoles una pata, le arrancó dos 
plumas a cada ejemplar y a continuación las depositó en un 
aviario libre de contaminación por zinc. Tras pasar un año en el 
aviario, las plumas habían vuelto a crecer. Chatelain arrancó 
otras dos y las sometió a un análisis químico para comprobar si 
las aves habían podido expulsar el zinc del cuerpo 
transfiriéndolo a las alas durante el año que habían pasado sin 
tener contacto con el metal. Los resultados del experimento 
demostraron que las aves más oscuras habían logrado transferir 
el 25% más de zinc a las alas. 

En un estudio posterior, Chatelain atrapó otro centenar de 
palomas y las llevó a su aviario. Volvió a anillarlas y a 
arrancarles plumas, pero esta vez no las instaló a todas en un 
aviario contaminado con metales pesados. Las dividió en dos 
grupos: un grupo en un aviario que contenía en el agua que se 


le suministraba pequeñas cantidades de plomo, zinc o de los 
dos metales a la vez, y el otro en dos aviarios libres de 
contaminación. Los resultados demostraron que las aves más 
oscuras almacenaban más plomo y más zinc en las alas que las 
aves más pálidas, pero también demostraron que las crías 
supervivientes que habían sido expuestas a los metales —al igual 
que sus padres- tenían plumas más oscuras que las que habían 
crecido en un aviario libre de contaminación. Eso indica que las 
crías más claras habían muerto en las primeras etapas de la 
vida, lo que demuestra que las plumas oscuras proporcionan 
una gran ventaja evolutiva en un medio contaminado. 

Las investigaciones de Chatelain pueden significar que las 
palomas urbanas están desarrollando un plumaje más oscuro 
eracias a las propiedades descontaminantes de las plumas 
cargadas de melanina. Pero tal vez la teoría sea mucho más 
compleja, ya que los genes que producen melanina también 
están relacionados con la regulación hormonal del estrés y el 
sistema inmune. De modo que la coloración de las aves no 
tiene por qué deberse a una correspondencia unívoca con un 
entorno altamente contaminado por los metales pesados, sino 
que es un aspecto de un proceso mucho más amplio: al fin y al 
cabo, el sistema inmune y de respuesta al estrés de las aves 
urbanas es muy distinto del de las aves silvestres, Volveremos 
a tratar este asunto más adelante. 

El caso es que, aunque parezca mentira, algunos animales y 
plantas han evolucionado para adaptarse a las sustancias más 
horribles y nocivas que los seres humanos arrojamos a su 
hábitat. Como veremos más adelante, eso no afecta a todas las 
especies, ya que muchas son incapaces de adaptarse y acaban 
sucumbiendo. Y por otra parte, las especies que se adaptan 
tienen que pagar un precio muy alto. No obstante, es una 
prueba del enorme poder de la rápida evolución urbana que al 


menos unas cuantas especies hayan podido resistir a la 
contaminación química que ha destruido su medio ambiente. 


xil 
Luces brillantes de la gran ciudad 


Cada año, Nueva York conmemora las vidas perdidas 
durante los ataques del 11 de septiembre con un “Homenaje de 
luz”, Ochenta y ocho luces de xenón, cada una de ocho mil 
vatios, crean dos torres traslúcidas de color azul celeste que se 
elevan por encima de esa zona permanentemente desgarrada 
del bajo Manhattan. Es un asombroso recordatorio de la 
destrucción ocasionada aquel día de 2001. El productor de la 
instalación, el difunto Michael James Ahern, la definió una vez 
con estas palabras: “Desata un sinfín de emociones y de 
recuerdos y de cosas a las que todos aspiramos, cosas que no 
plantean conflictos ni crean agravios”. 

Pero aun así, igual que sucede con casi todas las empresas 
humanas, incluso este proyecto lumínico aparentemente puro y 
etéreo ocasiona su cuota de destrucción. Porque cada año, 
decenas de miles de aves canoras migratorias, que suelen volar 
de noche, quedan atrapadas en esa jaula de luz. A mediados de 
septiembre llega a su apogeo el periodo migratorio otoñal, y la 
punta de Manhattan funciona como un embudo por el que 
pasan las rutas migratorias de múltiples especies de reinitas 
que vuelan hacia el sur, de modo que cada 11 de septiembre la 
exhibición lumínica se ve afectada por un sinfín de bandadas 
de reinitas que vuelan de foco en foco soltando una estridente 
cacofonía de gritos de llamada. Sobre el terreno siempre hay un 
grupo de voluntarios de la Audubon Society que recogen a los 
ejemplares exhaustos de colirrojo tizón, de reinita hornera, de 
chipe trepador y de parula norteño. Después, estos voluntarios 
les dicen a los organizadores del homenaje cuándo tienen que 


apagar las luces momentáneamente para permitir que las aves 
se orienten y sigan con su migración hacia el sur. En cualquier 
caso, la proyección lumínica causa muertes, o como mínimo, 
acentúa el estrés y la fatiga de unas aves ya muy cansadas por 
el agotador viaje hacia el sur. 

Un acontecimiento masivo de contaminación lumínica con 
efectos en la migración animal, aunque muy distinto desde el 
punto de vista emocional, fue la final de la Eurocopa de Fútbol 
de 2016. El partido entre Francia y Portugal se celebró en el 
eleantesco Stade de France, en París, la calurosa noche del 10 
de julio. La noche anterior, por motivos de seguridad, el 
personal del estadio había dejado encendidas las luces, Atraídas 
por los enormes haces de luz, bandadas y bandadas de polillas, 
sobre todo de plusias (Autographa gamma, así llamada por el 
brillante contorno en forma de gamma griega, y, que se dibuja 
en la parte negruzca de las alas anteriores), se posaron sobre la 
estructura vacía, en forma de copa, del estadio. La plusia es 
una polilla migratoria. Cada primavera, millones de ejemplares 
emprenden un viaje al norte desde el sur de Europa, volando a 
una altitud de doscientos o trescientos metros sobre el nivel del 
mar, en busca de la cosecha tardía, retrasada por el clima frio, 
de coles, patatas y otros cultivos. Algunos años se producen 
más migraciones estivales que cruzan el oeste y el norte de 
Europa, y fue una de estas bandadas la que se desvió de su 
camino por culpa de la iluminación del estadio. Miles de 
polillas murieron abrasadas por las lámparas, y las que 
quedaban, confusas y mareadas, acabaron posándose sobre el 
césped del terreno de juego, Por la mañana, cuando las luces se 
apagaron, se quedaron dormidas, 

Por la noche, a la hora del partido, cuando los ochenta mil 
espectadores ocuparon sus asientos y se encendieron las luces, 
las polillas salieron del letargo. El precalentamiento de los 


jugadores fue interrumpido por el revoloteo de miles de polillas 
que volaban muy bajo sobre el terreno de juego. Cuando llegó 
la hora del saque inicial, a las nueve de la noche, había millares 
de insectos Zigzagueando entre los jugadores. Las fotos que se 
tomaron aquella noche muestran a los enojados funcionarios de 
la uefa ahuyentando las polillas que se habían posado sobre sus 
americanas azul marino, las polillas que obstaculizaban la 
visión de las cámaras de televisión, o docenas de polillas 
colgando en racimos de los travesaños de las porterías. Los 
empleados del estadio tuvieron que pasar la aspiradora sobre 
las líneas de demarcación del terreno de juego para que 
pudieran verse. En el minuto 24 —momento cumbre- se ve a 
Cristiano Ronaldo llorando sobre el césped por una lesión de 
rodilla, mientras una polilla solitaria le sorbe una lágrima. 

Las bandadas de aves atrapadas por el Tribute in Light y las 
masas de polillas que se posaron en la final del campeonato de 
Europa de 2016 son dos ejemplos significativos de animales 
nocturnos atraídos por las luces artificiales. En realidad, estos 
hechos ocurren continuamente, y en todas partes, cada vez que 
alguien conecta las luces incandescentes, las pantallas led, las 
lámparas de descarga gaseosa o cualquier otra clase de 
iluminación que hayamos inventado para evitar la oscuridad 
nocturna. Y desde que la gente hace estas cosas, la iluminación 
ha tenido la  indeseada consecuencia de interferir 
negativamente en la conducta y los biorritmos de los animales 
nocturnos e incluso de las plantas. 

Todo el mundo sabe que las polillas y otros insectos activos 
durante la noche suelen ser presa fácil de la confusión causada 
por la luz. Si encendemos una vela en el porche una cálida 
noche de verano, los insectos llegan volando de todas las 
direcciones, revolotean alrededor de la llama, se abrasan las 
alas y a veces hasta se lanzan de cabeza, como kamikazes, 


contra la cera ardiente. Los científicos todavía no han 
conseguido averiguar por qué lo hacen. Es evidente que durante 
los millones de años de evolución de los insectos no hubo luces 
artificiales, de modo que la atracción hacia la luz debe de ser 
consecuencia de una conducta innata activada por la luz 
natural. Hay una teoría muy conocida que sostiene que los 
animales nocturnos usan la luna y las estrellas para orientarse 
durante la navegación. Dado que los astros se hallan tan lejos 
de la tierra y se mueven tan despacio por el firmamento, su 
posición tiene que parecerle estática a un insecto en 
movimiento, cosa que le permitiría volar en línea recta sin 
hacer otra cosa que mantener un ángulo fijo con respecto a la 
luna o a la estrella radiante. Los primeros insectos que se 
encontraron con una luz artificial debieron de reaccionar de la 
misma manera. En cualquier caso, las luces artificiales que 
iluminan el suelo no sirven como guías fijas, a diferencia de los 
astros, porque se hallan demasiado cerca. Por lo tanto, 
mantener un ángulo fijo con respecto a una bombilla o a una 
vela supone acercarse cada vez más al objeto, volando en 
círculos cada vez más estrechos, hasta que uno acaba 
achicharrándose en una nube de humo. Tal como dijo 
Shakespeare: “Y así fue como la vela quemó a la polilla”. 

Sea cual fuere la causa, durante todo el tiempo en que los 
seres humanos hemos alumbrado nuestro hábitat nocturno con 
hogueras, antorchas, velas, lámparas de esperma de ballena y 
luces eléctricas, los insectos han perecido en cantidades 
ingentes. Y los insectos mueren porque se queman a muy corta 
distancia por el calor que emiten esas fuentes de luz, o bien 
porque caen presa de los murciélagos, búhos o lagartos que han 
descubierto que es muy fácil encontrar víctimas cerca de los 
lugares iluminados. Y si no se queman ni son devorados, todo el 
tiempo que pierden mirando embobados la luz es tiempo que 


no dedican a buscar pareja o salir en busca de comida, cosa que 
puede hacerles morder el polvo en la lucha por la vida. 

Si pensamos en el gran número de insectos que revolotean 
en torno a las farolas callejeras y que caen atrapados en los 
haces de luz o que forman la capa de desechos adheridos a las 
tulipas de las lámparas de los porches, es inevitable 
preguntarse por el impacto que la iluminación artificial tiene en 
la vida de toda clase de animales (insectos, mamíferos, aves 
migratorias, tortugas, peces, caracoles, anfibios, ¡incluso 
plantas). Todos desarrollan su actividad de noche y todos 
acaban igualmente hipnotizados por la luz. 

Hasta hace muy poco, la ciencia no se hacía esta pregunta y 
se limitaba a recopilar algunos datos anecdóticos: cincuenta mil 
aves murieron en la base aérea de Warner Robins, en Georgia, 
por ir siguiendo las luces de aterrizaje hasta el mismo suelo, en 
1954, y en una sola noche de 1981 más de diez mil pájaros se 
estrellaron contra las chimeneas iluminadas de una planta 
industrial de Kingston, Ontario. En cuanto a los insectos, dos 
entomólogos ingleses capturaron más de cincuenta mil polillas 
en una sola lámpara en la noche del 20 de agosto de 1949, y en 
otra ocasión, alrededor de un millón y medio de efímeras 
aparecieron muertas bajo las luces que iluminaban un único 
puente alemán. 

En los últimos quince años, varios científicos han intentado 
hallar números fiables sobre el impacto del alan (luz artificial 
por la noche, por sus siglas en inglés: la contaminación lumínica 
va tiene su propio acrónimo en la literatura científica). El 
investigador alemán Gerhard Eisenbeis, de la universidad 
Johannes Gutenberg en Mainz, se ha propuesto estudiar lo que 
denomina “el efecto aspiradora”. En cuanto el alan alcanza una 
zona que antes estaba a oscuras, “los insectos son absorbidos de 
su hábitat natural como si actuara una aspiradora, lo que 


destruye la población local”, según explica Eisenbeis, El efecto 
aspiradora, por ejemplo, es el causante de que las gasolineras 
iluminadas en un lugar apartado de una autopista atraigan al 
principio a un gran número de insectos, pero al cabo de dos 
años más o menos, el número de insectos atraídos disminuye 
muy deprisa. Extrapolando datos de insectos que han sido 
víctimas de diversas clases de alan, en noches con o sin luna y 
en diversos emplazamientos urbanos, Eisenbeis ha elaborado 
una estimación de unos cien mil millones de insectos muertos a 
causa del alan cada verano en toda Alemania. Se trata de una 
cifra apabullante, pero equivalente a la cantidad de insectos 
muertos por culpa del tráfico. 

A pesar de que hay mucha más gente observando aves que 
observando insectos, es difícil calcular las muertes de aves 
causadas por alan. Una de las escasas fuentes fiables de datos 
proviene del Observatorio de Aves de Long Point, en la orilla 
del lago Erie, en Canadá. Durante décadas, el observatorio ha 
efectuado un recuento diario de las aves que aparecían muertas 
en el faro que hay en el extremo de la punta de la península de 
Long Point, que tiene veinticinco kilómetros de longitud. A lo 
largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980, cada año se 
contabilizaban unas cuatrocientas muertes durante la migración 
otoñal, y aproximadamente la mitad en la migración de 
primavera, con picos ocasionales de hasta dos mil aves en una 
sola noche. Pero en 1989, cuando se instalaron unos focos más 
débiles que emitían un haz de luz mucho más pequeño, las 
muertes se redujeron a un porcentaje mínimo en comparación 
con las cifras anteriores. 

Kevin Gaston, el ecólogo urbano al que ya hemos conocido 
en el capítulo v -—estudia la biodiversidad de los jardines 
urbanos—, también ha asumido el reto de estudiar el impacto 
del alan con sus experimentos. Ahora mismo estoy viéndolo 


mientras da una conferencia en la Universidad de Leiden: de 
aspecto amable pero imponente, muy bronceado, más parecido 
a un bombero de Nueva York que a un profesor de ecología, 
“Se ha introducido la iluminación artificial a gran escala en 
lugares y en horarios y en formas que nunca antes se habían 
conocido”, dice. Y además, continúa, “estamos pasando de un 
espectro luminoso más bien pobre, el de las lámparas de sodio, 
a un espectro mucho más rico, como las lámparas led. Y todo 
esto está afectando a una vasta gama de sensibilidades 
biológicas. Sus consecuencias se extienden a casi todo”, 

Teniendo en cuenta el impacto masivo de alan, así como el 
efecto aspiradora y el crecimiento vertiginoso de la iluminación 
artificial, le pregunto a Gaston si se está obligando a los 
organismos a desarrollar algún tipo de resistencia hacia la 
atracción de la luz. Gaston se muestra dubitativo. “Es algo que 
estos organismos no han visto nunca y que está afectando sus 
ciclos tradicionales de reacción a la luz. Y además, todo está 
sucediendo muy deprisa. No estoy muy seguro de que la 
adaptación sea un proceso tan sencillo. Los sistemas de 
reacción a las fuentes de luz están muy arraigados 
evolutivamente en los organismos y es muy posible que no 
consigan adaptarse a nuevas fuentes”. De todos modos añade, 
es algo que no se ha estudiado mucho. 

Tiene toda la razón. En total solo hay dos estudios en toda 
la literatura sobre biología urbana que traten el tema de la 
reacción evolutiva a alan. Es asombroso, sobre todo si 
pensamos en lo fácil que resulta montar un experimento de 
comprobación. Lo único que hace falta es elegir una especie de 
animal atraído por la luz, atrapar algunos ejemplares de esa 
especie en un área rural con muy poca contaminación lumínica, 
y luego compararlos con los ejemplares de una zona urbanizada 
con gran presencia de alan; después solo hay que comprobar si 


se dan diferencias en la forma en que unos y otros se orientan 
hacia la luz, y ¡bingo!, ya está hecho el experimento evolutivo. 

De hecho, eso es lo que hizo el investigador suizo Florian 
Altermatt, de la Universidad de Zúrich. Altermatt, experto en 
biodiversidad de agua dulce, es en su tiempo libre un 
apasionado lepidopterólogo. “Mis pasatiempos son, como dijo 
en cierta ocasión Vladímir Nabokov, los más intensos que 
pueda conocer un ser humano: escribir y cazar mariposas (con 
la cámara ;-)”. Eso dice en su página web. Desde que era un 
chico en el instituto, Altermatt ha usado luces portátiles de 
vapor de mercurio para atraer polillas y mariposas por toda 
Europa Central, y desde entonces está intrigado por conocer 
cómo funciona el mecanismo cerebral de la polilla que la atrae 
irresistiblemente hacia la luz. 

Altermatt ideó un experimento muy sencillo. Como objeto 
de estudio eligió la armiño blanca (Yponomeuta cagnagella), 
una mariposa que tiene unos lunares negros distribuidos 
regularmente a lo largo de las alas, que son de un blanco 
purísimo, igual que las pieles de armiño que los monarcas 
lucían en sus mantos reales. Fue una elección muy inteligente, 
ya que las orugas construyen nidos comunales en los evónimos 
y resultan muy fáciles de localizar. Donde hay un evónimo, 
enseguida se ven los nidos sedosos llenos a rebosar de orugas. 
Por eso le resultó muy fácil a Altermatt recorrer la ciudad de 
Basilea y llegar al otro lado de la frontera, en Francia, 
buscando crías de oruga en diez emplazamientos distintos. 
Como es natural, buscó las orugas en cinco zonas urbanas con 
mucho impacto lumínico, y la otra mitad en zonas rurales 
donde de noche todo estaba oscuro. 

Después metió todas las orugas provenientes de un mismo 
lugar en una bolsa de plástico repleta de hojas de evónimo y 
dejó las diez bolsas en el laboratorio hasta que las larvas se 


convirtieran en pupas y luego en mariposas. Cuando 
eclosionaron, las marcó para diferenciar a las urbanas de las 
que procedían de un cielo oscuro, y luego las soltó todas juntas 
eran 320 mariposas rurales y 728 urbanas- en una habitación 
a Oscuras que tenía en un extremo una trampa con una 
bombilla fluorescente. La idea, por supuesto, era comprobar 
cuántas acababan atrapadas por la luz. Los resultados, 
publicados en 2016 en la revista Biology Letters, demostraron 
que existe una clara firma evolutiva en las mariposas urbanas: 
mientras que el 40% de las mariposas rurales volaron 
directamente hacia la luz, solo una cuarta parte de las urbanas 
hizo lo mismo, ya que el resto se quedó inmóvil. 

Este sencillo experimento, realizado con un muestreo casual 
de mariposas, demostraría que alan ha estado depurando los 
genes atraídos por la luz de las poblaciones urbanas. ¿Podría 
ser una Situación habitual en otros insectos? ¿Están 
desarrollando todos los insectos urbanos la capacidad de 
resistirse a la atracción de la luz? No lo sabremos hasta que 
Altermatt repita sus experimentos con otras especies y a una 
escala mucho más amplia. 

En otros lugares de Europa Central se ha descubierto un 
nuevo giro en la evolución urbana ante la contaminación 
lumínica. A finales de la década de 1990, Astrid Heiling, 
aracnóloga de la Universidad de Viena, estuvo estudiando la 
araña urbana Larinioides sclopetarius. También conocida como 
araña de los puentes, suele construir el nido cerca del agua (y 
casi siempre en los puentes), tanto en entornos rurales como 
urbanos de todo el hemisferio norte. Pero Heiling no hizo su 
estudio en diversos emplazamientos del hemisferio. Se limitó a 
estudiar un puente peatonal de sesenta metros que cruza un 
canal del Danubio en el corazón de Viena. 


Las arañas habían construido los nidos en los espacios libres 
que quedaban en la barandilla. En el puente, según explicó 
Heiling en un artículo publicado en Behavioral Ecology and 
Sociobiology, había cuatro barandillas: dos de ellas estaban 
iluminadas con fluorescentes, mientras que las otras dos 
estaban a oscuras. Durante todo un verano, Heiling recorrió el 
puente peatonal haciendo un recuento diario de las arañas que 
había en las barandillas. Desentendiéndose de las miradas 
curiosas de los transeúntes, fue tomando notas que le 
permitieron descubrir que las arañas solían construir el nido 
cerca de las luces: a comienzos del otoño, las barandillas 
iluminadas tenían unas mil quinientas arañas bien alimentadas 
-con una media de cuatro por metro cuadrado, hasta el punto 
de que las telarañas a menudo quedaban entrelazadas-, 
mientras que las barandillas sin iluminar solo albergaban unos 
centenares de arañas. Y lo que es más importante: las arañas 
que vivían en el “hábitat” artificialmente iluminado atrapaban 
cuatro veces más presas que las que vivían a oscuras, cosa nada 
sorprendente si se tiene en cuenta que los insectos suelen volar 
hacia la luz, 

A diferencia de lo que ocurre con los insectos, la luz no 
suele atraer a las arañas. Más bien sucede todo lo contrario: 
suelen huir de la luz artificial y se refugian en los lugares no 
iluminados. Por tanto, lo que Heiling quería averiguar era cómo 
habían logrado las arañas encontrar las mejores fuentes de luz 
para construir sus nidos. ¿Se habían ido desplazando de un lado 
a otro hasta encontrar un lugar muy visitado por sus posibles 
presas, es decir, una fuente de luz? ¿O acaso habían 
desarrollado ellas mismas una nueva atracción hacia la luz? 
Para comprobarlo, Heiling ideó un experimento. Atrapó una 
cantidad considerable de arañas y las colocó, en su laboratorio, 
en unos depósitos con un solo extremo iluminado. Para filtrar 


el posible resultado de que las arañas aprendiesen a detectar 
los beneficios de la luz en lugar de evolucionar según ella, hizo 
lo mismo con arañas adultas que había criado ella misma, a 
oscuras, en su laboratorio. Casi todas las arañas, tanto las que 
procedían de las barandillas iluminadas como las inexpertas 
que no habían visto nunca una luz artificial, fueron 
directamente hacia la luz encendida que Heiling había colocado 
en un extremo de los depósitos y construyeron allí sus nidos. 

Por desgracia, Heiline no llevó a cabo el experimento con 
arañas de puente atrapadas en zonas rurales sin presencia de 
iluminación artificial. Sin embargo, a pesar de que los 
resultados no son irrefutables, su experimento parece 
demostrar que las arañas han desarrollado una atracción por la 
luz para aprovecharse de la gran cantidad de insectos alados 
que constituyen sus presas y que se mueven por atracción hacia 
la luz artificial. 

La atracción y repulsión hacia el alan que han descubierto 
Heiling y Altermatt está clamando a gritos por unos estudios 
complementarios que refuercen los resultados. La iluminación 
artificial causa una mortandad astronómica entre los animales 
nocturnos y produce también efectos más sutiles en todos los 
organismos vivos, de modo que cierta resistencia a la luz y su 
atracción tiene que ser un desarrollo evolutivo en marcha en 
todo el mundo. Pero a pesar de su importancia, hasta ahora 
muy pocos biólogos se han interesado por el funcionamiento de 
esta evolución urbana. Ya va siendo hora de que los nuevos 
estudiosos vean la luz. 


¿Es realmente evolución? 


En 2016, The New York Times me pidió que escribiera un 
artículo sobre la evolución urbana. Cuando se publicó, recibi 
docenas de correos electrónicos de lectores curiosos, muchos de 
los cuales me comunicaban sus propias observaciones sobre la 
vida salvaje en la gran ciudad. El señor Spanier, que había 
vivido muchos años en Santiago de Chile, me contó su 
experiencia con los perros callejeros. Una vez, un pasajero que 
iba en su coche exclamó: “Ese perro ha mirado en las dos 
direcciones antes de cruzar la calle”. El señor Spanier se 
preguntaba si esa conducta podía deberse a la evolución. 

Es posible que muchos de ustedes se hayan hecho la misma 
pregunta al leer los capítulos anteriores. O tal vez hayan 
dudado de que los ejemplos suministrados se deban realmente 
a la evolución. Al fin y al cabo, con unas pocas excepciones 
(que relataré más adelante), no estamos hablando de la 
evolución de unas formas de vida completamente nuevas. La 
evolución urbana es un proceso mucho más sutil porque ocurre 
en periodos muy cortos de tiempo. Las mariposas armiño de 
Basilea que resultan menos atraídas por la luz solo lo son en un 
porcentaje reducido cuando se comparan con sus congéneres de 
las zonas rurales. El desarrollo de semillas pesadas en las crepis 
de Montpellier solo es un poco mayor que en las áreas rurales, 
Es mensurable y estadísticamente significativo, sin duda, pero 
sigue siéndolo en proporciones minúsculas. No es suficiente 
para quedarse patidifuso ante las claras diferencias entre una 
crepis rural y otra urbana. Al ojo no experimentado podrían 
parecerle exactamente iguales. 


Es más, las alteraciones genéticas que permiten la evolución 
urbana no siempre están ocurriendo por primera vez. Las 
plumas oscuras, por ejemplo, esas que están ayudando a las 
palomas urbanas a combatir la presencia de metales pesados, se 
oscurecen debido a un gen mutante que también existe en las 
palomas salvajes y que actuaba mucho antes de que estas aves 
fueran domesticadas por el hombre, escaparan de su entorno 
natural y se convirtieran en aves urbanas. Y los genes que 
permiten crecer a las plantas en un suelo urbano muy 
contaminado por metales pesados son exactamente los mismos 
que estas poblaciones han tenido durante miles de años, y que 
se han conservado justamente porque permitían resistir la 
presencia de vetas de cobre o zinc. 

En realidad, los genetistas siempre se han sorprendido, 
desde que empezaron a estudiar los cromosomas, ante la 
asombrosa variedad genética que posee la mayoría de las 
especies. Fijémonos en un gen, en cualquier gen, de una especie 
salvaje, como el gen que incide en la longitud de las patas de 
los lagartos anolis de las ciudades de Puerto Rico. 
Normalmente, ese gen consiste en una secuencia de varios 
miles de “letras” de un código genético propio de adn. Este 
código genético determina la estructura exacta y la forma de la 
proteína. En el caso del gen de la longitud de las patas de los 
anolis, esta proteína permite que las células del embrión se 
dividan al ritmo y en la dirección necesaria para producir un 
crecimiento extra de las patas. 

El problema es que el código genético de un gen nunca suele 
coincidir exactamente con el de los demás individuos de la 
especie. Es muy posible, por ejemplo, que si leyéramos el 
código del gen de las patas largas de un millar de anolis 
capturados en una ciudad de Puerto Rico, nos encontráramos 
con treinta o cuarenta versiones del mismo código. La mayoría 


solo se diferenciarían en pequeños detalles, tal vez una letra 
cambiada aquí o allá, o quizá un fragmento de código borrado o 
duplicado, todo ello a resultas de los errores de trascripción que 
se produjeron en el organismo de un lagarto ancestral hace 
cientos de generaciones. Y en la mayoría de los casos, estas 
variantes seguirían produciendo los mismos efectos: en este 
caso, crear una pata de lagarto en un embrión. Eso explica que 
hayan ido trasmitiéndose sin problemas de generación en 
generación. Pero pudiera ocurrir que una variante produjera 
una pata un poco -solo un poco- más delgada, o al contrario, 
una pata un poquito más gruesa, o bien una que tardara un 
poco más en crecer durante el desarrollo del animal. 

Esta abundante paleta cromática de variantes genéticas que 
se diferencian de forma muy sutil, hasta el punto de que 
muchas de ellas no tienen consecuencias en la evolución de una 
especie, se denomina “variabilidad genética”. Esta paleta es la 
que usa la selección natural para crear nuevas obras de arte 
urbano. Porque cuando el entorno cambia y de repente ofrece 
al lagarto anolis una nueva ventaja que antes no poseía por 
tener las patas un poco más largas, esas variantes genéticas 
capaces de realizar el trabajo ya existían en la población, 
siempre dispuestas a aceptar el reto de adaptarse a las 
posibilidades de la selección natural. 

De ahí que la variabilidad genética sea el capital evolutivo 
más importante de una especie. Es esa variabilidad la que le 
permite bucear en sus reservas genéticas hasta encontrar la 
combinación más adecuada para el cambio de entorno con que 
se enfrenta. Eso hace que la evolución urbana pueda actuar tan 
deprisa: los animales y las plantas que necesitan adaptarse a un 
nuevo entorno alterado por los seres humanos no tienen que 
esperar a que se produzcan las mutaciones necesarias. Por lo 
general las variantes genéticas que hacen falta están ya 


presentes, esperando su oportunidad en la amplia paleta de la 
variabilidad. Y para que salgan a la luz solo hace falta que la 
selección natural les dé una oportunidad. 

La evolución que se sirve de variantes genéticas 
preexistentes es la que los biólogos denominan “selección 
suave”. Pero la evolución urbana puede usar también nuevos 
genes mutantes que aparecen aquí y allá (la “selección dura”). 
Para diferenciar la selección dura de la suave, los genetistas 
analizan a fondo los códigos genéticos que intervienen en la 
adaptación urbana. En el caso, por ejemplo, del fúndulo 
tolerante a la contaminación por pcb, Andrew Whitehead ha 
descubierto que hay varios genes involucrados en función de los 
distintos puertos de la costa este norteamericana donde ha 
llevado a cabo el estudio. E incluso en un mismo puerto, la 
misma variante genética que ofrece protección contra los pceb 
puede aparecer, en otros ejemplares de fúndulo, flanqueada por 
códigos genéticos distintos por cada lado. Eso es una prueba 
evidente de que la variante genética resistente a los pcb ya 
existía hace mucho tiempo y desde entonces se ha desgajado de 
sus genes vecinos debido a las frecuentes rupturas de 
cromosomas y a los entrecruzamientos que se producen durante 
la reproducción. Por lo tanto, la resistencia del fúndulo a la 
contaminación de los pcb ha evolucionado por vía de la 
selección suave, usando la variabilidad genética ya existente. 

Pero como ya hemos visto en un capítulo anterior, la 
mariposa del abedul de Inglaterra vivió una historia muy 
distinta. Se adaptó a los troncos tiznados de hollín en función 
de una mutación que tuvo lugar en el gen córtex justo al 
comienzo de la revolución industrial. En toda Inglaterra, las 
polillas de alas negras poseen la misma variante en el córtex y 
también tienen las regiones adyacentes del gen completamente 
idénticas. Eso es una señal inequívoca de selección dura: el 


nuevo gen córtex ofrecía una ventaja tan significativa que se 
propagó por toda la población como un incendio voraz, de 
forma tan rápida e invasiva que arrastró consigo todos los 
eenes vecinos, antes de que tuvieran tiempo de desacoplarse 
por medio de la ruptura de cromosomas. 

O sea, que los rápidos cambios urbanos pueden ocurrir de 
forma muy sutil. También pueden usar genes que ya estaban 
flotando en el patrimonio genético de la especie. Sin embargo, 
sea como sea, se trata de evolución pura y simple. 

Uno de los lectores de mi artículo de The New York Times 
no estaba de acuerdo con esa idea. Cornelius Hunter, bloguero 
de Darwin's God (El Dios de Darwin], usó mis análisis de 
evolución urbana como excusa para una bonita pieza de 
literatura creacionista, en la que llegaba a afirmar: “La 
adaptación y la evolución son dos cosas distintas. La 
adaptación biológica se funda en la preexistencia de [...] genes, 
alelos, proteínas, [...] etcétera. La evolución, por otra parte, es 
[...] el origen de todas estas cosas”. 

En otras palabras, Hunter el creacionista hacía una 
distinción entre la selección suave, que veía como un proceso 
físico inevitable que se fundaba en materiales ya existentes, y 
el origen de algo completamente nuevo, unos genes nuevos y 
unos “nuevos tipos de organismos”. Solo estos últimos 
organismos, en opinión de Hunter, merecerían el calificativo de 
evolutivos (un proceso, no hace falta decirlo, en el que Hunter 
no cree). 

Es muy divertido comprobar cómo los creacionistas, cuando 
tienen que enfrentarse a conocimientos evolutivos que se van 
ampliando día a día, reaccionan acercando un poquito más los 
postes de las porterías para reducir el espacio de lo que ellos 
consideran “evolución”. Por fortuna esta cuestión no es un 
asunto meramente opinable. Los biólogos tienen una definición 


muy precisa de la evolución, a saber: el cambio, a lo largo del 
tiempo, en la frecuencia de variantes genéticas. Y el origen de 
esas variantes genéticas, al contrario de lo que les gusta creer a 
los lectores del blog Darwin's God, no es la evolución. Es la 
química, es decir, los errores en la copia del adn que se 
producen en los bloques estructurales moleculares de la célula. 
Pero la selección natural que provoca que estas variantes 
genéticas producidas por la química sean muy comunes o muy 
raras, eso constituye la materia de la evolución. A lo largo de 
periodos de tiempo muy extensos, esos pasos evolutivos muy 
pequeños que se van produciendo a corto plazo se fusionan 
hasta crear unos cambios evolutivos que afectan a multitud de 
genes, lo que a su vez provoca la aparición de nuevas especies. 

Pero incluso alguien que no sea un fanático creacionista y 
que se dé perfecta cuenta de que las crepis, el fúndulo, los 
anolis, las arañas de los puentes, los armiños blancos y todas 
las demás criaturas que han salido a relucir en estas páginas 
han seguido un proceso evolutivo, a veces puede albergar 
dudas. Al fin y al cabo, para que un rasgo evolucione tiene que 
ser genético y haberse almacenado en el adn del organismo. Y 
los biólogos que constatan un cambio en el aspecto o en la 
conducta de un organismo urbano no siempre tienen la 
evidencia incuestionable de que haya evolución. 

El color y los patrones de coloración de los animales, por 
ejemplo, suelen ser genéticos. Nuestros propios cuerpos lo 
demuestran: el color del pelo, la piel y los ojos viene 
determinado por los genes que hemos heredado de nuestros 
padres. Pero también sabemos que el sol puede broncear la piel 
y aclarar el pelo, y además el color de los ojos a veces cambia 
con los años. Los genes, por lo tanto, no lo son todo. En 
muchos aspectos de nuestra apariencia física interviene tanto lo 
innato como lo adquirido. Y eso también es aplicable a los 


animales, Por ejemplo, cuando los saltamontes del género 
Tetrix (unos saltamontes de color anodino que practican el 
camuflaje) se posan sobre un terreno de color arenoso pálido, 
el color de su cuerpo es más claro que cuando se posan sobre 
una arena más oscura. Se trata de una forma de “plasticidad”: 
el mismo adn puede dar varios resultados distintos. De modo 
que resulta fácil imaginar que, si se produce una diferencia en 
la coloración entre los ejemplares de una especie que viven en 
la ciudad y los que viven en el campo, alguien pueda deducir 
erróneamente que se trata de un proceso evolutivo, cuando en 
realidad solo se trata de plasticidad. 

La conducta es especialmente engañosa. Si algunas especies 
de aves, por ejemplo, se comportan de forma más agresiva en 
las ciudades que en las áreas rurales, eso no significa 
necesariamente que la reserva genética urbana sea abundante 
en genes que determinan una conducta agresiva. Todo podría 
deberse a que esas aves han aprendido que compensa ser más 
agresivo en un entorno en el que hay que disputarse la comida 
y en el que no es necesario ser cauteloso con los predadores. 
Por el contrario, las aves silvestres pueden haber aprendido 
que en la vida salvaje sale más a cuenta ser circunspecto, en 
tanto que las aves urbanas se han vuelto mucho más 
desenvueltas. 

Sabemos que la conducta de muchos animales puede estar 
determinada genéticamente, pero también sabemos que pueden 
haberla aprendido y haberla transmitido de un individuo a la 
siguiente generación a través de la instrucción y la imitación, 
Para averiguar cuánto hay de contribución relativa de una u 
otra causa -la innata o la adquirida— hay que realizar unos 
experimentos muy complejos que exigen cría, entrecruzamiento 
y reproducción de ejemplares, cosas que no siempre son 
factibles. Si Astrid Heiling, en el capítulo anterior, se tomó la 


molestia de incubar huevos de araña de los puentes y crio a las 
crías en un laboratorio, lo hizo para asegurarse de que la 
atracción de la araña por la luz fuera innata y no un hábito 
adquirido al vivir en un entorno artificialmente iluminado. Y 
aun en el caso de que la conducta urbana sea enteramente 
atribuible a la capacidad de aprendizaje del animal, eso no 
significa que la evolución no pueda acabar interviniendo de 
algún modo. Si, por ejemplo, la audacia resulta beneficiosa para 
un ave, al proceso de aprender a ser audaz a lo largo de 
muchas generaciones lo pueden sustituir unos genes que 
determinen que el animal sea más atrevido desde el día mismo 
de su nacimiento, inculcándole de forma automática una 
conducta beneficiosa que de otro modo necesitaría desarrollarse 
a lo largo de toda una vida, 

Y ahí aparece la epigenética. Pido perdón por ensuciar este 
capítulo con tantos términos novedosos, pero prometo que la 
epigenética será el último. Podría ser un término importante. 
Todavía no lo sabemos bien, porque la epigenética es una 
disciplina muy reciente en la investigación evolutiva, 

El significado del término “epigenética” no vino a 
establecerse hasta 2008, durante una conferencia en el 
laboratorio de Cold Spring Harbor. La epigenética designa un 
cambio en las características de un animal o de una planta que 
se deba a “cambios en un cromosoma que no hayan alterado la 
secuencia del adn”. Eso puede sonar raro porque los 
cromosomas están hechos con adn, ¿no es así? Bueno, en 
realidad sí y no. Los cromosomas contienen el adn, pero son 
mucho más que adn: también contienen proteínas y otras 
moléculas que envuelven el adn como si fueran plástico de 
burbujas. Y solo cuando se desprende el envoltorio que deja a 
la vista el adn desnudo puede el gen hacer su trabajo. Tal como 
se produce el proceso, una parte del material envolvente se 


puede añadir o extirpar durante la vida de un animal o de una 
planta para amortiguar o amplificar, por así decir, la voz de un 
een. 

Es más, en ocasiones la prole puede heredar ciertos aspectos 
de la configuración del material envolvente. Y así, si la lucha 
por la supervivencia plantea grandes exigencias a un gen, puede 
eliminarse una parte del envoltorio y hacer que este gen 
produzca proteínas a un ritmo mucho más rápido. En estas 
circunstancias, la descendencia puede heredar el adn de los 
padres sin el envoltorio, lo que le permitirá tener más 
posibilidades en la vida. De esta forma, la epigenética puede 
acentuar o suprimir un cierto gen durante varias generaciones 
seguidas. Es fácil imaginar que esto pueda llevar a engaño a un 
biólogo evolutivo urbano. Si un aspecto de un organismo es 
beneficioso y genético, el aumento de la presencia de este 
aspecto concreto en un medio urbano podría interpretarse 
como muestra evidente de que está evolucionando. Pero a lo 
mejor el adn no ha sufrido ningún cambio y la “evolución” no 
es más que una intervención de la epigenética, 

La resistencia a la sal de las pulgas acuáticas Daphnia que 
estudió Kayla Coldsnow podría atribuirse a la epigenética. Se 
sabe que cuando estos animales están expuestos a productos 
químicos tóxicos, se activan en ellos unos genes que les ayudan 
a desintoxicar el cuerpo. Y parece que su prole nace con el 
interruptor epigenético ya activado. Si lo mismo ocurre con la 
sal, este proceso podría explicar la rápida adaptación a la sal 
que descubrió Coldsnow. Pero solo si se identificaran y se 
secuenciaran los códigos de los genes que intervienen en el 
proceso podría solventarse definitivamente el problema, 

En un artículo que analiza esta cuestión, Kevin Gaston 
expone que casi ningún estudio de la evolución urbana ha 
diferenciado la adaptación genética de los efectos de la 


epigenética. “Superar estas limitaciones será el mayor desafío al 
que se enfrente la ecología urbana en el futuro”. Por el 
momento, la mayoría de los expertos cree que la rápida 
evolución urbana se debe a los cambios en el adn más que a la 
epigenética, pero casi nadie se atreve ya a expresar esta opinión 
sin un atisbo de duda, y en los próximos años es muy posible 
que la epigenética se convierta en una disciplina que habrá que 
tener en cuenta. 

Espero que el lector disculpe este breve ensayo sobre la 
epigenética, la plasticidad, la selección suave y dura y todas las 
demás cuestiones laberínticas que rodean la evolución urbana. 
Cuando un proceso es tan sutil, y al mismo tiempo tan 
importante para la supervivencia de la biodiversidad en nuestro 
mundo urbanizado del futuro, resulta fundamental conocer la 
moderna biología evolutiva. Y ahora ya está listo el lector para 
adentrarse en el siguiente nivel de la evolución urbana. Entra 
en escena la Reina Koja. 


tercera parte 


Encuentros urbanos 


—Bueno, en mi país —dijo Alicia, todavía un poco jadeante-, 
si una corre un rato, tan deprisa como lo hemos 
hecho nosotras, generalmente acaba llegando 


a un lugar distinto. 
—¡Un país bien lento! —dijo la Reina—, Aquí, como ves, 


se ha de correr a toda marcha simplemente 
para seguir en el mismo sitio. Y si quieres llegar 
a Otra parte, por lo menos has de correr 

el doble de rápido. 

Lewis Carroll, 

Alicia a través del espejo (1571) 


xlv 
Encuentros urbanos cara a cara 


El lector probablemente habrá visto esas escenas de orcas 
asesinas que se abalanzan sobre las playas de la Patagonia para 
atrapar focas desprevenidas; esas secuencias truculentas de los 
elegantes en blanco y negro que emergen de las olas y atrapan a 
las focas como si fueran galletitas han aparecido en un sinfín 
de documentales sobre la naturaleza. Si nos concentramos en la 
imagen y la reducimos, podemos imaginar algo muy parecido a 
lo que los biólogos franceses empezaron a presenciar en la 
ciudad de Albi en 2011. 

Albi es una pequeña ciudad en el sudeste de Francia, capital 
del departamento de Tarn, que lleva el nombre del río cuyos 
lentos meandros atraviesan el centro medieval de la localidad, 
patrimonio de la humanidad en el catálogo de la unesco. En el 
corazón de la ciudad, el Pont Viex cruza el río Tarn. El puente 
conecta dos distritos muy poblados que ocupan ambas riberas. 
Como todas las zonas urbanas del mundo, estos distritos 
albergan las habituales bandadas de palomas. En esta ciudad, 
sin embargo, las palomas tienen problemas más acuciantes que 
la acumulación de plomo y zine en las plumas de las que 
hablamos anteriormente. Y es que cada día, cuando se reúnen 
varios grupos de palomas en un islote de grava bajo el Pont 
Vieux para beber y acicalarse, reciben los ataques de lo que los 
biólogos Julien Cucherousset y Frédéric Santoul denominan 
“las orcas asesinas de agua dulce”. 

Estas orcas asesinas, tal como Cucherousset y Santoul han 
explicado en un artículo publicado en la revista plos one, son 
los ejemplares de siluro europeo (Silurus glanis). El siluro es el 


pez de agua dulce de mayor tamaño de Europa: puede llegar a 
medir fácilmente más de metro y medio de longitud, y no es 
infrecuente avistar ejemplares de más de dos metros. Los 
siluros son originarios del este de Europa y de las Zonas 
occidentales de Asia, y no aparecieron en Europa occidental 
hasta que los pescadores no empezaron a soltarlos en los ríos, 
Un club de pesca de la ciudad soltó los primeros ejemplares de 
siluro en el río Tarn en 1983, El pez se adaptó muy bien y se 
reprodujo muy deprisa, gracias a una dieta a base de peces más 
pequeños, cangrejos, lombrices y moluscos que viven en el 
fondo limoso del río, Pero un buen día los siluros urbanos de 
Albi empezaron a hacer algo que ningún otro siluro había 
hecho antes: emergían del agua, se abalanzaban sobre las 
palomas que estaban dándose un baño en el río, las atrapaban 
por las patas y las arrastraban hacia el fondo, donde se las 
tragaban de un bocado, plumas cargadas de plomo incluidas. 
Durante un verano entero, Cucherousset, Santoul y los 
estudiantes de su equipo se turnaron para observar el 
espectáculo desde el Pont Vieux y grabaron un total de setenta 
y dos horas de encuentros cara a cara entre palomas y siluros. 
Los vídeos, con su plano cenital, ofrecen un espectáculo 
apasionante. Vemos a una bandada de palomas pasando un 
buen rato en la playa de grava: las palomas beben metiendo los 
picos en el agua y sacuden felices las alas mientras juegan a 
arrojarse agua del río, ajenas a cualquier peligro. Mientras 
tanto, una amenazadora silueta oscura va acercándose bajo la 
superficie. Cuando el siluro alcanza la orilla en la que las aves 
están rociándose agua (hay que imaginar la música inquietante 
de la banda sonora), el pez extiende las largas barbillas bucales 
para detectar con toda precisión las vibraciones de su presa, 
Elige un ave que tenga las patas metidas en el agua y entonces, 
dando unas bruscas sacudidas con la cola, se arroja sobre la 


playa, agarra por la pata a la paloma y se retira rápidamente a 
su hábitat acuático, llevándose al ave que agita desesperada las 
alas, a la que engulle dando un par de bocados con su 
monstruosa boca. Las otras palomas se apartan, consternadas, 
pero vuelven enseguida a su zona de baño como si no hubiera 
ocurrido nada. Muy pronto, un segundo siluro realiza la misma 
maniobra con otra paloma. En total, los biólogos grabaron 
cincuenta y cuatro ataques, de los cuales al menos un tercio 
tuvo éxito. Un análisis químico de los siluros, las palomas y 
otros animales que sirven de alimento a los siluros (peces 
pequeños y cangrejos) demostró que las palomas constituyen 
una cuarta parte de la dieta de los siluros, y más aún, que 
algunos ejemplares de siluro obtienen la mitad de sus 
nutrientes de los pájaros. 

Devorando palomas. Y lo que es más, ¡lanzándose a tierra 
para atraparlas! Alto ahí. Rebobinemos. De acuerdo con los 
manuales de zoología, los siluros se alimentan de peces y de 
invertebrados acuáticos que atrapan en el limo del fondo. Ese 
es su nicho ecológico. Su evolución no los ha adaptado para 
arrojar el corpachón contra la orilla a fin de atrapar a unas 
criaturas aladas a las que no permiten escapar volando. Pero 
aun así, ahí los tenemos: los seres humanos hemos traído 
palomas y  sSiluros a las ciudades, hemos hecho las 
presentaciones entre unos y otras, y así hemos preparado el 
terreno para una oportunidad ecológica que antes no existía, 

En los capítulos anteriores hemos visto que los animales y 
las plantas se adaptan a las características físicas de las 
ciudades: a su frío semblante de acero y de hormigón, al ritmo 
mortal de sus arterias rebosantes de tráfico, al manto radiante 
de luces artificiales con que se envuelve y a los vertidos tóxicos 
que suelta por sus poros. Todos estos sucesos evolutivos 
resultan del encuentro cara a cara entre el entorno urbano y los 


animales y las plantas silvestres. Llamémoslo encuentro en la 
primera fase: el organismo que está evolucionando es la parte 
móvil, la característica física es la parte estática, 

En 2017, por ejemplo, Sarah Diamond, de la Universidad 
Case Western Reserve, descubrió que las hormigas de la bellota 
(Temnothorax curvispinosus) se han adaptado a la isla urbana 
de calor. Una colonia de hormigas de la bellota de cuerpo 
moteado cabe en un único ejemplar de bellota de roble, y dado 
que hay robles tanto dentro como fuera de las ciudades, 
Diamond y sus colegas pudieron investigar la resistencia de la 
hormiga a las altas temperaturas mediante el sencillo método 
de coger bellotas con hormigas dentro y cambiarlas de 
emplazamiento, llevándolas a sitios más cálidos o más frescos, 
Su estudio demostró que las hormigas urbanas podían soportar 
el calor un poco mejor que sus parientes rurales y que esta 
diferencia tiene un origen parcialmente genético. Una vez más, 
aquí tenemos un bonito ejemplo de evolución urbana, muy 
parecido a otros que ya hemos visto. Pero es fundamental 
recordar que esta adaptación se produce tan solo en una 
dirección. La isla urbana de calor no experimenta ningún 
cambio por el hecho de que un animal se haya adaptado a ella, 

Es evidente que no se produce interacción alguna entre la 
capacidad evolutiva de la hormiga para soportar el calor 
urbano y la isla de calor misma. Pero esta verdad no puede 
aplicarse automáticamente a los encuentros en la segunda fase 
como las dramáticas interacciones entre los siluros y las 
palomas de Albi. En este caso se crea una situación nueva en la 
que ambas partes pueden adaptarse a la otra. El siluro puede 
evolucionar para mejorar su técnica predatoria de palomas, 
mientras que la paloma puede evolucionar para comportarse 
con mayor cautela cuando está en la orilla del agua. Por el 
momento no hay ninguna evidencia de que alguna de las dos 


especies esté evolucionando pero, en cualquier caso, todo está 
preparado para que se produzca algún día esta evolución en las 
dos direcciones. 

Que se trate de una evolución en una sola dirección o en las 
dos crea una diferencia importante entre los encuentros en la 
primera y en la segunda fase. Pero aún hay más. Los 
encuentros en la primera fase podrían estar llegando a un 
punto muerto. En el momento en que, por ejemplo, el fúndulo 
de Bridgeport alcance el máximo de resistencia a los pceb, el 
proceso evolutivo se habrá completado. El fúndulo 
evolucionado y adaptado a los pcb seguirá viviendo en aguas 
contaminadas durante el tiempo que quiera. Pero es muy 
posible que ese estancamiento evolutivo no se alcance jamás en 
los encuentros en la segunda fase. Si las palomas desarrollan 
una personalidad mucho más cautelosa, puede que los siluros 
desarrollen a su vez una mayor velocidad de ataque, de modo 
que las palomas vayan desarrollando una mayor capacidad de 
reacción con vuelo rápido, lo que a su vez podría dar lugar a 
una mayor sensibilidad en las barbillas bucales del siluro, y así 
hasta el infinito. No es probable que esto ocurra, sobre todo 
porque el siluro no depende exclusivamente de las palomas 
para alimentarse, y también porque es muy probable que las 
palomas encuentren lugares sin siluros donde llevar a cabo sus 
abluciones diarias. Pero en teoría podríamos asistir a un ciclo 
inagotable de evolución urbana en dos direcciones, con ataques 
de siluros y estrategias de defensa por parte de las palomas. 

El ciclo infinito de la adaptación evolutiva, cuando un 
organismo no se adapta a una circunstancia física sino a otro 
organismo vivo que a su vez puede evolucionar, es lo que hace 
que esta segunda clase de evolución sea tan rica. La evolución 
de un miembro de la pareja pone en marcha la evolución del 
otro, lo que genera que los dos vivan trabados en una misma 


interacción ecológica, como dos países obligados a emprender 
una incesante carrera armamentística para intentar evitar que 
el otro lo destruya. Por esta razón, los biólogos evolutivos 
denominan esta adaptación antagónica “la Reina Roja”, por el 
personaje de Alicia a través del espejo que le decía a Alicia: 
“Aquí, como ves, se ha de correr a toda marcha simplemente 
para seguir en el mismo sitio”. 

Pero los dos miembros de la pareja evolutiva no necesitan 
ser enemigos para influenciarse recíprocamente. Todas las 
especies de animales y plantas que viven en un entorno urbano 
son nudos en un tapiz gigantesco de interacción ecológica 
siempre cambiante. Por supuesto que hay especies en este 
vasto ecosistema urbano que viven en un enfrentamiento 
perpetuo. Pero también las hay que se limitan a pelear por un 
poco de espacio en las grietas de las aceras, o que se ayudan a 
establecerse en algún lugar concreto. Pensemos en los gorriones 
que anidan en la hiedra que crece en las fachadas de los 
edificios, o en los colémbolos que encuentran cobijo en las 
plantas suculentas que crecen en los jardines de las azoteas. 
Sea cual sea la interacción que se produzca entre ellos, lo más 
probable es que si una especie evoluciona, esta evolución tenga 
consecuencias en alguna de las demás especies que están 
interrelacionadas por la vasta red ecológica urbana. Ninguna 
especie es una isla por sí misma. 

Como ya hemos visto, las ciudades actúan como los 
científicos locos que crean sus propios brebajes demenciales 
mezclando toda clase de elementos autóctonos y foráneos en 
una misma olla, Nuestros jardines, balcones y parques tienen 
plantas de todas las partes del mundo, que a su vez proveen de 
alimento a una vasta variedad de animales procedentes de los 
cinco continentes. En París, las cotorras de Kramer comen 
semillas de la falsa acacia de Norteamérica. En las ciudades de 


Malasia, las palomas europeas comen capullos de hibisco de los 
arbustos plantados en las aceras. En Perth, la ardilla india de 
las palmeras -—que alguien liberó en la ciudad en 1898- 
conforma una saludable población gracias a las abundantes 
palmeras datileras africanas y otras palmeras exóticas que 
abundan en la ciudad, 

El telar urbano teje redes alimenticias de diversa urdimbre y 
trama, que dependen del azar y unen a las especies en un 
diseño nuevo y emocionante. Dado que esas interacciones 
ecológicas son matrimonios de conveniencia en vez de 
emparejamientos elegidos por los dioses, las especies que 
quedan así ligadas pueden desarrollar adaptaciones que les 
permitan interactuar con sus nuevas parejas ecológicas. 
Algunos de los mejores ejemplos se dan entre los animales 
herbívoros, es decir, los que comen plantas. En Florida, por 
ejemplo, es fácil ver ejemplares de una especie autóctona, la 
chinche rojinegra (Jadera haematoloma). Este insecto se 
alimenta de semillas de una planta trepadora también 
autóctona, la parra de los farolillos (Cardiospermum corindum), 
así llamada porque guarda las semillas diminutas en una 
cápsula verde de unos dos centímetros de diámetro, y la 
chinche rojinegra usa su trompa de nueve milímetros de 
longitud para agujerear la cápsula y así llegar hasta el corazón 
de las semillas. 

Hacia 1955, el árbol de la lluvia (Koelreuteria elegans), 
originario de Taiwán, se convirtió en una de las especies 
exóticas que las autoridades de Florida empezaron a plantar en 
los parques y en los arcenes de las carreteras. El árbol de la 
lluvia está emparentado con la parra de los farolillos, pero 
tiene una cápsula para las semillas mucho más pequeña y 
plana. En un momento dado, la chinche rojinegra empezó a 
comerse también las semillas del árbol de la lluvia. Y tal como 


descubrió Scott Carroll, de la Universidad de California, en la 
década de 1990, las chinches que vivían en los árboles de la 
lluvia evolucionaron hasta el punto de convertirse en una 
especie casi distinta. Solo cuarenta años después de que el árbol 
de la lluvia empezara a ser una imagen corriente en las calles 
de Florida, las chinches que vivían en el árbol ponían más 
huevos, pero más pequeños, y además crecían más deprisa y 
resultaban atraídas por el olor de los árboles de la lluvia y no 
por el de la parra de los farolillos. Pero la diferencia más 
llamativa afecta a las trompas, que son más cortas en las 
chinches del árbol y tan solo miden de 6,5 a 7 milímetros, 
mucho menos que las de sus antepasados que vivían en la parra 
de los farolillos (de hecho, resultarían demasiado cortas para 
ser de utilidad con las cápsulas de la parra), pero lo bastante 
largas para alcanzar las semillas del interior de las cápsulas del 
árbol de la lluvia. Y más aún, Carroll demostró que todas estas 
diferencias entre la nueva y la antigua versión de la chinche 
rojinegra ya están almacenadas en su código genético, 

En 2005, Carroll anunció un giro aún más curioso para esta 
historia. Y es que la misma secuencia de acontecimientos se 
produjo en Australia, solo que -—como corresponde a las 
antípodas- todo ocurrió al revés, En Brisbane, otra especie de 
chinche rojinegra, Leptocoris tagalicus, vivía sobre todo en el 
rambután lanudo (Alectryon tomentosus) hasta que la parra de 
los farolillos se introdujo en la flora local y acabó 
convirtiéndose en una plaga nacional hacia 1960. Más o menos 
por aquellas fechas, la chinche rojinegra australiana, atraída 
por la abundancia de la parra de los farolillos, se pasó a esta 
trepadora. Carroll midió la longitud de la trompa de los 
ejemplares de Leptocoris que se conservaban en los museos de 
historia natural de Australia y descubrió que antes de 1965 
tenían unas trompas muy cortas. Sin embargo, a partir de aquel 


año, empezaron a aparecer individuos con la trompa más larga. 
Estas chinches de trompa larga que ya existían antes de 1965 
debieron de ser las primeras en colonizar y adaptarse a la vida 
en las parras de los farolillos. Y hoy, según ha descubierto 
Carroll, los Leptocoris tagalicus que viven en las parras tienen 
una trompa más larga que los que viven en el rambután lanudo: 
lo bastante largas, claro está, como para alcanzar las semillas 
del interior de las cápsulas. 

Las trompas de las chinches rojinegras que crecen 0 
decrecen como la nariz de Pinocho son un ejemplo clásico de la 
evolución de los herbívoros que se adaptan a la nueva planta 
que les sirve de alimento. Muchos casos de este tipo proceden 
de la agricultura, porque el cambio a un nuevo cultivo suele 
acarrear la aparición de una nueva plaga. En el valle del río 
Hudson, en Estados Unidos, la mosca de San Marcos autóctona 
produjo una nueva especie que se adaptó a la manzana 
introducida por los colonos llegados de Europa. La mosca 
gusano de la manzana (Rhagoletis pomonella) se ha vuelto tan 
distinta de la mosca de San Marcos que muchos estudiosos la 
consideran una especie diferente. Y en Europa, la polilla 
autóctona Ostrinia scapulalis, que taladra los tallos de las 
plantas autóctonas de artemisa, también originó una especie 
nueva, Ostrinia nubilalis (el taladro del maíz), cuando el maíz 
llegó a Europa desde América en el siglo xvi. En estos 
quinientos años, el taladro europeo del maíz ha ido 
desarrollando múltiples adaptaciones a este, incluida una 
particularmente deliciosa. A finales del verano, las orugas que 
devoran los tallos de la planta entran en una fase de 
“diapausa”, que supone un periodo de muy baja actividad, como 
una especie de vacaciones antes de que empiece el trabajo duro 
de la metamorfosis. Las orugas de la Ostrinia scapulalis 
excavan un túnel a media altura en los tallos de la planta, pero 


los de la Ostrinia nubilalis se entierran en la parte inferior del 
tallo, muy cerca del nivel del suelo. ¿Por qué? Basta pensar en 
las décadas y décadas de selección natural causadas por el 
asalto de las cosechadoras de maíz que se ponen en marcha al 
final del verano, y todos tendremos claro el porqué. 

Los científicos ya han reunido las suficientes evidencias 
sobre docenas de herbívoros que colonizan una planta exótica y 
a partir de ese momento evolucionan siguiendo una pauta muy 
parecida la de la chinche rojinegra, la mosca gusano de la 
manzana y el taladro del maíz. Mis alumnos y yo también 
hemos contribuido a estos hallazgos: hemos descubierto que en 
el norte de los Países Bajos el escarabajo de las hojas 
Gonioctena quinquepunctata se ha desplazado del serbal 
autóctono (Sorbus aucuparia) a la especie invasiva del cerezo 
negro americano (Prunus serotina), un cambio de conducta que 
se ha producido en muy poco tiempo (empezó a ocurrir hacia 
1990), pero que ya ha dejado cambios en los genes del 
escarabajo. 

Los animales herbívoros que se adaptan a una nueva planta 
como fuente de alimentación conforman uno de los aspectos 
del juego de la Reina Roja. El inverso —el de las plantas que se 
adaptan a un animal herbívoro- forma el otro. La espartina, 
por ejemplo, es una robusta herbácea que crece en las 
marismas de todas las costas del océano Atlántico. Teniendo en 
cuenta su mala reputación y el nombre científico, Spartina, que 
da bastante miedo, ha sido la elegida para fabricar las dianas 
de los tiros al blanco y ha demostrado ser lo bastante resistente 
para viajar con los seres humanos a colonizar las marismas de 
todo el mundo. El espartillo de cangrejal (Spartina alterniflora) 
es una especie de la costa este norteamericana, pero los seres 
humanos la han transportado involuntariamente a la costa 
oeste, donde ahora prospera en lugares como la incontaminada 


Willapa Bay en el estado de Washington (donde lleva viviendo 
desde 1900) y las áreas urbanas de la bahía de San Francisco 
(donde llegó hacia 1970). 

Vivir en un entorno rural o urbano no es la única diferencia 
existente entre los dos nuevos hogares de esta herbácea. En 
Willapa Bay, la hierba no tiene que soportar la presencia de 
plagas de insectos, mientras que en San Francisco hay unos 
saltaplantas, Prokelisia marginata —un insecto de la costa este 
tan ajeno a la ciudad como la gente que la llama Frisco-, que 
le chupan las hojas y la dejan seca. Dos investigadores, Curtis 
Daehler y Donald Strong, han estudiado en un invernadero si la 
diferencia en las condiciones de vida había hecho que el 
espartillo del cangrejal evolucionara de forma distinta en los 
dos lugares. Y en efecto, descubrieron que las plantas de San 
Francisco, al ser atacadas por los saltaplantas, solo perdían el 
20% de las hojas y seguían viviendo felizmente, mientras que 
las plantas de Washington, dos estados más arriba, al no estar 
evolutivamente preparadas para convivir con el insecto, 
perdían el 80% de las hojas y morían en una proporción de casi 
la mitad. Por lo visto, las dos colonias de espartillo habían 
desarrollado una resistencia opuesta a las plagas, tal vez 
relacionada con las sustancias químicas que algunas plantas 
secretan para conseguir que las hojas tengan mal sabor. 

En un nuevo giro de la historia recién descubierto, las 
sustancias químicas que las plantas usan para defenderse de los 
insectos herbívoros pasan por manos humanas y luego los 
pájaros las empiezan a usar como insecticida natural con el que 
fumigan sus nidos. Bueno, vamos a ver, esa oración parece 
extremadamente enrevesada, ¿no? Tendremos que leerla otra 
vez. Pues bien, imaginemos lo intrigada que se quedó la 
ornitóloga mexicana Monserrat Suárez-Rodríguez cuando, en 
2011, empezó a descubrir colillas abandonadas en los nidos de 


los gorriones y pinzones mexicanos que había en el campus de 
la Universidad Nacional de México, en Ciudad de México. Las 
colillas son uno de esos engendros urbanos que nos 
encontramos por todas partes. En la escuela se nos enseña a no 
tirar basura en la calle, pero los fumadores parecen haber 
tomado la decisión colectiva de que esta norma no se aplica al 
resto estiloso y fotogénico de lanzar el cigarrillo al suelo con un 
rápido movimiento de los dedos. En todo el mundo se fuman al 
año cinco billones de cigarrillos con filtro (sí, se trata de un 
cinco con doce ceros), y muchos de esos filtros terminan 
arrojados al medio ambiente, donde tardan años en degradarse. 
No es raro que las aves urbanas de Ciudad de México hayan 
sido incapaces de resistirse a mezclarlos con otros materiales 
de construcción de sus nidos. Suárez-Rodríguez contó hasta 
cuarenta y ocho colillas por nido. En realidad, estas aves 
estaban empollando huevos en un cenicero. 

Pero Suárez-Rodríguez se preguntó si aquel material había 
llegado por casualidad al nido, o si por el contrario había 
intervenido algún otro factor. Después de todo, algunas aves 
incorporan al nido plantas de hoja verde porque los 
compuestos químicos de las hojas ahuyentan a los ácaros, las 
pulgas y los piojos. Y dado que los cigarrillos se fabrican con 
hojas de la planta de tabaco, que cuentan con el poderoso 
agente contra insectos de la nicotina, tal vez las aves del 
campus se beneficiaran indirectamente de la tendencia humana 
a disfrutar de ese compuesto químico. Para averiguarlo, Suárez- 
Rodríguez y sus colegas contaron la cantidad de colillas 
halladas en unos sesenta nidos y también hicieron un recuento 
de los ácaros presentes. El estudio descubrió que había una 
hermosa relación en negativo: cuantas más colillas, menos 
ácaros, en tanto que las aves que se negaban a convertir el nido 
en un antro de fumadores pagaban un alto precio por su 


limpieza, ya que tenían que compartir espacio con un centenar 
de ácaros chupasangre, mientras que los nidos que contaban 
con más de diez gramos de material proveniente de los 
cigarrillos prácticamente carecían de ellos, 

Por desgracia, no sabemos aún lo que podría explicar la 
existencia de este equivalente aviar del insecticida. Pudiera ser 
que las aves perciban la nicotina en las colillas y las usen como 
si fueran hojas verdes de la planta que de otro modo habrían 
usado para construir el nido. O pudiera ser que, después de 
varias generaciones, las aves descubrieran que los nidos con 
más colillas resultaban mucho más confortables, O bien pudiera 
ser que la conducta tuviera un componente genético y fuese 
una defensa evolutiva contra los insectos. Si es así, los 
investigadores deberían averiguar si los ácaros urbanos están 
desarrollando una defensa evolutiva contra la nicotina, 

Por supuesto que lo que he contado en este capítulo no 
demuestra la existencia de un ciclo completo evolutivo según 
las normas de la Reina Roja. Hemos visto herbívoros que se 
adaptan a las plantas que los seres humanos han introducido en 
su entorno, y hemos visto otras plantas que se adaptan a los 
herbívoros que se alimentan de ellas como consecuencia de la 
intervención humana. Incluso hemos visto pájaros que 
mantienen a raya a los ácaros parasitarios por medio de 
insecticidas derivados de plantas reales y que los hábitos 
urbanos de los fumadores han puesto a su disposición. Pero lo 
que todavía no tenemos son los casos paradigmáticos de una 
interacción ecológica que siga los sucesivos ciclos evolutivos del 
ataque, la defensa, el contraataque y la contradefensa. Quizá se 
deba a que la mayoría de los biólogos son o bien zoólogos o 
bien botánicos (de modo que investigan la interacción 
únicamente desde el punto de vista de la planta o del 
herbívoro), y no tanto a una escasez real de hechos que 


apuntalen un paradigma. En cualquier caso, ya hemos 
constatado que fragmentos de dichos ciclos están sucediendo en 
diversas especies, o sea que es muy probable que estén 
produciéndose nuevas relaciones ecológicas urbanas según un 
esquema de adaptación del ojo por ojo y diente por diente, y 
que eso esté ocurriendo aquí delante y ahora mismo. 


Auto-domesticación 


Un muro que se cae a pedazos, una rampa y una vasta 
extensión de asfalto por la que varias berlinas idénticas, de 
color gris plateado, están dando vueltas y zigzagueando entre 
los conos de tráfico. Puede que no parezca gran cosa, pero para 
los biólogos urbanos la autoescuela de Kadan, en la ciudad 
japonesa de Sendai, es territorio sagrado. Nosotros cuatro (los 
estudiantes de biología Minoru Chiba y Yawara Takeda, la 
bióloga Iva Njunjió y yo) llevamos varias horas apostados al 
lado de ese muro que se cae a pedazos, esperando ver lo que ha 
hecho famoso a este lugar. 

Fue aquí donde, en 1975, las cornejas negras autóctonas 
(Corvus corone) descubrieron cómo usar los coches a modo de 
cascanueces. A las cornejas les gustan mucho las nueces del 
nogal japonés (Juglans ailantifolia), un árbol que crece por 
todas partes en esta ciudad. Las nueces, que son un poco más 
pequeñas que las que comemos y tienen un bonito interior en 
forma de corazón, son demasiado duras para que las cornejas 
negras puedan abrirlas con el pico, así que desde tiempos 
inmemoriales las han dejado caer para que se abran al impactar 
contra el suelo. En la ciudad se ven por todas partes 
aparcamientos llenos de cáscaras vacías: las cornejas arrojan 
las nueces durante el vuelo o bien las llevan a la azotea de los 
edificios contiguos y luego las lanzan al asfalto. 

Pero el proceso es muy fatigoso y en ocasiones hay que 
arrojar las nueces varias veces antes de que se rompan. De 
modo que un día unas cornejas tuvieron una idea mejor: lanzar 
las nueces al paso de los coches que iban despacio y luego 


recoger los frutos tras el paso del vehículo. Esto empezó en la 
autoescuela Kadan, donde había muchos coches que se movían 
despacio, y luego otras cornejas la imitaron hasta que se 
extendió por toda la ciudad, en la que abundaban aquellos 
cascanueces gigantes que avanzaban a escasa velocidad, sobre 
todo en las curvas de noventa grados y en los cruces de 
carreteras. En esos lugares, en vez de arrojar las nueces desde 
el aire, las cornejas se posaban en el arcén y luego colocaban 
las nueces con mayor precisión en la carretera, Desde entonces 
esta costumbre se ha extendido a otras ciudades de Japón. 

Un zoólogo de la Universidad Tohoku de Sendai, Yoshiaki 
Nihei, la estudió en detalle. Nihei observó que las cornejas se 
posaban frente a un semáforo, esperaban a que se pusiera en 
rojo, luego se colocaban delante de los coches, depositaban las 
nueces, volvían saltando a la acera y esperaban a que el 
semáforo se pusiera en verde. Cuando los coches se iban, 
volvían al asfalto para apoderarse de su botín. El trabajo 
revelaba una gran finura en el uso de sus “herramientas”. Las 
aves, por ejemplo, desplazaban las nueces unos centímetros si 
los coches tardaban demasiado en aplastarlas. En una ocasión, 
Nihei incluso llegó a ver que una corneja negra se interponía en 
el trayecto de un coche, le obligaba a frenar y acto seguido 
metía una nuez debajo de las ruedas. 

Estas fascinantes observaciones languidecieron en oscuras 
revistas científicas japonesas hasta 1997, Aquel año, la bbe 
envió un equipo a Sendai a filmar las cornejas para el 
programa de David Attenborough La vida de las aves. La voz 
en off de sir David tuvo un éxito inmediato: “Se sitúan en los 
pasos de peatones o esperan a que el semáforo se ponga en 
rojo. ¡Y entonces cogen las nueces aplastadas sin exponerse a 
ningún peligro!”. 


Ya que habíamos venido a esta ciudad para conocer sus 
famosas cornejas urbanas, mi divertida banda de biólogos ha 
dedicado el día a enseñárnoslas. Minoru y Yawara nos cuentan 
que en Sendai todo el mundo conoce los trucos de las cornejas,. 
De hecho, uno de los pasatiempos favoritos de la gente es 
arrojar nueces a las cornejas y observar sus movimientos. Así 
que, provistos de un saco de nueces que hemos traído de los 
Países Bajos, nos ponemos a la tarea. Pero las cornejas no 
quieren cooperar. Nos hemos pasado toda la mañana apostados 
frente a los semáforos de los cruces, sentados en sillitas 
plegables, a la vista de una infinidad de conductores que nos 
observan, esperando estúpidamente que ocurra algo, pero hasta 
ahora todo ha sido en vano. Y ahora nos hemos venido al 
famoso epicentro del fenómeno, a la autoescuela Kadan. Está 
empezando a hacer mucho calor y todos estamos hambrientos y 
cansados. Con los ojos vidriosos, miramos las pilas de nueces 
que hemos colocado en varios lugares de la pista de pruebas. 
Los estudiantes de la escuela las esquivan con mucho cuidado y 
las cornejas las sobrevuelan sin siquiera fijarse en ellas. Así es 
como funciona el trabajo de campo urbano. 

A lo mejor, reconocen finalmente Minoru y Yawara, no es la 
época adecuada del año. Las nueces todavía no están del todo 
maduras, a las jóvenes crías les acaba de salir el plumaje 
adulto y las bandadas de cornejas recorren la ciudad en busca 
de otra clase de alimentos, como las moras maduras que están 
por todas partes. Suelto un suspiro y sigo mirando. Pero de 
pronto oigo un crujido detrás de mí. Me doy la vuelta y 
sorprendo a Iva comiéndose nuestras nueces. Me mira 
desafiante. “¿Qué pasa? Pero si de todos modos no van a 
venir”. 

La corneja negra no solo está presente en Japón. También 
es muy común en Europa occidental, donde abundan los 


coches, los semáforos y las nueces. Y sin embargo, las cornejas 
negras europeas no han aprendido a aprovecharse del tráfico 
urbano mediante el complejo sistema de Rube-Goldberg que 
han inventado en Japón. Eso no significa que los seres 
humanos europeos estén a salvo de que las aves los manipulen, 
tal como ha demostrado a lo largo de medio siglo el famoso (y 
tedioso) caso de los pájaros que han aprendido a destapar 
botellas de leche: los herrerillos, unas alegres aves canoras con 
hermosas bandas de color amarillo, negro y azul (en el 
herrerillo azul, Cyanistes caeruleus), y de color verde oliva (en 
el carbonero común, Parus major). 

Ningún herrerillo -o mejor dicho, ningún ave- puede 
asimilar la leche. A diferencia de los mamíferos, las aves 
carecen de las enzimas necesarias para descomponer la lactosa. 
Pero la película de leche cremosa que quedaba atrapada en el 
cierre de las botellas antiguas de leche no homogeneizada 
contenía muy poca lactosa, y un ave hambrienta, en invierno, 
no le hacía ascos a complementar su ingesta de grasas con un 
poquito de crema robada de las tapas de los envases. Y eso es 
justamente lo que los herrerillos hacían a finales del siglo xix y 
comienzos del siglo xx en Inglaterra y en otras partes de 
Europa, época en que los lecheros todavía dejaban las botellas 
de leche, por la mañana, frente a la puerta de las casas. Antes 
de que el mamífero que vivía en la casa abriera la puerta y 
recogiera las botellas, un herrerillo se abalanzaba sobre ellas, 
aterrizaba sobre el cierre y metía el pico en la leche que había 
debajo, consumiendo hasta una pulgada del manjar oculto. 

Por desgracia, las primeras fases de la lucha de desgaste que 
se desarrolló entre las aves y los seres humanos se han perdido 
en la noche de los tiempos. Probablemente los seres humanos 
empezaran a correr hacia la puerta de casa en cuanto veían 
llegar el carro del lechero para que los herrerillos no tuvieran 


tiempo de robarles la leche. Pero los herrerillos, lejos de 
rendirse, se apostarían cerca de la puerta antes de que llegara 
el lechero. En cualquier caso, en aleún momento a comienzos 
del siglo xx los distribuidores de leche empezaron a sellar las 
botellas con cera. Lo cual supuso un respiro únicamente 
temporal, pues en 1921, los herrerillos de Southampton 
empezaron a arrancar el cierre de cera, o bien aprendieron a 
deshacer la tapa de cartulina, capa por capa, hasta que la tapa 
se volvía tan delgada que podían agujerearla con el pico. 
Cambiar las tapas de cartulina por unas de aluminio tampoco 
logró evitar los robos: hacia 1930, los herrerillos de diez 
ciudades de toda Inglaterra habían aprendido a abrir los cierres 
metálicos. Si se encontraban con uno de estos, abrían un 
agujero en la tapa y luego iban arrancándola a tiritas. También 
habían aprendido a retirar la tapa y salir volando con ella, 
sujetándola con una garra, hasta un lugar seguro donde 
engullían la leche pegada a la parte inferior. Al pie de los 
árboles favoritos de los herrerillos iba formándose un 
montoncito de tapas desechadas, todas limpias y abandonadas. 
Pero a veces la codicia de las aves era su perdición. Dos 
ornitólogos ingleses que estudiaban la conducta de los 
herrerillos, Robert Hinde y James Fisher, encontraron a 
menudo “herrerillos azules ahogados por haber metido la 
cabeza en el cuello de la botella, probablemente tras haber 
perdido el equilibrio cuando intentaban llegar hasta la leche de 
abajo”. 

Hinde y Fisher descubrieron estos casos porque, en un 
proyecto científico ciudadano avant la lettre, que empezó en 
1947, enviaron cientos de cuestionarios a naturalistas, 
observadores de aves, lecheros y consumidores de leche, así 
como a médicos y otras personas “con conocimientos 
científicos”. A partir de las respuestas, consiguieron reconstruir 


una historia detallada de los ataques a las botellas de leche por 
parte de los herrerillos, pero también de las medidas de 
contraataque que habían adoptado los seres humanos, primero 
en las Islas Británicas, y después, una vez enviado el 
cuestionario correspondiente, en el resto del continente 
europeo, 

En un artículo que apareció en British Birds se publicaron 
fragmentos de las respuestas obtenidas, que revelaban la 
magnitud de la frustración humana por una guerra de astucia 
contra un enemigo del tamaño de un ratón. La gente estaba 
furiosa por la rapidez con que los herrerillos se abalanzaban 
sobre las botellas de leche, con frecuencia a los pocos minutos 
de que el lechero las hubiera dejado en su sitio. ¡Daba la 
impresión de que los pájaros estuvieran esperando su llegada! 
(Lo más probable es que fuera así: un lechero se quejó de que 
unos herrerillos ni siquiera esperaban a que dejase las botellas 
frente a la puerta, asaltaban el carromato mientras él estaba 
dejando algún pedido. Y cuando volvía corriendo al carromato, 
otros herrerillos ya estaban abalanzándose sobre las botellas 
que acababa de repartir). En un asalto a gran escala, una 
bandada de herrerillos logró abrir cincuenta y siete botellas de 
las trescientas que acababan de entregarse a una escuela antes 
de que el director tuviera tiempo de ahuyentarlos. En algunas 
zonas, la gente colocaba tapas de metal, rocas o trapos para 
ocultar las botellas de leche, pero los pájaros se las ingeniaban 
para vencer estos obstáculos. 

Los mapas que Hinde y Fisher adjuntaron al artículo 
mostraban cómo se había ido generalizando la habilidad de las 
aves para abrir botellas. Curiosamente no se habían 
generalizado de forma gradual desde el foco de la investigación 
en Southampton. Más bien parecía que los pájaros que atacaban 
botellas surgían de forma independiente en numerosos pueblos 


y ciudades, y que desde allí su conducta iba extendiéndose 
localmente. Los herrerillos no suelen moverse de un radio de 
unos diez o veinte kilómetros al año, pero aun así, otras 
localidades que estaban a más de veinte kilómetros del último 
lugar afectado por los ataques recibían de repente la visita de 
los herrerillos hambrientos de crema de leche. Por lo tanto, lo 
más probable es que múltiples herrerillos particularmente 
inteligentes inventaran esta conducta de forma independiente y 
que luego los demás empezaran a imitarles. En la localidad 
valesa de Llanelly, por ejemplo, a cientos de kilómetros del 
lugar más cercano donde se había detectado un ataque de 
herrerillos, una sola casa entre trescientas sufrió el ataque de 
un herrerillo ladrón en 1939. Siete años más tarde, todos los 
herrerillos de la zona estaban haciendo lo mismo. En 
Ámsterdam, Niko Tinbergen vio carboneros abriendo botellas 
de leche antes y después de la Segunda Guerra Mundial, aunque 
durante el conflicto y al comienzo de la posguerra no hubo 
reparto de leche, y a pesar de que en 1947, cuando los lecheros 
volvieron a efectuar sus rondas de reparto, ya no debía de 
sobrevivir ningún herrerillo anterior a la guerra. 

En las últimas décadas, los herrerillos parecen haber sido 
derrotados por sus adversarios humanos consumidores de leche. 
En primer lugar, la leche descremada y homogeneizada, que no 
deja una capa de crema en la boca de la botella, se ha ido 
introduciendo más y más en el mercado. Durante un tiempo, 
los herrerillos esquivaron el problema al descubrir el color de la 
tapa que identificaba a la antigua leche entera. Pero desde 
entonces los envases de vidrio con cierres de aluminio se han 
sustituido por otra clase de envases, y el reparto de leche 
también ha desaparecido, ya que ahora todas las compras se 
hacen en el supermercado. Hoy, poca gente experimenta la 


indignación de comprobar que los pájaros del vecindario han 
atacado su leche, 

La cuestión de los pájaros y las botellas sirve aún de 
inspiración a los biólogos urbanos, porque todavía quedan 
muchos misterios por resolver. ¿Cómo fue pasando de pájaro 
en pájaro la destreza necesaria para abrir las botellas? ¿Están 
las aves urbanas mejor equipadas para el aprendizaje rápido de 
trucos nuevos o para cambiar de gustos alimentarios que sus 
congéneres rurales? Y si es así, ¿por qué? 

Una investigadora australiana, Lucy Aplin, que trabaja en la 
universidad de Oxford, encontró hace poco la respuesta a la 
primera pregunta: ¿cómo es posible que un nuevo truco 
descubierto por un pájaro muy inteligente haya pasado a los 
demás? Las investigaciones de Aplin tienen lugar en Wytham 
Woods, el mismo bosque cercano a Oxford en el que Bernard 
Kettlewell (en el capítulo viii) vivió en una caravana y 
recolectó mariposas del abedul. Pero hoy los científicos usan 
una tecnología mucho más sofisticada que las bolsitas de gasa 
de Kettlewell. Aplin distribuyó por todo el bosque unas “cajas 
rompecabezas” monitorizadas y computerizadas. La caja 
rompecabezas es la taimada forma que han ideado los biólogos 
para comprobar las habilidades de los animales en la resolución 
de problemas. Se trata de un artilugio que exige realizar un 
conjunto determinado de acciones antes de ofrecer una 
recompensa en forma de comida. En el caso de los herrerillos 
de Aplin, la caja rompecabezas consistía en un baúl de plástico 
con una percha en la que posarse. Al lado de la percha había 
una puerta corredera que el pájaro podía abrir deslizándola 
hacia la derecha o la izquierda con un simple empujón del pico. 
Detrás de la puerta había un platito con deliciosos gusanos de 
la harina vivos. 


Y eso no era todo. Al vivir tan cerca de una congregación de 
científicos inquietos, los carboneros de Wytham Woods son un 
erupo de aves que se ha estudiado intensivamente. Todos 
llevan una pata anillada con un chip transpondedor. Y 
colocando antenas en las cajas para anidar y para alimentos, 
los investigadores pueden rastrear la historia personal de cada 
ave: no solo la edad que tiene y con quién ha construido el 
nido, sino quiénes son sus amigos y con qué otras aves le gusta 
relacionarse. En el caso de Aplin, por medio de una antena 
oculta en la percha de la caja rompecabezas que registraba los 
códigos individuales de identificación cada vez que un 
carbonero se posaba en ela Al mismo tiempo, unos 
interruptores en la puerta de plástico detectaban si el pájaro 
había logrado abrirla, y si —cosa fundamental en la 
investigación, como veremos más adelante- la había abierto 
desplazándola hacia la izquierda o hacia la derecha, 

Wytham Woods, en lo que se refiere a los carboneros, está 
dividido en ocho secciones, cada una de las cuales alberga un 
centenar de ejemplares que interactúan entre sí mucho más que 
con los pájaros de las demás secciones. Los observadores de 
aves de Oxford denominan “subpoblaciones” a estas secciones. 
Pues bien, en cinco “subpoblaciones”, Aplin capturó a dos 
machos que tuvieron el honor de ser los pioneros en el uso de 
la caja rompecabezas: Aplin enseñó a estos diez machos a abrir 
la puerta de la caja, dejándoles ver cómo lo hacían otros 
pájaros cautivos que ya conocían el secreto. A algunos los 
había adiestrado para que abrieran la puerta moviéndola hacia 
la derecha y a otros hacia la izquierda, y se aseguró de que los 
dos carboneros de cada subpoblación aprendieran la misma 
versión del rompecabezas (los dos la empujarían por igual hacia 
la derecha o hacia la izquierda). Después, Aplin dejó en libertad 
a los pájaros que habían aprendido el truco para que volvieran 


a su subpoblación natal a anunciar la buena nueva de la caja 
rompecabezas, mientras que la investigadora iba distribuyendo 
un montón de cajas, bien provistas de gusanos, por todo el 
bosque. 

Durante cuatro semanas, los circuitos de interruptores, 
antenas y señales digitales instalados en las cajas rompecabezas 
fueron activándose y registrando las idas y venidas de los 
pájaros que movían la puerta hacia la derecha o hacia la 
izquierda. Cuando se terminó el festín, Aplin recogió todas las 
cajas, descargó los datos acumulados y empezó a analizarlos, 
Descubrió que la mayoría de los carboneros, en las cinco 
subpoblaciones en las que había liberado a los pájaros que ya 
conocían el truco de la puerta, habían aprendido también a 
abrir la puerta. Pero en las subpoblaciones en las que no hubo 
un pájaro “adiestrador”, solo unos pocos pájaros consiguieron 
abrir la puerta; en un caso, ni siquiera llegaban al 10%. 

El experimento también demostró que este nuevo 
conocimiento iba pasando por la subpoblación a través de los 
pájaros amigos: los mejores amigos de los pájaros que ya 
conocían el secreto eran los primeros en aprenderlo y luego 
comunicarlo a otros. Dado que el dispositivo preparado por 
Aplin podía filmar el momento en que cada ave aprendía el 
truco, la investigadora pudo observar directamente cómo el 
meme se iba esparciendo a través de la red social de las aves 
hasta que casi todo el mundo lo conocía. Si Aplin había 
dispuesto dos alternativas, con una puerta que se movía hacia 
la derecha y otra hacia la izquierda, era justamente para 
estudiar la transmisión del conocimiento en cada subpoblación. 
Y su experimento demostró que en cada una se había 
introducido el hábito de abrir la puerta hacia un lado u otro en 
función del modo en que habían sido adiestrados los pájaros 
pioneros. Si habían aprendido a abrir la puerta hacia la derecha, 


así fue como aprendieron a abrirla los demás carboneros de su 
subpoblación. Aplin comprobó que el hábito de abrir la puerta 
seguía activo incluso un año después del experimento. 

Lo que demuestran los herrerillos británicos es que algunos 
animales pueden aprender a descifrar los códigos de los seres 
humanos y contarles el secreto a sus amigos, al menos hasta 
que a los seres humanos se les ocurre una contramedida: así es 
como los seres humanos y los animales urbanos están siempre a 
la gresca. Pero para que los animales adquieran esa 
información y la transmitan a otros son esenciales ciertas 
facultades. En primer lugar, los animales necesitan tener una 
cierta inteligencia capaz de resolver problemas; el mismo tipo 
que ayuda a los herrerillos y los carboneros a comprender que 
si rompen la tapa de aluminio de una botella pueden acceder a 
la deliciosa crema que se esconde debajo. En segundo lugar, 
necesitan tener neofilia: una atracción hacia los objetos 
desconocidos. Cuando aparecieron las primeras botellas de 
cristal algunos herrerillos, en lugar de espantarse, debieron de 
empezar a examinarlas en busca de posibles ventajas 
nutricionales. Y, finalmente, necesitaban ser tolerantes a los 
lecheros enfadados, a los clientes que cubrían la leche con 
paños y a la cercanía a la gente en general. 

Es evidente que los herrerillos que destapaban las botellas 
de leche o los que aprendieron a usar las cajas rompecabezas 
de Lucy Aplin se beneficiaron del hecho de ser ejemplares 
tolerantes, con atracción por lo nuevo y con alta capacidad 
para resolver problemas. Pero esto no siempre ocurre. En 
circunstancias más naturales, a menudo resulta provechoso 
mostrarse tímido, conservador y alérgico a las novedades. Si un 
entorno permanece estable durante mucho tiempo, lo más 
aconsejable es evitar el contacto con los seres humanos y con 
los animales de gran tamaño, ya que todos pueden ser 


peligrosos y, además, los objetos fabricados por los seres 
humanos suelen contener piezas móviles que resultan letales, 
así que lo mejor es mostrarse cauteloso si uno no quiere tener 
que lamentarlo, 

Sin embargo, estas viejas muestras de sabiduría tradicional 
no tienen la misma utilidad en las ciudades. Los seres humanos 
traen consigo una gran abundancia de comida, crean 
habitáculos y nuevos emplazamientos para anidar, y por lo 
eeneral ofrecen un montón de nuevas oportunidades. Además, 
sobre todo en las ciudades, suelen tener una predisposición 
favorable hacia los pequeños animales y mamíferos y no suelen 
hacerles daño (aunque sus mascotas sí que pueden atacarles). Y 
encima, los seres humanos no paran de crear cosas. En 
ocasiones, como ocurre con los envases de helados McFlurry en 
los que los erizos se quedan atascados cuando meten la cabeza, 
estos objetos pueden ser peligrosos, pero en otros casos —basta 
pensar en las botellas de leche— las ventajas son muy 
superiores a los peligros. Dicho de otro modo, tenemos que 
hacernos a la idea de que los animales urbanos van a 
evolucionar para adaptarse a todas las formas posibles de 
explotar a los seres humanos. Pero eso no ocurre porque un 
buen día empiece a circular un gen que les permita abrir las 
tapas de las botellas de leche (lo más seguro es que no exista 
ese gen), sino porque la tendencia genética a ser más tolerantes 
y más inquisitivos (y esos genes sí que existen) enseña a los 
animales a aprovecharse de los seres humanos y de sus 
costumbres siempre cambiantes. Al permitir un aprendizaje 
más rápido, estos genes se propagan muy deprisa y la especie 
evoluciona en la ciudad hasta que se convierte en una variante 
mucho más espabilada que su conservadora y anticuada 
contrapartida rural, 


Tenemos pruebas de que así ocurre, es decir, sabemos que 
los animales urbanos se han acostumbrado a solucionar 
problemas, han perdido el miedo y han desarrollado una 
inclinación por lo nuevo. Algunas de estas pruebas provienen 
de la isla-estado de Barbados, donde la Universidad McGill, de 
Montreal (Canadá), tiene un centro experimental. Situado en las 
afueras de la ciudad de Bridgetown, ha sido allí donde varias 
reneraciones de profesores y estudiantes de McGill han 
enseñado y han llevado a cabo sus investigaciones. El centro 
experimental tiene una estupenda cantina, pero ¡atención!, se 
levanta en las riberas paradisiíacas del Caribe, y justo al lado 
está el suntuoso Colony Club, así que los investigadores se 
pasan muchas horas, antes y después de su trabajo de campo, 
ganduleando por allí, Y fue justamente en las inmaculadas 
mesas del Colony Club, en el año 2000, donde los biólogos de la 
universidad notaron que unas aves, los impertinentes semilleros 
de Barbados (Loxigilla barbadensis), habían aprendido a abrir 
las bolsitas de azúcar destinadas al consumo humano. De una 
forma similar a como hacían los herrerillos británicos con las 
botellas de leche, un semillero de Barbados cogía una bolsita 
con la garra y usaba el duro pico para agujerear el envoltorio y 
tragarse unos bocaditos de azúcar antes de emprender el vuelo, 
Más tarde, los biólogos vieron que los semilleros sabían usar el 
menaje de otros restaurantes. Por ejemplo, abrían los 
azucareros de cerámica (desplazando las pesadas tapas con el 
pico) o robaban la leche en polvo para el café, “Cuando te 
sientas a tomar café en una terracita de Barbados, casi seguro 
que vas a tener que compartirla con los semilleros”, dice el 
estudiante de posgrado Jean-Nicolas Audet. 

A Audet y al investigador posdoctoral Simon Ducatez, 
estudiar la conducta de los semilleros les permitió buscarse una 
excusa —como si hiciera falta— para pasarse horas y horas entre 


las mesas del restaurante del Colony Club. Al final, incluso 
tuvieron que convencer al director de su investigación para que 
les permitiera llevar a cabo el trabajo “de campo” en las 
mismas mesas del Colony Club, y también en las del cercano 
Coral Reef Club y en las del majestuoso Royal Pavillion. Pero 
Barbados no es únicamente una isla de hoteles y centros 
urbanos. Aunque está muy poblada (tiene una densidad de unos 
setecientos habitantes por kilómetro cuadrado) y muy 
urbanizada, el extremo nororiental de la isla sigue siendo rural. 
Así que a Audet le pareció interesante comprobar si los 
semilleros de las zonas rurales habían desarrollado las mismas 
habilidades que los de las zonas urbanas. 

Para averiguarlo, ideó dos clases de cajas rompecabezas. 
Ambas eran de plástico transparente y tenían una provisión de 
semillas como recompensa, pero una de ellas (la “caja con 
cajón”) podía abrirse o bien tirando del cajón o bien deslizando 
la cubierta, en tanto que el otro tipo de caja (“la caja con 
túnel”) exigía las dos acciones: primero tirar del cajón y luego 
deslizar la cubierta. Audet atrapó veintiseis semilleros urbanos 
y veintisiete semilleros rurales, y los puso a prueba en el centro 
experimental para averiguar si eran capaces de resolver el 
rompecabezas (y en ese caso, cuánto tiempo tardaban en 
hacerlo). El resultado fue que todas las aves conseguían abrir el 
cajón, pero los semilleros urbanos eran el doble de rápidos en 
hacerlo. En cambio, solo trece semilleros urbanos consiguieron 
abrir la caja con túnel, mientras que los rurales dieron 
resultados mucho peores: solo siete lograron hacerlo, y además 
les costó de media tres veces más tiempo que a los semilleros 
urbanos. De modo que resulta evidente que los semilleros 
urbanos están mucho mejor adaptados para alimentarse de la 
comida destinada a los seres humanos. Todavía está por 
averiguarse si los semilleros urbanos poseen genes para 


resolver problemas que no posean sus congéneres rurales. 
Audet sospecha que la isla es demasiado pequeña y que los 
pájaros son demasiado peripatéticos. En cualquier caso, si los 
beneficios son lo bastante grandes, la selección natural podrá 
actuar, por así decir, a contracorriente y empezar a desarrollar 
diferencias genéticas. 

En estos rápidos procesos de aprendizaje, el rasgo 
fundamental es la capacidad de resolver problemas. Pero un 
animal, para desarrollar esta capacidad, antes tiene que 
mostrarse menos cauteloso con respecto a los objetos nuevos 
que aparezcan en su entorno. Dicho de otro modo, necesita ser 
neófilo, es decir, predispuesto a observar y a investigar todo 
cuanto se salga de lo corriente. En otras palabras, debe ser 
curioso, 

A lo largo de los años, los biólogos experimentales han 
hecho su agosto (literalmente) ideando experimentos que 
midieran la neofilia de los animales urbanos. ¿Qué otra cosa 
puede ser más divertida que montar unos objetos rarísimos que 
no se parecen a ninguna otra cosa en el mundo y ponerlos en 
contacto con unos animales desprevenidos para estudiar sus 
reacciones? Es una especie de cámara oculta para biólogos. En 
nombre de la biología conductista urbana, los minás comunes 
de Australia han tenido que relacionarse con cepillos de pelo de 
color verde y cintas adhesivas amarillas; los cuervos ingleses, 
con obras de arte moderno fabricadas con bolsas de patatas 
fritas, tarros de compota y envases de poliestireno de los 
contenedores de comida rápida; y las cigarras de Tennessee, 
con hermosas torres construidas con bloques de Duplo. En la 
mayoría de los casos, las aves urbanas se acercaron a estos 
extraños objetos con mucha mayor rapidez e interés que sus 
congéneres rurales, 


Vale la pena mencionar uno de estos estudios porque fue 
realmente exhaustivo. Piotr Tryjanowski y sus colegas 
estudiaron ciento sesenta comederos de aves instalados en 
ciudades polacas y en sus alrededores. Como prueba, colocaron 
en la mitad de estos comederos “un objeto verde chillón hecho 
de goma con un puñado de pelos”, según lo describían en el 
artículo que publicaron en Scientific Reports. “Nunca habíamos 
visto en el campo nada igual, lo que hacía muy probable que a 
las aves les pareciera enteramente novedoso”. En cambio, los 
demás comederos se dejaron intactos. Y mira por dónde, de las 
cuatro especies que visitaban con más frecuencia los comederos 
(carbonero, herrerillo azul, verderón común y gorrión arbóreo), 
los ejemplares rurales eran neófobos y evitaban el adefesio 
verdoso, mientras que los urbanos hacían justo lo contrario y 
resultaban inmediatamente atraídos por los comederos 
tuneados. 

Además de la capacidad de resolver problemas y de la 
neofilia, el tercer rasgo de personalidad que el entorno urbano 
selecciona es la tolerancia: la disminución del miedo a los seres 
humanos. En un artículo aparecido en 2016 en Frontiers in 
Ecology and Evolution, un equipo liderado por Matthew 
Symonds, de la Universidad Deakin en Australia, comparó 
cuarenta y dos especies de aves en relación al denominado fid: 
distancia de iniciación del vuelo (por sus siglas en inglés), o la 
distancia media a la que puede acercarse un ser un ser humano 
a un ave antes de que esta emprenda el vuelo, 

El estudio descubrió que, en todas estas especies de aves, la 
variante urbana era mucho más tolerante que la procedente de 
un medio rural. Y no solo eso, sino que la diferencia se hacía 
considerablemente mayor si las aves llevaban mucho más 
tiempo viviendo en las ciudades. Por ejemplo, la erajilla 
occidental (Corvus monedula) solo se asusta en las ciudades, 


que ha colonizado desde 1880, si los seres humanos se acercan 
a menos de ocho metros, mientras que en las áreas rurales 
emprenden el vuelo a los treinta metros. Y por otra parte, el 
pico picapinos (Dendrocopos major), que solo vive en las 
ciudades desde aproximadamente 1970, tiene un fid muy 
parecido tanto en la ciudad como en el campo: ocho y doce 
metros, respectivamente. 

Esta relación positiva con el tiempo que ha pasado desde la 
primera colonización de la ciudad es muy importante porque 
demuestra que la tolerancia ha evolucionado. Es improbable 
que la cautela vaya disminuyendo a lo largo de las generaciones 
porque cada generación de aves haya aprendido a ser un poco 
menos recelosa con los seres humanos de lo que lo fueron sus 
padres, porque en este caso habría ocurrido más rápido. Por el 
contrario, si resulta beneficioso ser más tolerante, los genes de 
la tolerancia se van acumulando hasta que la personalidad de la 
especie evolucione. Esta explicación es la más plausible porque 
los mismos investigadores descubrieron que la tolerancia de un 
ave no tiene nada que ver con el tamaño de su cerebro: las aves 
que lo tienen más grande no se han vuelto más tolerantes con 
los seres humanos que aquellas que lo tienen... bueno, más 
propio de un ave. 

Es muy probable que la capacidad de resolver problemas, la 
neofilia y la tolerancia a los seres humanos sean cualidades que 
favorecen la evolución urbana, y más adelante iremos viendo 
ejemplos de todo ello cuando presente los platos fuertes del 
menú evolutivo. De momento, conviene recordar que un 
aspecto importante de la presión evolutiva que soportan los 
animales urbanos es la continua carrera armamentística que 
tienen que disputar con los seres humanos urbanos para ganar 
acceso a la comida y a otros recursos. 


Ahora ya casi hemos visto todo el paisaje evolutivo de una 
ciudad. Existen los encuentros en la primera fase: con la cruda 
pero estática estructura física y química de la ciudad (calor, 
luces, contaminación, superficies impenetrables y las demás 
características urbanas que ya hemos visto en la segunda parte 
del libro). La evolución que se produce como consecuencia de 
estos encuentros puede llegar a un punto muerto cuando ya se 
ha alcanzado la adaptación perfecta. Después existen 
encuentros tanto más interesantes en la segunda fase. Estos se 
producen cuando las plantas y los animales urbanos interactúan 
con determinados aspectos de la ciudad que no son estáticos, es 
decir, en los que están involucrados otros animales y plantas, 
incluidos los seres humanos (y en los que todos ellos, en 
principio, pueden reaccionar transformándose). Estos 
encuentros resultan tan emocionantes porque pueden causar 
una evolución “a lo Reina Roja”: una carrera armamentística 
evolutiva en la que ambas partes no paran de buscar nuevas 
formas de ganar preponderancia sobre la otra. En teoría, esta 
clase de evolución no se detiene nunca, 

Pero aún queda una zona de este paisaje evolutivo urbano 
que no hemos analizado. En los capítulos anteriores hemos 
visto encuentros en la segunda fase en los que se producía una 
interacción entre especies. Pero ¿qué pasa con los encuentros 
íntimos dentro de la misma especie? Los machos y las hembras 
de la misma especie también evolucionan para adaptarse unos 
a otros: a este fenómeno lo llamamos selección sexual. Sería 
muy ingenuo creer que no existe ninguna clase de impacto 
urbano en el animal amoroso. 


Las canciones de la ciudad 


Cada año, en septiembre, organizo un curso de orientación 
ene ral para los nuevos alumnos que entran en la Universidad 
de Leiden para estudiar biología. Durante la primera semana de 
curso, damos una clase práctica de ecología urbana relacionada 
con la evolución. Salimos a buscar caracoles moro usando una 
aplicación de smartphone que comprueba si las conchas de los 
caracoles son más brillantes en la isla urbana de calor 
(hablaremos más de todo esto al final del libro). También 
damos una clase práctica muy poco corriente. Casi todos los 
alumnos se quedan perplejos cuando ven el nombre de la clase 
en el programa de actividades previsto para el día. “¿Qué es 
la... ehhh... ecología... acústica... urbana?”, preguntan. Esperaos 
y veréis. Nos reunimos frente al edificio principal de la facultad 
de biología y esperamos a que llegue el instructor de esa clase 
práctica, mi colega Hans Slabbekoorn, que es... sí, ya lo han 
adivinado: un ecólogo acústico urbano. 

Aparece a la una y media de la tarde. Camisa y pantalón 
corto de color caqui, larga melena eris y (cosa curiosa 
tratándose de un ecólogo acústico) unos prismáticos colgando 
del cuello. Se cuelga al hombro el macuto, adornado con 
diseños nativos de la costa noroeste del Pacífico, se sitúa 
delante del grupo de unos treinta estudiantes y explica la 
actividad que vamos a llevar a cabo. Los seres humanos, dice, 
somos seres orientados hacia lo visual. Nos relacionamos con 
nuestro entorno fundamentalmente a través de los ojos, Pero 
también es muy importante para un biólogo conocer el paisaje 
acústico, ya que muchos animales se comunican a través de los 


sonidos. Slabbekoorn explica que, para ejercitar la atención del 
grupo, “iremos a dar un paseo en silencio. Caminaremos en fila 
sin decir nada ni hacer ningún gesto, para ser más conscientes 
de la gran variedad de sonidos que nos rodean”. Sería mucho 
mejor, concluye, si pudiéramos caminar con los ojos cerrados, 
pero eso nos plantearía demasiados riesgos de navegación. 

Así que se pone en marcha y nos lleva por un área 
residencial cercana a la universidad y luego hasta un parque 
próximo. Los alumnos no tienen más remedio que seguirle y yo 
voy recogiendo a los rezagados. Al principio se oyen unas 
cuantas risitas y  exclamaciones pidiendo silencio, pero 
enseguida el grupo se trasforma en una cadena de presos 
taciturnos que van caminando por la calle. Los coches que 
aparecen por las bocacalles nos dejan pasar mientras suben de 
revoluciones y los peatones se detienen a observar esa extraña 
hilera de gente que camina en completo silencio por el arcén de 
una avenida muy concurrida. Algunos transeúntes imitan el 
eraznido de los patos para reírse de nosotros, pero nosotros 
seguimos caminando en silencio haciendo lo que Slabbekoorn 
nos ha pedido que hagamos: escuchar el paisaje acústico de la 
ciudad, 

Y funciona. Oímos cosas que de otro modo nunca habríamos 
oído: los diversos gruñidos de los vehículos con motores diésel 
o de gasolina, los chirridos y tintineos de las bicicletas viejas 
que pasan a nuestro lado, los aviones que vuelan por el cielo, el 
estruendo incesante de un edificio en proceso de demolición... 
Pero también oímos el viento que sopla entre los juncos, el 
rumor de las hojas de los álamos, un petirrojo que canta una 
canción que suena como una pequeña cascada, los golpeteos de 
un pájaro carpintero, el sonido burbujeante de un trepador 
azul, los estridentes graznidos de las cotorras de Kramer que 
pasan volando por encima de nosotros... Y otros detalles más 


sutiles: el ruido de nuestros pasos que cambia cuando pasamos 
del asfalto de la carretera a los senderos tapizados de conchas 
del parque, o la débil canción de un saltamontes que se calla 
justo cuando pasamos. 

Al final nos reunimos en un campo rodeado de árboles muy 
altos, y a nuestras espaldas queda la vieja residencia del 
hospital universitario en demolición. Slabbekoorn dice: “Este 
lugar solía ser uno de los más tranquilos de Leiden, El edificio 
alto de la residencia no dejaba llegar el ruido de la carretera y 
aquí estamos muy lejos del centro urbano”. Pero estos días la 
zona se ha vuelto muy ruidosa: aparte de los trabajos de 
demolición, los sonidos de la ciudad llegan ahora muy 
fácilmente al parque. Cuando Slabbekoorn les pregunta, los 
alumnos dicen qué cosas les han llamado la atención. Un 
estudiante comenta que el ruido del tráfico parecía aumentar 
cuando hemos entrado en el parque. “Eso se debe a la inversión 
térmica”, le contesta Slabbekoorn. En el espacio arbolado el 
suelo está más frío que en la calle, y el ruido del tráfico queda 
atrapado en una capa de aire fresco a la altura del oído. 

“Ahora vamos a cerrar los ojos un instante -—dice 
Slabbekoorn- y vamos a escuchar los sonidos urbanos”. Por 
descontado que al principio solo oímos los porrazos de la 
pesada maquinaria que está demoliendo la residencia de 
estudiantes, y los petardeos en stacatto de las motos de gran 
cilindrada, pero Slabbekoorn nos pide que jgegnoremos esos 
sonidos estridentes y nos fijemos en el ruido de fondo de la 
ciudad. Y entonces sí, cuando adiestramos nuestros oídos lo 
suficiente para captarlos, percibimos que entre los sonidos 
urbanos aislados hay un tapiz casi imperceptible de zumbidos 
constantes, de tono grave y de baja intensidad, que aumentan y 
disminuyen siguiendo un ritmo irregular, Es el aliento de la 
ciudad: una cacofonía compuesta por la mezcla de las ondas 


sonoras que surgen de los motores, frenos y cláxones de 
incontables motos y automóviles, el acero que chirría sobre el 
acero de las vías del tren, los motores de reacción de los 
aviones, los compresores del aire acondicionado y de otras 
máquinas, los andamios de las obras, los gritos y las voces, la 
música que sale de los altavoces, y así sucesivamente, todo 
mezclado en esa masa grisácea que llamamos ruido, 
amortiguado y canalizado por el laberinto de edificios y de 
calles. En Europa, el 65% de la población humana está expuesta 
al ruido de fondo de las ciudades, que es más fuerte que un 
aguacero continuo. Y los animales que tienen que hacerse oír en 
la ciudad están obligados a competir con esos mismos ruidos. 

La competencia con el ruido de fondo no es un fenómeno 
nuevo. Los hábitats naturales también pueden ser muy 
ruidosos. Las ranas que viven cerca de los ríos y cascadas, o las 
aves que viven en despeñaderos donde todos los sonidos 
quedan amplificados por la caja de resonancia del eco, también 
conocen muy bien este problema. O si no, imaginemos a un 
erillo que intenta hacerse oír por otro grillo en medio de una 
jungla tropical rebosante de aullidos, aleteos, zumbidos y 
bordoneos. Slabbekoorn nos explica que las soluciones que los 
animales adoptan en estos entornos virginales se parecen 
mucho a las que desarrollan los animales urbanos. Y entonces 
nos hace escuchar el sonido agudo, jadeante, como de una 
bomba de bicicleta, de un macho de carbonero que está 
cantando en un álamo, justo detrás de nosotros: “didu, didu, 
didu”. Es un sonido muy nítido en medio de los zumbidos 
incesantes del ruido de fondo urbano. 

Fue ese “didu”, junto con todas las variaciones acústicas 
posibles que los machos de carbonero emiten para atraer a las 
hembras y para ahuyentar a los demás machos, lo que le deparó 
la fama a Slabbekoorn, cuando empezó a erabar, en la 


primavera de 2002, con la ayuda de su alumna Margriet Peet, 
el canto de los carboneros (Parus major) por toda la ciudad de 
Leiden. Desde abril a julio de aquel año, el profesor y la 
alumna se convirtieron en una imagen habitual para los 
residentes en la ciudad, cuando cargaban con su equipo de 
sonido —un micrófono direccional y otro omnidireccional fijado 
en una barra de cinco metros de largo-, e iban de barrio en 
barrio como una pareja de acróbatas ambulantes. Slabbekoorn 
y Peet colocaron los micrófonos en treinta y dos lugares, que 
comprendían desde las tranquilas áreas residenciales como el 
parque donde estábamos dando nuestra clase práctica, hasta los 
bulliciosos cruces del centro de la ciudad y los arcenes de las 
carreteras, con el propósito de grabar a los machos de 
carbonero (las hembras no cantan) con el micrófono 
direccional, mientras captaban con el omnidireccional los 
sonidos de fondo (desde el punto de vista del carbonero, claro 
está, y de ahí la necesidad de usar una barra de cinco metros). 
Para calcular los cambios según la hora del día, hicieron las 
erabaciones en tres turnos: antes, durante y después de la hora 
punta, 

Los resultados, que Slabbekoorn y Peet publicaron en un 
artículo muy influyente aparecido en Nature en 2003 (más de 
setecientas publicaciones lo han citado desde entonces), 
pusieron de manifiesto los enormes esfuerzos del carbonero por 
hacerse oír en medio del estruendo del tráfico. La modulación 
del sonido jugaba un papel fundamental. Casi todos los ruidos 
urbanos se concentran en una banda de baja frecuencia de 
hasta 3 khz. El rango de frecuencia del carbonero abarca desde 
los 2,5 hasta los 7 kHz, con la particularidad de que las notas 
más bajas coinciden con las de los sonidos urbanos de fondo. 
Slabbekoorn y Peet descubrieron que los carboneros de las 
zonas más ruidosas de Leiden se enfrentan a este desafío 


elevando el tono de voz hasta en 3 kHz para evitar que los 
sonidos de la ciudad anulen su canto, mientras que los 
carboneros de las zonas más silenciosas usan tonos más bajos 
que llegan a ser inferiores a los 2,0 kHz. 

Ya en la década de 1970, los zoólogos que estudiaban el 
comportamiento de los carboneros de Wytham Woods habían 
descubierto que las aves ajustan el canto a su entorno: las aves 
de un bosque abierto cantan en tono más agudo que en los 
bosques cerrados porque la densa vegetación tiende a absorber 
las notas más altas. Pero Slabbekoorn fue el primer 
investigador en descubrir que las aves aplican la misma 
estrategia al entorno urbano. Desde que publicó su 
revolucionario estudio, se ha comprobado que docenas de otras 
especies de aves, en ciudades de países muy diversos, hacen 
exactamente lo mismo: en Asia, el bulbul chino (Pycnonotus 
sinensis); en Norteamérica, el gorrión melódico (Melospiza 
melodía); en Sudamérica, el chingolo común (Zonotrichia 
capensis); en Australia, el anteojitos dorsigrís (Zosterops 
lateralis)... En todo el mundo, las aves urbanas cantan en un 
tono más alto, y probablemente también a mayor volumen, que 
las mismas especies en las zonas rurales. Y no solo las aves. 
También la rana arborícola marrón de Australia (Litoria 
ewingii) croa más alto en Melbourne que en las áreas rurales, y 
los saltamontes de la especie Chorthippus biguttulus que viven 
en las zonas próximas a las autopistas cantan de forma más 
penetrante que sus congéneres de las praderas. 

A pesar de que sus investigaciones han impulsado 
muchísimos estudios recientes, Slabbekoorn dice que quedan 
muchas cuestiones por resolver. ¿Evolucionan en las ciudades 
los genes que determinan el canto de las aves porque los 
machos que poseen un tono inaudible de barítono se muestran 
incapaces de seducir a las hembras, mientras que los tenores se 


las quedan todas para ellos? ¿O más bien aprenden a rebajar los 
tonos más graves de su repertorio? Y si aprenden a hacerlo, ¿lo 
hacen por simple imitación de lo que hacen sus padres o los 
machos rivales, o bien porque se dan cuenta del impacto que 
tienen los distintos tipos de canto? ¿Y qué pasa con la 
plasticidad? ¿Podría suceder que los animales que se crían en 
un entorno muy ruidoso desarrollen automáticamente voces 
más agudas? Slabbekoorn y sus colegas de la ecología acústica 
de las ciudades todavía no tienen una respuesta para estas 
preguntas, ya que todo parece depender de cada animal en 
concreto. 

Una de las alumnas de Slabbekoorn, Machteld Verzijden, se 
llevó los pesados micrófonos del laboratorio a la ruidosa 
autopista A4 que conecta Róterdam con Ámsterdam y pasa por 
Leiden. Allí, a pesar del estruendo, un sinfín de machos de 
mosquitero común (Phylloscopus collybita, una elegante ave 
canora de color pardo grisáceo) marcan el territorio por medio 
de un canto monótono —una especie de “chif-chaf”- que repiten 
a lo largo de toda la estación reproductora. Igual que pasó con 
el carbonero, las grabaciones demostraron que las frecuencias 
de cada “chif” y cada “chaf” eran 0,25 kHz más elevadas que 
las de los mosquiteros que vivían junto a un arroyo tranquilo, a 
un kilómetro de allí. Pero Verzijden no limitó su trabajo a esas 
erabaciones. Se llevó un equipo de sonido portátil al arroyo y 
empezó a emitir a todo volumen, mientras los mosquiteros 
rurales cantaban, los ruidos del tráfico que tienen que soportar 
sus congéneres que viven en los márgenes de la autopista. ¿Los 
resultados? Un mosquitero individual eleva inmediatamente el 
tono de su canto si oye ruido a su alrededor, ya que los 
mosquiteros rurales también lo elevaron en unos 0,25 kHz en 
cuanto la investigadora puso en marcha su equipo de sonido, 


Está claro que ahí no interviene la evolución: el mosquitero 
de tonos graves del arroyo y el de tonos agudos de la autopista 
no son genéticamente distintos; simplemente han adaptado su 
canto al ruido ambiental. Pero en el caso de otros animales las 
cosas no son tan sencillas. El canto de las ranas y el de muchas 
aves que no son canoras, como las palomas y los papamoscas, 
está más sujeto a un estereotipo invariable, programado desde 
el nacimiento, de modo que no puede cambiarse fácilmente en 
respuesta al ruido creado por los seres humanos. Y lo mismo 
puede decirse de las llamadas (emisiones cortas de sonido que 
avisan del peligro o que sirven para mantener la comunicación 
entre los componentes de la bandada) de las aves canoras. Pero 
aun así, el canto de las ranas y de las especies no canoras, al 
igual que el de las especies canoras, tiene un tono más agudo 
en las ciudades, cuando es menos probable que se deba a 
simples ajustes hechos por el animal mismo. 

Los resultados de los estudios del departamento de biología 
evolutiva de la universidad de Bielefeld, que ha investigado la 
conducta de los saltamontes Chorthippus biguttulus en los 
márgenes de las autopistas, son sorprendentes. La doctoranda 
Ulrike Lampe recogió machos inmaduros (que aún no cantan) 
tanto en los márgenes ruidosos como en tranquilos entornos 
rurales y se los llevó al laboratorio, donde los colocó en cajas 
separadas y los dejó crecer hasta que llegaron a la madurez y 
pudieron cantar. Las mediciones del canto revelaron que los 
saltamontes de los márgenes de la autopista cantaban 0,35 kHz 
más alto que sus apacibles congéneres rurales. Eso supondría 
una prueba inequívoca de evolución urbana, ya que dichos 
insectos nunca habían tenido la oportunidad de entrar en 
contacto con el ruido urbano, y aun así, nada más hacerse 
adultos empezaron a cantar en un tono mucho más agudo. De 
todos modos, la realidad es mucho más complicada de lo que 


parece. Y es que, cuando Lampe dividió a los insectos 
inmaduros en dos grupos, y metió a un grupo en un laboratorio 
silencioso, y al otro lo expuso a ruidos de tráfico, los 
saltamontes del laboratorio ruidoso empezaron a cantar en un 
tono ligeramente superior que el de sus congéneres del 
laboratorio silencioso, con independencia de que su hábitat 
originario fuera rural o urbano. En otras palabras, la acústica 
urbana del saltamontes tiene un doble origen: en parte es 
evolutiva (innata por naturaleza) y en parte se debe a la 
plasticidad (adquirida por crianza). 

Pero habíamos quedado en que este capítulo trataba de 
sexo, así que si no hablamos más que de la acústica urbana del 
género masculino que envía una señal sexi, solo estamos 
contando la mitad de la historia. O mejor dicho, no estamos 
contando ninguna historia, porque para contarla bien debemos 
considerar cómo afectan estos cantos de amor a todos sus 
posibles receptores. 

Para un macho de carbonero que canta porque quiere 
marcar territorio hay múltiples clases de receptores. En primer 
lugar, los machos rivales que viven en las inmediaciones y que 
siempre están dispuestos a meterse en tu jardín o a mantener 
una relación adúltera con tu mujer. Y en segundo lugar, están 
las hembras. ¡Ah, las hembras del carbonero! Para que 
construyan el nido contigo tienes que camelártelas. Y luego, 
cada día, tras la primera puesta, tienes que convencerlas para 
que te dejen inseminarlas a ti en vez de a los otros candidatos 
al acecho; y además hay que contar con todas las hembras 
disponibles en los alrededores a las que te gustaría seducir para 
un poco de sexo rápido. Este enorme escenario de 
oportunidades sociosexuales del carbonero, con sus amenazas, 
decisiones rápidas e interacciones continuas, se desarrolla 
durante el coro del amanecer, cuando los machos territoriales 


revolotean inquietos y propagan a los cuatro vientos sus 
llamadas “didu”, al mismo tiempo que miran con ojos lascivos a 
todas las hembras del entorno. 

¿Qué pasaría con este teatro de infinita rivalidad sexual si el 
medio que desempeña el papel principal estuviera condicionado 
por los ruidos urbanos? Esta es la pregunta que Hans 
Slabbekoorn y sus colegas se han estado planteando durante los 
últimos diez años. Y como suele suceder con las cuestiones 
acuciantes que obsesionan a los académicos, se la endosaron a 
dos estudiantes de doctorado. La primera, Millie Mockford, por 
entonces en la universidad de Aberystwyth, se centró en los 
machos rivales. En veinte ciudades a lo largo del Reino Unido, 
Mockford colocó un altavoz en el territorio de un carbonero 
urbano y emitió un canto de baja frecuencia grabado fuera de 
la ciudad y otro de alta frecuencia proveniente de un ave 
urbana. A continuación, la investigadora observó las reacciones 
del macho ante este rival artificial Y también hizo el 
experimento en sentido contrario: difundió cantos urbanos y 
rurales en el territorio de un macho rural, Lo que vio con los 
prismáticos fue que los machos se agitaban mucho más cuando 
oían un canto proveniente de su mismo hábitat. Dicho de otro 
modo, un carbonero urbano se sentía mucho más amenazado 
por un canto urbano que por uno rural, y viceversa, 

El otro estudio, que se centró en la reacción de las hembras, 
fue obra de un alumno de Slabbekoorn, Wouter Halfwerk, Este 
demostró que los carboneros urbanos se enfrentan a un dilema 
muy doloroso. Actuando como un espía del servicio secreto, 
Halfwerk observó atentamente una población de carboneros, 
durante la estación reproductora, en treinta cajas-nido 
distribuidas a lo largo de los Países Bajos. Revisando 
periódicamente las cajas-nido, el investigador sabía en qué 
momento eran fértiles las hembras y cuándo iban a poner los 


huevos. Las pruebas posteriores de adn le revelaron qué 
polluelo era hijo del macho en cuyo territorio se encontraba la 
caja-nido. Por si este espionaje no bastara como caso flagrante 
de invasión de intimidad, el investigador también colocó 
micrófonos dentro de la caja-nido y fuera de ella. De este modo 
podía grabar los cantos del macho y las alentadoras respuestas 
en voz baja de la hembra, al igual que los reveladores arañazos 
y aleteos que se producían cuando la hembra abandonaba el 
nido por la mañana, lista para su cópula matutina, 

Esta operación de espionaje permitió a Halfwerk descubrir 
que las hembras quedaban prendaaadas de los machos de voz 
erave, Cuanto más grave era el canto de un macho, más 
posibilidades tenía de que una hembra buscara su compañía en 
el momento en que estaba esperando poner un huevo. Puede 
sonar romántico, pero el reverso de la moneda de esta historia 
es que las hembras de los machos que no tenían una voz lo 
suficientemente sexi y profunda se escabullían de la caja-nido 
antes del amanecer en busca de otro macho. Y prueba de ello 
fueron los análisis de adn posteriores que demostraron que a 
los machos de canto más agudo los habían engañado: un 
polluelo, o incluso más, de los que estaban criando en el nido 
era hijo del vecino, 

Ahora bien, todas las cajas-nido de Halfwerk estaban 
distribuidas en un bosque tranquilo. Para comprobar el efecto 
de los ruidos urbanos tuvo que emitirlos por sí mismo. Por lo 
tanto, usando otra táctica del servicio secreto, sometió a los 
carboneros a una descarga continua de ruido hasta que le 
confesaron sus secretos. Sobre las cajas-nido colocó altavoces 
conectados a un convertidor de mp3 que bombardeaban a los 
pobres pájaros con ruidos de tráfico. Luego, desde un altavoz 
situado fuera de la caja-nido, fue emitiendo cantos de un 
macho de voz aguda o de voz grave. Las hembras solo salían 


cuando el canto lograba hacerse oír por encima del ruido del 
tráfico que sonaba dentro de la caja-nido, esperando que las 
montara el macho (solo que no había ningún macho, solo 
Wouter Halfwerk y sus altavoces). 

Lo que revelan estos dos estudios es que la evolución sexual 
del carbonero puede estar siguiendo dos rumbos distintos 
dentro y fuera de la ciudad. Los cantos, el nivel de monogamia 
y los estímulos que provocan una respuesta positiva tanto en 
los machos como en las hembras podrían estar alejándose de lo 
que hasta ahora era la norma establecida fuera de la ciudad. Y 
es probable que cosas muy parecidas estén ocurriendo con otras 
aves canoras urbanas cuyas voces hayan tenido que 
intensificarse a la fuerza. 

Durante la larga charla de Slabbekoorn, algunos alumnos se 
han tumbado sobre la hierba y otros no paran de moverse, 
inquietos. Claramente se ha agotado su capacidad de atención 
con respecto a los carboneros, los altavoces, las frecuencias del 
canto e incluso las cópulas matutinas, así que quizá haya 
llegado el momento de dar por concluida esta clase práctica, 
Slabbekoorn capta el mensaje e inicia el camino de regreso a la 
universidad. Pero se detiene al borde del pequeño canal que 
separa la carretera, flanqueada de álamos, del departamento de 
biología, y entonces introduce el giro final a su historia, 

“No solo se trata del tono del canto —dice-. Los ruidos 
urbanos pueden afectar de muchas formas la acústica de las 
aves”, El anteojitos australiano, por ejemplo, no solo canta en 
un tono más agudo sino que sus cantos son más breves y 
espacian mucho más los elementos musicales, posiblemente 
para permitir que vayan extinguiéndose los ecos de su canto en 
los edificios, por la misma razón que un orador que interviene 
en un gran estadio habla más despacio para evitar que sus 
palabras se confundan con su propio eco. Los petirrojos de las 


zonas más ruidosas de la ciudad de Sheffield (e imaginamos 
que también los de otras ciudades) cantan más por las noches, 
cuando todo está más tranquilo. Y no podemos olvidar los 
aviones de la llanura española. En las llanuras inundables del 
río Jarama, en Madrid, el coro de las aves canoras se inicia 
mucho más temprano en los tramos en los que el río discurre 
cerca de las pistas del aeropuerto. Para evitar el estruendo del 
tráfico de los primeros aviones que aterrizan y despegan, las 
currucas capirotadas, las reinitas, los cuclillos y los pinzones 
adelantan hasta cuarenta y cinco minutos su despertador 
interno. 

Pero a pesar de todo, nos explica Slabbekoorn, hay 
interacciones entre algunos animales urbanos y el ruido 
ambiental que no son posibles. Entonces señala la acequia que 
hay detrás de él. “Según la legislación holandesa, no se puede 
construir en un sitio si el proyecto urbanístico exige dragar un 
canal que contenga ejemplares del pez dojo, que es una especie 
protegida. Pero el ruido de las obras que se llevan a cabo al 
lado de este canal va a matarlos de todas formas: la 
transducción del sonido por vía acuática es muy buena, y 
también lo es la transferencia del sonido al cuerpo acuático del 
pez. El ruido de las demoliciones les destrozará los oídos o les 
reventará la vejiga natatoria”. Dicho esto, nos damos la vuelta 
y volvemos a ponernos en movimiento, silenciosos de nuevo, 
pero esta vez por razones muy distintas. 


xvii 
Sexo en la ciudad 


En una pasarela peatonal en las afueras de San Diego hay 
una bicicleta roja de mujer con la cadena oxidada, aparcada 
entre otras bicicletas y algunas herramientas de jardinería. En 
el portabultos trasero hay un asiento de niño, de color blanco y 
azul, y en su interior, vuelto del revés, un casco de poliestireno, 
Un viernes por la tarde, una madre volvió a su casa después de 
haber recogido a su hijo del colegio, aparcó la bici y ayudó a 
bajarse del sillín al niño, que inmediatamente quiso irse a jugar 
al jardín. “Oye, cariño, te olvidas del casco”, exclamó la madre, 
que ayudó al niño impaciente a quitarse el casco y luego lo dejó 
en el portabultos trasero. Pero el lunes siguiente, por la 
mañana, cuando se iniciaba la frenética operación de la vuelta 
a clase, todo el proceso tuvo que interrumpirse porque se había 
producido un giro inesperado: “¿A que no te imaginas lo que ha 
pasado, cariño? Un pajarito ha hecho el nido en tu casco”. 

Así es como imagino que sucedieron los hechos que 
precedieron a la toma de la foto que apareció publicada en la 
página 189 del ejemplar de abril de 2006 de la revista Trends 
in Ecology and Evolution. La razón de que una instantánea 
familiar saliera publicada en esta prestigiosa revista científica 
es que el ave que había elegido alojarse en aquella residencia 
de San Diego no era un ave cualquiera. Era el junco ojioscuro 
(Junco hyemalis), que en aquella parte de Norteamérica solo 
suele anidar en los bosques de coníferas de las montañas. Hasta 
1983, el área de reproducción del junco ojioscuro estaba a 
cientos de kilómetros de San Diego, en zonas elevadas de entre 
mil quinientos y tres mil metros. Pero aquel año, para sorpresa 


de los observadores de aves, los juncos empezaron a anidar en 
los terrenos ribereños y urbanizados del campus de la 
universidad de California. Aquellos primeros colonos debían de 
ser unas pocas aves de montaña que habían pasado el invierno 
en zonas cercanas a la costa, pero que, a diferencia de los 
visitantes invernales que les habían precedido, decidieron no 
volver a las montañas cuando llegó la primavera. En contra de 
sus costumbres, las aves se quedaron allí y empezaron a anidar 
en arbustos ornamentales dispersos entre los edificios del 
campus; y claro, al final acabaron anidando también en los 
cascos de las bicicletas. A lo largo de los siguientes años, la 
colonia fue creciendo de forma constante y en 1998 contaba ya 
con ciento sesenta aves. Fue aquel mismo año cuando la 
bióloga Pamela Yeh empezó a estudiarlos para su tesis 
doctoral. 

Esos pájaros no son nada atractivos: del tamaño de un 
eorrión, tienen un plumaje que va del marrón anodino al gris 
pizarroso, con un poquito de blanco en la punta de las plumas 
de la cola. Pero esas plumitas blancas fueron las que 
interesaron a Yeh, ya que juegan un papel importante en la 
vida amorosa del pájaro. Cuando un junco macho quiere 
impresionar a una hembra, intenta seducirla dando saltitos, 
dejando colgar las alas y desplegando la cola para exhibir esas 
banderolas blancas. En los años noventa, unos biólogos que 
estudiaban la conducta del junco en su hábitat natural 
demostraron la eficacia de esta exhibición por medio de un 
sencillo experimento de cortar y pegar. Cortaron las plumas 
blancas de las colas de los machos y las realzaron o las 
atenuaron pegándoles otras plumas que eran mucho más o 
mucho menos blancas que las plumas originales, y descubrieron 
que las hembras seguían a los machos que tuvieran la cola más 


blanca. Esta hacía que el corazón de las hembras latiera más 
aceleradamente, fuera blanco natural o no. 

Ahora bien, ¿por qué ocurre una cosa así? ¿Qué beneficios 
puede obtener una hembra si elige como pareja a un pájaro con 
un poquito más de blanco en las alas? Y ya que estamos, ¿qué 
beneficios obtiene si elige un pájaro de voz más grave, como 
los carboneros del capítulo anterior? Para responder a estas 
preguntas, tenemos que profundizar en el terreno de la 
selección sexual. Después ya tendremos tiempo de volver a los 
juncos de Pamela Yeh. 

Después de la selección natural (en la que el medio hace la 
selección), la selección sexual (en la que el sexo opuesto hace la 
selección) es la segunda fuerza impulsora de la evolución. 
Cualquier propiedad genética que haga que un organismo 
resulte más atractivo, y por lo tanto consiga más o mejores 
parejas, tiene que obtener una mayor representación en la 
siguiente generación. Tal como hemos aprendido, estos cambios 
en la representación genética son, por principio, la evolución. 
De modo que la selección sexual, al igual que la selección 
natural, es lo que hace que una especie evolucione. 

Pensemos, por ejemplo, en el urogallo de las artemisas 
(Centrocercus urophasianus), que tiene una cola estrafalaria que 
se despliega formando una estrella puntiaguda, una gorguera 
blanca, unos sacos pectorales de piel amarillenta y una tiara de 
plumas en la cabeza. A lo largo de miles de años, las hembras 
de urogallo (que son una versión sin ornamentos del macho) se 
sentían más atraídas por aquellos machos que desplegaban más 
llamativamente la cola, que tenían la gorguera más blanca, los 
sacos pectorales más vistosos y las plumas más largas en la 
cabeza. Esos eran los machos que engendraban la prole de las 
hembras, de modo que los machos menos atractivos se 


quedaban sin descendencia y sus genes menos sexis acababan 
aparcados en un callejón sin salida. 

Pero hay otra forma en la que se puede desarrollar la 
selección sexual, y esta no consiste en que el sexo opuesto tome 
la decisión activa de elegir, sino en una lucha encarnizada entre 
rivales sexuales para que, al final, el ganador se quede con 
todo. Imaginemos unos machos de escarabajo rinoceronte que 
tengan unos cuernos tan grandes que puedan derribar a todos 
sus competidores y por tanto aparearse con todas las hembras 
disponibles. Estos machos trasmitirán a la siguiente generación 
sus genes de grandes cuernos, en detrimento de los genes de los 
machos menos dotados, de modo que el tamaño medio de los 
cuernos de la especie irá aumentando con el paso del tiempo, al 
menos hasta que los cuernos se vuelvan tan grandes que se 
conviertan en un inconveniente, porque entonces tendrá que 
intervenir la selección natural eliminando los genes de esos 
cuernos ridículamente grandes, 

En estos dos casos, la selección sexual actúa en los machos, 
pero la selección sexual también puede actuar en ambas 
direcciones. Tanto machos como hembras seleccionan a la 
pareja más adecuada para producir camadas cuantiosas y de la 
mejor calidad. Sin embargo, en la práctica hay diferencias 
sustanciales entre los dos sexos en relación a lo que cada uno 
se juega al seleccionar una “buena” pareja. En muchas especies, 
la hembra invierte muchísimo tiempo y energía en criar a una 
prole muy pequeña. Para esta hembra, elegir al mejor padre 
posible con el mejor esperma es una cuestión de la máxima 
importancia (si hace mal la elección, sus crías heredarán unos 
genes de peor calidad). Los machos, en cambio, no invierten 
tanto como las hembras. Para muchos machos, elegir a una 
hembra inadecuada solo les supone el gasto insignificante de 
una eyaculación y una mínima pérdida de tiempo. En 


consecuencia, la evolución procura recompensar a la hembra 
que haya elegido mejor al macho adecuado, en vez de proceder 
a la inversa. 

Pero ¿cómo se elige a un buen macho? La respuesta a esta 
pregunta depende ante todo de lo que sea relevante para la 
ecología de cada especie en particular. En algunas especies lo 
importante es conseguir un macho que sea buen defensor del 
territorio; en otras especies, uno que sepa conseguir comida 
para la madre y las crías; y en otras, en fin, los machos no 
hacen nada de esto y lo único que se necesita de ellos es su 
esperma. De todos modos, saber lo que se necesita de ellos no 
solventa el problema, porque ¿cómo se puede saber si un 
macho es buen luchador o buen proveedor de alimentos, o buen 
cuidador, o buen donante de esperma, sin haberlo visto nunca 
en acción? Lo que necesita la hembra es una “señal segura”, 
una especie de “distintivo” que le sirva de garantía para 
calibrar las cualidades del macho. 

Y eso nos devuelve a la cola del junco ojioscuro. Esos 
bonitos ribetes blancos en la cola del macho no solo resultan 
estéticamente atractivos para las hembras, sino que significan 
mucho más. Tal como descubrió uno de los colegas de Pamela 
Yeh, los machos que están genéticamente predispuestos a tener 
más color blanco en la cola son también los que poseen más 
niveles de testosterona y los mejores a la hora de competir 
contra un macho rival. Aún no está del todo claro cómo se 
produce esta correlación, pero lo que sí está probado es que las 
hembras pueden usar la decoración de la cola como un indicio 
muy útil para averiguar qué ejemplar de macho posee más 
testosterona. Y en el mercado matrimonial del junco ojioscuro, 
esta cuestión es muy importante. En las montañas de 
California, la época de crianza es muy corta. El breve periodo 
en el que abundan los insectos con que alimentan a sus crías 


solo da tiempo para una o a lo máximo dos puestas. Eso 
supone que posesionarse de un territorio con un surtido 
abundante de insectos y lograr defenderlo reviste la máxima 
importancia. Por lo tanto, lo que desea la hembra de junco es 
un macho corpulento que pueda hacer las dos cosas a la vez. Y 
las plumas de la cola proporcionan una clave esencial para 
descubrirlo, 

Ahora bien, las investigaciones de Yeh han demostrado que 
la vida de los juncos del campus de San Diego es muy distinta. 
En vez de enfrentarse a las limitaciones del frío en los bosques 
de montaña, el clima mediterráneo del campus es tan agradable 
que las aves pueden empezar a anidar en febrero y, gracias a 
un sistema de irrigación que evita sequías veraniegas, pueden 
seguir anidando durante el verano y parte del otoño, lo que les 
permite tener hasta cuatro nidadas al año. El problema de la 
vida en el campus, sin embargo, es que el junco se convierte en 
una presa fácil. El terreno ofrece poca protección. Y las 
extensiones de césped, de aparcamientos o de calles en línea 
recta ofrecen claras líneas de visión para los halcones, que a 
cada rato se abalanzan sobre aquellos juncos que se aventuran 
a salir a los espacios abiertos. En estas circunstancias, las 
hembras urbanas, que necesitan menos del macho protector, 
tendrían que desarrollar una preferencia por los machos de 
color mate, porque además los machos con más blanco en la 
cola se convertirían en presas mucho más fáciles para las aves 
de presa. Yeh hizo el cálculo de que, si estas dos fuerzas 
evolutivas empujaban en la misma dirección, los juncos 
urbanos deberían evolucionar hasta tener menos color blanco 
en la cola. Y eso fue justo lo que descubrió. Comparando los 
juncos urbanos con los de montaña, los que vivían en el 
campus presentaban el 20% menos de color blanco. Pero eso 
ocurría en 2002. ¿Ha seguido desarrollándose desde entonces 


esa misma tendencia evolutiva? Yeh responde: “Es una buena 
pregunta, pero de momento no lo sabemos. Tras un largo 
periodo sin hacer trabajos de campo, volveremos a hacer un 
control en 2018”, 

Algo muy parecido parece estar ocurriendo entre, mira por 
dónde, el ave favorita de los biólogos urbanos, el carbonero 
común. Juan Carlos Senar, del Museo de Historia Natural de 
Barcelona, descubrió que en el centro urbano de la ciudad 
condal los carboneros presentan una corbata más estrecha que 
sus congéneres rurales. Hay que tener en cuenta que la corbata 
es el mayor símbolo del poder para un macho de carbonero. La 
amplitud de la franja vertical de viviísimo color negro que se 
extiende por el pecho está casi enteramente determinada 
genéticamente, y al igual que ocurre con los ribetes blancos en 
la cola del junco, también está directamente relacionada con la 
virilidad. Las aves que presentan las corbatas más amplias son 
las más agresivas y dominantes, las más capacitadas para 
construir nidos y las que suelen emparejarse con las mejores 
hembras. En otras palabras, los carboneros de grandes corbatas 
son los que mandan, 

Entonces, ¿qué sentido tiene que los carboneros urbanos 
luzcan unas corbatas más estrechas y que por lo tanto les 
privan de sus grandes atributos de macho? Pudiera ser que la 
ciudad se haya convertido en un lugar de refugio para los 
machos más débiles que, llegados de las zonas rurales, no 
habían conseguido defender su territorio frente a los matones 
de corbata más ancha. Pero los estudios de Senar han 
demostrado que esta hipótesis no es correcta, Anillando a unos 
quinientos machos cuyo grosor de corbata tenía registrado, el 
biólogo pudo averiguar qué categoría sobrevivía mejor. Y el 
resultado fue que, según lo previsto, cuanto mayor era la 
corbata de los carboneros de las zonas rurales, más grandes 


eran las posibilidades de supervivencia. Pero en la ciudad la 
situación se invertía: los machos de corbata más estrecha salían 
mejor parados que los de corbata ancha, que morían a millares. 
De modo que la ciudad parece tener sus propias normas sobre 
lo que define a un buen macho. 

Lo que nos revelan los casos del carbonero común y el 
junco ojioscuro es que las cualidades que son más útiles a un 
macho en las zonas rurales dependen de circunstancias 
diferentes de las que se dan en la ciudad. En estos dos casos, 
los machos más camorristas, más aptos físicamente y más 
valorados en el bosque parecen ser, por alguna razón, los 
menos útiles en la ciudad. Si es así, cabe esperar que los gustos 
de las hembras evolucionen siguiendo este mismo modelo, de 
modo que las hembras urbanas empezarán a despreciar a los 
machos más machotes. Esto, a su vez, provocará un cambio en 
el grado de ornamentación del ave, es decir, en las señales que 
permiten a las hembras calibrar las cualidades del macho, y 
esto, a la larga, hará que las aves de dentro y de fuera de la 
ciudad empiecen a parecer distintas, tal vez hasta el punto de 
que evolucionen transformándose en especies diferentes (algo 
de lo que hablaremos en el capítulo siguiente). 

Si el lector tiene la impresión de que la ciudad promueve 
aspectos evolutivos más “metrosexuales” en los machos, 
conviene que sepa que también se dan los casos contrarios. Ya 
hemos dicho en los capítulos anteriores que la fragmentación es 
el sello distintivo de los animales y las plantas que viven en las 
ciudades. Eso es lo que ocurre en las zonas boscosas (pensemos 
en los parques de Nueva York, donde el ratón de patas blancas 
vive rodeado de un paisaje urbano hostil), pero también en los 
espacios acuáticos. Los caballitos del diablo, por ejemplo, 
necesitan estanques rodeados de vegetación donde perchear, 
patrullar en busca de presas y poner los huevos bajo la 


superficie del agua. Más aún, las larvas llevan una vida 
enteramente subacuática. De modo que si los caballitos del 
diablo quieren colonizar estanques, canales y otras pequeñas 
vías de agua urbanas, van a tener que hacer viajes de larga 
distancia. 

Nedim Tizún y Lin Op de Beeck, dos estudiantes de 
doctorado de la Universidad de Lovaina, en Bélgica, intuyeron 
que esta necesidad de ser viajeros resistentes tenía que 
manifestarse a la fuerza en los estanques urbanos. Para 
comprobar la hipótesis, atraparon a unos seiscientos machos de 
caballito del diablo azul (Coenagrion puella) en espacios 
acuáticos dentro y fuera de tres ciudades belgas, y después 
pusieron a prueba la resistencia al vuelo de cada macho en un 
túnel de vuelo simulado. El túnel era un tubo de plexiglás de 
dos metros de longitud y medio metro de diámetro, cerrado por 
un extremo y colocado sobre un plano inclinado. Los 
investigadores metían un caballito del diablo en un envase, lo 
soltaban en la boca del túnel y luego lo dejaban volar por el 
interior hasta que se cansaba y volvía a la entrada. Los 
caballitos rurales se cansaban después de haber volado una 
media de tres minutos y medio, mientras que los urbanos 
resistían más del doble de tiempo. Por lo tanto, el experimento 
demostró que la intuición de los dos investigadores era la 
correcta: los caballitos que habían colonizado los espacios 
acuáticos de la ciudad tenían que ser mejores voladores, cosa 
que había dejado su firma en la capacidad de vuelo, 

Pero ¿qué tiene esto que ver con el sexo? En el caso de los 
caballitos, el juego erótico se lleva a cabo por medio de la 
competencia entre rivales. Cuando se ven invadidos por el 
deseo de amar, los machos vuelan en zigzag por encima del 
agua y se abalanzan sobre la primera hembra que aparezca. El 
primer macho que la atrapa le sujeta el cuello con un par de 


pinzas que tiene en la punta del cuerpo y luego se la lleva a un 
lugar apartado para aparearse con ella, al mismo tiempo que se 
defiende del ataque de otros machos. Tiiziin y Op de Beeck 
llevaban un registro de las circunstancias en que habían 
atrapado a cada uno de los machos: si había sido in flagrante 
delicto o bien cuando estaba solo, sin pareja. Después de 
medirles la resistencia al vuelo, descubrieron que los machos de 
estanques urbanos capturados en compañía femenina tenían 
una resistencia al vuelo unos cuarenta segundos más larga que 
los que habían capturado en estado de soltería. Dicho de otro 
modo, la selección natural hacía que estos insectos urbanos 
evolucionaran primero para ser mucho más resistentes al vuelo, 
y después este rasgo se amplificaba por medio de la selección 
sexual. Y así, los caballitos que volaban más no solo eran los 
primeros en colonizar los estanques urbanos, sino también los 
primeros en conseguir hembras. 

Volvamos atrás y repasemos la imagen del sexo en la ciudad 
que hemos elaborado hasta ahora. En primer lugar, como en 
todas partes, los animales hacen cuanto pueden para anunciarse 
como parejas deseables, En principio, la red de citas de la 
ciudad funciona con los mismos reclamos que en el hábitat 
originario: hermosos sonidos, colores vistosos, acciones 
llamativas. Pero si observamos más de cerca, vemos que el 
animal urbano valora cosas distintas en su pareja. De modo que 
las preferencias sexuales evolucionan al igual que las cualidades 
que se valoran más en el sexo contrario. Un junco ojioscuro 
desesperado que enviara una carta a la sección de mensajes 
personales del Boletín para aves del campus diría tal vez una 
cosa así: “Macho afectuoso sin apenas ribetes blancos en la cola 
busca conocer a hembra para criar varias nidadas en un 
acogedor casco de ciclista. Mal luchador pero excelente cazador 
de mosquitos”. En cambio, los viriles lectores montañeses del 


Diario del junco de la Alta Sierra se burlarían de este delicado 
junco urbano. 

En segundo lugar, la forma en que se envían estas señales 
sexuales puede variar a causa de las interferencias provocadas 
por el entorno urbano, El ruido y la contaminación lumínica 
pueden alterar o cambiar el ancho de banda que permite 
transmitir señales acústicas o visuales. O incluso puede darse el 
caso de que una señal sustituya por completo a otra. Veamos 
un ejemplo: usando una “ardilla robot” accionada por control 
remoto (y de aspecto ciertamente ridículo), un equipo de 
z0Ólogos del Hampshire College de Massachusetts descubrieron 
que la ardilla gris (Sciurus carolinensis) de las zonas urbanas 
suele usar, cuando quiere avisar a sus congéneres del peligro 
potencial, el movimiento oscilatorio de la cola en vez de los 
chillidos de alarma. Pero en las ardillas rurales ocurre justo al 
revés. Probablemente sea otra consecuencia del ruido urbano, y 
lo más lógico es deducir que esta misma tendencia evolutiva, 
que se desplaza del sonido hacia la vista, se halle presente en 
los mensajes sexuales de otros animales, 

También se está dando un desplazamiento del olfato hacia 
la vista. En su hábitat natural, el jerbillo de la India (Tatera 
indica) se encuentra muy rara vez con sus congéneres, así que 
tiene que dejar un rastro olfativo, un “indicador” químico de su 
presencia. En las ciudades, en cambio, los jerbillos viven en 
colonias, así que ya no parecen necesitar una comunicación 
olfativa a larga distancia. A resultas de todo ello, los jerbillos 
urbanos están perdiendo las glándulas que producían la marca 
territorial del olor. 

La intromisión del medio urbano en los mensajes que guían 
la vida sexual de los animales puede resultar más insidiosa, 
Desde varias fuentes se vierten contaminantes químicos que 
tienen nombres tan exóticos como organoclorados, ftalatos, 


alquilfenoles, policloruros de bifenilo y  dibenzodioxinas 
policloradas. Son pesticidas, aditivos de la industria del plástico 
o desechos industriales. Todas estas sustancias comparten la 
cualidad de perdurar mucho tiempo en el medio ambiente. 
Muchas de ellas se han prohibido, pero como su periodo de 
semidesintegración puede durar varios siglos, estas sustancias 
contaminantes formarán parte del paisaje urbano durante 
mucho tiempo. Otra cualidad compartida por tales 
contaminantes es que afectan a la sexualidad. Y ello se debe a 
que imitan ciertas hormonas sexuales necesarias para el 
desarrollo sexual de los animales, tanto en términos físicos 
como conductuales. Las consecuencias son las aberraciones 
sexuales que vemos, por ejemplo, en los machos de caimán que 
viven en lagos contaminados por ddt, que presentan un pene 
más corto y niveles de testosterona más bajos. Y a la inversa, 
las hembras del pez mosquito que viven en los alrededores de 
las fábricas de celulosa presentan características corporales 
propias de los machos y una conducta mucho más agresiva y 
dominante. Y a partir de aquí ya solo podemos hacer conjeturas 
sobre cómo la evolución por selección sexual intentará 
adaptarse a unas intromisión de esta magnitud, si acaso es 
posible, 

Otra clase de injerencia antropogénica en el delicado 
mecanismo de la vida sexual de los animales es la llamada 
“trampa evolutiva”. Sin darnos cuenta, los seres humanos 
creamos objetos que se adaptan perfectamente a las formas 
tradicionales en que se lleva a cabo el cortejo de determinados 
animales, Veamos el caso del capulinero satinado de Australia 
(Ptilonorhynchus violaceus). Como todos los capulineros, los 
machos de esta especie fabrican unas asombrosas obras de arte 
para persuadir a las hembras de aparearse con ellos. Y así, 
crean algo muy parecido a un jardín ornamental al que no le 


faltan los senderos, las vías de entrada ni la decoración en 
forma de unos adornos muy vistosos y coloridos fabricados con 
objetos del entorno. Antes de que su hábitat fuera invadido por 
los seres humanos, los capulineros usaban piedras, conchas, 
flores, alas de mariposa y élitros de escarabajo. Pero hoy, los 
seres humanos suministran un catálogo inagotable de objetos 
artificiales que pueden usarse como adornos. El capulinero 
siente una atracción especial por las cosas de color azul vivo, 
como las anillas de plástico que sujetan los tapones de algunas 
botellas y que se desprenden una vez abiertas. 

Por desgracia, estas anillas han resultado ser, en todo el 
sentido de la palabra, una trampa evolutiva. A veces, el macho 
se excita tanto al encontrar un adorno tan preciado que, al 
llevarlo en el pico, la anilla se desliza hacia atrás y se le queda 
enganchada en la cabeza, amordazándolo de tal manera que al 
final se asfixia o muere de hambre. Nuestra involuntaria 
injerencia en sus hermosos hábitos estéticos ha provocado su 
perdición, 

Por curioso que parezca, hay otra costumbre australiana 
relacionada con la bebida que ha destruido la vida amorosa de 
algunos animales. En 1983, dos entomólogos australianos 
publicaron un breve artículo en el Journal of Australian 
Entomological Society, titulado “Beetles on the bottle” 
[Escarabajos en la botella]. En mitad del artículo se veían dos 
fotos de un escarabajo joya de gran tamaño y de color pardo 
amarillento, de la especie Julodimorpha bakewelli, intentando 
copular con una clase de botella de cerveza que en Australia 
recibe el nombre de stubby [regordeta]. El animal se había 
subido a la base curva de la botella y estaba intentando —tan 
furiosa como inútilmente- penetrar la superficie de cristal con 
su largo pene de color marrón. A la botella y a su amante los 
habían encontrado cerca de una autopista, en las afueras de a 


ciudad de Dongara. Cuando los dos biólogos exploraron los 
alrededores, encontraron otras botellas con los mismos amantes 
fogosos en forma de escarabajos joya agarrados a ellas, 

No es probable que los insectos se sintieran atraídos por la 
cerveza que había quedado en el interior de la botella por la 
sencilla razón de que, como explicaban los autores en su 
artículo, ningún australiano tiraría jamás una botella sin haber 
apurado hasta la última gota de cerveza. Por lo tanto, los 
escarabajos debieron de sentirse atraídos por el color y el brillo 
del vidrio, la curvatura del diseño, y sobre todo, la textura: 
todas las botellas tenían grabado en la base un relieve formado 
por varios puntos granulados distribuidos en espacios regulares. 
Estos rasgos físicos se parecían tanto al dorso de una hembra 
de Julodimorpha bakewelli que las botellas abandonadas 
resultaban irresistibles para los machos de escarabajo. Cuando 
los entomólogos dejaron varios ejemplares de botellas de la 
misma marca por la zona, a los pocos minutos ya había machos 
de escarabajo intentando montarlas. 

Las “regordetas” australianas forman una trampa evolutiva 
no porque maten a los escarabajos, sino porque los distraen de 
su tarea de copular con hembras de verdad. Incluso es posible 
que los machos crean haber encontrado una hembra tan 
particularmente lustrosa, grande y deseable que todas las 
demás les parezcan muy poca cosa al compararlas con ella. Si 
hay muchas de estas superhembras (supersexis, sí, pero también 
superestériles) en un entorno determinado, la única forma de 
superar esta trampa evolutiva sería que aparecieran machos 
que no se excitaran al ver una botella de cerveza (tal vez 
porque se fijasen en otros rasgos de las hembras, como el olor). 
Dado que solo estos escarabajos conseguirían reproducirse, a la 
larga ocasionarían una nueva evolución en las señales y 
preferencias sexuales de los escarabajos. No sería la primera 


vez que un matrimonio se salvase al dar con la fórmula para 
apartar al marido de las botellas de cerveza. 


“Turdus urbanicus' 


Las Galápagos: un puñado de conos de ceniza volcánica 
arrojado al Pacífico, donde la evolución ha creado un 
ecosistema único con algunos pocos ingredientes de flora y 
fauna llegados desde tierra firme sudamericana. Un mundo 
encerrado en sí mismo, con árboles evolutivos autóctonos en el 
caso de las tortugas, los cactus gigantes y enanos, los sinsontes, 
las iguanas, los caracoles  Bulimulus, los escarabajos 
tenebriónidos, y por supuesto, los habitantes más famosos de 
las islas: las catorce especies de pinzón de Darwin, cada una de 
las cuales tiene un pico adaptado a su peculiar modo de vida, 

En realidad no son pinzones, sino tanagros o escribanos (los 
ornitólogos no están seguros). Y se les dio el nombre de 
pinzones de Darwin en 1936, más de un siglo después de que el 
eran naturalista los descubriera en su viaje del Beagle. De todas 
formas, los pinzones de Darwin se han convertido en iconos de 
la evolución. Y no solo porque Darwin los puso como uno de 
los ejemplos palmarios de su teoría —“uno puede imaginar 
realmente que, dada la escasez original de aves en este 
archipiélago, una fuera elegida y modificada con varios fines”, 
escribió, sino porque también han ocupado el escenario en los 
debates evolutivos más punteros de los últimos cuarenta y 
cinco años. 

Desde comienzos de la década de 1970, una dinastía entera 
de científicos, casi todos radicados en la Estación Científica 
Charles Darwin en Santa Cruz -la segunda isla más grande del 
archipiélago—, han estudiado esas aves y han descrito, con toda 


clase de detalles, cómo los pinzones de Darwin siguen 
evolucionando. Los investigadores llevan el recuento de cada 
nacimiento y cada muerte, de las citas amorosas y de las peleas, 
de las aficiones culinarias y el emplazamiento de los nidos, y 
año tras año van registrando el tamaño y la forma de picos y 
de cuerpos. También toman muestras de sangre, graban los 
cantos y analizan el adn. Este trabajo agotador permite 
observar los cambios e incluso predecir el momento, en tiempo 
real, en que los pinzones van a cambiar de forma. Cada 
alteración en los rigores del clima, o cada cambio en la 
disponibilidad de alguna clase de comida, se traduce en un 
cambio evolutivo en el físico del ave. A menudo no son nada 
más que unas milésimas de milímetro, pero son mensurables y 
reales, 

Por ejemplo, en la isla de Santa Cruz, el pinzón terrestre 
mediano (Geospiza fortis) está en proceso de convertirse en dos 
especies distintas. Basta fijarse en el pico para darse cuenta. 
Muchos ejemplares tienen el pico pequeño y otros muchos lo 
tienen más grande (casi del doble de tamaño), pero muy pocos 
lo tienen de tamaño intermedio. El tamaño del pico está 
relacionado con la clase de semillas que tienen que partir con 
él. Los pinzones de pico grande tienen una potencia de pico 
tres veces superior a la de los pinzones de pico pequeño, de 
modo que pueden consumir las duras semillas del abrojo rojo, 
mientras que los de pico fino se alimentan con las semillas más 
pequeñas y delicadas de las herbáceas. En cambio, los de pico 
intermedio se quedan entre dos aguas: los picos que tienen no 
son lo suficientemente fuertes para partir semillas grandes, y 
tampoco son lo bastante pequeños para manipular con destreza 
las diminutas semillas de, por ejemplo, las herbáceas. En estas 
condiciones, tienen muchas más probabilidades de morir de 
hambre en tiempos de escasez, así que la selección natural va 


apartándolos sin piedad. Además, el tamaño del pico también 
tiene consecuencias en la esfera sexual: los machos de pico 
erande tienen un canto distinto, y las hembras de pico grande 
prefieren emparejarse con machos de pico grande. Como las 
hembras de pico pequeño prefieren a los de pico pequeño, hay 
menos entrecruzamiento genético entre ambas variedades. En 
otras palabras, se está produciendo la especiación: la aparición 
de dos especies nuevas y distintas donde antes solo había una. 

Si el pinzón de Darwin se ha convertido en emblema de la 
especiación en la vida silvestre, entre las especies urbanas ese 
papel le pertenece al mirlo, Turdus merula, 

En 18283, el mismo año en que Darwin trabó amistad con 
John Stevens Henslow, el profesor de Cambridge que lo 
organizó todo para que el joven Darwin participara en el viaje 
del Beagle, se publicó un librito en Italia titulado Specchio 
Comparativo delle Ornitologie di Roma e di Filadelfia, El autor 
era Charles Lucien Bonaparte. Sobrino descarriado del 
miembro más conocido de la familia Bonaparte, Charles Lucien 
llevó una incorregible vida de zoólogo. Como había pasado su 
juventud en Roma, y después de casarse vivió la década de 
1820 en Filadelfia, su “espejo” (specchio) recogía estudios de la 
avifauna de ambas ciudades. 

El espejo consta de dos columnas. Las aves de Roma están 
en la columna de la izquierda, las de Filadelfia en la de la 
derecha, y todo se encuentra cuidadosamente ordenado según 
las directrices de la clasificación oficial de las aves que se 
usaba en aquel momento (y en la que el propio Charles Lucien 
era una de las mayores autoridades). En la página 32, en la 
columna de Roma, leemos la siguiente entrada: “69. turdus 
merula. L. Merlo, Merla. Comunissimo. Permanente; alcuni 
individui migratori. Se ne fa caccia. Cantore”. (Es decir: “Mirlo, 


Muy común. Residente; algunos ejemplares migratorios. 
Cazador. Cantor”). 

De modo que el sobrino de Napoleón vio mirlos residentes 
en Roma. ¿Es un dato importante? Después de la paloma 
bravía y los gorriones, estas aves estilizadas y de pico afilado 
(las hembras tienen el plumaje pardo y el pico del mismo color; 
los machos, el plumaje negro y el pico y el anillo ocular 
anaranjados; no hay que confundirlas con el ave que en Estados 
Unidos llaman mirlo aunque se trate de un zorzal) son las que 
más abundan en las ciudades, al menos en Europa y en la parte 
occidental de Asia. En China y en América del Norte, unos 
parientes cercanos, el mirlo chino (Turdus mandarinus) y el 
zorzal robín (Turdus migratorius) ocupan su lugar y se 
comportan de forma muy parecida, 

La importancia de esta breve entrada en el Specchio de 
Bonaparte radica en que se trata de la mención más antigua en 
atestiguar que los mirlos ya estaban anidando y pasando el 
invierno en una ciudad. En las ciudades bávaras de Bamberg y 
Erlangen, los mirlos frecuentaban el centro urbano en la década 
de 1820, pero todavía no habían empezado a anidar en la 
ciudad. En el resto de Europa, por aquellas fechas, los mirlos 
seguían haciendo lo que habían hecho desde tiempo 
inmemorial: llevar una vida discreta en el corazón de los 
bosques más tupidos, ya que eran tan tímidos que habrían 
hecho lo que fuera para no dejarse ver en compañía de seres 
humanos, y una vez que se terminaba la estación reproductora, 
emprendían la ruta migratoria hacia el Mediterráneo para pasar 
ahí el invierno. 

Pero todo esto cambió en los dos siglos siguientes. Al 
principio ocurrió despacio: al final del siglo xix, los mirlos 
urbanos se veían con frecuencia por toda Europa central. Sin 
embargo, a lo largo del siglo xx el proceso se aceleró: los mirlos 


llegaron a Londres hacia 1920, y más tarde, en la década de 
1980, a Islandia y el norte de Escandinavia. Al final casi todas 
las ciudades de Europa sucumbieron a la invasión de los mirlos, 
con excepción de algunas zonas indómitas en el sur de Francia, 
Rusia y los estados bálticos. Durante este periodo, la tendencia 
urbanizadora fue avanzando a razón de una velocidad media de 
unos ocho kilómetros al año. 

De todos modos, esto no significa que los mirlos empezaran 
a volverse urbanos en Roma y que desde allí fueran invadiendo 
las demás ciudades europeas. De entrada, algunas subespecies 
de mirlos que vivían en las islas del Atlántico, muy lejos del 
bastión de la especie en el continente, emprendieron de forma 
independiente la misma migración hacia las ciudades. Por 
propia iniciativa, en algún momento a mediados del siglo xx, el 
Turdus merula azorensis y el Turdus merula cabrerae, dos 
variantes de mirlo más pequeñas y oscuras que vivían 
únicamente en las islas Azores (azorensis) y en Madeira y en 
las Islas Canarias (cabrerae), también habían empezado a 
instalarse en los pueblos y ciudades de estas islas, Y lo mismo 
había sucedido mucho antes con la subespecie africana Turdus 
merula mauritanicus, que a mediados del siglo xix vivía en el 
centro de la ciudad de Túnez. O sea que, del mismo modo en 
que los carboneros de toda Inglaterra aprendieron a abrir las 
tapas de las botellas de leche sin que nadie les enseñara, así 
también fueron llenándose las ciudades de Europa de mirlos 
residentes. 

Nadie sabe explicar por qué esta tendencia urbana se 
expandió entre los mirlos de una forma tan lenta pero 
continuada. ¿Por qué se inició hacia 1820 y no antes ni después, 
y qué tenían Roma, Bamberg y Erlangen que las hiciera 
adecuadas para el mirlo un siglo antes de que lo fueran 


Londres o Bruselas? ¿Y por qué hay ciudades como Marsella o 
Moscú que no tienen mirlos ni siquiera hoy? 

Evidentemente, muchas ciudades eran tan pequeñas que no 
podían conformar un hábitat practicable para los mirlos, pero 
esta respuesta no basta: de hecho, a comienzos del siglo xix no 
había mirlos en Londres aunque la ciudad tenía una extensión 
de treinta kilómetros cuadrados, extensión mucho mayor que la 
de las ciudades alemanas donde los mirlos ya habían empezado 
a anidar en los cobertizos y dar saltos sobre el pavimento de las 
calles. Los parques y los espacios verdes parecen importantes 
para explicar la migración, pero muchas ciudades que los tenían 
en abundancia no vieron aparecer mirlos hasta fechas 
relativamente tardías. Por lo tanto, cabe considerar que el 
crecimiento de las ciudades y los espacios verdes, el clima 
templado de las islas urbanas de calor, una mayor población (lo 
que significaba una mayor provisión de comida a lo largo de 
todo el año), amén de una mayor seguridad frente a cazadores, 
predadores, enfermedades y parásitos, fueron circunstancias 
propicias a la aparición de un nicho urbano atractivo para los 
mirlos. 

Lo que sí resulta evidente es que el proceso trascurrió en 
dos fases. Primero, los mirlos empezaron a invernar en una 
ciudad. Y después, en algunos casos varias décadas más tarde, 
unos pocos visitantes invernales se quedaron hasta la 
primavera y poco a poco empezaron a reproducirse en la 
ciudad, abandonaron las rutas migratorias y se convirtieron en 
aves urbanas residentes. Exactamente lo mismo que hicieron 
los juncos ojioscuros del capítulo anterior. 

Eso es todo lo que puede averiguarse leyendo guías de 
campo e informes de ornitólogos. Pero si queremos saber qué 
diferencia al nuevo mirlo urbano de su antepasado, el que vivía 
en los bosques primigenios, conviene repasar los estudios que 


los investigadores sobre el mirlo urbano han ido publicando en 
cadena a lo largo de estos últimos veinte años. Muchos aspectos 
de la evolución urbana que hemos ido viendo confluyen en esta 
única especie urbana, de modo que las ciudades europeas se 
han convertido en una versión urbana de las islas Galápagos y 
el Turdus merula es ahora nuestro pinzón de Darwin. Por eso 
mismo, en casi todas las ciudades europeas hay equipos de 
biólogos urbanos que estudian el mirlo y han contribuido a 
crear una especie de festival de investigaciones evolutivas 
sobre dicha especie, que es ahora uno de los animales urbanos 
más antiguos. Y todas estas investigaciones parecen señalar en 
una misma dirección: el mirlo urbano está evolucionando hacia 
una especie distinta; es decir, he ahí un caso de verdadera 
especiación. 

Hablamos de especiación cuando múltiples características de 
un animal o una planta —bien sea simultánea o sucesivamente-— 
evolucionan diferenciándose del tipo originario hasta el punto 
de que un taxonomista (el biólogo que analiza y clasifica la 
biodiversidad) las consideraría propias de una especie distinta. 
Esto significa que la forma del cuerpo, la estrategia sexual y la 
elección del momento en que ocurren los mayores 
acontecimientos de la vida empiezan a diferenciarse de las de 
sus antecesores. En otras palabras, la especiación llega cuando 
se produce un reajuste completo del genoma. Pero esto no 
basta. Al menos algunos de estos cambios deben hacer posible 
que el nuevo fondo genético y el originario se mantengan 
separados y no se  entremezclen, un fenómeno que 
denominamos “aislamiento reproductivo”. (Hay mucha más 
información sobre este asunto en mi libro Frogs, Flies, and 
Dandelions: the Making of Species [Ranas, moscas y dientes de 
león: el origen de las especies)). 


En la vida silvestre, la especiación se acelera cuando una 
especie coloniza un nuevo nicho que hasta entonces estaba 
desocupado. Las exigencias que impone el nuevo entorno hacen 
que la selección natural introduzca cambios en el físico, la 
resistencia y la conducta. Cuando el antepasado del primer 
pinzón de Darwin aterrizó en las Galápagos, había un sinfín de 
nichos nuevos sin usar: un enorme abanico de plantas y otras 
clases de comida que suponían una bendición nutricional. Desde 
el primer momento se hizo evidente que el pinzón que 
demostrara una mayor capacidad para especializarse en una 
dieta concreta obtendría un mayor beneficio (un proceso que, 
como hemos visto al comienzo de este capítulo, todavía sigue 
produciéndose). Y dado que la forma del pico determina la voz 
de un pájaro, la especialización en una clase específica de 
comida también supuso el aislamiento reproductivo: las aves 
con picos distintos tienen cantos distintos y ya no interactúan 
con las que tienen un pico diferente. 

Las ciudades son los nuevos nichos sin explotar, y el mirlo 
es la especie que mejor se ha embarcado en la senda de la 
especiación para aprovechar los beneficios de este cuerno de la 
abundancia que sus introvertidos antepasados rehuian. Ahora 
vamos a explorar las formas en que el mirlo urbano se ha ido 
haciendo distinto, tal como han ido descubriendo los equipos de 
biólogos que han estudiado el asunto por toda Europa. (Los 
llamaremos la Patrulla del Mirlo; hay demasiados equipos, 
instituciones y personas involucradas como para mencionarlas 
individualmente. Quien desee conocer los detalles puede 
consultar las notas finales). 

Empezaremos por lo más evidente pero también lo más 
desconcertante: el aspecto del mirlo. Al principio parecía 
inconfundible. Pero los biólogos holandeses y franceses que se 
dedicaron a medir mirlos urbanos y silvestres descubrieron que 


los primeros tenían el pico más resistente, mayor peso, el 
intestino más largo y las alas y las patas más cortas. Sin 
embargo, cuando Karl Evans, alumno de Kevin Gaston, 
examinó mirlos de once ciudades de Europa y el norte de 
África, descubrió que aquello no era así en todas partes. En 
algunas ciudades tenían las alas más largas, pero en otras las 
tenían más cortas. Y en cuanto al peso y a la longitud de las 
patas, los resultados eran igual de confusos. Evans no midió los 
intestinos. La única característica física consistente en todas 
esas ciudades era la forma del pico: en todas partes, los mirlos 
urbanos tenían picos más cortos y rechonchos que los mirlos 
silvestres, cosa que posiblemente se debiera a que les resultaba 
más fácil encontrar comida en los comederos para aves y otros 
lugares urbanos donde el alimento no hay que partirlo, 
examinarlo o agujerearlo. 

La Patrulla del Mirlo no ha investigado todavía si esos picos 
distintos marcan diferencias en la voz, pero es seguro que los 
mirlos urbanos cantan de forma distinta. Los machos poseen un 
vasto repertorio de cantos melódicos que lanzan al amanecer y 
al atardecer desde sus perchas (ramas y saledizos rocosos si 
están en el bosque, antenas de televisión y canaletas de desagiie 
para la lluvia si están en las ciudades). La partitura de cada 
canto, tanto urbano como silvestre, consiste en un motivo más 
o menos elaborado, seguido por un gorjeo emitido en tono muy 
agudo. Como ocurre con las demás aves canoras que viven en 
la ciudad (véase el capítulo xiv), los ruidos urbanos de fondo 
obligan al mirlo a cambiar el tono y el ritmo. Erwin 
Ripmeester, alumno de Hans Slabbekoorn, descubrió tras 
erabar a casi tres mil ejemplares que los conciertos de mirlos 
urbanos se interpretan en un tono más agudo que los conciertos 
del bosque, y además sus gorjeos tienden a ser más largos. Y un 
equipo de estudiosos alemanes averiguó que —tal como había 


profetizado Paul McCartney- los mirlos urbanos cantan en 
mitad de la noche. En el centro de Leipzig empiezan a cantar 
tres horas antes de la salida del sol, mucho antes de que 
empiece el estruendo de los tranvías y los coches, mientras que 
los mirlos de bosque esperan hasta el amanecer para empezar a 
cantar. 

Pero esto no es lo único que los mirlos urbanos hacen 
mucho antes. También empiezan a reproducirse primero que 
sus parientes silvanos. Una de las razones consiste en que sus 
relojes biológicos van adelantados por algo más de un mes. En 
los machos jóvenes urbanos, la producción de la hormona 
luteinizante (que estimula la descarga primaveral de 
testosterona en la sangre) llega a su apogeo a mediados de 
marzo, en tanto que los mirlos de bosque sienten la llamada de 
la primavera hacia mediados de mayo. Eso lo descubrió Jesko 
Partecke, del Instituto Max Planck de Ornitología de 
Seewiesen, cerca de Múnich. 

Lo que hizo Partecke fue saquear diez nidos de mirlos 
urbanos en un cementerio metropolitano y otros diez nidos de 
mirlos rurales que vivían en un bosque lejos de la ciudad. Cogió 
treinta polluelos de cada emplazamiento y se los llevó a su 
laboratorio. Allí hizo uno de los experimentos que se 
denominan “de jardín común”. Los experimentos de jardín 
común —el lector seguramente los recordará de los capítulos 
anteriores- son una manera de verificar que las diferencias 
entre organismos tienen un origen genético. En el caso de los 
mirlos, el truco consiste en criar de forma natural a los 
polluelos secuestrados, siempre en circunstancias idénticas, y 
ver qué diferencias se siguen produciendo entre ellos. De esta 
forma, Partecke podía estar seguro de que las diferencias 
hormonales que descubrió entre los jóvenes mirlos no se debían 
a la contaminación lumínica o a la isla urbana de calor -—o a 


cualquier otro estímulo externo-, sino que eran la consecuencia 
de un salto predeterminado genéticamente en el reloj que 
regula el cuerpo de las aves urbanas. 

Otra razón por la cual los mirlos urbanos inician antes la 
estación reproductora es que ya no tienen que emigrar. Si pasan 
el invierno en la ciudad, disfrutando de la isla urbana de calor 
y alimentándose tranquilamente con lo que encuentran en los 
comederos, pueden empezar a aparearse cuando les dé la gana. 
En cambio, los mirlos de bosque siguen siendo aves 
migratorias: para huir del frío y la escasez de alimentos tienen 
que pasar el invierno en el sur, y solo cuando regresan a su 
hogar pueden empezar a reproducirse. Á esas alturas los mirlos 
urbanos ya estarán cómodamente repantigados en los nidos. Y 
como descubrió Partecke con las aves que crio en el 
laboratorio, el cambio en las tendencias migratorias también 
tiene una base genética, 

Dado que las aves vivían en cautividad, el biólogo no podía 
dejar que emigrasen para llevar a cabo el estudio, así que debió 
monitorizar su Zugunruhe, Este vocablo alemán significa 
“inquietud migratoria”, y en el argot de los ornitólogos y de los 
cuidadores de aves se aplica a la agitación nocturna que se 
apodera de las aves enjauladas cuando el reloj biológico les 
recuerda que ha llegado la hora de emigrar, aunque los barrotes 
de la jaula se lo impidan. Partecke colocó sensores de 
movimiento en las jaulas para comprobar si había indicios de 
Zugunruhe en las aves. Y como era de prever, en otoño y en 
primavera los mirlos de bosque estaban muy inquietos: por las 
noches se movían sin parar y saltaban continuamente de las 
perchas. Por el contrario, los mirlos urbanos dormían a pierna 
suelta tanto si estaban en la época migratoria como si no. Y no 
solo eso, sino que los mirlos de bosque acumulaban grandes 
reservas de grasa para poder resistir el viaje que tenían 


previsto emprender, mientras que los urbanos seguían igual de 
flacos. De todos modos, la observación reveló un detalle 
curioso: solo engordaron los machos, en tanto que apenas hubo 
diferencias entre las hembras urbanas y las de bosque. 

En su experimento de jardín común, Partecke hizo otros 
descubrimientos fascinantes sobre las diferencias entre los 
mirlos urbanos y los de bosque. Por ejemplo, que los mirlos 
urbanos viven mucho más relajados. Eso salió a la luz cuando 
Partecke los sometió a la prueba de estrés que consiste en 
sacarlos de la jaula y meterlos en un saco de tela durante una 
hora. Cada cuarto de hora, abría el saco y tomaba una muestra 
de sangre. Al medir el nivel en sangre de la hormona 
corticosterona, descubrió que los mirlos de bosque se asustaban 
mucho más, cuando estaban metidos en el saco, que los mirlos 
urbanos, cuyo nivel de corticosterona solo aumentaba la mitad. 
Recordemos que estas aves no habían visto jamás una ciudad o 
un bosque, de modo que los mirlos urbanos son más sosegados 
por naturaleza. Eso también explicaría por qué dejan que los 
seres humanos se les aproximen tres veces más cerca, sin 
asustarse, que los mirlos de bosque. 

Una de las razones podría deberse a un gen llamado sert, un 
acrónimo de  serotonine transporter, transportador de 
serotonina. El sert se encarga de eliminar la serotonina, la 
hormona que regula los estados de ánimo, de los 
neuroconectores de las células nerviosas. Eso explica que 
muchos antidepresivos funcionen bloqueando el sert. Por lo que 
parece, los mirlos de bosque suelen tener un gen de sert que 
presenta variaciones con respecto al de los mirlos urbanos. 

Por lo tanto, existen un montón de diferencias entre los 
mirlos urbanos y los de bosque: el aspecto, la conducta y la 
personalidad, el reloj biológico... ¿Qué significa todo esto? En 
los resúmenes de sus publicaciones científicas, los miembros de 


la Patrulla del Mirlo exhiben la habitual prudencia académica, 
pero yo me atrevo a dar la cara y a decir claramente que, a lo 
largo de este último siglo, el Turdus merula ha desarrollado una 
nueva especie, llamémosla Turdus urbanicus. Todavía no es un 
hecho incuestionable, del mismo modo que las dos especies de 
pinzones de las Galápagos todavía no han evolucionado de 
modo independiente, pero falta poco para que se complete el 
proceso. El Turdus urbanicus solo estaba esperando el 
momento. 

Y no solo puede alardear de un amplio inventario de 
características nuevas, sino que también posee su propia 
reserva genética. Los mirlos suelen hacer el nido a una 
distancia de menos de tres kilómetros del lugar donde han 
nacido, circunstancia que facilita que sus reservas genéticas 
sean distintas. Y aunque un mirlo de bosque terminara por 
casualidad en la ciudad, estaría tan mal adaptado para su nueva 
vida que le resultaría muy difícil sobrevivir. Lo sabemos con 
seguridad porque se han hecho intentos infructuosos de 
introducir mirlos de bosque en las ciudades polacas de 
Biatystok y Olsztyn, en tanto que los intentos de aclimatarlos 
en ciudades como Lublin y Kiev tuvieron éxito porque se 
usaron mirlos urbanos. Otra razón por la que los genes urbanos 
se quedan en la ciudad y los genes rurales se quedan en el 
bosque es que los mirlos urbanos inician la estación 
reproductora con mucha mayor antelación, cuando los mirlos 
de bosque todavía no han regresado de sus cuarteles de 
invierno. 

Para comprobarlo basta observar directamente esas reservas 
genéticas, como hizo Karl Evans. Con la técnica de las huellas 
genéticas, analizó el adn de mirlos urbanos y de bosque en doce 
lugares distintos de Europa y del norte de África. En todos 
esos lugares los mirlos urbanos eran genéticamente distintos de 


los mirlos de bosque, aunque también resultaba evidente que en 
todas partes los mirlos urbanos descendían de los mirlos de 
bosque autóctonos. O sea que todavía no se han producido los 
suficientes desplazamientos de mirlos entre varias ciudades 
distintas (a veces los mirlos se trasladan a vivir más allá del 
perímetro de los tres kilómetros) para que hayan formado una 
reserva genética urbana homogénea. Eso explica que la Patrulla 
del Mirlo todavía no se haya atrevido a validar la aparición de 
una nueva especie evolutiva, el Turdus urbanicus, 

Sin embargo, todos los estudios de la Patrulla del Mirlo 
demuestran con evidencia abrumadora la aparición de una 
nueva especie adaptada al medio urbano. Y probablemente no 
sea la única que ha aparecido. En este libro ya hemos visto 
muchos casos de especies que han desarrollado nuevas 
adaptaciones genéticas a las condiciones urbanas. Y gracias a la 
isla de calor —entre otras muchas causas—-, muchas de esas 
plantas y animales florecen o se aparean mucho antes que sus 
congéneres del campo. Eso bastaría para demostrar que se está 
produciendo una separación de la reserva genética y una 
incipiente especiación urbana. 

Y también significa que los biólogos urbanos ya no tienen 
que viajar a las remotas islas Galápagos en busca del santo 
erial de la biología evolutiva: asistir en directo al momento 
mismo de la especiación. ¡Ese proceso tiene lugar ante sus 
propias narices en las ciudades donde viven y trabajan! 

Aunque parezca raro, también está teniendo lugar el proceso 
inverso, porque las islas Galápagos se han convertido en un 
escenario adecuado para estudiar la evolución urbana. Y es que 
las islas ya no son el archipiélago remoto y abandonado que 
conoció Darwin cuando desembarcó allí por vez primera. Ahora 
mismo viven unas veintiseis mil personas en el archipiélago y 
cada año lo visitan centenares de miles de turistas. La ciudad 


de Puerto Ayora, que está en la isla de Santa Cruz —donde el 
lector recordará que el pinzón de Darwin Geospiza fortis está 
atravesando un proceso de especiación que lo transformará en 
dos especies distintas—, tiene una población de diecinueve mil 
habitantes, a la que hay que añadir una invasión anual de 
doscientos mil turistas. La ciudad tiene aeropuerto, autopista 
(recta como un palo), hoteles, campos de fútbol, agencias de 
viajes (El tour de la Selección Natural), cafés (omg! Galápagos) 
y un montón de restaurantes. 

Durante las últimas décadas, los pinzones de Darwin han 
empezado a frecuentar esos restaurantes. Gracias a su 
mansedumbre (una característica que comparten con otros 
muchos animales del archipiélago), no arrugan la nariz a la hora 
de meter el famoso pico en los platos que quedan en las mesas. 
Y la ironía del asunto es que esta costumbre está empezando a 
alterar el proceso de especiación que se había iniciado. Desde la 
década de 1970, la división entre pinzones de pico grande y 
pequeño está desapareciendo en Puerto Ayora. Investigadores 
como Luis Fernando de León, de la Universidad de 
Massachusetts en Boston, que se dedican a estudiar los 
pinzones de Darwin urbanos, creen que ese cambio de 
tendencia se debe a que los pinzones se han habituado a la 
comida rápida. 

De León y sus colegas han estudiado los hábitos 
alimentarios de los pinzones de Darwin urbanos y silvestres, y 
han descubierto que los que viven en la ciudad (donde se han 
uniformado las dos formas de los picos) se alimentan de pan, 
patatas fritas de bolsa, cucuruchos de helado, arroz y judías. 
También beben agua del grifo. En cambio, los pinzones que 
viven en el campo (donde se mantienen los dos picos 
diferenciados) siguen alimentándose, como hacían sus 
antepasados, de semillas y plantas silvestres. Además, los 


pinzones urbanos manifiestan cambios de personalidad propios 
de las características evolutivas urbanas: así, por ejemplo, todos 
se mostraron muy curiosos cuando De León les enseñó unas 
bandejas llenas de alimentos extraños, y no se mostraron 
recelosos cuando varias personas se acercaron a ellos y 
abrieron una bolsa de patatas fritas. Los pinzones silvestres, 
por el contrario, no mostraron ningún interés en los seres 
humanos ni en su comida, 

Así ocurre la evolución urbana. Nos da una nueva especie 
de mirlo en Europa mientras nos arrebata una vieja especie de 
pinzón de Darwin en el otro extremo del mundo. Pero estos 
casos y otros que hemos repasado deberían hacernos ver que la 
evolución urbana está alterando por completo nuestros 
ecosistemas. ¿Qué significa eso para el futuro? ¿De qué forma 
podemos estudiar o incluso canalizar el proceso? ¿Qué papel 
podría tener en todo ello la ciencia ciudadana? ¿Y podríamos 
tal vez controlar el poder de la evolución urbana por medio de 
una arquitectura y un diseño que fueran inclusivos con la 
naturaleza? 


cuarta parte 


La ciudad de Darwin 


La necesidad de disfrutar de la belleza de la naturaleza 
se manifiesta en esos jardines diminutos que los pobres 
tienen en el alféizar de la ventana, así se trate de un 
esqueje de geranios metido en una taza rota, 

del mismo modo en que se manifiesta en los 

jardines rebosantes de rosas y de lirios 

que tienen los ricos. 

John Muir, 

The Yosemite (1912) 


xix 
La evolución en el mundo teleconectado 


Uno de mis remedios preferidos para el bloqueo de escritor 
(o seamos sinceros, para cuando me apetece dejar las cosas 
para más adelante) es dar un paseo alrededor de la manzana. El 
diseño urbano del centro de Leiden, mi ciudad natal, es tan 
antiguo que no responde a un plan geométrico, así que mis 
paseos siguen un trazado sinuoso. Me bajo de mi cubículo en el 
desván, donde tengo el estudio de trabajo, giro a la derecha 
nada más salir por la puerta de la calle y entro en Weddesteeg, 
el callejón donde nació Rembrandt. Dando pasos lentos y 
cuidadosos, intentando liberar mi mente, cruzo el puente 
colgante que atraviesa un brazo muerto del Rin y giro a la 
izquierda, y después vuelvo a girar a la izquierda para volver a 
eruzar el río, esta vez por el puente del ferrocarril. Todo el 
terraplén que separa el puente de las vías férreas está cubierto 
de bambú japonés (Fallopia japonica), una planta emparentada 
con el ruibarbo que, cuando se trajo por vez primera a los 
Países Bajos, era muy apreciada por sus racimos de flores 
blancas, ricas en néctar. Por los esquejes se pagaban grandes 
cantidades de dinero. Hoy, la reputación del bambú japonés se 
ha visto muy desfavorecida por su alarmante capacidad de 
reproducirse por todas partes y la potencia con que sus raices 
destrozan el asfalto y las paredes de ladrillo. Sin mucho éxito, 
se la combate como especie invasiva en Leiden y en casi 
cualquier otro lugar de Europa, Norteamérica, Nueva Zelanda y 
Australia. 

Mi paseo me devuelve a la ribera izquierda del Rin y entro 
en el Rapenburg, considerado el canal más bonito de los Países 


Bajos, flanqueado por las suntuosas residencias de los antiguos 
nobles que vivían allí. Una de estas casas es el número 19 del 
Rapenburg, un coloso del siglo xvi en el que todas las puertas y 
las ventanas centrales están rodeadas de molduras de escayola, 
y que por su aspecto y tamaño empequeñece las casas más 
modestas, de delicados gabletes, que la flanquean. Y existe una 
relación entre este edificio y las plantas de bambú japonés que 
crecen en el terraplén, a menos de un tiro de piedra calle abajo. 
Esta es la casa en la que se estableció el médico, botánico, 
etnógrafo y japanólogo Philipp Franz von Siebold cuando lo 
expulsaron de Japón en 1829, 

Von Siebold es un personaje muy interesante. En el Japón 
actual es una figura inmensamente famosa (se le recuerda con 
cariño como “Shiboruto-san”, y la historia de la vida de su hija 
japonesa Oine se ha convertido en un manga muy conocido), ya 
que fue el único explorador occidental al que se le permitió 
entrar en el país durante los dos siglos de sakoku, la época en 
que Japón cortó todo contacto con el mundo exterior. Cuando 
trabajaba como médico militar en la avanzadilla comercial 
holandesa establecida en la isla artificial de Dejima, frente a 
Nagasaki, reunió una gigantesca colección de fauna y sobre 
todo flora local. También empezó a coleccionar objetos de 
interés etnográfico, y además —eso fue su perdición reunió una 
colección de mapas. Las autoridades japonesas descubrieron los 
mapas y acusaron a Von Siebold de espionaje, lo colocaron 
bajo arresto domiciliario y al final lo obligaron a regresar a los 
Países Bajos. 

Pero al irse se llevó también su colección de especímenes 
vivos y muertos, ya que para él significaban una pensión de 
jubilación digna. Al regresar a Leiden, vendió las partes más 
valiosas de su colección, escribió libros, creó un museo japonés 
en su propia casa y montó un negocio de venta por correo de 


las plantas que había traído de Japón, entre ellas un brote de 
bambú japonés. Los esquejes de ese brote fueron el principio 
de una invasión que se ha extendido por todo el mundo. 
Cuando crucé el puente del ferrocarril que atraviesa el río, a 
doscientos metros de la casa de Von Siebold, pasé por delante 
de sus descendientes directas. Y lo mismo puede decirse de 
cualquier planta de bambú japonés que se vea por el mundo, 
pues han llegado tan lejos como hasta Nueva Zelanda, 

Además del bambú japonés, von Siebold introdujo otras 
cien especies de plantas japonesas en los jardines y parques de 
toda Europa y medio mundo, Con el tiempo, algunas de estas 
plantas empezarían a crecer en condiciones de vida silvestre. 
La Wisteria, la Rosa rugosa, la hortensia (Hydrangaea 
macrophylla) y el privet de Corea (Ligustrum ovalifolium), que 
ahora abundan en todos los espacios verdes, descienden del 
jardín de Von Siebold. Incluso la viña virgen (Parthenocissus 
tricuspinata) que da nombre a la lvy League -esas ocho 
prestigiosas universidades estadounidenses que exhiben una 
parra virgen en su emblema y albergan a muchos de los 
biólogos que han aparecido en este libro- era originariamente 
una planta japonesa que Von Siebold trajo de Japón e 
introdujo en el resto del mundo. 

Philipp Franz von Siebold fue pionero en un proceso que se 
ha vuelto global. Desde que, hace casi doscientos años, abrió su 
tienda de flora oriental en Leiden, millones de vonsiebolds han 
seguido sus pasos. El comercio global de plantas y mascotas 
está causando que cada día aumente la difusión de especímenes 
desde su hábitat originario hasta los centros urbanos de todo el 
mundo. Y no hay que olvidar, por otra parte, el transporte 
involuntario de semillas, hongos, microbios y animales 
diminutos que se lleva a cabo en la ropa, en el equipaje, en los 
zapatos o en los vehículos de turistas, emigrantes y demás 


viajeros. Por último hay que recordar el transporte de 
ecosistemas enteros que llevan a cabo los barcos de carga 
cuando llenan los tanques con agua de lastre para mejorar su 
estabilidad y luego los vacían en el puerto de atraque. 

Escribo estas líneas durante una residencia de dos meses en 
la universidad Tohoku de Sendai, en Japón (donde viven las 
cornejas cascanueces). Los paseos para superar el bloqueo 
creativo me llevan por el campus de la universidad y el centro 
de la ciudad. Aquí, en Sendai, donde también hay plantas 
autóctonas, paso frente a terraplenes llenos de bambú japonés, 
setos cargados de Wisteria, arbustos de privet de Corea y 
fachadas de edificios tapizadas de viñas vírgenes, igual que me 
ocurre durante mis paseos por Leiden. Pero también me 
encuentro con plantas europeas que han hecho el viaje en 
sentido contrario al de la colección de Von Siebold. Entre el 
césped descuidado que rodea la estación de metro de Kawauchi 
veo una mata de bolsa de pastor (Bursa capsella-pastoris) con 
sus extrañas vainas de semillas, y también un trébol blanco 
(Trifolium repens). En el arcén de la calzada de la calle Jozenji 
crecen una acedera (Rumex acetosa) y una retama negra 
(Cytisus scopiarius). Y no solo se trata de plantas. Por encima 
de la ciudad vuelan las palomas bravías, y sobre los lechos de 
trébol blanco vuelan los abejorros (Bombus terrestris). En las 
noches de lluvia, las babosas Lehmannia valentiana se 
desplazan entre los muros del santuario sintoista, tan tranquilas 
como si estuvieran en su propia casa. En realidad, los hábitats 
urbanos de Leiden y Sendai se parecen mucho más y 
comparten muchas más especies que en la época de Von 
Siebold. 

También veo esas especies invasoras de tan amplia 
distribución que los ecologistas las llaman “especies 
supertramp”: entre la hierba del campus crece la festuca alta 


(Festuca arundinacea), originaria de Europa pero que ahora se 
ve en todas las extensiones de césped que hay entre los dos 
polos (incluyendo los jardines del lado sur de la Casa Blanca). Y 
las paredes del húmedo baño de mi apartamento alquilado 
tienen manchas anaranjadas del hongo Aureobasicum pullulans, 
un hongo que ha creado una gigantesca reserva genética en 
todo el mundo y que se mezcla continuamente gracias a la 
gente que transporta artículos de higiene de un cuarto de baño 
a Otro, 

Esta homogeneización global de los ecosistemas urbanos es 
ubicua, más de lo que pueden dar a entender estos ejemplos. El 
inventario de la ecología urbana demuestra sin lugar a dudas 
que millones de manos invisibles están convirtiendo las 
ciudades del mundo entero en vasos comunicantes para toda 
clase de organismos. Por ejemplo, una asociación científica 
internacional que se hace llamar gluseen (red global sobre la 
educación y la ecología de los suelos urbanos, por sus siglas en 
inglés) ha llevado a cabo análisis de adn en microbios del 
subsuelo de ciudades y áreas naturales de África, América del 
Norte y Europa, y ha descubierto que la composición de las 
especies que viven en todos esos subsuelos se está mezclando 
muy deprisa. Al estudiar las doce mil clases de hongos y las 
tres mil setecientas especies de un microbio llamado Archaea 
encontradas en la muestra, comprobaron que las comunidades 
subterráneas de las ciudades se parecían mucho más entre sí 
que las de las áreas rurales. Y un equipo de investigadores de la 
Universidad de Nuevo México analizó por su parte toda la 
información recogida gracias a la costumbre americana del 
Recuento de Aves del Día de Navidad. Científicos ciudadanos 
de miles de localidades distintas hacen un recuento de todas las 
aves que han visto en un perímetro de veinticuatro kilómetros 
a lo largo de veinticuatro horas, y a partir de los datos 


recogidos se ha descubierto que hay ciudades que están a cuatro 
mil kilómetros de distancia pero que comparten la mitad de las 
aves, en tanto que la avifauna de las áreas naturales separadas 
por esa misma distancia suele ser completamente diferente. 
Por último, dos científicos alemanes, Riidiger Wittig y Ute 
Becker, han hecho un análisis de las plantas que crecen en los 
alcorques que ellos llaman Baumscheiben (discos de árboles), 
esas isletas de tierra que rodean a los árboles urbanos. Al igual 
que ha ocurrido con los estudios de las aves urbanas, las 
ciudades de todo el continente comparten una proporción 
mucho más grande de flora de alcorque que las áreas de 
vegetación silvestre elegidas al azar en el campo. Incluso en 
Baltimore, Estados Unidos, el 80% de las plantas que crecen 
entre las raíces de los árboles callejeros son idénticas a las que 
crecen en las ciudades europeas. 

Esto significa que el ecosistema de las ciudades de todo el 
mundo es cada vez más similar; las comunidades de plantas y 
de animales, hongos, organismos unicelulares y virus se están 
mezclando en una única biodiversidad urbana globalizada con 
múltiples objetivos. Y aunque no todas las especies sean 
idénticas de una ciudad a otra, siempre nos encontramos con 
una especie similar desempeñando un papel equivalente. En 
mis paseos por Sendai, por ejemplo, veo a la araña del surco 
(Larinioides cornutus) tejiendo telarañas cerca de los focos que 
hay en los puentes que cruzan el río Hirose. Se trata de una 
especie distinta de la araña de los puentes europea (Larinioides 
sclopetarius) que Astrid Heiling vio haciendo lo mismo en los 
puentes de Viena que cruzaban el Danubio. 

El caso es que cada especie urbana, sea cual sea su lugar en 
el mundo, acabará encontrando un conjunto de cohabitantes 
muy parecido. En un capítulo anterior denominamos este 
fenómeno “encuentros urbanos en la segunda fase”: son los 


engranajes vivientes del reloj ecológico urbano que a su vez 
también pueden evolucionar. Y a medida que esos mecanismos 
vayan confluyendo en muchas ciudades distintas, irán 
produciéndose avances evolutivos similares, que darán una 
respuesta equiparable a los desafíos que plantea la vida urbana 
en todo el planeta. 

Pero también se produce la homogeneización que resulta de 
lo que he denominado “los encuentros urbanos en la primera 
fase”, es decir, la adaptación a los distintivos físicos y químicos 
del entorno urbano. Y para estos componentes del entorno 
urbano también se producen conexiones globales e invisibles. 
Durante los últimos años, la visionaria científica urbana Marina 
Alberti, de la universidad de Washington, ha estudiado este 
proceso, que ella denomina “teleconexión”. Cuando la 
entrevisto por Skype, Alberti me explica su formación 
académica: “Sí, soy urbanista, pero mi currículum es muy 
complejo porque también he estudiado biología”. Su idea 
fundamental, me cuenta, es la de que los seres humanos 
formamos parte de la naturaleza. “Mi obra intenta poner en 
cuestión los principios de la ecología y el urbanismo porque 
ambas ciencias todavía consideran que los seres humanos no 
forman parte de los sistemas ecológicos”. 

Y continúa: “Las ciudades están interconectadas mucho más 
allá de sus límites físicos”. Para Alberti, las ciudades no solo se 
intercambian especies, sino inventos humanos que las hacen 
funcionar y a los que tienen que adaptarse los organismos 
urbanos. Tomemos el caso de la iluminación nocturna (alan), 
por ejemplo. La innovación lumínica ha ido extendiéndose por 
el mundo, saltando de ciudad en ciudad. Primero fue la luz de 
gas, luego las lámparas incandescentes, luego las lámparas de 
sodio de alta presión, después las de vapor de mercurio y ahora 
las led. Cada clase de iluminación tiene un espectro distinto de 


luz, e investigadores como Kevin Gaston en el Reino Unido y 
Kamiel Spoelstra en los Países Bajos están descubriendo que 
los animales nocturnos reaccionan de forma diferente a los 
diversos espectros. Por lo tanto, podemos deducir que si los 
animales están evolucionando para adaptarse al alan, cada 
nueva ¡innovación lumínica traerá consigo una nueva 
transformación evolutiva. Y dado que la innovación tecnológica 
se extiende muy deprisa de ciudad en ciudad, así también se 
extenderán las transformaciones evolutivas, bien sea porque los 
animales mejor adaptados son los que se asientan y aumentan 
en número en las ciudades (como hizo la mariposa del abedul al 
adaptarse a los cambios de la contaminación industrial), o bien 
porque las mismas soluciones para los mismos problemas van 
evolucionando de forma independiente en distintos lugares 
(como parece suceder con los mirlos urbanos y con los fúndulos 
resistentes a los contaminantes pcb). 

Alberti imagina que esta teleconexión interurbana afectará a 
todas las innovaciones en materia de transporte, carreteras, 
construcciones ferroviarias, arquitectura, creación de espacios 
verdes, etcétera. Y más aún si tenemos en cuenta que las 
ciudades de todo el mundo están empezando a intercambiar 
información y a emprender acciones conjuntas con mucho más 
entusiasmo que los propios países de los que forman parte. En 
su libro Conectografía: mapear el futuro de la civilización 
elobal, el estratega global Parag Khanna cita el ejemplo de las 
C 


y red global de megaurbes que buscan conjuntamente 
una solución al cambio climático. “Dado que las ciudades se 
definen [...] por su conectividad en mucha mayor medida que 
por su soberanía -—dice Khanna-, podemos imaginar una 


sociedad global que surgirá con mucha más rapidez de las 
relaciones interurbanas que de las relaciones internacionales”. 

En otras palabras, la naturaleza urbana del futuro será un 
ecosistema disperso pero globalmente homogeneizado, habitado 
por un conjunto dinámico y a la vez compartido de organismos 
que estarán evolucionando constantemente, intercambiando 
especies y genes e innovaciones para competir con las nuevas 
tecnologías con que los seres humanos están equipando las 
ciudades. Eso no significa que los ecosistemas urbanos vayan a 
estar completamente separados de los ecosistemas rurales: la 
vida silvestre seguirá funcionando como fuente de especies y de 
genes preadaptados que los ecosistemas urbanos sabrán 
aprovechar de algún modo. Pero aun así, a medida que el 
entorno urbano vaya expandiéndose, irá convirtiéndose en un 
ecosistema por derecho propio que dicte sus propias normas 
evolutivas y marque su propio ritmo evolutivo. 

Alberti señala que estas normas y este ritmo evolutivo 
empiezan a diferenciarse cada vez más de las normas y el ritmo 
que hemos conocido hasta ahora en el mundo natural. En los 
bosques vírgenes, en los desiertos, en los pantanos y en las 
dunas alejadas de toda influencia humana, los cambios 
evolutivos se deben a la presión de fuerzas naturales que 
vienen funcionando desde tiempo inmemorial. Sin embargo, a 
medida que los ecosistemas silvestres se hacen más grandes y 
complejos, y a medida que los organismos van ocupando todos 
los nichos ecológicos, surgen menos oportunidades y la 
evolución se ralentiza. En las ciudades, en cambio, ocurre todo 
lo contrario, tal como indica Alberti, ya que el ritmo de la 
evolución viene marcado por las oportunidades ecológicas que 
surgen de la interacción con los seres humanos. Y a medida que 
las ciudades se vuelven cada vez más grandes y complejas, van 
produciéndose más y más interacciones sociales con los seres 


humanos, cada vez más intensas, y debido a las cuales el 
entorno va cambiando mucho más deprisa... y acto seguido, la 
teleconexión se encarga de difundir estos cambios por la vasta 
red de las ciudades del mundo. Y las especies tendrán que 
acelerar el ritmo evolutivo en la olla a presión del cambio 
medioambiental si no quieren extinguirse sin remedio, 

Aquellas especies que no puedan mantener el ritmo 
frenético impuesto por el desarrollo urbano tendrán que 
desaparecer, pero el resto seguirá adaptándose y tal vez 
dividiéndose a medida que los seres humanos vayan 
poniéndoles nuevos obstáculos o proporcionándoles nuevos 
medios de vida. En 2017, en la revista Proceedings of the 
National Academy of Sciences, un equipo científico dirigido por 
Alberti publicó un análisis global de más de mil seiscientos 
casos de cambios “fenotípicos” (es decir, transformaciones en el 
aspecto, el desarrollo o la conducta de una especie que pueden 
tener o no una causa genética). Al factorizar un conjunto de 
“impulsores” medioambientales (tanto urbanos como naturales), 
descubrieron lo que Alberti denomina una “señal inequívoca de 
urbanización”. Los datos ponían de manifiesto el cambio 
fenotípico ocurre mucho más deprisa en las ciudades que en las 
zonas rurales, y que los impulsores más potentes son los 
encuentros en la segunda fase (interacciones con seres humanos 
o con otros organismos introducidos en la ciudad por los seres 
humanos). 

Y eso nos lleva a hacernos una pregunta a la que ya he 
aludido en un capítulo anterior: ¿y qué pasa con nosotros, los 
seres humanos? ¿Estaremos evolucionando también? Al fin y al 
cabo, el entorno urbano es tan ajeno a nuestros cuerpos y 
mentes como lo es para el cuervo indio, el bambú japonés y el 
fúndulo. Durante los cientos de miles de años que hasta ahora 
han configurado nuestra evolución, nunca hemos vivido en 


condiciones ni remotamente parecidas a las que tenemos ahora. 
Por otra parte, si hubo alguna vez un momento que ofreciera 
las condiciones para un nuevo salto evolutivo, ese momento es 
el actual. Reflexionemos un instante: cuando hay casi ocho mil 
millones de habitantes en el mundo, y cuando cada día nuestros 
cuerpos producen un trillón de células sexuales, la probabilidad 
de que aparezca una nueva mutación crucial en nuestro genoma 
resulta muchísimo más elevada que cuando éramos una especie 
amenazada que se buscaba el sustento en unos pocos lugares 
del mundo. ¿Estamos evolucionando los seres humanos para 
adaptarnos al nuevo entorno urbano, igual que están haciendo 
los animales y plantas que cohabitan con nosotros? Es una 
pregunta fascinante, para cuya respuesta ahora contamos con 
las herramientas adecuadas. 

Del mismo modo que los científicos investigaron el genoma 
de la mariposa del abedul para comprobar la mutación del gen 
córtex que se expandió por el mundo industrial en el siglo xix, 
nosotros también podemos analizar el genoma de un conjunto 
cada vez más grande de personas para averiguar cómo ha ido 
evolucionando la población humana en estos últimos años. La 
tecnología del adn está desarrollándose tan deprisa que, dentro 
de poco, tendremos la información confidencial de nuestro 
eenoma guardada en el disco duro y/o podremos permitir a los 
investigadores examinarla. Pero incluso con la modesta 
cantidad de un millón de genomas a la que tienen acceso los 
investigadores, hoy ya se han detectado indicios de que la 
evolución humana sigue su curso, 

Los proyectos de investigación uk10k y Biobank, por 
ejemplo -—dos iniciativas científicas que se han propuesto 
secuenciar el genoma de decenas de miles de ciudadanos 
británicos—, han puesto de manifiesto que en los últimos siglos 
se han producido cambios evolutivos en los genes relacionados 


con la altura, el color de la piel y los ojos, la tolerancia a la 
lactosa, el deseo intenso de consumir nicotina, el tamaño de la 
cabeza de los niños, la amplitud de la cintura de las mujeres y 
la edad de la maduración sexual femenina. Es probable que 
ninguno de estos cambios tenga que ver directamente con el 
hecho de vivir en las ciudades, pero otros investigadores sí han 
descubierto evidencias de que está produciéndose una evolución 
propia de las ciudades. Allí donde empezó antes la 
urbanización, por ejemplo, hay más personas cuyos genes del 
sistema inmune contribuyen a combatir la tuberculosis. 
Históricamente, los organismos que causan o contribuyen a 
propagar enfermedades de ese tipo actúan -incluso hoy-, con 
mayor eficacia en los lugares donde la gente vive hacinada, de 
modo que todo eso afectará la evolución de nuestro sistema 
inmunológico. 

Otra idea apasionante es la del cambio en la sexualidad 
humana. Durante millones de años, cualquier ser humano tenía 
que conformarse con un puñado de parejas posibles a lo largo 
de toda una vida. Sin embargo, hoy el urbanita medio puede 
encontrar todos esos candidatos potenciales sin mayor esfuerzo 
que el de dar un paseo por la calle. Eso significa una mayor 
competencia y una selección sexual mucho más intensa. Si a 
eso se le suma un gran cambio en las preferencias —como el 
que ha experimentado el carbonero común- en cuanto a las 
características ideales de una pareja, ¿quién sabe cómo van a 
evolucionar en el futuro esas preferencias y las señales que 
emitimos para atraer sexualmente? 

Dicho esto, en el futuro que prevemos es más probable que 
los seres humanos influencien la trayectoria evolutiva de la 
flora y de la fauna urbana a que veamos el fenómeno inverso, 
Dice Alberti: “Creo que la especie humana está cambiando la 
configuración genética del planeta. Tenemos la responsabilidad 


y a la vez la oportunidad de coevolucionar con otros 
organismos. Ahora bien, si los seres humanos van a asumir ese 
desafío, eso no lo sé”. Alberti plantea un reto que implicaría 
enormes consecuencias en la forma en que diseñamos y 
administramos nuestros entornos urbanos. ¿Seremos capaces de 
canalizar el potencial de la evolución urbana y usarlo para 
hacer que las ciudades sean mucho más habitables en el futuro? 


Diséñalo con Darwin 


Ami hija se le dan mejor estas cosas. 

Me presento sin avisar en el mostrador de recepción de 
Roppongi Hills, el suntuoso “complejo de desarrollo urbanístico 
integral” que se levanta en el corazón de Tokio, y pregunto si 
puedo echar un vistazo a sus famosas cubiertas ajardinadas. Me 
dan una guía en papel couché que se titula Roppongi Hills 
Town Guide y me ofrecen un montón de disculpas, pero no, lo 
sentimos mucho, solo pueden verse cuando se celebran 
“eventos” o en las ocasiones especiales. Desmoralizado, vuelvo 
a la entrada, donde están esperándome mi hija y mi novia, 
“¿Les has dicho que estás escribiendo un libro?”, me pregunta 
mi hija Fenna, al tiempo que me empuja a volver. Sus sonrisas, 
su persistencia y la colección de tarjetas de visita y de 
identificación de universidad que logro materializar consiguen 
que el recepcionista llame por teléfono a la oficina de 
mantenimiento de los jardines del hotel pero ellos, también, 
rechazan nuestra petición. Con libro o sin él, debes solicitarlo 
por escrito. 

Pero Fenna tiene ganas de pelea. “Vamos a ver si podemos 
acercarnos”, dice, y me conduce hasta el recibidor del hotel 
Hyatt, que está justo al lado, desde donde nos colamos por 
delante de la recepción y hasta el ascensor. Cambiamos varias 
veces de ascensor en distintas plantas, hasta que encontramos 
el que sube hasta el piso que queda más cerca de las cubiertas 
ajardinadas de Ropponei Hills, Al final del pasillo alfombrado 
llegamos a una eran cristalera que ofrece una panorámica 
extraordinaria. Primero vemos el perfil urbano de Tokio, 


anguloso y cubierto de niebla. Luego, la “ciudad dentro de la 
ciudad” formada por Roppongi Hills: un amasijo de oficinas, 
tiendas, apartamentos, jardines y un museo, todo 
interconectado por senderos bordeados de esculturas. Cuando 
pegamos la nariz al cristal y percibimos el calor que irradia la 
cristalera y que se mete en el hotel climatizado, allí enfrente, 
en la azotea justo delante de nosotros, bajo el sol ardiente, está 
la reserva natural urbana que llevábamos tanto tiempo 
buscando. 

Es como si alguien hubiera excavado un pedazo de campo 
japonés (ese mosaico tradicional de arrozales, bosques, prados y 
estanques llamada satoyama) y lo hubiera soltado sobre la 
azotea del edificio Keyakizaka, donde ahora forma una corona 
verde. Un arrozal y una pradera rodeados de bosquecillos de 
cerezos y setos de privet de Corea. Senderos ondulantes. Flores 
de loto en un estanque y huertas de melón amargo, berenjenas 
y tomates. Una residente con un amplio sombrero que la 
protege del sol está cuidando su arroz, mientras dos cuervos 
picudos con los picos tan afilados como cuchillos de sushi 
picotean las cerezas aún verdes que acaban de brotar en los 
árboles, Luego emprenden el vuelo y se van hacia la torre Mori, 
volando muy por encima de nosotros. Vemos cómo se van 
volviendo más y más pequeños hasta convertirse en dos 
puntitos que se diluyen entre las cornisas de los pisos más 
altos, donde tiene su sede la empresa constructora Mori 
Building Company, que ha levantado Roppongi Hills, 

Mori ha estado incorporando vegetación a sus proyectos 
arquitectónicos desde la década de 1970, Las cubiertas 
ajardinadas de Roppongi son modestas —no tienen más de mil 
trescientos metros cuadrados-, pero algunos de los edificios en 
el catálogo de la empresa tienen superficies verdes mucho más 
extensas. Y no son las únicas. En la ciudad de Fukuoka, el 


diseñador argentino Emilio Ambasz dio con equivalente 
inmobiliario de nadar y guardar la ropa: tomó un parque 
urbano de cien mil metros cuadrados y lo levantó en el aire 
hasta dejar el edificio futurista del Prefectural Hall de 
Fukuoka justo debajo. La fachada sur del edificio en forma de 
cuña tiene catorce terrazas estratificadas, rebosantes de 
vegetación salvaje, que se prolongan hasta un aparcamiento a 
nivel de calle. 

En otros lugares de Asia hay proyectos arquitectónicos que 
rompen todos los moldes. En Singapur se levanta el mayor 
jardín vertical del mundo (la fachada oeste, de dos mil 
trescientos metros cuadrados, del cdl Treehouse Condominium), 
y también el asombroso edificio de treinta plantas cubiertas de 
enredaderas del Oasia Hotel Downtown. Y Asia no es el único 
lugar donde existe la arquitectura verde. En Milán, Stefano 
Boeri ha diseñado el Bosco Verticale (Bosque Vertical), dos 
rascacielos de uso residencial en los que hay plantados 730 
árboles, 5.000 arbustos y 11.000 plantas. De hecho, la última 
tendencia del diseño urbano en todo el mundo es la 
arquitectura que integra la naturaleza, y ahora mismo están 
desarrollándose más y más proyectos, cada vez más 
inteligentes, que se proponen integrar la naturaleza en la ciudad 
tanto en un nivel megalomaniaco como en uno microscópico, 
financiados por grandes constructoras y pequeñas cooperativas. 
En Manhattan, por ejemplo, el crowdfunding de Lowline Lab 
experimenta con la creación de espacios verdes subterráneos 
que se adapten a una mala iluminación. El objetivo es convertir 
la terminal abandonada de tranvías de Williamsburg, que mide 
ciento ochenta metros y está situada justo debajo de Delancey 
Street, un húmedo espacio cavernario, en un parque 
subterráneo repleto de musgos y helechos. Y en Berlín, una 
pequeña asociación está intentando convertir el monstruo de un 


antiguo búnker de hormigón de la época nazi en una “montaña 
verde” que se llamará Hilldegarden. 

Estas nuevas tendencias del diseño urbano no solo dan 
impulso a estudios de arquitectura y gabinetes de diseño, sino 
que traen grandes beneficios al entorno urbano. Por ejemplo, 
las azoteas están vergonzosamente vacías en zonas urbanas 
donde la escasez de espacio es agobiante, y si las ciudades 
siguen creciendo en detrimento de las zonas llanas y fértiles 
que puedan dedicarse a la naturaleza y la agricultura, ¿por qué 
no podemos introducir nuevos usos en la propia ciudad, en las 
azoteas desaprovechadas? Por otra parte, una ventaja añadida 
de los edificios recubiertos de vegetación es que el suelo 
húmedo y el follaje contribuyen a bajar la temperatura. Así 
disminuyen los costes del aire acondicionado y también se 
atenúa la isla urbana de calor. Y por si fuera poco, las plantas 
amortiguan el ruido y atrapan la contaminación. En regiones 
sísmicas como Japón, un pesado parque natural situado en la 
azotea puede servir de contrapeso y contribuir a la seguridad 
del edificio si se produce un terremoto. No es de extrañar que, 
en 2001, el municipio de Tokio aprobara una ordenanza que 
obligaba a los nuevos edificios a destinar entre el 20 y el 25% 
de la superficie de las azoteas a las zonas verdes. En 2015, esta 
nueva disposición administrativa había dado como resultado 
1.800.000 metros cuadrados de cubiertas verdes, Y normas e 
incentivos muy parecidos existen en otras ciudades del mundo. 

No se preocupen, no expondré detalladamente la eclosión 
del diseño y la arquitectura verde. Existen bibliotecas enteras 
dedicadas al asunto, y bastaría citar el excelente ensayo Making 
Urban Nature (2017) o bien Desiening for Biodiversity (2013). 
También podría citarse el clásico Planting Green Roofs and 
Living Walls, de 2004. O en última instancia, bastaría con 
asistir a uno de los innumerables congresos internacionales en 


los que arquitectos y urbanistas analizan las últimas tendencias 
del urbanismo ecológico. Pero lo que no se encuentra en esos 
libros ni se escucha en esos congresos es cómo todas esas 
nuevas tendencias en tejados verdes, construcción 
naturoinclusiva y urbanismo verde afectan a la evolución de los 
sistemas urbanos en curso. En líneas generales, los ecólogos 
urbanos, los arquitectos ecológicos y los urbanistas verdes dan 
por hecho que los animales y las plantas que viven en libertad 
en un entorno urbano son organismos estáticos, de modo que el 
papel que desempeñan en la cadena urbana va a permanecer 
inalterable. Como ya hemos visto en este libro, esa idea puede 
ser un error de cálculo: la evolución urbana no se detiene 
nunca, y lo que debemos preguntarnos es, en realidad, cuáles 
pueden ser las consecuencias indeseadas de la interacción entre 
la evolución urbana y la arquitectura ecológica, 

Ante todo, hay que tener en cuenta la teleconexión de la que 
va hemos hablado en el capítulo anterior. Ingenieros urbanos, 
diseñadores y arquitectos están inmersos en un intercambio 
continuo de ideas. El argentino Emilio Ambasz diseña edificios 
en Japón y el italiano Stefano Boeri lo hace en China, mientras 
el malayo Ken Yeang trabaja en proyectos para Londres, Hong 
Kong y Bangalore. Esta movilidad de las personas y los 
conceptos garantiza una difusión muy rápida de las ideas y la 
innovación, cosa que contribuye a aumentar la teleconexión 
global del entorno urbano de la que ya hemos hablado. 

Pero aún hay más. Si se usa el sentido común evolutivo, 
resultaría factible trazar directrices para que el nuevo diseño 
urbano canalice el potencial de la evolución y lo convierta en 
un instrumento al servicio de la maduración de los ecosistemas 
urbanos. Por lo tanto, aquí postulo mis Directrices 
Improvisadas para la Construcción Urbana Teniendo en Cuenta 


a Darwin: cuatro normas para la planificación ecológica urbana 
integrada en la evolución natural. 

Norma número 1. Que las plantas crezcan solas. Los seres 
humanos somos jardineros incorregibles. Nos gusta plantar, 
arrancar hierbas y cuidar el jardín. Y el diseño verde urbano se 
basa en las mismas motivaciones. Todos los proyectos 
ecológicos que he mencionado en este capítulo, ya fueran 
verticales, horizontales, oblicuos 0 subterráneos, están 
planificados meticulosamente no solo en cuanto a su aspecto y 
a su funcionamiento, sino también en cuanto a los objetivos de 
cultivo. Las cubiertas ajardinadas del Fukuoka Prefectural Hall 
tienen setenta y seis especies de plantas, arbustos y árboles, El 
Lowline Lab de Nueva York ha plantado más de cien, y el 
Bosco Verticale de Milán tiene cincuenta especies distintas, 
todas cuidadosamente seleccionadas. En cada uno de estos 
proyectos ha trabajado un equipo de  horticultores y 
especialistas en arboricultura que han elegido la combinación 
perfecta que se adapte a cada entorno específico. Han tenido en 
cuenta el calor, la sombra y la tolerancia a la sequía, y luego 
han combinado las propiedades de las plantas con la forma y el 
color de las hojas, los tallos, las ramas y las flores. 

Es comprensible elegir de este modo tropas de élite, pero al 
hacerlo se deja de lado el abanico inagotable de plantas 
urbanas con las que van a interactuar estos nuevos espacios 
verdes. En una ciudad, se mire donde se mire, ya sea en las 
alcantarillas, en las cunetas o en las azoteas que no son de 
diseño, las poblaciones de plantas coevolucionan juntas, 
interactuando con los microorganismos del suelo y el aire, con 
insectos y otros invertebrados que se alimentan de ellas y a su 
vez las polinizan, y en última instancia con todo el entorno 
urbano (la isla de calor, los espacios verdes que se forman en el 
entramado urbano, la contaminación por acumulación de 


metales pesados, etcétera). Y todos estos procesos evolutivos 
resultan afectados si de repente soltamos un conjunto 
preseleccionado de especies vegetales entre todos estos 
organismos. Sería mucho más razonable que los nuevos 
espacios verdes se formaran naturalmente con especies que ya 
crecen en abundancia en el resto de la ciudad. Eso supondría 
no plantar especies nuevas, tal vez ni siquiera añadir nuevo 
suelo fértil, sino dejar los lechos de siembra vacíos y permitir 
que el propio ecosistema urbano los colonice a su propio ritmo. 
A (muy) pequeña escala, ya hay iniciativas que adoptan esta 
filosofía de “que las plantas crezcan solas”, La empresa 
holandesa Gewilderoei (cuyo nombre es un juego de palabras 
intraducible que viene a significar “crecimiento deseable”) ya 
diseña y comercializa baldosas de exterior y para pavimento 
con grietas y agujeros que permiten la acumulación de tierra, lo 
que a su vez permite la aparición espontánea de plantas. El 
problema, sin embargo, es que con este laissez-faire, el elegante 
exterior de los nuevos proyectos verdes tendría un aspecto 
inicial muy desolado, hasta que poco a poco se recubriera 
espontáneamente de plantas. 

Norma número 2. No tienen por qué ser especies nativas. Si 
no toleramos que la fachada de un edificio verde esté 
“desnuda”, y si queremos a toda costa que tenga plantas, 
arbustos y árboles, ¿por qué no los elegimos del catálogo local 
de plantas? Como cualquier proyecto de arquitectura verde se 
desarrollará en una ciudad que ya cuenta con sus propias 
especies de plantas urbanas, que llevan años evolucionando y 
adaptándose a ese entorno en concreto, dicho patrimonio 
vegetal tiene un valor incalculable. Lo razonable sería explorar 
solares vacios, azoteas y terraplenes de vías férreas para hacer 
una selección de las plantas que ya crecen allí sin problemas, 
“¡Un momento! —dirá el arquitecto verde-, muchas de esas 


especies son exóticas, ¿y no atentaría eso contra el nuevo 
dogma ecológico que nos aconseja usar únicamente especies 
autóctonas?”. Pues sí que atentaría contra ese dogma, respondo 
yo, pero sigo creyendo que ese dogma es erróneo. Por supuesto 
que suena muy bonito plantar especies autóctonas en la ciudad, 
pero debemos aceptar el hecho de que muchas de las especies 
que han evolucionado y se han adaptado con más éxito al 
entorno urbano son especies exóticas; hemos visto numerosos 
ejemplos en este libro. Esas especies “supertramp” son los 
ciudadanos del mundo que están colonizando el ecosistema 
urbano global, y los urbanistas deberían aceptar la incómoda 
verdad inherente a este incuestionable hecho evolutivo. 

Norma número 3. Parches urbanos primigenios. Puede que 
la idea de conservar parches urbanos de hábitat original, no 
urbano, en el perímetro de la ciudad parezca ir en contra de la 
norma anterior según la cual no tienen por qué ser especies 
nativas. De acuerdo. Pero aun así, es muy importante, si 
queremos mantener el ritmo de la evolución urbana a toda 
máquina, conservar un vasto arsenal de genes y especies que 
puedan servirnos para la innovación ecológica. El ecosistema 
urbano enfrenta a diario nuevos desafíos, y no todas las 
especies de la cadena alimentaria urbana podrán adaptarse a 
las nuevas exigencias. De ahí que los parches urbanos de 
vegetación natural que conserve la flora y la fauna autóctona 
podrían servir de válvula de escape. La reserva natural de 
Hassamu en Sapporo, en Japón, el bosque del campus de Pici 
en la ciudad brasileña de Fortaleza y el parque de Bukit Timah 
en Singapur son ejemplos de esa naturaleza primigenia que 
forma parte de la urdimbre urbana. 

Norma número 4. Espléndido aislamiento. Uno de los 
principios fundamentales del diseño ecológico actual es la 
creación de “corredores”. El último grito consiste en crear 


franjas de vegetación urbana (“vías verdes”) que unan los 
parques y otros parches de vegetación de la ciudad para 
conseguir una red conectada de espacios verdes urbanos. 
Parece una buena idea, Después de todo, es el equivalente 
urbano de la práctica conservacionista en los espacios no 
urbanizados que lleva décadas practicándose: si una especie 
desaparece de un segmento, recolonizarlo siempre partiendo de 
la población que queda en otro. Y de esta forma, la cadena 
alimentaria de todos estos enclaves interconectados permanece 
intacta, 

Ahora bien, está por demostrarse que los corredores sean 
una innovación positiva para el ecosistema urbano en constante 
evolución. Pensemos en los ratones de patas blancas de Nueva 
York, que han conseguido que cada clan se adapte a las 
exigencias específicas del parque en que cada uno vivía aislado. 
Para estos ratones, vivir atrapados en sus propios parques 
puede tener algo positivo, pues así no se mezclan con los 
ratones mal adaptados que llegan de otros parques. Y lo mismo 
ocurre con otras especies de pequeños animales y de plantas 
atrapados en diminutos parches de vegetación urbana. Al igual 
que esos ratones, es probable que se adapten evolutivamente a 
características específicas de ese rincón particular de la ciudad. 
Y si esos parches de vegetación se conectan por medio de 
corredores verdes, se romperá una cadena de adaptaciones muy 
frágiles. De modo que, si nos preocupa la evolución de la vida 
urbana, deberíamos replantearnos la utilidad de esos corredores 
verdes. 

Como el lector habrá observado ya, algunas de estas 
directrices contradicen los dogmas de la planificación ecológica 
urbana. Y llevará su tiempo que ayuntamientos y urbanistas 
asuman la realidad de la evolución urbana. Si uno se ha pasado 
media vida combatiendo especies exóticas que invaden la 


ciudad, le resultará muy difícil reconocer que ese esfuerzo no 
ha hecho más que retrasar el inevitable proceso de integración 
evolutiva de tales especies. Y también le costará asimilar la 
idea de que determinados aspectos de la evolución urbana 
tienen más éxito en parches aislados de vegetación que en 
zonas conectadas por corredores verdes. 

De modo que quizá valdría la pena desconfiar de las 
autoridades municipales como gestoras de una versión mucho 
más evolutivamente inteligente del ecosistema urbano. Y para 
llevar a cabo una transformación como la que planteo, sería 
mejor confiar en las comunidades de urbanitas concienciados, 
dado que en muchos países los ciudadanos ya están 
organizándose en grupos de presión que comparten el interés 
por la naturaleza. Tokio es un ejemplo paradigmático. A 
medida que la ciudad iba pasando de tener un millón de 
habitantes a finales del siglo xvii a ser el actual conglomerado 
de treinta y ocho millones de habitantes (la capital del Japón es 
una de las tres ciudades más grandes del mundo, junto con 
Guangzhuo y Chongqing), los límites de la ciudad han ido 
absorbiendo los campos satoyama aledaños. Tal como me 
explicaron los ecólogos urbanos Tetsuro Hosaka y Shinya 
Numata, de la Universidad Metropolitana de Tokio, satoyama 
es una palabra de amplio significado que designa la forma en 
que las comunidades rurales de Japón gestionaban el entorno 
natural históricamente, integrándolo en el mosaico de pueblos, 
campos de cultivo, acequias de irrigación y zonas de 
sotobosque. 

Ahora bien, según me explica Hosaka, aunque ciertos 
paisajes han desaparecido, no ha desaparecido el deseo de 
trabajar en común por el bien común, en este caso verde. 
Durante las últimas décadas, este deseo se ha reencarnado en la 
idea de satoyama: los residentes en la ciudad se agrupan para 


restaurar y conservar los escasos paisajes de satoyama que 
sobreviven dentro de los límites de esta. Incluso hay iniciativas 
que intentan introducir el concepto de satoyama en el centro 
urbano, para que grupos de vecinos gestionen los parques, los 
canales, los estanques y las calzadas de su barrio, siguiendo el 
ejemplo de lo que hicieron sus antepasados rurales. Además, 
los cultivos urbanos forman parte del nuevo satoyama, sobre 
todo entre el enorme segmento de jubilados de más de sesenta 
años. Numata lo explica así: “Las personas mayores se 
entusiasman con el proyecto porque les gusta la jardinería y el 
cultivo de un huerto. Y hay muchísimos jubilados en buenas 
condiciones físicas y mentales. En el Japón actual, los 
sexagenarios siguen siendo gente muy joven y llena de energía”. 
Y la verdad es que veo un montón de pruebas de ello mientras 
viajo en tren a la Universidad Metropolitana de Tokio. Por 
todas partes, encajonados entre los grises bloques de 
apartamentos, se ven pequeños huertos y jardines, e incluso 
arrozales en miniatura. Y hasta en el mismo centro de la 
ciudad, los habitantes del ostentoso barrio de Roppongi Hills se 
agrupan para plantar, cuidar y cultivar arroz en las cubiertas 
ajardinadas del edificio Keyakizaka,. 

La idea japonesa de un satoyama renovado en las ciudades 
tiene equivalentes más allá de Japón. Por todo el mundo, desde 
Ámsterdam hasta Acapulco, de Zamboanga a Zhengzhou, hay 
comunidades urbanas dedicadas a la conservación de la 
naturaleza en el propio barrio y al cultivo en granjas urbanas. 
La importancia de estos cultivos no debe pasarse por alto, pues 
con ellos los seres humanos forman parte integral de la cadena 
alimentaria urbana. Y a través de las frutas y las verduras que 
cultivan ellos mismos, los urbanitas humanos y su sistema 
digestivo se integran en los flujos de energía del ecosistema 
autóctono. Y dado que esa implicación se nota en el estómago y 


el bienestar, los seres humanos se interesarán cada vez más en 
su propio ecosistema, 

Es posible que estos habitantes de las ciudades con 
mentalidad ecológica (que en parte coinciden con los 
naturalistas urbanos que hemos conocido en los primeros 
capítulos de este libro) fecundicen la evolución urbana. De 
hecho, la mayoría de los científicos que he entrevistado para 
este libro me ha dicho que la gente de la ciudad se emociona al 
descubrir que la flora y la fauna urbanas están evolucionando 
para adaptarse al entorno urbano. ¡Imaginemos las 
posibilidades de una integración de estos ciudadanos en la 
investigación evolutiva urbana! 

Y esto me lleva al último punto que querría tratar aquí: 
construyamos un EvoEscopio Urbano. 

La evolución urbana ocurre en todas partes. Todos los 
animales y plantas que viven en las ciudades cambian muy 
deprisa para adaptarse a ellas. Pero con excepción de los 
escasos biólogos evolutivos urbanos que han aparecido en estas 
páginas, nadie presta atención al fenómeno. No hay suficientes 
científicos que registren la continua transformación evolutiva 
de los chacahualas de Phoenix, las águilas de Vancouver o la 
judía adzuki en Shanghái. Pero si pudiéramos contar con cuatro 
mil millones de personas, tendríamos suficientes científicos 
ciudadanos. ¿Y qué pasaría si estos ciudadanos, en vez de 
limitarse a constatar la presencia o ausencia de determinadas 
especies, se dedicaran también a estudiar su evolución? 

Pondré un ejemplo de lo que tengo en mente: en los Países 
Bajos acabamos de lanzar una aplicación de móvil llamada 
SnailSnap. Con ella, la gente puede colgar fotos del caracol 
moro (Cepaea nemoralis), muy común en todas las ciudades 
holandesas, en una base de datos central. Estos caracoles tienen 
conchas de colores muy distintos, y nuestro equipo analiza esas 


miles de fotos para averiguar si las conchas del centro urbano 
están evolucionando hacia una coloración más clara. Tenemos 
la intuición de que los caracoles con conchas de colores claros 
que vivan en la isla de calor urbana durante la época de 
máximo calor estival entrarán en calor más despacio (y por lo 
tanto sobrevivirán un poco mejor) que los caracoles con la 
concha oscura, 

Otro ejemplo lo proporciona la ecología acústica. El lector 
recordará los cambios en la voz y el canto de las aves, insectos 
y ranas que intentan comunicarse en medio del estruendo 
urbano. En todo el plantea se están llevando a cabo proyectos 
de investigación en los que los ciudadanos colocan diminutos 
micrófonos usb en el jardín o en los muros exteriores de su 
casa para grabar automática y continuamente el paisaje 
acústico local. En algunos casos se trata de equipos de 
frecuencia ultrasónica, como es el caso de la red de detectores 
instalada en Londres, que registra el sonido de los murciélagos. 
De esta manera, los ecólogos acústicos pueden monitorizar si 
las llamadas, los cantos o los sonidos estridulados que los 
animales emiten están cambiando a consecuencia del estrépito 
creado por los seres humanos. 

Y también hay iniciativas que combinan la diversión con el 
estudio. Por ejemplo, el “Concurso del nido más funk”, 
organizado por el laboratorio de ornitología de la Universidad 
de Cornell, anima a la gente a enviar fotos de los nidos más 
divertidos, adorables, inapropiados, estrafalarios o... en una 
palabra, funk, que se encuentren en su entorno urbano. Este 
proyecto podría descubrir un cambio (incluso evolutivo) en la 
confección del nido. ¿Es cierto que los mirlos urbanos anidan 
en lugares artificiales más de lo que cabría esperar? ¿Qué 
tienen esas anillas de plástico blanco que los milanos negros 
urbanos empiezan a usar para decorar sus nidos en España? ¿Y 


hay otras aves que decoren el nido con colillas de cigarrillo, 
como hacen los pinzones de México? 

Estas son algunas de las ideas que tenemos ahora, pero hay 
que imaginarse lo que pasará cuando mejore la tecnología. En 
un futuro no muy lejano, cuando los dispositivos de análisis de 
adn sean fáciles de manejar y mucho más baratos que ahora, 
los urbanitas aficionados a la ciencia podrían monitorizar ellos 
mismos el cambio en los genes de animales y plantas urbanas. 
Y con un software de reconocimiento de imágenes mucho más 
desarrollado que el actual, las fotos colgadas en las webs de 
estos mismos científicos aficionados podrían usarse para 
rastrear cambios en la coloración de los insectos, en la forma 
de las semillas, en la longitud de las patas y en todos los demás 
aspectos en evolución de la flora y la fauna urbanas. Y todos 
estos proyectos de investigación podrían integrarse en un único 
EvoEscopio global que llevase la cuenta día a día de las fluidas 
alteraciones darwinianas que sufren todos los ecosistemas 
urbanos. 


Afueras 


Si, la verdad es que duele. Durante años me he negado a 
volver aquí, pero hoy, después de visitar a mi madre, que sigue 
viviendo en el mismo edificio de los años cincuenta en el que 
yo crecí, me pareció que ya era hora de volver a dar un paseo 
por esos barrios de las afueras construidos sobre los campos y 
los pantanos que antes había en el límite de Róterdam: esos 
lugares en los que yo, cuando era un adolescente, aprendí los 
fundamentos de toda una vida dedicada al estudio de la 
naturaleza. 

Es una experiencia que te retuerce literalmente las tripas. 
Voy caminando entre hileras y más hileras de casitas adosadas, 
esas que los urbanistas holandeses han fabricado a granel. Y 
que conste que son lugares agradables: barrios adaptados a las 
necesidades de los niños, con bonitos jardines, cocheras 
abiertas, calles de nombre acogedor que serpentean con resaltos 
para impedir la velocidad excesiva. Pero para mi esos lugares 
son el mausoleo del antiguo territorio de mi infancia. Y mi 
mapa mental está tan desfasado que solo consigo saber dónde 
estoy si me conecto a Google Earth. 

El barrio de De Akkers (con un cobertizo prefabricado, un 
coche de gama media y una sombrilla de Ikea en todos los 
jardincitos delanteros) es donde me rodeaba una bandada 
formada por un centenar de agachadizas (Gallinago gallinago) 
que sobrevolaban la ciénaga mientras emitían al unísono sus 
llamadas, que sonaban como estornudos, un recuerdo que no 
me ha abandonado en todos estos años. Donde ahora se levanta 
el edificio de apartamentos de De Velden, yo me tendía entre 
la hierba alta con mi teleobjetivo barato para fotografiar los 
nidos de las agujas colinegras (Limosa limosa). Ahora, en ese 
mismo lugar, hay cotorras de Kramer que cuelgan de las hileras 


de semillas en un comedero de aves. Y el subsuelo de la 
estación de autobuses De Gaarden es el lugar donde atrapé al 
escarabajo subterráneo Choleva agilis en la madriguera de un 
ratón de campo: ese mismo ejemplar, sujeto con un alfiler, 
forma parte ahora de la colección Naturalis, el museo de 
historia natural en el que trabajo. 

El paisaje seminatural de turberas y pastizales por donde yo 
vagaba de niño ya no existe. Lo ha engullido el crecimiento 
urbanístico de Róterdam y se ha convertido en el medio urbano 
del que he hablado de forma tan entusiasta en este libro. Pero 
aun así, encontrarme cara a cara con este implacable proceso 
urbanizador me pone muy triste. ¿Resulta incoherente por mi 
parte? No: está claro que debemos echar de menos lo que 
hemos perdido, aunque a cambio hemos ganado algo que 
también tiene su valor. 

El paisaje de mi juventud entristecía a mi abuelo, que creció 
en la misma zona a comienzos del siglo xx, en una época en la 
que no había pesticidas ni abonos industriales, y en la que los 
insectos y las plantas silvestres eran mucho más diversos y 
abundantes que en mis años setenta. Pero para los niños que 
ahora se crían en estos barrios de las afueras, las acequias que 
quedan, las franjas de hierba jugosa y los setos que separan los 
edificios formarán el escenario de sus recuerdos infantiles, que 
serán para ellos tan valiosos como lo son los míos para mí. En 
otras palabras, a medida que las huellas humanas se vuelven 
cada vez más erandes, el mundo natural que nos rodea va 
haciéndose cada vez más pequeño, cambia por completo y se 
vuelve mucho más pobre. Pero estos ecosistemas urbanos, por 
muy empobrecidos biológicamente que estén, siguen siendo 
ecosistemas con organismos vivos que forman una cadena 
alimentaria en la que siguen teniendo lugar día a día la ecología 
y la evolución reales. 


La selección natural, aquí, es tan potente que las formas de 
la vida urbana evolucionan muy deprisa. Pero debemos tener 
en cuenta que todos los ejemplos de evolución urbana que 
hemos analizado en este libro son una muestra sesgada del 
conjunto de organismos vivos suficientemente bien 
preadaptados, o lo bastante variables, o sencillamente 
afortunados de poder evolucionar y sobrevivir. Por cada 
especie urbana que ha sobrevivido, ha habido docenas de otras 
especies que no han podido adaptarse a la ciudad y que al final 
han desaparecido. Además de ser los centros neurálgicos de la 
evolución, las ciudades son también los lugares en los que se 
producen las mayores pérdidas de biodiversidad. Por muy 
interesantes que resulten en términos biológicos, no podemos 
confiar en ellas si queremos conservar la mayor cantidad 
posible de especies. Para ello tenemos que cuidar, valorar y 
explorar todas las áreas naturales que aún permanecen intactas. 

Con nuestra organización Taxon Expeditions, por ejemplo, 
Iva Njunjió y yo llevamos a los ecoturistas a la jungla tropical 
de Borneo, donde descubrimos y ponemos nombre a nuevas 
especies de vida silvestre. Pero mucha gente no irá jamás a 
visitar una jungla, y lo único que verán de la naturaleza 
durante su vida serán los parques urbanos de su barrio o las 
pocas plantas e insectos que haya en el jardín trasero de su 
casa. Por eso mismo resulta tan importante no despreciar esos 
fragmentos de ecosistemas urbanos, aunque haya a quien le 
parezcan anodinos y poco interesantes. Y por eso mismo resulta 
esencial para la calidad de la vida urbana cobrar conciencia de 
los extraordinarios procesos evolutivos que tienen lugar en las 
ciudades, 

Confío en que, al leer este libro, los ojos del lector se hayan 
abierto a las maravillas del cerih, el cambio evolutivo rápido 
inducido por los seres humanos. Mi propósito es que los 


organismos urbanos que el lector observa mientras da su paseo 
diario por las calles de su ciudad se vuelvan mucho más 
especiales para él, mucho más interesantes, y que le parezcan 
mucho más dienos de algo más que un simple vistazo. Ojalá 
que, si un día se topa con una bandada de palomas, el lector 
busque las de plumas oscuras y piense: “Vaya, esas palomas son 
las que han sabido asimilar mejor el zinc que se desprende de 
aquella farola”. O que, cuando vea los insectos que sobrevuelan 
el fluorescente que ilumina una máquina expendedora de 
bebidas, imagine que se trata de insectos genéticamente 
predispuestos a no dejarse atraer por la luz artificial, y que 
serán ellos los elegidos para la vida urbana del futuro. Y que, 
cuando un mirlo se cruce en su camino, el lector se dé cuenta 
de que se trata de la respuesta urbana al pinzón de las 
Galápagos. Y espero que, a lo largo de los años venideros, 
surjan proyectos para científicos aficionados que vivan en la 
ciudad que permitan observar la evolución en directo y en el 
mismo lugar en el que uno vive. O mejor aún, que el lector 
ponga en marcha su propio proyecto. 

¿Qué nos deparará el futuro? A corto plazo, al menos, las 
ciudades y la población urbana irán creciendo aún más y 
desempeñaremos un papel mucho más importante en la cadena 
alimentaria mundial. En algún momento del siglo xxi es 
probable que la mitad de la energía producida por los 
ecosistemas terrestres pase directa o indirectamente por 
nuestras manos. En la ciencia ecológica, una especie que 
desempeña un papel tan trascendental se denomina una especie 
clave. Y los seres humanos somos una especie clave de una 
magnitud nunca vista: en realidad somos una superespecie 
hiperclave en la creación de ecosistemas, 

Como el lector recordará de los capítulos dedicados a las 
hormigas y las especies mirmecófilas sobre las que trata el 


comienzo de este libro, los fabricantes de ecosistemas más 
poderosos atraen como un imán a las demás especies, Cuando 
estos fabricantes son capaces de concentrar tantos recursos y 
tantos alimentos, el resto de las especies tiene que evolucionar 
para cohabitar con ellos, ya sea en busca de protección y de 
cobijo, o para robar y saquear a sus anfitriones, o para 
engatusarlos a fin de que les ofrezcan las migajas de su comida, 
Muchas de estas especies nos resultan invisibles, otras las 
toleramos o incluso las valoramos, y otras simplemente las 
desterramos, pero todas evolucionan y se adaptan a la vida que 
tienen que compartir con sus benefactores, sean estos 
anfitriones voluntarios o involuntarios. Los seres humanos 
hemos ocupado esta posición durante mucho menos tiempo que 
las hormigas, y en consecuencia nuestro organismo antropófilo 
solo está empezando a evolucionar. Pero está evolucionando, y 
tendrá que adaptarse de una manera u otra a nosotros mismos. 

Y eso sin duda ocurrirá si les echamos una mano. Si 
observamos, monitorizamos y comprendemos la evolución 
urbana, podemos diseñar nuestros entornos urbanos de tal 
manera que consigamos controlar y reconducir el proceso. Es 
decir, que podemos diseñar nuestro propio proceso de 
fabricación de ecosistemas. Y deberíamos hacerlo de forma 
constructiva, aplicando normas darwinianas a los espacios 
verdes urbanos, y no de forma destructiva, exterminando a las 
especies que poseen las mejores cartas para evolucionar hasta 
convertirse en nuestras especies antropófilas. Como el cuervo 
casero indio. 

Una vez más me pongo en contacto con Sabine Rietkerk, del 
comité “Salvemos al cuervo indio”. Hace casi un año desde que 
hablé por última vez con ella, y las cosas no van bien en Hoek 
van Holland, según cuenta en sus mensajes de Facebook, Los 
cazadores volvieron y, a comienzos de la primavera, 


consiguieron matar a las últimas aves que quedaban. Entre 
ellas, la que yo vi dando saltos por la calle frente al centro 
comercial. “Fue la que logró resistir más tiempo —me escribe 
Sabine—, porque era la que estaba más atenta y siempre avisaba 
a los demás del peligro”. Es como si hubiera arrojado la toalla 
cuando se dio cuenta de que ya no quedaba nadie a quien 
avisar. 

De modo que han arrancado de cuajo la posible evolución 
urbana de la versión noreuropea del Corvus splendens tropical. 
“Pero bueno, hay un rumor...”, me escribe Sabine. ¿Qué rumor? 
“Se dice que unos pocos cuervos han conseguido esconderse en 
una casa del barrio”. ¿Es cierto?, pregunto. “Ese es el secreto 
mejor guardado del vecindario”, me contesta. 

Y luego, al cabo de unos pocos segundos, la mensajería de 
Facebook emite un “ping” y me envía otra vez el siguiente 
mensaje: “;-)”. 


Agradecimientos 

Ante todo, debo agradecer a Peter Tallack y al resto del 
equipo de Science Factory (Louisa Pritchard y Tisse Takagi) 
que creyeran en este libro y le encontraran un hogar. 

Mi amigo y colega Satoshi Shiba me organizó una residencia 
de dos meses en la Universidad Tohoku de Sendai, Japón, que 
me permitió terminar la tercera parte del libro en un entorno 
bello y tranquilo (lo que explica el sabor inequívocamente 
japonés que ha adquirido esa parte del volumen). Le doy las 
eracias a él, a su familia y a sus alumnos, y también a Naito 
Hiroko por haber creado una atmósfera tan acogedora y 
haberme permitido descansar de la escritura organizando 
expediciones espeleológicas y otras actividades de campo. 
Suzanne Williams, Ellinor Michel y Jon Ablett, del Museo de 
Historia Natural de Londres, me hospedaron dos veces para 
ofrecerme una semana de jubilosa escritura, que tuvo lugar en 
el departamento de moluscos, en la cantina del museo, en el 
restaurante del Victoria € Albert Museum, en la British 
Library, en el bedé«breakfast de Lea Banwell y en el Pret a 
Manger de South Kensington. Otros lugares que me facilitaron 
—voluntaria o involuntariamente- un entorno privilegiado para 
escribir fueron, citados sin ningún orden ni concierto, el Maliau 
Basin Centre en el Borneo malayo, el aeropuerto de Diisseldorf, 
el hotel Certousy de Praga, el Ouibus entre París y Ámsterdam, 
el apartamento de Darko Jesic en París, el centro para trabajos 
de campo de la Universidad de Groningen en Schiermomnikoog 
(“De Herdershut”), el autobús exprés que une Tokio y Sendai, el 
vuelo sq23 de Singapore Airlines, mi estancia con la familia 
de Ahbam en Sukau, y el vestíbulo del hotel Nexus 
Karambunai en Kota Kinabalu. 

Muchos científicos y otras personas muy informadas sobre 
el tema contestaron a mis preguntas, revisaron algunos 


fragmentos del texto o me suministraron fotos y otros 
materiales para la investigación. Debo expresar mi 
agradecimiento a Néstor Alirio, Jacques van Alphens, Florian 
Altermatt, Garry Bakker, Olga Barbosa, Lin Op de Beeck, 
Herman Berkhoudt, Pierre-Paul Bitton, Edwin Brosens, Scott 
Carroll, Jason Chapman, Marion Chatelain, Pierre-Olivier 
Cheptou, Kayla Coldsnow, Julien Cucherousset, Curt Daenhler, 
Cat Davidson, Luis Fernando de León, Thom van Dooren, 
Stepahnie Doucet, Meghan Duffy, Janko Duinker, Naim 
Edwards, Clinton Francis, Max Galka, Kevin Gaston, Jószef 
Geml, Wouter Halfwerk, Adam Hart, Axel Hochkirch, Bert 
Hólldobler, Wendy Jesse, Marc Johnson, Masakado Kawata, 
Gail Kuhnlein, Kate Kuykendall, Ariane le Gros, Isabel López- 
Rull, Suzanne MacDonald, Emma Marris, Bennie Meek, Martin 
Melchers, Osamu Mikami, Erik van Nieukerken, Joe Parker, 
Jesko Partecke, Carmen Paz, Norbert Peeters, Paloma Plant, 
Lidy Poot, Alexander Reeuwijk, David Rentz, Jelle Reumer, 
Ienacio Ribera, Erwin Ripmeester, Milena Salgado-Lynn, Eric 
Sanderson, Frédéric Santoul, Juan Carlos Senar, Laurel Serieys, 
Frédérique  Soulard, Kamiel  Spoelstra, Danica Stark, 
Montserrat Suárez-Rodríguez, Stephen Sutton, Matt Symonds, 
Etsuro Takagi, Tan Siong Kiat, Piotr Tryjanowski, Nedim 
Tiiziin, Geerat Vermeij, Oscar Vorst, Gijsbert Werner, Thomas 
Wesener, Monica Wesseling, Kristin Winchell, John van Wyhe, 
Bakhtiar Efendi Yahya y Pamela Yeh. 

Otros colegas me dedicaron más tiempo aún porque me 
dejaron entrevistarlos en persona, por Skype, o mediante una 
larea correspondencia. Esos colegas son Marina Alberti, Jean- 
Nicolas Audet, Laurence Cook, Karl Evans, Tetsuro Hosaka, 
Kees Moeliker, Jason Munshi-South, Shinya Numata, Laurel 
Serieys, Hans Slabbekoorn, Andrew Whitehead y Niels de 
Lwarte. 


Mientras preparaba y escribía este libro, algunos colegas y 
amigos me han ido enviando información, publicaciones en las 
redes sociales y ensayos científicos sobre la evolución urbana. 
Me gustaría citar a Aglaia Bouma, Bronwen Scott y Rutger 
Vos, pero también me han enviado informaciones muy valiosas 
Thijmen Breeschoten, Tom van Dooren, Barbara Gravendeel, 
Marco Roos y Martin Riicklin. Otras fuentes de información a 
las que quiero dar las gracias son la Biblioteca del Naturalis 
Biodiversity Center, Wikipedia y los wikipedistas, todos los 
lectores de mi artículo en The New York Times que se pusieron 
en contacto conmigo (especialmente Michael McGuire y 
Barbara Waugh), el Museo de Historia Natural de Róterdam y 
mis alumnos del curso de Orientación en la Biodiversidad y en 
la Conservación en la Universidad de Leiden. 

Minoru Chiba y Yawara Takeda nos llevaron de gira por 
Sendai en busca de las cornejas cascanueces. Mi hija Fenna 
Schilthuizen me llevó a Roppongi Hills en Tokio. Chan Sow- 
Yan me guio en la expedición de Singapur. Sabine Rietkerk 
mantuvo correspondencia conmigo acerca del paradero y la 
suerte de los cuervos indios de Hoek van Holland. 

La arenga de Auke-Florian Hiemstra logró insuflarme el 
coraje necesario para abordar las páginas finales de este libro. 

Tres personas muy cercanas se prestaron a revisar el 
manuscrito completo mientras iba creciendo de tamaño. Se 
trata de Alaia Bruma, Iva Njunció y Frank van Rooij, y les 
estoy inmensamente agradecido por el tiempo que me 
dedicaron, así como el apoyo y sus atinados comentarios, 

Por último, aunque mucha gente me ha ayudado a revisar 
las pruebas del libro en busca de errores, asumo toda la 
responsabilidad por el contenido final y la interpretación que 
en él se hace de los resultados de los experimentos científicos. 


notas 


el portal de la ciudad 


Las descripciones de la naturaleza en el centro de Londres 
se basan en una visita a esta ciudad realizada entre el 21 y el 
24 de junio de 2016. La historia sobre el mosquito del metro de 
Londres se fundamenta en Shute (1951), Byrne y Nichols 
(1999), Fonseca et al. (2004) y Silver (2016), así como en la 
conferencia que Katherine Byrne dio en el congreso de la 
Sociedad Europea de Biología Evolutiva, en Edimburgo, en 
1995. Los datos sobre la historia del crecimiento urbano 
proceden de Merritt y Newson (1978), Seto et al. (2012), Newitz 
(2013) y Reumer (2014). El estudio reciente sobre la distancia 
media entre la ciudad y el bosque más cercano está en Yang y 
Mountrakis (2017). La cantidad de producción primaria de la 
que se apropian los seres humanos procede de Imhoff et al. 
(2004) y Haberl et al. (2007), y la cantidad de consumo de agua 
dulce se halla en Postel et al. (1996). El artículo de opinión que 
cito es obra de Huisman y Schilthuizen (2010). La zona en la 
que me pasé casi toda mi infancia como naturalista aficionado, 
a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, se 
hallaba en los campos y ciénagas que se extendían al norte y al 
noroeste del pueblo de Kethel, que pertenece al municipio de 
Schiedam. Casi toda esa comarca se transformó en zona 
residencial entre la década de 1990 y la primera década del 
siglo xxi, 


i. el ingeniero de ecosistemas 


más eficiente de la naturaleza 


Los escarabajos que coleccionaba en Voorne forman parte, 
en la actualidad, de la colección del Centro de Biodiversidad 
Naturalis. Los textos que he usado para mi estudio de la 
mirmecofilia son los de Hólldobler y Wilson (1990) y Parker 
(2016). Sobre la conducta del escarabajo Claviger también he 
usado los estudios de Cammaerts (1995, 1999), El largo periodo 
de asociación entre el escarabajo Claviger y las hormigas, al 
igual que el número total de especies mirmecófilas, se da en 
Parker y Grimaldi (2014). El concepto de los ingenieros de 
ecosistemas se desarrolla en Jones et al. (1994). He encontrado 
mucha información sobre los castores como ingenieros de 
ecosistemas en Wright et al. (2002). La información acerca del 
Proyecto Mannahatta procede de Reumer (2014), así como de 
la web del proyecto (http://welikia.org), y también de 
Paumgarten (2007), Miller (2009), Sanderson y Brown (2007), 
Bean y Sanderson (2008), y la conferencia ted de Eric 
Sanderson, de 2009, disponible en YouTube. Muhheakantuck 
era el el topónimo originario de los Lanape para lo que hoy 
llamamos río Hudson. 


li, el hormiguero humano 


La expedición al Maliau Basin Studies Centre tuvo lugar 
entre el 27 y el 30 de julio de 2016, Para más información 
sobre esta zona y el trabajo que llevamos a cabo allí, puede 


consultarse www.taxonexpeditions.com. La información sobre 
la ingeniería de ecosistemas entre los cazadores-recolectores 
procede de Marlowe (2005) y Smith (2007). Los niveles tróficos 
de los seres humanos se analizan en Bonhommeau et al, (2013). 
Para la historia del crecimiento urbanístico, me he basado en 
Gross (2016), Reba et al. (2016), Newitz (2013), Misra (2015, 
2016), The Data Team (2015) y la animación divulgativa ted de 
Vance Kite en http://ed.ted.com/lessons/. La animación ted 
sobre los datos del profesor Reba puede verse en 
http://youtu.be/yKJYXujJ7sU. 


ili, la ecología del centro de la ciudad 


El paseo por Singapur en compañía de Chan Sow-Yan tuvo 
lugar el 2 de agosto de 2016. He usado las siguientes fuentes. 
Textos sobre ecología urbana en general: McDonnell y 
MacGregor-Fors (2016) y Schmid (1978). Acerca de ecología 
urbana sobre Singapur: Ward (1968), Lok y Lee (2009), Davison 
(2007) y Davison et al. (2008). Sobre los vestigios del hábitat 
originario de Singapur: Brook et al. (2003), Clements et al. 
(2005) y Lok et al. (2013). Sobre los organismos que viven en 
hábitats rocosos pero se han acostumbrado a usar edificios y 
paredes: Ward (1968), Sipman (2009) y Tan et al. (2014). Sobre 
la isla urbana de calor de Singapur: Chow y Roth (2006) y Roth 
y Chow (2012). Sobre la contaminación en Singapur: Xu et al. 
(2011), Sin et al. (2016) y Rothwell y Lee (2010). Sobre el uso 
de comida humana por parte de la fauna urbana de Singapur: 
Soh et al. (2002). Sobre la propagación de especies exóticas en 
Singapur: Tan y Yeo (2009), Chong et al. (2012), Ng y Tan 
(2010) y Teo et al. (2011). Sobre el desmoronamiento de la 


cadena alimentaria de Singapur: Jeevanandam y Corlett (2013). 
Las especies exóticas que viven en la Bahía de San Francisco 
se mencionan en Cohen y Carlton (1998); véase también 
Schilthuizen (2008). Sobre la teoría de la biogeografía insular, y 
sobre el estudio de las rotondas de Bracknell, he consultado 
MacArthur y Wilson (1967), Helden y Leather (2004) y 
Schilthuizen (2008). La aparición del milípedo exótico en 
Singapur está documentada en Decker y Tertilt (2012). La 
porción del texto dedicada a Singapur la han revisado Chan 
Sow-Yan y Tan Siong-Kiat. 


iv. naturalistas urbanos 


Para la parte dedicada a los cuervos indios de Róterdam he 
usado Nyári et al. (2006), De Baerdemaeker y Klaasen (2012), 
Hendriks (2014) y Dooren (2016). Mis visitas a la población - 
viva y muerta- de cuervos indios de Hoek van Holland 
tuvieron lugar el 17 de agosto de 2016, al igual que mi visita a 
la colección permanente del Museo de Historia Natural de 
Róterdam. Hay más información sobre las ardillas rojas de 
Róterdam en Moeliker (2015). Kees Moeliker revisó y corrigió 
el apartado sobre el museo de Róterdam. El libro Mannahatta 
está en Sanderson (2009). La información sobre Herbert 
Sukkop se halla en Reumer (2014). Hay más información sobre 
el desarrollo de la ecología urbana como disciplina académica 
en Schilthuizen (2016b). El crecimiento de la ciencia ciudadana 
como forma de estudio de la biodiversidad se señala en Nielsen 
(2012). Los resultados del uso de la trampa Malaise en 
Leicester se hallan en Owen (1978). Una introducción a los 
inventarios realizados en los triángulos formados por vías 


férreas por parte de la Real Sociedad Holandesa de Historia 
Natural de Róterdam está en Werf (1982). Los biomaratones se 
estudian con todo detalle en Baker et al. (2014). Hay más 
información sobre el “Desafío de Naturaleza Urbana” de 2017 
en http://www,.calacademy.org/citizen-science/city-nature- 
challenge, y sobre las  Belles de  Bitume en 
http://www.frederique-soulard-contes.com/belles-de-bitume. El 
biomaratón de Wellington que logró descubrir una nueva 
especie de alga diatomea está documentado en Harper et al. 
(2009). Las nuevas especies de rana y de caracol descubiertas 
en Nueva York y Sao Paulo se estudian en Feinberg et al. 
(2014) y en Martins y Simone (2014), respectivamente. Los 
nuevos escarabajos acuáticos subterráneos de las ciudades de 
Japón se describen en Uéno (1995). Las cifras sobre las 
especies de escarabajos presentes en el Amsterdamse Bos 
proceden de Nonnekens (1961, 1965), y la referencia a la flora 
de Bruselas proviene de Godefroid (2001). Un meta-análisis 
sobre los estudios del gradiente de transición de zona rural a 
zona urbana en ciento cinco procesos se halla en McKinney 
(2008). 


y. nuevos urbanitas 


La referencia a Sechouw (1823) procede de Sukopp (2008). El 
“efecto lujo” se estudia en Hope et al. (2003), He encontrado 
información relativa a la razón por la cual los centros urbanos 
suelen ocupar los puntos más importantes de biodiversidad 
preexistente en el Secretariado del Congreso sobre Diversidad 
Biológica (2012). El estudio sobre la República Checa que cito 
se menciona en Chocholousková y Pysek (2003). El mayor 


nivel de biodiversidad en razón de la mayor variedad de micro- 
hábitats se estudia en Kowarik (2011). Para la información 
sobre los grandes vertebrados, he usado Vyas (2012), Hoh 
(2016), Bateman y Fleming (2012), Soniak (2014), Mahoney 
(2012), Gehrt (2007), Jones (2009) y Baggaley (2014). La cita de 
Gehrt está tomada de Mahoney (2012). La página web sobre el 
proyecto bugs de la Universidad de Sheffield se encuentra en 
http://www.bugs.group.shef.ac.uk. Más adelante, cuando se 
unieron otras ciudades al proyecto, se cambió el nombre por 
Urban Gardens. Para este libro he usado en especial dos 
estudios relacionados con este proyecto: Gaston et al. (2005), 
Smith et al. (2006a, 2006b). Kevin Gaston revisó las pruebas de 
las páginas dedicadas al proyecto bugs. Unos resultados muy 
parecidos a los descubiertos por el proyecto bugs se han 
obtenido en Bangalore (Jaganmohan et al., 2013) y Berlín 
(Zerke, 2013). 


vi. si logro llegar 


El paseo con Geerat Vermeij tuvo lugar el 17 de junio de 
2014, mientras que las citas de sus estudios sobre la 
preadaptación provienen de un ¡intercambio de correos 
electrónicos que tuvo lugar a finales de septiembre de 2016, 
Vermeij revisó las pruebas y dio su visto bueno a mi texto. La 
información sobre el gorrión común proviene de Anderson 
(2006). He usado la guía de la Sociedad Holandesa para 
Ornitología de Campo (sovon), de 2012, para algunos detalles 
sobre los hábitats naturales y urbanos de las aves holandesas. 
La información sobre los artrópodos domésticos se halla en 
Bertone et al. (2016). La información sobre las aves que viven 


en las ciudades chilenas procede de Silva et al. (2016); Carmen 
Paz y Olga Barbosa han revisado las pruebas del apartado que 
les dedico. El estudio sobre las aves preadaptadas al ruido 
generado por los seres humanos se halla en Francis et al. 
(2011); Clint Francis ha revisado las pruebas de este apartado, 
en el que también he usado información procedente de 
Woodsen (2011). Los últimos párrafos se basan en Parker 
(2016), quien ha revisado las pruebas de esta sección, 


vii. he aquí los hechos 


La historia de Albert Farn está recogida en Hart et al. 
(2010), Jenkinson (1922), Salmon et al. (2000), la página web 
http://butterflyzoo.co.uk/farnfestival.html y en la 
correspondencia que mantuve por correo electrónico con Adam 
Hart en junio de 2016, con Stephen Sutton en junio y octubre 
de 2016 y con Eric van Nieukerken en octubre de 2016. La 
carta de Farn está registrada como  dep-lett-11747 en 
www.darwinproject.ac.uk (Darwin Correspondence Project, 
2017). Adam Hart revisó el apartado de este capítulo dedicado 
a Farn. Por lo que respecta a la frase de Darwin sobre la 
velocidad de la evolución, Hooper (2002:55), citando a Mayr y 
Provine (1980), escribe que el hijo de Darwin, Leonard Darwin, 
recordaba que su padre creía que debían pasar al menos 
cincuenta generaciones para que fuera observable un cambio 
debido a la selección natural, lo que indica que al fin y al cabo 
daba como posible la evolución que tuviera lugar en el 
transcurso de una sola vida humana. En relación a las diversas 
versiones de El origen de las especies, he consultado la de Van 
Wyhe (2002). El simulador digital de selección natural que hice 


puede consultarse en 
https: //www.radford.edu/-rsheehy/Gen flash/popgen/ 


viii. leyendas urbanas 


Para la historia del caso de la mariposa del abedul, he usado 
Cook (2003), Cook y Saccheri (2013), White (1877), Tutt (1396, 
pp. 305-307), Haldane (1924), Cook et al. (1970, 1986, 2012), 
Kettlewell (1955, 1956), Coyne (1998), Hooper (2002), Van't 
Hof et al. (2016), Rudge (2005) y Majerus (1998, 2009). La cita 
de Saccheri proviene del podcast Nature, que se puede 
encontrar en 
http://www.nature.com/nature/journal/v534/n7605/abs/naturel 
7951.html. Laurence Cook ha revisado todo el capítulo y me ha 
ayudado en algunos aspectos esenciales, 


ix, o sea que las cosas suceden así 


La información sobre el melanismo natural de las polillas 
proviene de Kettlewell (1973) y de una correspondencia por 
correo electrónico con Stephen Sutton mantenida el 28 de 
octubre y el 3 de noviembre de 2016. Stephen Sutton también 
ha revisado las pruebas de todos estos párrafos. La 
biomecánica de la forma del ala de un ave se halla en Swaddle 
y Lockwood (2003). La evolución de la forma del ala de los 
estorninos se basa en Bitton y Graham (2015), y la de la 
golondrina risquera en Brown y Bomberger-Brown (2013). Mary 
Bomberger-Brown ha leído y corregido todo el apartado 


dedicado a las golondrinas risqueras. En un correo electrónico 
que me envió el 12 de diciembre de 2016, Pierre-Paul Bitton 
(que tuvo la amabilidad de revisar el apartado dedicado a sus 
investigaciones) me manifestó sus dudas acerca de que la 
evolución de la forma del ala de los estorninos se debiera al 
tráfico rodado y no a las mascotas. El estudio sobre la Crepis 
sancta en Montpellier se halla en Cheptou et al. (2003), en 
tanto que los estudios sobre una evolución similar en las islas 
se hallan en Cody y Overton (1996). Pierre-Olivier Cheptou se 
prestó a revisar las partes del texto que tratan sobre su obra, 
Mi análisis de la rápida evolución del anolis caribeño se basa en 
Losos et al. (1997), Marnocha et al. (2011), Tyler et al. (2016) y 
Winchell et al. (2016). Como fuente de estudio para el anolis en 
eeneral, he utilizado a Losos (2009). Gingerich (1993) es la 
fuente para el cálculo de la unidad de medida del darwin. 
Kirstin Winchell leyó el texto dedicado a los anolis y me hizo 
unos comentarios muy útiles. 


x. ratón de ciudad, ratón de campo 


Vi las cotorras de Kramer en París entre los días 15 y 17 de 
diciembre de 2016, La historia de que Jimi Hendrix soltó varias 
cotorras en Londres puede leerse en Brennan (2016). Harcourt 
(2016) estudia la filogeografía humana. Las citas de Ariane le 
Gros proceden de nuestra correspondencia por correo 
electrónico del 14 de diciembre de 2016 y del 17 de mayo de 
2017. Mis fuentes sobre la especie, incluyendo su historial 
invasivo y su competencia con el trepador azul, son Strubbe y 
Matthysen (2009), Strubbe et al. (2010), Le Gros et al. (2016), la 
página dedicada a la especie en la Lista Roja de iuen 


(http://www. iuenredlist.ore/details/22635441/0), la página de 
Wikipedia (http://en.wikipedia.org/wiki/Rose-ringed parakeet), 
y el material disponible en la página web de ParrotNet 
(http: //www.kent.ac.uk/parrotnet/). Ariane le Gros revisó y dio 
su aprobación a los apartados concernientes a la cotorra de 
Kramer. La información sobre los linces rojos proviene de 
Serieys et al. (2015) y Riley et al. (2007). Laurel Serieys revisó 
el texto. La información sobre la fragmentación que provocan 
las carreteras en el hábitat global está tomada de Ibisch et al. 
(2016). Mi entrevista con Jason Munshi-South tuvo lugar el 10 
de diciembre de 2016, y también le tomé prestadas algunas 
citas a su conferencia ted-Ed en 
http://ed.ted.com/lessons/evolution-in-a-big-city. Las 
publicaciones de Munshi-South sobre el ratón de patas blancas 
que he usado son: Munshi-South y Kharchenko (2010), Munshi- 
South y Nagy (2013), Harris y Munshi-South (2013, 2016) y 
Harris et al. (2016). Jason Munshi-South revisó el texto que 
trata sobre sus investigaciones. Los estudios sobre la araña se 
hallan en Schiffer et al. (2001). Un artículo reciente documenta 
la fragmentación y adaptación de los lagartos que viven en los 
parques públicos de Brisbane (Littleford-Colquhoun et al, 
2017). 


xi. envenenar palomas en los parques 


Los trabajos sobre la resistencia a la contaminación de los 
peces de las especies de los killis se basan en Whitehead et al. 
(2010, 2011, 2016) y Reid et al. (2016). También he usado a 
Kaplan (2016) y Carson (1962). Los efectos de los pcb y pah en 
la ahr se basan en la página web del laboratorio Hahn del 


Instituto Oceanográfico de Woods Hole 
(http://www.whoi.edu/science/B/people/mhahn/). Andrew 
Whitehead se prestó amablemente a revisar las pruebas y 
corregir la sección dedicada al fúndulo; la cita al final del 
apartado pertenece a un correo electrónico del 25 de mayo de 
2017, El apartado dedicado al vertido de sal para el deshielo de 
las carreteras procede de Coldsnow et al. (2017) y Houska 
(2016), mientras que los principios del estrés por salinidad se 
exponen en Máser et al. (2002). Kavla Coldsnow se prestó a 
revisar el párrafo que he dedicado a sus investigaciones. La 
resistencia al cobre de la flor mono amarilla se estudia en las 
páginas 160-163 de mi anterior libro, Frogs, Flies and 
Dandelions (Schilthhuizen, 2001), y también en Wright et al. 
(2015). La tolerancia al zinc de algunas hierbas aparece en Al- 
Hivyali et al. (1990), y el estudio sobre el melanismo de las 
palomas urbanas procede de Obukhova (2007) y Chatelain et al. 
(2014, 2016). Marion Chatelain ha revisado la sección dedicada 
a sus investigaciones. 


xii. luces brillantes de la gran ciudad 


Kamiel Spoelstra, en una conferencia pronunciada en Haren, 
Países Bajos, el 27 de agosto de 2016, se refirió al atractivo 
que ejercía en las aves el homenaje luminoso a las víctimas del 
11-S. También he usado la información que aparecía en 
http://www.audubon.org/news/making-911-memorial-lights-bird- 
safe, así como la que venía en 
http://www.sott.net/article/226370-Thousand-of-migratine- 
birds-attracted-to-9-11-memorial-lights. He tomado las citas de 
Michael Ahern de un vídeo colgado en 


https: //www.youtube.com/watch?v=LKPkJ08CBdc. La 
información sobre la final de la Eurocopa de 2016 y sobre la 
migración de las plusias procede de www.uefa.com, Moeliker 
(2016) y Chapman et al. (2012, 2013). Para la información 
sobre la contaminación lumínica he empleado un debate en 
ResearchGate titulado “¿Hay ya una explicación convincente de 
la razón por la cual las polillas se sienten atraídas por la 
iluminación artificial?”, además de Longcore y Rich (2004), 
Gaston et al. (2014) y una conferencia de Kevin Gaston en la 
Universidad de Leiden el 30 de junio de 2016. Kevin Gaston ha 
revisado las pruebas de esta parte del libro. Los datos sobre las 
muertes de aves causadas por la iluminación provienen de 
Guynup (2003), y los de las muertes de insectos vienen en 
Eisenbeis (2006). El caso de las aves muertas en un faro 
procede de Jones y Francis (2003). La lista internacional de los 
parques que permanecen a oscuras de noche (Dark-Sky Parks) 
se puede consultar en http://darksky.ore/idsp/parks/. Los 
estudios sobre la adaptación a la luz de las polillas y de las 
arañas son, respectivamente, los de Altermatt y Ebert (2016) y 
Heiling (1999). He usado información contenida en un 
intercambio de correos electrónicos con Florian Altermatt en 
febrero de 2017; Altermatt se ha prestado a revisar el texto 
dedicado a su trabajo. 


xiii. ¿es realmente evolución? 


La entrada del blog creacionista que menciono en este 
capítulo se encuentra en http://darwins- 
eod.blogspot.nl/2017/01/evolutionist-evolution-is- 
happening.html. La diferencia entre la selección natural dura y 


la suave se explica, por ejemplo, en Wright (2015) y Hermisson 
y Pennines (2017). Para los detalles sobre la selección natural 
en el fúndulo y en la mariposa del abedul, véanse las notas de 
los capítulos xi y viii respectivamente. Para las 
consideraciones genéricas sobre el aprendizaje y la epigenética, 
me he servido de Skinner (2011), Azzi et al. (2014) y Arney 
(2017). La plasticidad en la coloración del saltamontes se 
estudia en Hochkirch et al. (2008). La cita de Kevin Gaston 
proviene de Evans et al. (2010). Cuando estaba revisando la 
versión final de este libro se publicó el primer estudio que 
demostraba que la epigenética causaba importantes diferencias 
entre los pinzones de Darwin urbanos y rurales (McNew et al,, 
2017). 


xiv. encuentros urbanos cara a cara 


El estudio sobre los siluros que cazan palomas se halla en 
Cucherousset et al. (2012) y se analiza en Yong (2012). También 
he usado la correspondencia por correo eléctrónico con 
Cucherousset y Santoul en marzo de 2017, Frédéric Santoul se 
prestó amablemente a revisar el texto sobre los siluros. El 
estudio sobre las hormigas de la bellota se halla en Diamond et 
al. (2017), y también he usado la entrada de blog “Historia de 
dos mil ciudades” en el blog de Andrew Hendry 
ecoevoevoeco.blogspot.com. La comida consumida por las 
cotorras de Kramer en París aparece en Clergeau et al. (2009), 
Las palomas que se alimentan de brotes de hibisco es algo que 
vo mismo he observado en Kota Kinabalu. El estudio sobre la 
chinche rojinegra aparece, por ejemplo, en Carroll et al. (2001, 
2005). Scott Carroll se prestó a revisar el texto que describe su 


investigación. En mi libro anterior, Frogs, Flies, and 
Dandelions (Schilthuizen, 2001), cuento la historia de la mosca 
gusano de la manzana. Para los estudios sobre la polilla taladro 
del maíz, véase Calcagno et al. (2010). El escarabajo que se ha 
pasado al cerezo negro americano se estudia en Schilthuizen et 
al, (2016). Daehler y Strong (1997) informan sobre la defensa 
ante la introducción del espartillo del cangrejal. Curtis Daehler 
revisó amablemente el texto que le dedico y me ha señalado 
que el insectivoro Prokelisia marginata ha aparecido en Willapa 
Bay cuando ya había terminado de realizar su estudio. Las aves 
que usan colillas de cigarrillo para sus nidos se estudian en 
Suárez-Rodríguez et al. (2013), y también me he servido de la 
información recogida en http://www.cigwaste.org. Isabel López- 
Rull me revisó este apartado. 


xv. auto-domesticación 


Los estudios originarios sobre las cornejas negras de Sendai 
se hallan en Nihei (1995) y en Nihei y Higuchi (2001). Debo 
agradecer a Satoshi Chiba, a Osamu Mikami, a Minoru Chiba, a 
Yawara Takeda y al vendedor local de nueces la ayuda prestada 
en nuestra tentativa (infructuosa) de ver a las cornejas en 
acción en Sendai, Japón, en mayo y junio de 2017, En el 
décimo episodio de la serie de David Attenborough para la bbe 
en 1998, The Life of Birds (véase 
https: //www.youtube.com/watch?v=BGPGknpq3e0), se filmó a 
las cornejas en acción. Para los relatos sobre los herrerillos que 
abrían las botellas de leche, he usado Fisher y Hinde (1949, 
1951) y Lefebvre (1995). El recuento de las cincuenta y siete 
botellas abiertas en una escuela aparece en Cramp et al. (1960). 


Para las obras sobre las habilidades de los herrerillos a la hora 
de resolver problemas y su posible transmisión social, Aplin et 
al. (2013, 2015). También usé el vídeo que se puede consultar 
en http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article- 
2868613/Great-tits-pass-traditions-adapt-fit-locals.html. El texto 
sobre el semillero de Barbados se basa en Audet et al. (2016), 
en su entrada de blog del 9 de noviembre de 2016 en 
http://ecoevoevoeco.blogspot.com/2016/11/street-smarts.html, y 
en una correspondencia por correo electrónico con Audet 
mantenida el 29 de abril de 2017. Jean-Nicolas Audet revisó y 
dio su aprobación al texto que se refiere a sus trabajos. Los 
estudios sobre la neofilia en las ciudades polacas se hallan en 
Trvjanowski et al. (2016). Piotr Tryjanowski se prestó 
amablemente a revisar el texto. Los demás ejemplos de 
neofobia entre las cigarras, los cuervos y los minás javaneses 
están sacados de Williams (2009), Greggor (2016) y Sol et al. 
(2011), respectivamente. El estudio sobre la tolerancia se halla 
en Symonds et al. (2016). Matt Symonds revisó las pruebas del 
texto dedicado a sus investigaciones. 


xvi. las canciones de la ciudad 


La clase práctica sobre “ecología acústica urbana” que 
describo tuvo lugar el 9 de septiembre de 2016. Para una visión 
eeneral de la ecología acústica he usado Warren et al. (2006) y 
Swaddle et al. (2015). Los trabajos de Slabbekoorn sobre el 
carbonero común aparecieron en Slabbekoorn y Peet (2003). 
Hunter y Krebs (1979) publicaron los resultados de unas 
investigaciones similares llevadas a cabo en condiciones 
naturales. Los ejemplos de otras aves urbanas que cambian de 


canto están sacados de Slabbekoorn (2013), y los de las ranas 
arbóreas provienen de Parris et al. (2009). Los estudios sobre el 
saltamontes están en Lampe et al. (2012, 2014), y los del 
mosquitero común están en Verzijden et al. (2010). Los 
estudios sobre las llamadas de las aves canoras y de las que no 
lo son se encuentran en Hu y Cardoso (2010) y en Potvin et al. 
(2011). Los trabajos sobre los efectos de los nuevos cantos 
alterados del carbonero común en los machos rivales y en las 
hembras se hallan en Mockford y Marshall (2009) y en 
Halfwerk et al. (2011), respectivamente. Millie Mockford y 
Wouter Halfwerk han revisado los textos que se refieren a sus 
investigaciones. Las demás “clases” de ecología acústica urbana 
son: el canto más “acelerado” del anteojitos dorsigrís (Potvin et 
al., 2011), el canto nocturno de los petirrojos (Fuller et al., 
2007), y las aves que adelantan las horas de canto cuando viven 
cerca de los aeropuertos (Gil et al., 2015). Hans Slabbekoorn ha 
revisado el capítulo entero. 


xvii. sexo en la ciudad 


Para la parte dedicada al junco ojioscuro me he basado en 
Yeh (2004), Shochat et al. (2006), McGlothlin et al. (2008) y Hill 
et al. (1999). También me he servido de la correspondencia por 
correo electrónico con Pamela Yeh en el mes de mayo de 2017, 
Pamela Yen ha revisado todo el apartado dedicado a sus 
trabajos. Para la historia sobre el carbonero común de 
Barcelona, he usado Galván y Alonso-Álvarez (2008), Senar et 
al. (2014) y Bjorklund et al. (2010). Juan Carlos Senar ha 
revisado el texto que trata de sus trabajos. Los estudios sobre 
los caballitos del diablo aparecen en Tiiziin et al. (2017). Nedim 


Tiizún y Lin Op de Beeck han revisado el apartado dedicado a 
su obra. Las investigaciones con ardillas robóticas vienen en 
Partan et al. (2010), la información sobre la ardilla india de las 
palmeras procede de Hutton y McGraw (2016), y la de los 
componentes químicos que imitan a las hormonas sexuales se 
basa en Zala y Penn (2004). Los dos ejemplos de “trampas 
evolutivas” australianas proceden de Gwynne y Rentz (1983) y 
de una correspondencia electrónica con Cat Davidson que me 
reenvió Bronwen Scott. Para el capulinero satinado de 
Australia también he usado 
https://www.zoo.org.au/news/feeling-blue. David Rentz ha 
revisado el apartado dedicado a los escarabajos y las botellas 
de cerveza, 


xviii. turdus urbanicus' 


Hay un buen resumen de la evolución en las islas Galápagos 
en Parent et al. (2008) Para más información sobre los 
pinzones de Darwin, véase mi libro Frogs, Flies, and 
Dandelions  (Schilthuizen, 2001) Los análisis de las 
investigaciones evolutivas actuales sobre los pinzones de 
Darwin se hallan en Weiner (1995) y Hendry (2017). El trabajo 
sobre el incipiente proceso de especiación del Geospiza fortis 
en la isla de Santa Cruz (y la ruptura permanente cerca de la 
ciudad) se halla en Hendry et al. (2006) y De León et al. (2011, 
2017), así como en diversos artículos ahí citados. La primera 
mención del mirlo urbano se halla en Bonaparte (1827). La 
reconstrucción que he hecho del proceso de urbanización del 
mirlo se basa en Evans et al. (2010) y Moller et al. (2014). Las 
diferencias en cuanto al tamaño del cuerpo provienen de 


Grégoire (2003), de Lippens y Van Hengel (1962) y Evans et al. 
(2009a). Han estudiado el timbre y el ritmo del canto del mirlo, 
respectivamente, Ripmeester et al. (2010) y Nordt y Klenke 
(2013). Las investigaciones sobre los ritmos reproductivos 
proceden de Partecke et al. (2004). El estudio sobre las 
migraciones proviene de Partecke y Gwinner (2007), y los 
trabajos sobre la producción de la hormona luteinizante están 
en Partecke et al. (2006) y Miiller et al. (2013). Jesko Partecke 
ha revisado el texto que he escrito sobre sus investigaciones. 
Las diferencias en cuanto a la distancia de inicio del vuelo se 
estudian en Symonds et al. (2016), Los estudios sobre las 
huellas genéticas del adn están en Evans et al. (2009b). La 
primera persona que me avisó de la urbanización de los 
pinzones de Darwin fue Barbara Waugh. Los estudios que 
menciono provienen de De León (2011 2017), que se ha 
prestado a revisar las pruebas de los apartados más 
importantes de este capítulo. 


xix. la evolución en el mundo teleconectado 


Para la historia de Von Siebold y el bambú japonés he 
usado las entradas de la Wikipedia (consultada el 7 de junio de 
2017) y los estudios de Christenhusz (2002), Christenhusz y Van 
Uffelen (2001) y de Peeters (2015). Norbert Peeters ha revisado 
la parte del libro dedicada a Von Siebold. Otros ejemplos de 
especies que se han propagado a nivel global se hallan en 
Thompson (2014) y en Schmidt et al. (2017). El término 
“especie supertramp” lo inventó Diamond (1974). Los estudios 
sobre la homogeneización en microbios, aves y flora callejera 
provienen de Schmidt et al. (2017), Murthy et al. (2016) y 


Wittig y Becker (2010). Las ideas y las citas de Marina Alberti 
proceden de una entrevista a través de Skype que tuvo lugar el 
9 de septiembre de 2016, y también de sus publicaciones en 
Alberti (2015) y en Alberti et al. (2003, 2017). Marina Alberti 
también ha revisado todo lo relativo a su trabajo y a sus ideas, 
Los trabajos de HKamiel Spoelstra se pueden ver en 
https://nioo.knaw.nl/employees/kamiel-spoelstra. La cita sobre 
la teleconexión interurbana procede de Khanna (2016). He dado 
a conocer mi proyecto de investigación sobre la secuenciación 
del genoma en mi blog y en varias intervenciones, en 2015, en 
el programa científico de la radio holandesa De Kennis van Nu 
(https: //dekennisvannu.nl/site/special/De-code-van-Menno/8). 
Las ¡investigaciones que demuestran un nuevo proceso 
evolutivo en los seres humanos se hallan en Field et al. (2016) 
y en Barnes et al. (2011). También me he servido de Bolhuis et 
al. (2011), Pennisi (2016) y Hassell et al. (2016). 


xx. diséñalo con darwin 


Nuestra visita a Roppongi Hills tuvo lugar el 29 de mayo de 
2017. La petición por correo electrónico al responsable de 
prensa de Mori Building Corporation solicitando información 
sobre la política de azoteas verdes de la empresa no obtuvo 
respuesta. He buscado ¡información sobre las cubiertas 
ajardinadas en Japón a través de 
https://resources.realestate.co.jp/living/japan-green-roof- 
buildings/, y también en las páginas web de Mori Building 
Company y de Emilio Ambasz € Associates. La información 
sobre el diseño verde en Singapur se halla en 
http://inhabitat.com/tag/green-skyscrapers/,. He buscado 


información sobre las huertas en las azoteas en Hui et al. 
(2011). Hay más información sobre el proyecto Lowline de 
Nueva York en http://www.hilldegarden.org. La información 
sobre la normativa municipal de Tokio que regula las cubiertas 
ajardinadas procede de http://www.c40.org/case studies/nature- 
conservation-ordinance-is-greening-tokyo-s-buildings. Las obras 
que menciono son Vink et al. (2017), Gunnell et al. (2013) y 
Dunnet y Kingsbury (2004). Hay un vídeo con subtítulos en 
inglés de Gewilderoei en https://vimeo.com/175805142. Sobre 
el debate entre especies autóctonas oO exóticas se puede 
consultar el foro de Global Roundtable en 
http://www.thenatureofcities.com correspondiente al 5 de 
noviembre de 2015. También he usado Davis et al. (2011), 
Foster y Sandberg (2004) y Johnston et al. (2011). Los 
ejemplos de parches urbanos primigenios proceden de Tan y 
Jim (2017) y Diogo et al. (2014). En cuanto al debate sobre las 
“vías verdes” se puede consultar Global Roundtable en 
http://www.thenatureofcities.com correspondiente al 5 de 
octubre de 2014. Mi visita a la Universidad Metropolitana de 
Tokio tuvo lugar el 26 de mayo de 2017, En cuanto a la idea de 
satoyama, me he basado en Kobori y Primack (2003), Kohsaka 
et al. (2013) y Puntigam et al. (2010), además de 
http://satoyama-initiative.org. En cuanto a la aplicación 
SnailSnap, puede consultarse http://snailsnap.nl. Para más 
información sobre los científicos aficionados urbanos se puede 
consultar Farina et al (2014) y la website 
https://naturesmartcities.com. Para el concurso del nido más 
funk, véase http://nestwatch.org. Las tres preguntas hipotéticas 
para una posible investigación sobre nidos “funk” están 
inspiradas en los trabajos de Wang et al. (2015), Sergio et al, 
(2011) y Suárez-Rodríguez et al. (2013). 


afueras 


Para más información sobre nuestras expediciones en 
Borneo, véase http://www. taxonexpeditions.com. El concepto 
de “superespecie hiperclave” procede de Worm y Paine (2016). 
Mi correspondencia con Sabine Rietkerk tuvo lugar el 27 de 
junio de 2017. 


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